Poemas y relatos
|
|
|
|
|
| (Cliquea sobre el título elegido) | |
|
|
|
|
a una mujer, a un hombre, a cualquiera
Sólo
soy una burda imagen de mi mismo, pequeños retazos deshilachados
que danzan con el viento, marioneta de trapo y ojos hundidos suspendida
en un escenario vacío. Sólo existo en el reflejo de un océano
que se agranda en mi, espejismo de mi propia vida, metáfora de mi
abandono.
Poco me importa tu lúcida mirada de acogida, cuando ya no siento
el contacto de tu piel de penumbra deslizándose inerte en mi oquedad
rocosa y sólo respondo a sensaciones que me vienen de dentro, preferentemente
en atardeceres de luz tenue. Acojo indiferente la distancia que se infiltra
en tu presencia, la densa bruma que difumina el perfil de tus caricias en
noches de luna ausente.
Sé que estás ahí y no te veo, y que mis palabras de
ciego extrañan tus sentidos. Quisiera decirte algo y no te encuentro,
el ruido de tu silencio nubla mis ojos.
Y mientras las hojas de otoño continúan su interminable revoloteo,
amaso lentamente recuerdos de una belleza pasada que ya no contengo, salvo
por la huella indeleble de su paso, que llena mi vacía carcasa, convertida
ahora en amasijo de frustradas pasiones y escondidos deseos.
Quisiera vivir el tiempo de tu ausencia como animal salvaje que se arrastra
sin sombra, compañero inseparable de una tierra hirviente. Quisiera
distraerme en el mundo de los muertos como uno más de ellos, uno
que no ha nacido todavía.
Pero sólo vivo con los vivos de épocas pretéritas,
arropado al calor de sus palabras de piedra, mientras postergo inútilmente
el temido despertar de un amanecer inhóspito que tal vez no llegue
nunca.
Nos separa la muerte de un pequeño muñeco de trapo, que alguien
dejó colgado en el aire de una noche de invierno, desnudo y ciego,
y que, aterido de frío, prendió una hoguera en su interior
de barro fresco para dar calor a su corazón de fuego. Su luz ilumina
su rostro de esmaltes dorados que simulan sus rasgos sobre un fondo liso
de tierra y llanto.
Ahora que no tengo ojos, y puedo ver el temblor de las hojas que caen, veo
también tus manos desnudas ocultando tus pechos, o la boca del túnel
excavado en tus piernas golpe a golpe, esfuerzo y más esfuerzo.
Ahora que me falta la lengua, hablo con las raíces prístinas
del tiempo, como hablo con muñecas sonrientes que frecuentan lugares
de alterne, escupiendo sapos entre sorbo y besos.
Ahora que no tengo manos, acaricio sonrisas perdidas en el corazón
del juego, como acaricio la raya púrpura de tus ojos hinchados en
la noche del siglo, cuando nuestros más queridos fantasmas nos dejan
solos y cae el rocío que nos hiela el pecho.
Intento rebelarme contra la palabra estéril que nace de tu boca,
de mi boca. Cultivo el silencio que transita emociones que me pueden por
dentro. Y si la mariposa alza ya sus alas al cielo, inconscientemente me
apresto al vuelo, aun sabiendo que de alturas son las heridas que arrastro,
de alturas es también mi pasión, mi deseo.
aquí, en bretaña
Aquí, en Bretaña,
la mar se retira en marea baja varios kilómetros de la tierra firme,
dejando al descubierto un relieve ondulante en cuyo fondo prende la vida
entre las valvas de miles de diminutos crustáceos. Lo que antes era
un hermoso archipiélago de islas salpicando el azul marino se transforma
en un conjunto de verdosas colinas emergiendo sobre un fondo de lodo y agua.
El día está brumoso, el cielo nublado y gris, en el horizonte
las figuras de las escarpadas rocas, sobre las que se levantan árboles
y casas, apenas se distinguen difuminadas por la densa bruma. Desde la duna,
que se interpone entre los campos y la playa, el espectáculo es grandioso:
frescura, armonía, belleza. Sólo hay que dejarse llevar, dejar
a la mirada escapar en el horizonte y dejarla recorrer inconscientemente
cada detalle, cada curva del sinuoso relieve, o incluso ir más lejos,
desbordar todo retazo de figura, todo resto de presencia conocida que pueda
alzarse como un desafío sobre la niebla y diluirlos en un más
allá imaginado, incomprensible, enigmático. Hay algo más
que hermosura en lo que contemplan mis ojos: hay belleza. Una belleza arrebatadora
que te atrapa por los ojos, por las manos, que atraviesa tu piel y penetra
en tu alma, para transportarte más allá de la realidad inmediata,
más allá de toda percepción, exigiendo otra forma de
sentir. Exigiendo amor: prisionero de la belleza, tu dolor y tu dicha se
llaman amor. ¿Cómo llamar, si no, a ese deseo de fundirse
con lo bello, que realizándote te destruye?
Pero ni siquiera eso es alcanzable: ojalá pudiera romper, sólo
fuera por un instante, la barrera que me separa de esa hermosa imagen que
me invade. ¡Pero no! Se limita a rodearme, a mostrarse impúdica
toda en torno a mí, seductora, enormemente atractiva y a la vez inalcanzable,
inaccesible. No me deja ni un resquicio donde poder ocultarme, ¡si
cerrar los ojos pudiera! Porque su presencia me fascina y, a la vez, me
duele. Sí, me siento orgulloso de saberte cerca, de intuir tu misterio,
de rasgar para ti mis carnes desnudas permitiendo que penetres en mis entrañas;
me siento orgulloso de amarte, sin más. Pero habrías de saber
que mi fidelidad me duele, me duelen las heridas abiertas que salpican mi
piel, me duele tu fría presencia, tu serenidad desapasionada, imperturbable;
me duele tu inabarcabilidad, tu infinitud. ¿Por dónde abrazarte,
sin creer que te escapas fluyendo entre mis brazos? ¿cómo
sentir la calidez húmeda de tus besos? ¿si yo fuera la tierra
que se abre ante ti, serías tú la mar que reviene cada día
a lamer mis heridas? Desprecias la vida porque tú das la vida, y
exiges la mía, mi muerte, como absoluta prueba de mi amor. Disolverme
en ti: más sutil que el polvo que escapa al cenagoso barro de la
bahía, y que las minúsculas gotitas de agua que salpican el
aire, más sutil que las pequeñísimas burbujas de aire
que llenan los poros de polvo y agua, siendo más sutil que todo eso,
tal vez pudiera penetrar en ti.
Una vez creí que bastaba pronunciar una sola palabra para hacer explotar
barreras y prejuicios que me separaban de ti, pensaba de hecho que a todo
el mundo le estaba dado pronunciar el verso más hermoso del mundo,
ese que detiene el instante de un encuentro de miradas perdidas. Más
tarde renuncié a hablar porque creí que toda palabra retumbaba
en ti con ecos de violencia, e intenté mostrarme ante ti tal cual,
desnudo y desprotegido, rechazando el murmullo que oculta mis miedos, aspirando
así al dulce mecer de tu regazo. Nada de eso te bastaba. ¡Más
sutil! Debería ser todavía más sutil, porque sólo
así podrías darme forma.
Pero entonces, sería inútil. Pues, ¿cómo dejar
de ser yo? ¿qué sería mi vivir, mi dolor o mi dicha?
Atrapado por el deseo de sentir intensamente la violencia dionisiaca de
una pasión incontrolada, pasión desconocida para ella misma,
pasión destructora del espejo donde se reflejan nuestros fantasmas
morales; pero, a la vez, incapaz de deshacerme de ese gusto por la contemplación,
de un voyerismo exagerado, placer de verme a mi mismo en acción,
placer de la aristocrática distancia con lo mudable... prisionero
de uno y otro impulso, experimento la necesidad de desdoblarme, de ser dos:
uno, actor inconsciente de sus vivencias; actor, al fin y al cabo, que construye
mi vida con sus actos, ignorante del temor y de la autorrepresión,
pionero de aventuras delirantes. Y otro que, como quien desde la butaca
de un cine de barrio contempla divertido los avatares del protagonista,
contempla su doble en acción, en fin se contempla a sí mismo.
En realidad, mi doble inconsciente es absolutamente libre para hacer lo
que él quiera, al menos lo él que pueda. ¡Dejarse llevar
es tan fácil! Dejarse llevar, sí, pero, ¿adónde?
¿para qué? ¿Cómo arrebatar a mi doble consciente
el placer de participar en la decisión? La pura inconsciencia no
sirve de nada: sin espectador no hay película. Así que el
deseo, esa mágica fuente de toda acción, ha de ser, o tener
al menos un reflejo, consciente. Y heme aquí, en buen platónico,
no deseando otra cosa que la belleza.
Si la belleza está en juego, entonces merece la pena dejarse arrastrar
y, consciente e inconscientemente, contribuir a realzar su presencia. ¿Cómo
evitar el reflejo de tus ojos en el rojo acristalado de una copa de vino?
¿o cómo dejar de contemplar la estela de la luna, abrazado
a tí, el ondulear de las olas, el crepitar del fuego, o la sombra
alargada de tu cuerpo desnudo sobre la arena? Si la belleza está
en juego, ¿cómo evitar quererte, arrebatadamente, apasionadamente?
arizcuren susurros
quisiera
escribir como el curso de un río que, sin parar,
fluye creciendo desde ese hilillo de agua que provoca un susurro
en las altas cumbres hasta el cauce en remanso del valle bajo,
como un río que rasga la tierra, atraviesa montes y llanos
y proporciona su savia a quienes asentados en la ladera
aprenden a vivir escuchando el murmullo del bosque,
el alarido del lobo o el aleteo de los pájaros,
y quisiera que tú me leyeras como una voz susurrante,
con el ritmo de tu andar pausado,
con tu mirada perdida en el verde de fondo,
con ese gesto que levanta una piedra y reconstruye una casa,
y que tú me escucharas como el paso de un duende en el silencio
que descubre tus ojos, en la risa que se suma a tu risa,
en el susurro de unos labios que buscan tus labios,
y quisiera que escuches el grito que desgarra mis manos
en jirones de tierra que fecundan la tierra,
en harapos de cuero que recubren tu cuerpo
o en vasijas de barro en que remojas tus labios,
y quisiera que tú me miraras como rayo de sol que penetra en el bosque
y da luz y calor a una minúscula flor
y que tú me sintieras en el calor de la hoguera
y en el rocío helado de la mañana,
en el barro seco que se aferra a tu cuerpo desnudo
y en el agua que descubre tu piel como suave caricia del atardecer,
quisiera ser el susurro del agua que recorre tu cuerpo de tierra,
el susurro del viento que aviva tu cuerpo de fuego,
el susurro del grito que da vida a tu pueblo nunca más abandonado,
quisiera reír llorar gritar saltar danzar a tu lado
buscaré el rito que preserve mi fe
Se desveló
el secreto de los misterios eleusinos: la ambrosía, la comida de
los Dioses, no era más que un hongo alucinógeno. El principiante,
aspirante al conocimiento de una realidad diferente —o a una percepción
alterada de la misma—, comenzaba su aprendizaje bajo el influjo adormecedor
de una seta, principal causante de un necesario desbarajuste de su razón.
La hechicería yaqui pasaba asimismo por una fase en la que el peyote,
datura y otras hierbas del diablo permitían al iniciado otear una
cuarta y quinta dimensión. El tiempo lineal, el tiempo que anuncia
una muerte irreversible, ese gran invento de los físicos, es expulsado
de nuestra razón consciente con el uso mesurado, ritual, de unas
pocas drogas.
La Diosa-Luna sonríe de nuevo. Zeus le robó su mirada, presente
en cada noche de contemplación ociosa, presente todavía más
allá del horizonte infinito que se abría al amanecer. Zeus
creó el lenguaje de la palabra y, con él, la lógica,
la razón ... y el poder —la razón no es en manos del
hombre más que razón de dominio, pura estratagema de poder—.
Pero los tiempos cambian, de nuevo se venera a la Diosa, en forma de multitud
de vírgenes que pueblan el mundo. Su virtud se extiende a sus sacerdotisas
y al resto de sus mortales hijos. No es una advertencia para evitar el encuentro,
pero en cualquier sitio, calle populosa o camino solitario, podéis
encontraros con una hija de la luna. Y entonces, es posible que queráis
matarla.
Afrodita rompió el velo de muñeca hinchable que le puso el
hombre-macho para su pobre satisfacción, y resplandece brillante
junto a Naith e Isthar, los otros nombres de la Diosa. Ella es el calor,
la intuición, las imágenes poéticas, el misterio, la
sensualidad húmeda, el presente y el instante eterno. Es insinuante,
provocadora, seductora, pero también tímida, tierna, soñadora.
Lleva en sí el germen de la contradicción.
Si malo es estar encerrado, pero es sentirse encerrado. Pero lo peor es
sentirse atrapado en una jaula cuyos barrotes forjamos nosotros mismos.
Somos prisioneros del más grandioso invento humano: el lenguaje-razón,
convertido en ciencia-técnica, la forma más acabada de empequeñecer
la realidad hasta dejarnos ciegos. Ya casi no veo nada, pero no despreciaré
el regalo de Dionisos: hasta la célula más insignificante
de mi cuerpo estremecerá de dolor o dicha, con tal de desgarrar,
aún sea por un instante, las barreras que me aprisionan en este mundo
constreñido. Buscaré el rito que preserve mi fe.
Pero hay algo más: Lilith fue hija de la Diosa-Luna. Adán
la conoció antes que Eva se asentará en su vida. Adán,
atenazado por la severa mirada de una Eva-macho, parto del hombre temeroso
de su soledad, suspira eternamente por Lilith, mientras folla con Eva. Noerith
es otra hija de la Gran Diosa, vino a mi e ingenuo he querido atraparla,
poner rejas al viento —el espíritu viento de los latinos, el
ruah creador de los hebreos—. Me ayudó a romper barreras y
le quise pagar con la castración. ¡Tantos años de culto
a Zeus-Afrodita! Soy un principiante. Con la ayuda de la hierba del diablo
seguiré la estela de la luna en el mar. En el mar.
canción de cuna para no estar triste
Si estás triste,
mi niña, sal a la luna,
sal a la luna
con su luz transparente, a ti te acuna,
a ti te acuna.
Escucha el tic-tac de la tierra,
el canto del cuco, el paso del hada.
Contempla la mirada del gato,
el errar de la estrella, la sombra apagada.
Si estás triste, mi niña, sal a la luna,
sal a la luna.
Verás que de sueños llena tu cuna,
llena tu cuna.
Arropate con sus caricias y duerme,
bajo la luna.
Inventario
Acariciar la piel de una mujer, escribir algo que me guste, jugar, los niños,
el campo, hacer excursiones, el mar, conversar, la música, viajar...
¿eso es todo?
Ella es negro y muerte, memoria cercana y olvido esencial. Tengo la necesidad
de huir, lejos, muy lejos. Me dio el amor y ya no la necesito.
carretas abandonadas
Huiría
un momento para poder ver, renunciaría a un instante de mi tiempo
inútil.
Vivo cegado y torpe y ni siquiera sé qué estela seguir.
Oigo permanentemente el latir de un corazón que no es el mío.
Las iras de la razón quieren explotar el cofre que las guarda, se
resiste a empequeñecer.
¿No quieres desaparecer, enano?
Somos Dioses en soledad, títeres en compañía, pero
¿de quién?
¿Quien mueve los resortes que impulsan nuestros actos?
¿Soy yo el que irrumpe en estancia ajena, mueve los labios para proferir
palabras que no oigo,
conozco ni entiendo, o es una proyección de mi mismo desde un ángulo
que nunca me atrevía a sondear? Todavía no he sido suficientemente
destruido para alcanzar la perfección de la nada.
Las sensaciones no se matan con la cabeza, ni con los sueños, se
matan viviéndolas.
Ya sé, vivo para sentir, para sentirme, a mí, etéreo
corpus de sentimientos deslavazados.
Vivo y siento, y por lo mismo vivo. Algo habrá de amor en tal maraña
de pureza y podredumbre.
Y de vino, y de ruido.
También hay caminos, viejos caminos de carretas abandonadas...
¿Te apetece tomar una copa conmigo? Di que sí, o me perderé
en la poza de mis sesos.
La
luna me mira
me mira la luna con su rostro partido,
partido por la noche está su rostro
me mira y sonríe la luna desde su cielo
su cielo nocturno, no me mira, me atrapa
me saca del lugar, me saca su rostro
partido por la noche me estrella
contra su cielo nocturno
su luz en el agua proyecta en mi cara
la sombra de un niño, un niño que
flota en el agua, en un agua que
está en mi pupila.
(Teresa Martínez)
carta 1
Tal vez no tenga nada que decirte, tal vez no tenga siquiera razones para verte. Ni siquiera consigo recordarte: eras de ojos claros y labios risueños. Y hablabas de... Tal vez no habláramos, pues tampoco recuerdo que habláramos de algo. Yo te miraba, te veía cerca, ¡tan cerca! Y a la vez tan lejos, con tanta palabra alborotada interponiéndose entre tú y yo. Sin embargo, creía en tus palabras. No en lo que decían, que no recuerdo muy bien, sino en cómo lo decían. Creía en la verdad de tus palabras. Creía que eran palabras arriesgadas, como la verdad que es sólo riesgo. Palabras atrevidas en busca de una acogida cálida. Sí, creía en el calor de tus palabras. Y mientras tu hablabas, yo te miraba, miraba el movimiento mudo de tus labios. ¡Deseaba tus labios! Miraba tus manos inquietas, quería coger tus manos y parar por un instante ese continuo fluir de palabras. Y miraba tus ojos, que intentaba atravesar y explorar sus secretos. Tal vez violaba algo, algo tuyo, con esa insistencia mía en olvidar las palabras. Pues las palabras son nuestra protección cuando se quiere retener algo: basta ocultarlo en un bosque de palabras que hagan imposible todo acercamiento. Violar un espacio íntimo supone atravesar ese bosque, o esquivarlo, para llegar al enorme claro que surge del otro lado, el claro de nuestra desnudez. Tal vez te sintieras violada, tal vez te has sentido violada. Si es así, no es mi intención, pues yo creía en el calor de tus palabras, y creía que ellas me acercaban a ti. Creía que hablabas de verdad, de tu verdad, y que querías compartirla conmigo. No compartir un bosque de palabras enmarañadas, sino una parte de ese claro que queda oculto por el bosque. Tan sólo una parte, una pequeñísima parte de ti, de tu verdad, como yo quería mostrarte una parte de mi, de mi verdad. Pensaba, tal vez lo pienso aún, que eras diferente. No por ese placer snob de ser diferente, simplemente porque, a diferencia de otras muchas gentes que he conocido, eras capaz de arriesgar, de apostar por lo imposible, por lo desconocido. Y abrir tu piel para que tu sangre derramada encuentre otra piel descarnada, aun a sabiendas que hay heridas que no cierran nunca. Pensaba, así lo pienso aún, que tu mundo rehuía la pura vanidad, la seducción fácil, el placer de la pose. Pensaba que buscabas hondo, allá donde la única apertura al mundo es un mismo desgarro para la verdad y la belleza. Y seguramente es así. Y entonces soy yo quien no ha sabido sentir el calor de tus palabras, ni qué mundos abrían, hasta dónde podía abarcar de ese claro tuyo con mis sentidos. Y si es así, si con tus palabras me ofreciste algo que yo no supe ver, y te sentiste herida con la ausencia de las mías, con esos silencios que rasgaban tus ojos, lo siento. Lo siento de verás.
carta 2
permíteme
que te escriba ahora, que tengo unas horas libres, mientras todavía
tengo fresca tu imagen de esta mañana en , pues no sé que
será de mi una vez metido de lleno en la vorágine de cosas
por hacer que me espera en los siguientes meses. Seguramente el olvido de
todo lo pasado, al menos en ese nivel consciente en el que van pasando las
horas en soledad o con gentes, aunque sé perfectamente que existe
otro nivel en el que nada se olvida, en el que todo queda registrado en
forma de imperceptibles sensaciones que recorren tu cuerpo, pequeñas
vibraciones que se enriquecen con el tiempo, que se amplifican o se silencian
en diferentes humores y que marcan nuestro presente. Cada uno de nuestros
gestos, cada uno de nuestros deseos, cada caricia o cada palabra amorosa
es la consecuencia inevitable de una memoria que sólo el cuerpo retiene.
A mi me gusta que mi cuerpo se vaya impregnando de los diferentes olores
que la vida pone a mi paso, que vaya conformando su propia esencia. Pero
también me gusta mi capacidad para olvidar a nivel consciente. De
alguna manera me considero un hijo privilegiado de Letheo, el dios griego
del olvido. Para Nietzsche la única esperanza de que la especie humana
sobreviva a su propia degeneración y final destrucción pasa
por la creación de un nuevo hombre que, ante todo, es un hombre olvidadizo.
Porque sólo así se puede vivir el presente con intensidad,
sólo olvidando naturalmente, sin esfuerzo, se aligera la pesada carga
de envidias, celos, venganzas que la humanidad debe soportar.
Por eso permíteme que te escriba ahora, antes que un nuevo presente
entregue mis recuerdos al reino del Olvido, antes de que se esfume la melodía
de aquella noche en que me esperabas en tu cuarto, con una vela encendida,
una luz tenue, música de fondo y tú, toda tú, llenando
el espacio, sentada, con un libro de poemas en la mano. Todo preparado para
mi, ¿no? —sea cual sea la respuesta, gracias por haber creado
ese espacio—. Me quedará para siempre el ritmo pausado de unos
versos, una agitación en tu voz, el movimiento de unos cuerpos que
buscan su lugar. Olvidaré tu sonrisa forzada que gustas poner en
ocasiones, olvidaré tus ininteligibles palabras en aquel juego de
la verdad en el que dijiste todo menos la verdad —necesito tiempo
para mi, para acabar mis estudios, necesito poner barreras para protegerme,
no quiero hacerte daño, ¿qué significa todo esto? ¿qué
hay debajo de tanta excusa?—. Olvidaré tu gusto por la seducción
fácil y tus ansias de sentirte confirmada, olvidaré tu decepción
por la falta de una pasión que sólo está hecha para
mortales, olvidaré tu miedo a explorar los recovecos de un silencio
que se hace entre dos. Y me quedaré con unos ojos grandes de niña
pequeña que todavía mira inocente la desnudez del cuerpo,
con el sentir de unas manos que se hicieron para sentir, con la sonrisa
sin rostro que busca sin descanso la puerta de acceso al País de
las Maravillas.
Permíteme decir: oui, ça a été une vraie rencontre!
"Rencontre" es una palabra mágica. Aunque se traduce por
"encuentro", no significa sólo encuentro. Rencontre es
un momento único que precede toda creación, es un instante
preñado de posibilidades, es un estado de pura resonancia, es una
apertura al infinito y la nada, es un tiempo sin tiempo. Sólo se
puede vivir como sentimiento puro, a través de la huella que deja
en tu ser. Pero no permanece en el tiempo, no tiene historia. Cuando se
despliega para conformar hechos y vidas de las gentes deja de existir. La
rencontre es algo que nos sucede más a menudo de lo que pensamos,
lo que ocurre es que no le prestamos atención, absortos como estamos
en vivir las consecuencias del encuentro. No reparamos en qué había
de único, de singular, de infinito, en ese instante sin tiempo que
precede a toda palabra, a todo gesto, a toda sensación. Despreciamos
el infinito que se nos ofrece en cada momento de nuestras vidas, simplemente
porque queremos ir muy deprisa, porque no soportamos la incertidumbre, el
no hacer, el vacío. Rápidamente proyectamos nuestros fantasmas
en las cosas y en las gentes para elegir un camino seguro en el que situarnos,
un camino que no ponga en peligro nuestra integridad. Pero entonces se esfuma
toda posibilidad de vivir la intensidad de lo diferente. Cuanto más
deprisa nos aferramos a lo que sabemos, más nos alejamos de ese centro
sin dueño en el que todo es posible.
Permíteme decirte, ahora que todavía conservo tu recuerdo,
que yo te viví como una rencontre. Y que eso no significa nada. La
rencontre no es amor, no es amistad, no es pasión, no es deseo, no
es curiosidad. Puesto que significa todo, la rencontre sólo es potencialidad
para ser todo eso y más. Lo que después haya de ser ya sólo
depende de nosotros, amistad, indiferencia, amor..., tal vez nada. También
la nada es hermosa, —coincidimos un instante y fuimos nada por una
eternidad—, me gusta. Hasta podría ser fiel a esta incipiente
nada, si no fuera porque el olvido acecha y ya me veo andando caminos inciertos.
Me gustaría decirte más y más cosas, compartir contigo
más y más desvaríos, pero nuestro tiempo llega a su
fin y ya se vislumbra un mañana y entonces ¿dónde estás
tú?
Querida
Mar,
cada mañana cuando me levanto, arrullado por el trino de los pájaros,
el frescor de las gotitas de agua que salpican mis pies desnudos, me acerco
hasta el mirador desde el que saludábamos al sol sobre ese fondo de
cielo claro que quedaba recortado sobre las montañas. Han pasado ya
20 años desde que te fuiste y tu accidentada ausencia se me revela
cada día como una presencia más fuerte y persistente.
Clara ya va a la universidad, pero vuelve todos los veranos a reunirse con
sus amigos. Todos estos años de escuela libre, de descubrimiento gozoso
de las cosas que la rodeaban, de aprendizaje entre juegos y risas, llevaron
a los muchachos a sellar un pacto de eterna camaradería. Ahora, cada
vez que al comenzar el verano se reencuentran en el prado junto al bosque
que tu misma creaste, semilla a semilla, mimando cada planta que creías
débil, los chicos renuevan su pacto de unión eterna en un acto
que ya es rito e historia de este lugar.
Es una pena que no llegaras a ver la escuela, con lo que luchaste por ella
y la ilusión que te hacía. ¡Eramos tan pocos! Pero de
aquellos 20 locos que empezamos todo esto, hemos pasado a ser 200, aunque
muchos de los que tú conociste ya no están. Algo se perdió
en el camino y sintieron que debían buscarlo en otra parte. Echo de
menos a nuestros amigos, a Miguel y Mara, a Graciela, el Angelote…,
pero sigo en contacto con ellos y al menos puedo ir a verlos de vez en cuando.
Me viene bien escapar de aquí, ausentarme unos meses y ver de lejos
este puntito del universo que con el tiempo se va haciendo más complejo.
Si pudieras verlo, no lo reconocerías. Seguimos tomando las decisiones
en común, al menos las más importantes, pero ya hay grupos de
trabajo para casi todo que se encargan del día a día. Seguimos
trabajando poco y llevando un estilo de vida sencillo, pero somos muchos y
se hace más difícil gestionar tanta gente. Algunos dicen que
si esto sigue creciendo se debería partir la comunidad y crear varias
más pequeñas unidas en una federación. Era lo que hacían
en Damanhur ¿recuerdas? Cuando al calorcito del fuego en invierno hablábamos
de Damanhur y otras comunidades en Europa, nunca pensamos que algún
día a nosotros también nos tocaría tomar esas decisiones.
Pero aquí estamos, al igual que otros muchos grupos que empezaron en
la misma época.
Siempre te he extrañado y siempre te escribo a ti, aunque a veces cambie
tu nombre o con tu nombre me refiera a otras mujeres como tú. En todos
estos años de ausencia has estado presente en el sentir de otras manos
que mi piel ha vivido y agradecido. Tus caricias se han renovado cada noche
en el calor de la gente de este lugar, tus desvelos han ocupado el corazón
de todos. Si no fuera por ese vértigo que se siente al contemplar el
abismo en el que nos quedamos desnudos y desprotegidos sin las cargas con
las que cubrimos nuestros días, si no fuera por ese deseo contradictorio
de abrazar las heladas aguas de la inmensidad, a la vez que reclamo el calorcito
de una hoguera que alguien prende tierra adentro, si no fuera por esto diría
que soy féliz. Pero te echo de menos, a ti, que concentras en tus ojos,
ahora ausentes, todo lo que añoro
desierto
Al abandonar
los últimos restos de vegetación, nos adentrábamos ya
en el duro desierto, en un mar de arena y dunas como olas que avanzaban lentamente
hacia una orilla inexistente. Las huellas que ellos iban dejando, hasta ahora
claras y fáciles de seguir, se difuminaban entre los reflejos provocados
por los rayos solares sobre la arena salina. Subiendo hasta la última
duna que alcanzaba la vista, siguiendo el sombreado rastro de pies arrastrados,
avanzado cresta tras cresta, se llegaba a un lugar extraño, especie
de cráter donde confluían cientos de huellas marcadas por gentes
venidas de otros tantos lugares. Gentes que venías de todas partes,
pero que, al parecer no se encaminaban a ninguna. Parecía como si todo
aquél que hubiera osado adentrarse en aquel cráter de arena
salada, estuviera condenado por ello mismo a desaparecer. ¿Cómo
explicar, si no, que no hubiese rastro de retorno alguno? ¿Y cómo
era posible que todos aquellos caminos venidos de tan lejanos y dispares lugares
confluyeran en un mismo punto y precisamente se hallara en este cráter
desértico que no ofrecía salida alguna? Un lugar extraño,
a penas visible, cegado por el resplandor de luz que parecía emanar
de él mismo, un lugar que ahora se hallaba justo delante de nosotros,
a escasos metros de nuestros pies. ¿También ellos se habrían
esfumado ahí, o sería todo una pura ilusión óptica
que ocultaba algo inesperado, una trampa de la que más nos valdría
andar precavidos? ¿Nos engañaban nuestros sentidos, ya de siempre
trastornados? ¿Y qué significado dar a la palabra desaparecer,
qué podía significar que ellos habían desaparecido ahí?
Desaparecer, no aparecer, perderse en la nada, en lo que no es... o lo que
no es asequible a nuestra razón, que no se aprehende por medio de nuestros
sentidos. Pero entonces, ¿quién nos asegura que más allá
de esa nada sensorial no hay todavía algo, algo que se nos escapa,
oculto en una dimensión ignorada? ¿Era aquél un lugar
mágico, una puerta abierta a un mundo diferente y desconocido, una
válvula de escape de este mundo burbuja, un roto en la compleja estructura
lógico-matemática de la física? ¿Habría
sido éste su destino, habrán logrado escapar ellos de la maquinaria
socio-represiva que continuamente les atormentaba? Hacía tiempo que
se sentían inseguros, que no lograban soportar las tensiones que las
normas sociales establecidas provocaban en ellos. Hacía tiempo que
habían dejado de hablarse, de sonreír, de jugar, saltar, correr,
gritar, cantar, odiar, amar. Hacía tiempo que querían huir,
y no sabían cómo ni adónde. Un día consiguieron
liberarse de las cadenas que habíamos implantado en su subconsciente,
vividas como ataduras propias, y comenzaron un peregrinaje errático
por todo el orbe. Al principio, no les dimos importancia, no eran más
que unos pocos chiflados. Poco a poco se les unieron muchos más y la
Gran Maquinaria Social impuesta en toda la Tierra se resentía de su
ausencia. Se decidió que había que ir por ellos, buscarlos,
encontrarlos y, con nuevas falsas promesas, convencerlos de la necesidad de
volver a sus puestos. Fue así que seguimos el rastro de un grupo de
recién extraviados y fue así, como siguiendo sus huellas, llegamos
al desierto, y entre las dunas encontramos este cráter misterioso en
el que confluían todos los caminos. Era evidentemente un punto sin
retorno, tal vez una forma desconocida para nosotros de huir de la realidad
que habíamos construido. Confusos y temerosos de caer presos de esa
maraña invisible de la nada, nos acercamos al lugar exacto donde los
halos fantasmales de otros seres parecían abocar. Han pasado ya muchos
años de aquello, pero lo que vi todavía permanece vivo en mi
memoria: aquel resplandor de rayos irisados ocultaba, en realidad, una montaña
de cadáveres descompuestos, esqueléticos restos esparcidos sobre
un polvo brillante que llenaba todo el cráter. Miles de cuerpos transformados
en simples granos de arena en torno a un punto límite. Habían
escapado, pero la GMS sabría qué hacer con todo este polvo brillante.
desnudo
Si me preguntas quién
soy responderé con una ráfaga de viento, seré tormenta
huracanada, cegaré con el resplandor del relámpago..., o refrescaré
como brisa marina, seré cálido como el sol de otoño
y susurrante como la hoja que cae; después daré las gracias.
Hiriente, mordaz, dulce o delicado, todo o nada sólo después
de encontrarme contigo. Y porque sólo entonces soy, te estoy agradecido.
Pero si tú no buscas mi palabra, no atiendes a mis ruegos, no me
diriges ni una mirada, no sientes piel con piel lo que yo contigo siento...,
entonces no soy nada.
O mejor, puedo ser espectador de un ser errático, confuso, sorprendente,
esquivo, responsable a veces, afanoso otras; tranquilo o apasionado. Pero
cuando intento caminar a su lado, hacerme sentir lo que él siente,
compartir su instante único, comulgar con su fe verdadera, entonces
se esfuma y no hay ley ni principio sólido que me sirva de sostén.
Convendrás conmigo que ya no es tiempo de abrazar más verdades
venidas de lejos, de seguir estelas de iluminados, de ser tú en cuanto
que otros fueron. Ya no es tiempo de religiones, de ideologías, de
sistemas extraños para extrañados. ¡Qué fácil
te resulta aceptar todo esto! Y sin embargo, aun respondes a la llamada
de una ley interna, aun eres prisionero de costumbres atávicas, aun
disimulas tu desagrado con una sonrisa, aun procuras distinguirte y te recreas
en ello, aun estás convencido de que eres así porque así
te has hecho. Has construido un dominio donde sentirte seguro: unos principios
universales, unas cuantas ideas originales, unos años de experiencia,
un entorno familiar, unos seres queridos... Todo ello te confirma y actúas
para confirmar. Desde tu compromiso radical críticas al funcionario
que pasivamente traga con la reacción, desde tu sillón de
academia tachas de ingenuos idealistas a quienes presentan soluciones simples
(y naturales) a problemas igualmente simples (aunque tú, naturalmente,
piensas que son muy complejos). Renunciaste a la Eternidad por un instante
eterno. Has hecho de la belleza tu guía moral. Te sientes satisfecho
de ser quien eres y apuestas fuerte cosas ajenas, pero que a nadie se le
ocurra atacar tu guarida, pues tu reacción será airada, convulsiva,
cruel; si es más fuerte que tú, huirás.
Te empeñas en clasificar a los otros según un esquema prestado,
huyendo del misterio y lo imposible. Y sin embargo, si me preguntaras quien
soy —así: con la misma ingenuidad y temor de un niño
receloso—, podrías esperar el beso de un amante, una sonrisa
complaciente, una lágrima, un grito al infinito... Yo seré
el primer sorprendido que de tanta bruma, hastío y nausea, de tanta
llamarada informe, de tanto ajetreo de fórmulas pretéritas,
palabras que como ecos me martillean una y otra vez, resulte una mano que
se alarga como amiga, la expresión de un ser que desconozco. Por
ti me descubro cada día, para ti inventaré una flor.
el hombre que perdió su deseo
el hombre que perdió
su deseo,
bajo el peso de las
horas muertas en días de cansancio y tristeza,
entre discursos de improbables teorías,
recorriendo espacios que sólo transitan mentes perversas,
buscándose en interiores vacíos de extraña belleza,
buscándose, buscándome,
desde aquel día que, escondiendo los ojos, gritaste ¡no me
toques!
desde aquel día buscándome,
desde que me dijiste que te gustaban mis textos,
nuestras conversaciones sobre el amor y la vida,
el aire romántico de mis cartas,
pero que nuestro encuentro no daba más de sí,
que no había tiempo para las caricias ni los besos,
desde que me dijiste ¡adiós!
desde aquel día buscándome,
desde tu permanente ausencia,
desde que te metiste desnuda en un mar sin olas para no regresar jamás,
buscándome los cachitos de un alma que se desgarraba con cada tropiezo,
desde aquel día, con cada tropiezo,
con el olvido de la desnudez de su cuerpo,
con cada caricia esquiva al requiebro de sus dedos,
en la lejanía de difusas imágenes de sexo explícito,
en el dolor y en la dicha,
en la dicha de reencontrar al fin una mirada tranquila que se siente colmada,
también en la dicha su deseo está ausente,
pero no importa, porque la felicidad cubre la tierra de un manto
de hojas de múltiples colores
y los viejos caminos se borran para siempre.
ella
Caminas en el nebuloso
atardecer, sobre unos ojos de mirada lánguida, entre imágenes
estáticas de fondos marinos, de senderos que surcan intrincados parajes,
de callejones populosos en recónditas ciudades. Caminas y caminas
en la sorpresa de ver cómo todo cambia, azorada por ese azul inaprensible
que se convirtió en gacela huidiza, asustada por una caracola de
mar que se transformó en noche densa sobre tu oído, retraída
por la amenaza del halcón que se posa sobre tus hombros como fría
escarcha de otoño. Y tal vez, contenta de esa ola que te salpica
como beso fresco sobre tu cuello.
Y tal vez te sientas sola. Envuelta entre paños de ensueño
que se configuran como escenas cercanas en continuo fluir observas impotente
su lejanía, la delicada entereza que surge de sus fallas y requiebros.
¡Toda una fiesta de esencias derramadas! Y tú tan lejos. ¿Puede
haber algo más triste que ser espectador de un derroche de ilusiones
y no poder dejarse arrastrar por ello? Nacida para vivir intensamente la
totalidad, interpusiste una sutil malla que separa el mundo de tus sueños
y el de tus vivencias, convirtiendo el primero en un grito que se queja
pesaroso. Y ¿no es un retardar lo imposible el arriesgado paso por
el puente colgante que desafía tu abismo?
Pero que injusto sería si, al hablarte así, no mencionara
tu voz dulce que, sin necesidad de palabras, parece querer decir: —¡Ven,
huyamos!—. Porque tu hablar rehusa aposentarse en los monótonos
parajes de la rutina, tu hablar es una incitación a volar en las
suaves corrientes de lo sensual. Y qué decir de tu risa. Tu melancólica
risa evoca la lejanía de lo que añoras compartir. Impide la
huida sin dar esperanzas, cierto, pero recrea los pasajes que transitan
tu alma sin querer mostrar el terror del lado oscuro. Tu risa transforma
el viaje de tus palabras en un acontecer simpático, devuelve ternura
cuando ya todo parece invadido de una ausencia fría. Y tus ojos,
tus labios...
¡BASTAAA...! Caminas en el nebuloso atardecer, pero sólo en
mis ojos, de mirada lánguida...
en el Cono Sur...
recojo las horas derramadas
en el fondo mágico de la vida,
recojo atardeceres púrpura, soterrados silencios,
sonrisas perdidas sin luz ni rostro,
recojo disparates ataviados de hermosos deseos, falsas imprecaciones,
gritos oscuros de dolor y de rabia,
en el cono sur,
recojo almas en pena, paseantes sin rumbo, rastros de extintos fuegos
ocultos en el camino,
recojo remedios para la tristeza, flores para quienes no son de este mundo,
hierbas buenas y malas hierbas,
en el cono sur,
recojo palabras confiadas, que nadie acá pronunció todavía,
huilliche, pegüenche, coligüe,
recojo restos de espejos rotos en noches de ausencia,
olores no consumidos, placeres aplazados por la miseria,
en el cono sur,
recojo la mala hostia, el gesto altivo de las aves rapaces,
el temor en la mirada de los simples,
recojo el gusto sencillo de quienes amaron toda su vida,
las preguntas que dejaron sin respuesta, los deseos olvidados,
en el cono sur,
cierro los ojos y por un instante soy todo eso,
palabras, visiones, cálidos afectos,
y por un instante siento que la vida está en mi.
espera
Rehago el tiempo a cada instante, con cada una de tus miradas,
Reinventándome en tan cambiantes y múltiples formas,
Que pierdo la consciencia de saber quién soy, de qué quiero,
De si soy capaz de querer.
Y me pregunto, si ya mañana te veré de nuevo,
Cuando por la noche me sumerjo en el olvido de mi mismo
Y de ti.
exopotamia
Y tú,
¿dónde te metes? Todos están ahí, esperándote.
Sin saber muy bien cómo han llegado, pero ahí están.
En uno de esos desiertos exopotámicos, que tienen la particularidad
de reunir en un lugar tan extraño gente tan variopinta. Todos tus
amigos están ahí, al menos estos últimos, más
simpáticos que aquellos que conociste en aquel cementerio peterburgués.
No dudo de que tu necesidad de visitar las heladas tierras que cubren el
alma rusa no estuviera justificada. Y seguro que en aquellos nevados parajes
conociste gentes estupendas. Pero aquellos amigos silenciosos de imperceptible
rastro, aquellas almas errantes que llenaban la ciudad en días de
bruma y cansancio, aquellos que incluso quisiste visitar en sus tumbas,
¿era realmente necesario tratarlos tanto?
Rochelle había muerto para tí, de ahí tu largo viaje,
pero ahora reaparecía fugazmente en el imaginario desierto que Boris
Vian había reconstruido tan genialmente. Tal vez no eran más
que personajes inventados, apenas delineados en unas pocas pinceladas, pero
estaban vivos, muy vivos. Hasta la muerte de Ana y Rochelle es un canto
a la vida.
Lastima que el 975 no pase cerca. Sólo un conductor loco es capaz
de llevarte hasta allí. Pero no te preocupes, porque te están
esperando. Además, ¿qué importa que Rochelle esté
muerta? Si abrieras los ojos verías que Cobre es mucho más
sensual, y tiene una piel más suave y tersa. Si una vez fuiste capaz
de coger el 975, ¿por qué no ibas a ser capaz de cogerlo una
segunda vez?
Claro que aquel primer viaje no te llevó al desierto, donde pasan
cosas tan divertidas y donde la muerte es vida, sino que te obligó
a transitar por lugares etéreos carentes de suelo firme, en los que
asentar tus pies y tu alma. En el desierto, por contra, todo es arena, sólida
arena por la que corren montones de gentes en imprevisibles relaciones.
Y es que aquel conductor loco de tu primer y único viaje no había
leído a Boris Vian, embelesado como estaba con la posibilidad de
fraguar un Cristo nietzscheano: el Buen Cordero que huye del altar del sacrificio
para hundirse en los voluptuosos pliegues de la vida a través del
amor. Físico, claro. La verdad y la salvación debían
ir juntas al avanzar en los inexplorados caminos de las pasiones más
incontroladas. Y tú, que la querías con locura, que creías
ingenuo que un amor correspondido es cosa de dos, habías de participar,
como conejillo de Indias, en los experimentos de un Viejo loco, que sólo
tenía ojos para ella, pues él sabía, y tú no,
que tu paso por ese laboratorio de ciencia de pasiones, que con tanto placer
había construido durante años, sería breve.
Casi duró dos años. Pero el 975 no volvió a pasar para
recoger tus despojos en un previsible camino de vuelta a la normalidad.
El conductor sólo aceptaba pasajeros en el viaje de ida, pero jamás
se tomaba la molestia de acompañarlos a la vuelta. Tal vez porque
en el fondo pensaba que, tras el fugaz periodo de pruebas en el que se les
insuflaba artificialmente vida, volvían a estar muertos. Y tú
no eras una excepción, aunque durante todo el tiempo te empeñaras
en demostrarle que tú eras diferente, que ni provenías del
reino de los muertos, ni acabarías en él. Pero lo cierto es
que, cuando todo acabó, cuando otro ocupó tu lugar en el casino
de pasiones que él y ella habían levantado en honor de Dionisos,
tu estado era lamentable y, de alguna manera, estabas más cerca de
los muertos que de los vivos. Al menos, en un principio hiciste bien de
elegir a tus compañeros de tu peculiar travesía a ninguna
parte, no del reino de los vivos, donde todos estaban muertos, sino del
de los propios muertos, donde no era difícil ser invitado a algún
cenáculo de fantasmas eternos y entre cuyos participantes podías
reconocer al mismísimo Dovstoieski.
Con el tiempo hasta los fantasmas más vivaces pierden su razón
de ser, desaparecen de tus narices cuando más los necesitas e incluso
rehuyen deliberadamente tu compañía. Así que no es
de extrañar que su mundo se te hiciera cada vez más insoportable,
a la par que surgían bajo tus pies pequeños brotes de vida
sobre un pedazo de tierra que, de inconsciente y difuso, se hacía
cada vez más firme. Todavía sin conexión con alguna
forma de realidad, pero al menos algo sólido en que sustentarte.
Fue entonces que nació Adam, superada la época peterburguesa,
como un ser que vive feliz en su mundo salvaje, sin recuerdos, ocupado en
cosas triviales, como remontar el curso de los ríos o escuchar el
canto de la caracola. Adam, criatura de barro, ¿de verdad creiste
que podrías ahogar por mucho tiempo tus deseos?
El desierto de Exopotamia está cerca, lo sientes cerca. Todos tus
amigos están ahí, pero no sabes como llegar. Eres espectador
de todas sus aventuras, incluso se puede decir que las vives con ellos,
pero Rochelle murió y sólo ella tenía la clave para
llegar hasta allí. Y sólo con ella desaparece la barrera que
separa tus vivencias de tus deseos, sólo por ella puedes ser actor
y espectador al mismo tiempo, sólo a través de ella consigues
desbordar tu finitud atrapando por un instante el infinito, que por un momento
es blanco, blanco como la leche.
Queda Cobre, pero no te interesa, o crees que no te interesa. Aunque no
has hablado con ella, tan apenas. Ni la conoces. Ni sabes si se dejará
conocer.
eyes of heart
Compones tu lugar a
partir de pequeños espacios que se engarzan unos sobre otros como
las piezas de un puzzle. Raramente, sin embargo, se apodera de tí
la sensación de estar, de estar todo tú, ahí, en alguna
parte. Siempre falta alguna pieza en el puzzle de tu vida, y reunirlas todas
parece una tarea insuperable. Si sólo tuvieras ojos, ¿qué
podrías echar en falta? Tal vez algún cuadro en esa enorme
pared blanca que tienes enfrente, un cuadro delacroixiano junto a un espejo,
como áquel de tonos rancios que colgaba en la sala interior del viejo
Piston Pelican; o alguna lámina de un pintor holandés, como
aquellas que se venden en los bajos del Louvre. Poco más. Pero tienes
otros ojos que tus ojos, ojos que sienten el frío del invierno cada
vez que recuerdas los paisajes nevados de la campaña rusa, aunque
tú sólo los conoces por aquellos cuadros del museo de Rusia,
¿cuánto darías por acordarte de quién pintó
aquellos paisajes tan desoladores? Necesitas un nombre que traer a tu presencia,
alguién a quien llamar amigo, porque crees que sus ojos son tus ojos.
Rastreas el cuadro de arriba abajo esperando encontrar el más ínfimo
atisbo de vida humana en el enorme mar de nieve y hielo que se abre ante
tí, y crees encontrarlo en alguna cabaña lejana, en ese imperceptible
rastro de humo que se pierde a lo lejos, y te haces entonces solidario de
esa minúscula porción de humanidad arrojada. Un hogar, un
poco de calor robado al frío de las noches esteparias, una morada
para el pintor y para quien, como tú, cree ver con sus mismos ojos.
hay un sendero escondido
hoy quiero vivirlo todo
Hoy quiero vivirlo
todo. Sentir de cerca tu ausencia
Que nadie pare la música, que nadie calle esa voz
de sombra fresca que recorre todos los rincones de esta casa
Quiero vivir tu voz y bañarme en su sombra
Quiero vivir el silencio que se esconde en la penumbra de esta ventana
Tu silencio
Hoy he nacido para derribar todas las puertas
y desafiar con un gesto el vacío que esconden tus entrañas
Hoy sé que estás cerca. En la oscuridad de esta casa
Hoy no es un día cualquiera porque hoy mi deseo
se despertó sediento de tu voz
Quiero vivir tu voz en cada despertar por la mañana
Quiero vivir la sed de un deseo que hasta ayer estaba extinta
hasta hartame
Hoy quiero vivirlo todo. Tu presencia
Desde aquí, desde la fuerza del amanecer en este cuarto lúgubre
Desde el grito que rompe todas las máscaras
Hoy quiero decirte ¿a qué juegas?
Hoy todo es perfecto. Porque hoy desperté aquí, en esta casa,
con la firme voluntad de quererlo todo
Y ahora que la tarde cae y la música se apaga
sé que tuve todo cuanto quise, que toda tú estabas esparcida
en cada rincón, con tu voz y tu silencio.
Y sé que te viví intensamente, como nunca.
huellas junto al mar
Veo tus huellas en
la arena, sigo tus pasos hacia el mar, el mar.
La luna está alta, grande y alta está la luna.
Por entre las nubes de un denso cielo, me mira de reojo.
Me detengo, escucho en silencio el fragor de las olas.
¿Sabes que borraron tu rostro? ¿Cómo quieres que te
siga mar adentro?
Y aun me pides que no vacile, que venza el estremecimiento
de sentir esa primera ola, que me deje arrastrar por su susurro,
su tibia humedad, por su calor, el calor de las olas.
El calor de la fría agua del mar.
¿Sabes? Es fría el agua del mar en invierno.
Miro el mar delante de mí y te busco, mar adentro.
Miro el mar y no te veo. En las noches de luna sólo se ven figuras
extrañas que se esfuman en el romper de las olas.
Pero tú no estabas en aquella sombra que duró un instante,
ni en aquel quejido que vino de lejos.
Mar adentro, a lo lejos, se ven luces que tililan en la oscuridad
de la noche, ¿serías tú una de esas luces? ¡Tan
lejos!
Mar adentro y tan lejos.
Me voy. En el camino de vuelta recorro mis viejas huellas,
todavía marcadas en la arena húmeda.
Las tuyas no tienen vuelta, ¿te quedas, entonces?
Te hiciste sombra, reflejo, quejido o luz distante.
O tal vez mar u oscuridad.
¿Cómo quieres que te siga? Yo no sé, no puedo. No quiero.
la mariposa y el poeta
Ahora
se levanta ligera la mariposa,
extiende sus alas hacia el infinito cielo,
hasta desaparecer con su luz en lo alto.
Aquí
yazco recogido sobre mi cuerpo lastimado,
las piernas dobladas que abrazan mis manos,
la cabeza pegada a mi pecho desnudo.
Entonces
añoro sentido su luz irisada, su revoloteo impaciente,
cuando ya el eco se esfuma de su alegre presencia,
y penetro temblando en la frialdad de su ausencia,
me encierro sin fuerzas en mi abismo sin ella,
doy vueltas y vueltas en girar incierto,
plagado de sustos que sobrecogen mi alma,
oigo tambores de guerra lejanos,
siento un ejército de seres deformes marchar en mi busca,
veo a las nubes del cielo hacerse tormenta que amenaza mi suerte,
sin espacio que me cobije del rayo, mi mundo es oscuridad y vértigo,
y doy vueltas y vueltas en pos de un alma clara,
pero sólo encuentro confusión y codicia, estupidez, desidia,
griterío, algarabía, brutalidad y desprecio,
ni siquiera una palabra cálida, un insignificante gesto,
ni siquiera una minúscula luz que alumbre mis pasos,
me agoto, trato de reponerme y seguir girando,
pero ya mi cuerpo no da más de sí,
hastiado, cansado, me repliego sobre mi mismo
y en la oquedad de mi vientre desnudo,
el murmullo del viento me trae al fin la voz del poeta.
Sentado
solo, en un bar, bebiendo vino,
solo con sus papeles y sus versos,
solo en quietud y en silencio,
el poeta pronuncia su palabra
la noche
La noche se abre entre
risas de castaños,
la voz aguda de una joven muchacha,
el pálido fuego de la leña húmeda.
La música suena ininterrumpidamente al ritmo seco de los yembes,
la cuerda rasgada de una guitarra, la voz recia del “peluo”.
La noche nos abraza con su manto negro,
apenas rasgado por una tímida luna creciente,
nos agolpa en torno al calor de la hoguera
y nos hace sentir la presencia invisible de hálitos cercanos.
Todo parece estar preparado para entrar en su seno,
más allá de lo inmediato, perdido el sendero de andar doloroso,
ausente el tiempo de molestos recuerdos.
La noche nos invita a recorrer sus estancias de mágicos sueños
y de oscuras palabras.
Y cuando la guitarra suena, acariciada por anónimos dedos,
no es música humana la que llena el silencio,
sino el sonido embrujado de las almas nocturnas que pueblan el aire,
y de repente ya todo es hechizo, magia y extravío.
lágrimas
Una vez
vi una mujer escribir sobre un viejo papel, y con letras temblorosas, poemas
que hablaban de pasados amores, de reproches pendientes y excusas, torpes
excusas de todo el mal que pudo hacer, sin querer, a quien tanto quiso.
Su mundo era un mundo de recuerdos, y nada, absolutamente nada de lo que
le rodeaba, parecía afectarle. Sus ojos no miraban a ninguna parte
y ni siquiera cuando escribía parecía fijarse en su escritura.
Sus manos temblorosas se deslizaban impasibles sobre las líneas del
papel como guiadas por una fuerza invisible que ya no le pertenecía.
Ausente de todo, nada podía molestarla. De vez en cuando su escritura
se detenía, su mano permanecía inmóvil sobre el papel,
aferrada a su pluma y levantaba la cabeza como para contemplar la gente
que había en aquel viejo café. Sin embargo, sus ojos delataban
una mirada que apenas traspasaba su retina, raída cortina en la que
las viejas imágenes conformaban un denso telón que impedían
todo contacto con el exterior. Una lágrima, aflorando tímida
de aquella oscura gruta en la que moraban sus recuerdos, cayó entonces
sobre su mano salpicando el diario en el que, como una autómata,
grababa su vida. El frescor del agua salada sobre su piel rompió
la barrera que la separaba del mundo. Abriendo más los ojos, miró
su mano rugosa, levemente mojada por aquella lágrima, miró
el papel lleno de palabras ahora ininteligibles, miró a las gentes
que iban y venían sin cesar, y más allá de la ventana
del mugriento café en el que se encontraba pudo observar unos niños
que jugaban en una plaza cercana. Fue entonces que se levantó, otra
vez como empujada por una fuerza invisible que se apoderaba de ella, y se
fue, alejándose rápido de aquel lugar. No la vi nunca más,
pero si he de hacer caso a las palabras que transporta el viento, el diario
de aquella mujer sólo contiene páginas en blanco desde aquel
día, desde aquella hoja ligeramente arrugada por una lágrima,
por aquella lágrima que la devolvió a la vida.
luces y sombras
Todos nuestros esfuerzos para crear un poco de luz en nuestras apagadas
vidas,
nos traen también sombras más intensas con las que hemos de
aprender a convivir.
no notas el frío
¿No notas el
frío que nos desnuda
cada mañana, que tensa nuestra piel
de agua y fuego, y que dibuja un abismo
que nos arrebata el deseo?
a una mujer del sur
Eres toda luz, fuego, cálida brisa marina,
eres toda aire, viento, de harapos y colores,
eres toda risa, alborozo, hecha de palmas y cantos.
La noche es para tí, como el fuego de la hoguera,
la luna es para ti, y sus danzas de mil perlas,
la magia es para ti, y el encanto y el embrujo,
la música es para ti, con sus ritmos de azucenas.
Danza, risa, palmas, alegría o llanto,
tus ojos delatan antiguas pasiones que corren tus venas,
pasiones traídas de lejos, que trae el aire de la selva,
que trae el mar de su otra punta, que trae el fuego
que escupe la arena. Sentirlo todo quisieras,
libre de ataduras de extraños,
libre de tus propias cuerdas.
Merry, el muñeco de trapo
De retales y cosidos, de papeles y remiendos,
de colores y tristezas, de dulzura y terciopelo,
de mirada complaciente, de sonrisa rompeolas,
de ojos inocentes, y grandotes, y aspavientos,
de voy contigo y contigo vuelvo,
de qué quieres, toma, por qué lloras, no comprendo.
De palabras justas que se expresan con el cuerpo,
volátil, aéreo, amasijo de trapos y buenos sentimientos.
De flores en el pelo, de hojas en otoño y recogido en invierno.
De preguntas sin respuestas, del niño que lleva dentro,
Merry el muñeco de trapo.
noche bukowskiana
No sé si las palabras conseguirán salvarme
cuando, agotados todos los caminos,
la misma sensación de hastío ocupe todo mi presente.
La ciudad me da asco,
con sus prisas y sus gentes corriendo sin destino,
con sus coches ruidosos que nos roban el aire,
y sus altos edificios vacíos, transparentes a los sueños y
al deseo.
Trabajar me da asco,
por no dejar a otros el fruto de mi esfuerzo
y porque casi siempre las ilusiones compartidas
se desvanecen en la rutina y en la prisión de las formas.
Y qué decir de otros mundos,
obligados a percibirlos bajo un prisma único,
¿he de arrancarme los ojos para romper el cristal?
Yo también tengo 38 años, señor Bukowski
y también escribo este poema para salvarme,
pero no consigo que el hilo de las palabras
entrelace un mínimo espacio en el que gritar
Soy alguien.
Lo que más me molesta de estos últimos años
es que el velo de lo real, de esa pobre y mía realidad, es tan ligero
que apenas oculta la fragilidad de mis actos.
¡Si sólo hubiera sido capaz de hacer una apuesta en firme!
Con un solo paso creíble habría tallado un gigantesco sillón
de piedra
sobre el que habría fraguado un sólido imperio.
No habría permitido que la risa cesara jamás en mi reino,
ni que dejara de correr el vino,
ni que el amor osara ocultarse en los pliegues de amarillentas sábanas.
Pero lo cierto es que jamás arriesgué nada,
preocupado por solventar detalles sin importancia,
siempre a la espera de que, por algún milagro, lograra reencontrar
mi pequeño tesoro perdido, aquella fuerza infantil con la que gritar
despierto.
Ahora, con el correr del viento y los años
sólo me queda una sonrisa boba,
un recuerdo de amores pasados, frágil, casi como un sueño
y en cuanto al vino, aprecio beberlo lentamente,
saboreando cada trago, alargando cada sorbo
en un contradictorio intento de reforzar una imagen de tipo duro.
Quien no me conozca tal vez llegue a pensar
que mi ser es tan sólido como mis gestos
y que soy poseedor de un imperio oculto
en el que placer, risa y sexo coexisten despreocupadamente.
Yo también quisiera
escribir algo así como
hoy los mirlos están alborotados y decir que
mi cuerpo está abrasado como las cenizas de un cementerio seco.
Pero lo cierto es que desde mis cenizas no llego a escuchar
el alboroto de los mirlos y me da rabia,
ansioso de sentir la esencia de toda ruina: capacidad para renacer y morir.
Siento que la vida se burla de mi, prolongando esta situación de
espera,
como la tierra seca espera la lluvia que hace rebrotar los campos,
lluvia disfrazada de besos, lluvia blanca y fértil.
Yo también quisiera sentir los mirlos alborotarse en mi cabeza
y sentir mi cuerpo quemarse en el fuego de la pasión
hasta consumirme en ceniza seca.
Y tal vez por eso estoy aquí, tan al Sur,
porque éste es un lugar de historias y porque entre rumores
suele extraviarse algún deseo.
nochebuena
Apenas son las 12 de
esta nochebuena de 1999,
apenas acabaron los postres de una más, otra bendita cena familiar,
apenas se acallaron los gritos de una diversión forzada,
el desentonado cántico de los viejos villancicos,
apenas salgo a la calle y recorro lentamente el camino de casa en Torrero,
el mismo camino por el que iba a la escuela hace ya treinta años,
apenas siento el cálido frío nocturno, el viento zahiriendo
mi rostro en la noche,
apenas alejo fantasmas de antaño...,
y ya todo se esfuma, se rompen los lazos, me invade el silencio
y la ciudad, sus gentes, sus alegrías sentidas o forzadas, las canciones,
la navidad y su espíritu de cercanía..., todo se extingue,
y como tantas otras veces me siento solo, a solas conmigo y con un panteón
de muertos.
Y cuando camino de casa, observo a la gente entrar a misa de gallo,
grandes y chicos, mujeres, viejos y niños, bien apretados escapando
del frío,
todos juntos prestos a arrodillarse ante una imagen arcaica,
por unos segundos me detengo en la acera dudando de seguir sus pasos,
pues recuerdo que una vez me maravillé de la piadosa devoción
de unos feligreses rusos
ante sus más sagrados iconos y creí captar en parte sus sentimientos,
y creí que yo también podría creer, que hallaría
una iglesia,
una comunidad pagana que me protegería del mal.
Pero heme aquí que paseo desnudo en la noche y sólo me saludan
los muertos,
aquellos que no abandonan mis recuerdos,
sea porque su inmensa presencia apadrina mis actos, sea porque, aun ausente,
sois una de las pocas personas que sabe de mi mismo cielo.
nuevas y viejas canciones
Me pongo a bailar al
son de las canciones de Yves Montand
Que hablan de amor y hermosas mujeres del tiempo de las cerezas,
Canciones que me dicen: ven, por qué temes las penas de amor
Acercarte, el dolor está siempre ahí, pero cuando ya se conoce
Jamás hace sombra a la dicha, y el placer de una caricia inesperada
Supera cualquier infortunio.
Escribo de pie, mirando por la ventana la lluvia que cae,
Mientras ya la música se ha transformado en viejas canciones
De la Revolución española, interpretadas por el batallón
Lincoln
Mi ánimo me lleva a soñar con los grandes momentos,
La lucha a muerte por un ideal de igualdad y justicia,
El desprecio por las cosas insignificantes se apodera de mi
El desprecio por quien convierte la vida en un hecho insignificante
Me obligo a recordarme periódicamente que la vida no tiene sentido
Si no se está dispuesto a perderla por algo que la supera en sus
cotidianos detalles
Creo que he perdido capacidad para escapar a la trampa de lo que está
bien
Está bien ir a trabajar todos los días, aunque no te lo creas,
aunque no sepas para qué
Mantener las buenas maneras de respeto por las normas del sistema
Aceptar sin rechistar, tragar, tragar hasta ahogarnos en la mierda
Con que nos alimentan cada día.
He sabido escapar tantas veces, solo, acompañado, siguiendo huellas
invisibles
Junto al mar, en los parajes nevados de la campaña rusa,
En las laderas de Timanfaya, encerrado en una habitación sin muebles
de Zaragoza
He escapado tantas veces de esta prisión de muertos vivientes,
Siempre sin el recurso fácil a las drogas de diseño, con la
única droga de la voluntad
Capaz de alterar la conciencia más allá de cualquier límite…
Que ahora me pregunto qué me pasa, por qué acepto mi fatal
destino
Casi con resignación
O se trata de un momento pasajero, diez años pasando, restañando
heridas
Recuperando la confianza en los caminos no trillados, en lo inesperado
Y me digo ya estoy listo de nuevo, puedo volver a París
De otra manera, con más fuerza, sin dejarme arrastrar por la muchedumbre
En el metro, sin temer el control de los guardias, reducidos de nuevo a
escoria
Wir sind die Moor Soldaten, canta el batallón Lincoln.
Cuántas veces me habré imaginado esta escena, soldados, todos
llenos de barro,
No nos distinguimos unos de otros, sólo se aprecia la rabia, el esfuerzo
No puedo seguir, ya la música se convierte en bolero
Y de nuevo quiero bailar, con tus ojos, tus ojos verdes que tanto me hicieron
sufrir
Ah, la prisión se aleja, la alegría se dibuja en mis mejillas,
Me parece que mis manos, más que escribir, se deslizan sobre las
teclas de un piano
Siguiendo la música, casi me parece flotar
Ahora es fácil respirar, cuando se abren todas las ventanas,
Cuando el aire entra fresco, humedecido por la lluvia, siendo lluvia
Todas las escenas de mi vida, todo lo que merece recordar parece pasado
por agua
Soy un ser de aire, un aspirante a lo etéreo, a la placidez del silencio
Pero siempre necesito el agua para evadirme de esta cárcel
El agua del mar iluminada por la luna, el agua del mar ausente en marea
baja,
El agua que corre en el riachuelo que despertó a Adán de su
letargo,
El agua de la lluvia en Moncasi, la lluvia en Boltaña, la lluvia
en París
Tus manos húmedas sobre mis hombros, tu sudor, tus jadeos
No escribo nada desde que me faltas, tú, como excusa.
Dejaste de ser un rostro familiar y concreto para convertirte en un rastro
deseado,
Teresa, Andrea, Enmanuelle, Beatriz, mujeres para cavar túneles,
Mujeres para la evasión, he estado maltrecho, ya no os recuerdo
Ya no formáis parte de mis sueños, ya no sois mi impulso,
no queda nada
Salvo una música, unas notas que transportan viejos recuerdos desdibujados
Que gran lección me habéis dado: si no eres nada, no nos llames
Si no eres capaz de seguirme, seguir la estela de mis huellas en el mar,
¿recuerdas? Olvídame. Te hundiste por tan poca cosa…
Sólo a ti se te ocurre pensar que la vida tiene cuerpo de mujer
Y despreciar tantos regalos que ellos te han dado.
Ni un espacio, una línea, una mísera línea para Arturo,
Alberto, Bruno, Christopher
Mehran, mi amigo iraní, exiliado en París, con tantas ansias
de vivir,
Dios! yo siempre quise tener tu misma buena disposición para vivirlo
todo
Claro que tú también me faltas. Tu ausencia entorpece mis
dedos.
Con diez años de menos, se lamenta Silvio, con diez años de
menos, me digo,
Qué no haría ahora que reapareces sin saber de ti
Con diez años de más me duele que estés ahí,
simplemente.
nunca nos dimos placer bajo las sábanas blancas
Nunca nos dimos placer
bajo las sábanas blancas.
Nunca llenamos el lecho
de suspiros, de sollozos, de sudores,
o fragancias.
Nunca la pasión abrió
de nuestra piel un rasguño,
del que brotase la sangre,
que en reguero de amenaza
lograse tambalear nuestras creencias más firmes,
la existencia, el regocijo, el azar o la mirada.
Nunca se tiñó de oscuro
ningún cuarto de ninguna casa,
ni una vela perfumada,
que en gesto de sacrificio exhalará sus aromas,
se extinguió antes del alba.
Nunca echamos de menos,
en el tembloroso silencio de la noche más larga,
la dolorosa ausencia del otro,
el susurro de su voz cuando la fatiga avanza,
su sonrisa maliciosa, su pecado ni su falta.
Nunca estuvimos tan cerca,
nunca hablamos en voz baja.
ojos negros
(Conversación real)
— ¿Qué más puedo decirte? ¿Qué
más? ¿Debo mentir hasta caer extenuado? ¿Quién
se cree hoy un cuento de hadas? Bestias somos, bestias moriremos. Reivindico
mi derecho a ser bestia y morir como tal. Quien busque la luz ha errado
su camino. Todos desean el mal, nadie lo reconoce. ¡Ah!, ¡el
abismo! Que bonita imagen para una película. ¿Y saltar? ¿Por
qué no?
— Yo sólo quería vivir lo que brotaba dentro de mi.
¿Por qué habría de serme tan difícil?
— Porque sin agua que cae como lluvia no brota nada. Y el agua es
ajena, siempre ajena.
— Ajena, ¿a qué?
— Quise decir: viene de fuera, es rocío de cielo sobre la tierra,
frescura sobre la chicharra. Luego es propia, es vida, ilusión, esperanza.
— Sigo sin cogerlo. Bonita explicación, pero ¿qué
querías decir? Es triste, pero es verdad. Nada de fuera puede hacernos
felices. No podemos depender de los demás en ningún sentido.
La felicidad tiene que salir de dentro.
— La felicidad está dentro de ti. Es tu semilla. ¿Quién
lo duda? Pero, ¿no crees que al igual que la semilla necesita el
agua para germinar, tu felicidad necesita ser compartida para ser tal? ¿Cómo
ser feliz en la oscuridad de una caverna? Sólo una cosa más:
sólo quien arriesga conoce —y hablo de sentimientos—,
sólo quien se decide a dar un paso a lo desconocido encuentra tesoros,
sólo quien salta por un precipicio tiene derecho a hablar de felicidad.
— Es verdad. Lo siento. Sólo tú puedes hablar de felicidad.
— Yo estoy triste porque tú, lluvia que no acaece, estás
lejos, tan lejos en la oscuridad de tu caverna. Y no sé quién
eres tú, mi arrogante amiga. Te tiendo una mano sangrada porque sólo
a través de la herida penetra el conocimiento, y tú te cierras
ofreciéndome una venda en irrisorio sacrificio.
— Ya no tengo palabras, mártir. Tú eres mucho más
que todo eso, mártir. Me voy al baño. Hasta luego.
— Tal vez tengas razón, tal vez sea un juego. Pero estoy triste
porque soy impotente. Porque yo sólo quiero mirarte, tocarte, besarte,
para descubrir que se esconde tras tanta pose, tras tanta palabra estéril
y tanta mirada ausente. Y nada de eso me es permitido. Puedo comprenderte,
ello no evita mi tristeza. Y no me entiendas mal. Ya no es teatro, o es
el teatro de la vida. Tú eres una mujer, eras la mujer, representas
a todas las mujeres. Todas poseéis las llaves de la ciudad de más
allá del desierto y yo soy impotente para cruzar la laguna salada
que me separa. El barquero elige sus compañeros de viaje, mientras
llega el turno mi alma tiembla. Tienes tanto poder.
— No juego más.
— No, no tienes pose. Entiéndeme, sólo soy la bestia
que se agita afligida por su fracaso. No te sientas implicada.
— Repito: ¡mártir! Y yo no soy tu Diana.
perseguiré tu voz
Perseguiré tu
voz por todos los rincones,
removeré las tumbas de quienes antes ocuparon mi lugar,
vaciaré de tanto trasto inútil anaqueles y estanterías,
quemaré los libros que entretienen mi búsqueda,
recorreré los viejos caminos de carretas abandonados,
y llegaré al desierto si es preciso,
pero no perderé el rastro que una vez dejaste al pasar a mi lado
me aferraré a él hasta dar contigo,
porque sólo tu voz es aliento de vida,
y yo quiero vivir,
no quiero morir sin oír tu llanto de nuevo.
El poeta payaso
Un día se puso una boina negra, una camisa blanca de artista, pantalones
de tela y zapatillas de viejo. Se pintó la cara de blanco, las manos
de blanco y se roció todo entero de pintura blanca. Se subió
en un taburete y se quedó completamente inmóvil, con la mano
derecha extendida en el aire, como si quisiera atrapar una pizca de inspiración.
Sonreía y su sonrisa no se dirigía a nadie en particular, parecía
una sonrisa dedicada al mundo, o tal vez buscaba la complicidad de las musas.
Y así estuvo un tiempo sin que nada ocurriera, mientras la mano comenzaba
a temblarle y la congelada sonrisa se esforzaba por existir. Hasta que finalmente
sonó el ruido de una moneda que alcanzó su bote de la suerte
y el poeta payaso, tras realizar algunas muescas de agradecimiento, modificó
su posición. Después, todo fue más fácil. Aprendido
el truco, los niños no dejaron de seguir echando monedas mendigadas
a sus padres, y para todos, el poeta payaso inventaba una singular reverencia
de cálida complicidad hasta alcanzar una nueva posición y una
nueva sonrisa. Aquel día fue un hombre feliz.
En otra ocasión se vistió de negro y camisa blanca, se puso
un pañuelo rojo al cuello, una rosa roja en el bolsillo de la chaqueta
y sacó un rollo de papel en el que parecía haber algo escrito.
Extendió el rollo con sus dos manos y lo dejó suspendido en
el aire, mientras su rostro parecía dispuesto a soltar un apasionado
discurso. La gente lo miraba sin comprender, esperando que se decidiera a
hablar, que superara el instante de vacilación que le agarrotaba. Pero
él no se movía, nada, ni el más leve movimiento. Los
niños buscaron el bote de las monedas, pero no lo encontraron. Algunos
le arrojaron incluso algunas monedas a sus pies, pero él no les hizo
caso. Casi pareció que las miraba con desprecio. Esta vez la espera
fue más larga. El poeta payaso no funcionaba con monedas y para el
público la cosa resultaba verdaderamente incomprensible. No era tan
difícil. Finalmente un niño le preguntó por qué
no te mueves y el poeta, haciendo ostentosos gestos, le respondió con
estas palabras: “Me dicen: ¡No bebas más, Payaso! Yo les
digo: Cuando he bebido, oigo lo que dicen las rosas, los tulipanes y los jazmines.
Digo, incluso, lo que no puede decirme mi bienamada”. A partir de aquí
todo fue muy deprisa, la gente comprendió que bastaba hablar con el
poeta para que éste recitara una poesía, y durante toda la mañana,
decenas de versos salieron de la boca del poeta payaso. Pero casi nadie escuchaba,
la mayoría apenas si reparaban en sus exagerados gestos, ignorando
completamente sus palabras. Era fácil ser una estatua muda, imposible
una voz que derrama cánticos de dicha y amargura. ¿Y si las
palabras fueran contagiosas? ¿Y si ya no pudiéramos liberarnos
de los sentimientos que nos provocan? Aquel día fue un hombre triste.
Más tarde se fue a recoger unas ramas secas, las apiló con cuidado
y les pegó fuego. Consiguió hacer una hermosa hoguera en una
noche fresca y estrellada. Con el ruido del mar de fondo, se sentó
junto al fuego y se quedó absorto contemplando las llamas. Pasaba el
tiempo y él seguía absorto en el fuego que ya le alcanzaba,
y cuando las llamas ya le consumían por dentro, seguía inmóvil
contemplando su propia destrucción. No había monedas ni palabras
que consiguieran despertarlo. El payaso poeta hacía su mejor representación.
Pero a la gente no le interesaba, y se alejaba contrariada al ver que no pasaba
nada. El estaba solo y consumido por dentro. Ella estaba enfrente, al otro
lado del fuego, y lo miraba. Con un pañuelo en la cabeza, miraba el
mar y miraba el fuego. Y entre las llamas él la vio. O mejor dicho,
vio sus ojos, sus enormes ojos verdes, perdidos entre el mar y las llamas.
Aquel día se enamoró. Ensayó una de sus mejores sonrisas,
le dedicó una de sus inmejorables poses, improvisó una atrevida
poesía, pero ella sólo miraba el mar, y cuando la débil
hoguera se extinguió, falta de mejores ramas, ella ya no estaba. Aquel
día fue el hombre más triste de la tierra.
Pasó el tiempo y el poeta payaso siguió con sus actuaciones.
Un día regalaba pétalos de rosa en París, otro paseaba
con paraguas en una magnífica tarde de sol en Estocolmo. Un día
recogía colores en San Petersburgo, otro recogía las bolas de
malabares del suelo de una plaza de Berlín. Un día estaba triste,
otro era feliz. Un día hizo de nuevo una pequeña hoguera y ella
de nuevo estaba allí. Habían pasado algunos años, pero
aun conservaba su cara de niña, y sus ojos eran tan grandes como antes.
Ya no miraba el mar, ahora era como si el mar estuviera dentro de ella. Y
a través de sus ojos se veían los restos de algunos naufragios.
Ella miraba el fuego y él la miraba a ella. Intentó forzar su
mirada, recurrió de nuevo a todos sus trucos, para nada. Cuando la
hoguera se apagó, ella se fue. Una vez más, se fue, una vez
más y otra, y otra y tantas como el poeta payaso y ella se juntaban
en torno a una hoguera que se repetía cada año como un ritual.
A él le gustaba mirarla porque a través de sus ojos veía
el mar. Pero a ella sólo le interesaba el fuego. Absorta, miraba el
fuego sin cesar. ¡Hubiera sido tan sencillo levantar los ojos del fuego
y encontrarse con los ojos de él al otro lado de las llamas! ¡Hubiera
sido tan sencillo sostener por un instante el encuentro de ambas miradas!
Pero a ella, a pesar de los años pasados, sólo le interesaba
el fuego. Y aunque él, a través de sus ojos veía claramente
los restos chamuscados de antiguos naufragios, a ella sólo le interesaba
el fuego. Y cada vez que se apagaba algún fuego lejano, ella volvía
al pequeño fuego del poeta payaso.
¿por qué no gritar despierto?
—
¡Soy un espíritu libre!
Gritó poco antes de despertarse sobresaltado sobre su antigua cama
de palio. Nervioso, inquieto, sudoroso, quisó acordarse de su sueño,
saber el porqué de su espanto, sobre todo cuando ya era algo que
comenzaba a repetirse demasiadas veces, sobre todo porque el día
ya no era más que un morboso anhelo de la noche.
Pero de momento sólo era capaz de percibir el profundo palpitar de
su corazón, un latido arrítmico, seco, que creía oír
retumbar en todo el cuarto. Sudor sobre sudor bajo una luz pobre, sudor
sobre sábanas empapadas, estrujadas entre unas manos que las agarraban
con fuerza para evitar que se escapase algo, como si fuesen el mágico
velo que separa su mundo del de sus sombras. Y sin embargo, todo su esfuerzo
por reconstruir lo soñado era inútil. De nuevo no quedaba
más que una luz difusa al fondo de una sala oscura. Negritud más
fuerte que cualquier llama, negritud que se apodera del alma. ¿Caía?
No estaba seguro. No estaba seguro de si era él quien se movía
o lo negro que avanzaba. Después bastaba un recuerdo del pasado para
olvidarse de todo, de su grito, de su angustia, de sus miedos.
Jamás hubiera gritado así cuando de pequeño iba a la
escuela por viejos caminos polvorientos, sin que importara el tiempo de
llegar, sabiendo sin saberlo que él aprendía de las piedras
y del lodo, de los campos, animales y espacios abiertos. Su vida era juego
porque todo era juego. Y no sólo jugaban él y sus amigos.
Jugaban los pájaros, los trenes, las espigas de trigo. Jugaban los
árboles, los vientos y las mariposas. Una sinfonía de seres
en juego, en la que nadie desafinaba. Y jugaba, cuando con diez años
se acercó a una compañera de clase, lleno de temor y cara
de avergonzado para querer decirle:
— Hola. Si supieras como me hechizan tus ojos.
Si bien le dijo:
— Hola. ¿Vendrás a la excursión de mañana?
Y algo debió notar ella que dio por toda respuesta un
— Acercate, tonto.
Así fue su primer beso, un juego más que se prolongó
en días de miradas furtivas y noches de fantásticos sueños.
En espera de una señal camina errático por parajes diversos.
— ¿Qué esperas, qué? ¿no has hablado siempre
de crear tu destino?
— Tal vez mi destino sea ahora esperar. Quiero saber qué sueño.
Y grito, y no reconozco mi grito. ¡Si pudiera gritar despierto!
recorreré los campos
Recorreré los
campos de heno y viento hasta dar contigo,
porque tú habitas en cielo abierto y la inmensidad del tiempo es
tu hogar.
Siempre estuvimos aquí
Siempre estuvimos aquí,
aunque vinimos de lejos,
nos encontramos de nuevo en el atardecer de arena y fuego,
en el espejo de unos ojos que la luna refleja en tus ojos.
Nos atrajo el perfume que el tiempo deposita en nuestra piel de barro
y que los vientos esparcen allá donde vibra con fuerza el calor de
la gentes
que unen sus manos en sinfonía de voces
para dar aliento y vida a toda la vida.
Siempre estuvimos aquí, aunque vinimos de lejos.
Éramos simples palabras de amor y lucha,
cálidos colores de pasión y entereza,
un mar de sueños cabalgando en el perfil del viento.
Siempre estuvimos aquí, nunca nos fuimos, siempre estaremos.
soledad
Me pregunto
si alguna vez en tu vida has vivido tan dentro de ti, si en algún
momento de tu azarosa vida has sentido con tanta fuerza la lejanía
de las cosas. Ni siquiera cuando debiste enfrentarte por primera vez a la
soledad, a la soledad de verdad, al hecho de estar solo cuando uno quiere
y también cuando uno no quiere. Tan distinto de aquellos pasajeros
retraimientos de la adolescencia, cuando en esa búsqueda constante
de sentimientos desconocidos, decidías encerrarte en tu cuarto con
tu música preferida y tus sueños de joven rebelde. No, te
hablo de la soledad de horas de lectura, sin mayor interés que el
dejar que pase el tiempo, y de un esfuerzo no siempre recompensado de reencontrar
otro tiempo, otro lugar, otras gentes.
Gentes que te permitan ser uno más entre ellos, uno más para
ellos y así, durante un tiempo, no ser más que ellos, diluirte
en ellos. Te hablo de horas de puzzles interminables y de piezas jamás
encontradas, de repetidos paseos visitando los mismos cuartos, cuartos vacíos,
siempre vacíos; de escapadas a la cocina en un intento desesperado
de reconciliarte con el placer en la forma de un dulce de varios días.
El teléfono no habría de sonar jamás, no formaba parte
de los objetos de la casa. Ni la televisión, ni el ordenador multimedia
te molestarían con su soledad virtual. Agotada la lista de conocidos,
sólo quedaba el sonido zumbante del timbre de la puerta como única
escapatoria a un revenir constante sobre ti mismo. ¡Qué insoportable
resulta ser uno mismo todo el tiempo! ¡Cuánto has podido odiarte!
Odiar esa identidad que te persigue allá donde vayas. Siempre tú,
todo el tiempo tú, delante de ti sólo estás tú.
Y sin embargo, el viejo timbre sonaba a menudo. Pero entonces, ¿por
qué eso que hubiera podido desgarrar esta pesada identidad, se difuminaba
de golpe en la sucesión de figuras mudas que atravesaban la puerta?
¿por qué esos seres dóciles que llegaban sonrientes,
incomprensiblemente se transformaban en fantasmas errantes, que desfilaban
extraños ante tus ojos, incapaces de impedir tu ausencia? Ausencia
de sus palabras, ausencia de sus preguntas esperadas, ausencia de sus gestos
siempre previsibles, ausencia de sus miradas tan transparentes que hacían
más opaco si cabe tu encierro. De nuevo, solo. Todos estaban allí,
pero no eran más cosa que las otras cosas. Todo trastos inservibles
a tu alrededor. Y también ellos, porque tú así lo disponías,
se habían convertido en trastos. Dotado del poder de Midas transformabas
en oro todo lo que tocabas. Nada más puro que el oro, y nada más
inútil que una sonrisa paralizada en su esencia dorada. Años
más tarde vuelves a encontrar esta soledad de horas muertas. ¡Tanto
tiempo dándote! ¡Tanto tiempo deseando recuperar tu tiempo!
Y ahora te miras repetidamente al espejo, un día tras otro, y siempre
con esas mismas arrugas en la frente que te hacen preguntarte desde cuándo
están ahí, pues estaban seguramente ayer, y antes de ayer,
y probablemente, antes de antes de ayer. Y probablemente, nunca antes habías
sentido con tanta fuerza la lejanía de las cosas, como si el tiempo
se hubiera detenido en tu vida hace algunos años y desde entonces
ya nada más pudiera atravesar la barrera de tu inestable yo. Tu yo,
¡tan cargado de recuerdos!, de aquellos recuerdos de cuando unos ojos
verdes te hacían gritar al cielo: ¡el amor existe, son tus
ojos! ¡El deseo existe, por él lucharé a tu lado! El
deseo era esa abertura hacia el mundo nacida de compromiso, el deseo de
aquellos ojos era el desgarro por el que la totalidad de la vida se adentraba
en ti. Y después, ¡tantos años para cerrar tus heridas!
¡tantos años alejado del mundo y de las cosas, no permitiendo
a nadie que se acercara demasiado, mientras tú lentamente relamías
tus puntos de sutura! Entretanto, te has hecho títere de un repliegue
inconsciente, de un distanciamiento tan progresivo como impremeditado —distancia
física hecha barrera que impida tu retorno, distancia temporal presta
a borrar las viejas representaciones. Has querido comerte el mundo a través
de su ombligo, has querido vivir en el teatro de todos los teatros, allí
donde todos los dramas de la vida se juegan en algún rincón
de un escenario desierto. Has querido abrirte ilimitadamente a lo posible,
ignorando que los fantasmas no sufren heridas, y que por tanto tu sangre
derramada jamás hallará otra sangre con la que fundirse. Has
querido vivir más, engrandecer tu espíritu, y te has encontrado
con un callejón sin salida, con flacas fuerzas para derribar el muro
que te cierra el paso, y con la clara intuición de que no hay marcha
atrás. Tú ves el muro, pero el muro no existe.
En tu habitación, una gran ventana se abre sobre un paisaje monótono.
Más allá de la silueta de los edificios de enfrente, el sol
no se pone nunca por el mismo lugar. El horizonte lo acoge en su seno en
una fiesta multicolor. Los domingos, en tu calle, las mujeres negras llevan
vestidos con todos los colores del sol. Las ves desde tu ventana, y ves
el sol relucir sobre ellas. Tal vez sea eso todo lo que te está permitido
esperar. Tal vez sea todo lo que se pueda esperar.
trenes que van hacial el norte
Hay trenes
que van hacia el norte, dejando atrás las pobladas ciudades del sur.
El norte es el frío, las vastas llanuras de inmensos bosques, el último
refugio de una naturaleza salvaje que, poco a poco, el hombre va acotando.
Y aun así, todavía es posible extremecerse ante su pureza no
contaminada por las manos polutas de los hombres, quienes, ante la fascinante
agresividad que aun es capaz de mostrar en duros y largos inviernos de vientos
glaciares, no tienen más remedio que recogerse en núcleos aislados
y suficientemente alejados unos de otros como para dar margen a la máxima
expresión de su fuerza bruta.
El tren recorre cientos de kilómetros a través del cordón
umbilical que lo mantiene unido a la gran ciudad del sur. A ambos lados de
la vía se manifiesta en su esplendor de formas la vida: profundos bosques
de abedules y coníferas salpicados de numerosos pantanos de perfiles
caprichosos, grandes lagos moteados por multitud de islas, caudalosos ríos
que arrastran sus aguas hacia los mares del norte. Por desgracia, las aldeas
del pasado dieron paso a la ciudad moderna. Y lo que antes resultaba ser otra
forma de expresión de la vida -el hombre en contacto directo con la
naturaleza- se convierte ahora en simple agresión de la artificialidad
humana contra el medio que le rodea.
Desde la ventana del tren contemplo maravillado el espectáculo que
se me brinda ante los ojos y me pregunto por qué semejante atracción
por los bosques. Pero... ¡No! El bosque sólo no basta. Debe haber
también torrentes de aguas con cascadas salpicantes, riachuelos de
curso apacible, lagos de quietud y, sobre todo, claros, desde donde poder
ver el cielo. El agua que discurre por los arroyuelos o que salpica en las
cascadas, la tierra húmeda del llano o el roquedal de la ladera, el
fuego que consume la madera y nos protege del frío, y el aire puro
y aromático con esencias de mil plantas, todos ellos, hijos de la Gran
Diosa, se dan cita en el bosque que nos sirve de cobijo. El bosque es la Vida,
o una de sus formas, y nosotros, humildes moradores inmersos en la tensa lucha
por la supervivencia, participes del drama diario de vivir, lo tenemos todo
ahí y, sin embargo, buscamos desesperados los claros o los forzamos.
Para mirar las estrellas, y con la mirada se escapa tras ella el anhelo de
alcanzar su espacio, cúpula celeste erigida en morada de dioses distantes
que liberan al hombre de sus ataduras mortales. En la frondosidad del bosque
somos prisioneros de la vida, agreste y finita. Algunos lo saben y lo aceptan,
otros sienten en su cuerpo la asfixia a la que se ve sometida su alma y corren
en pos de la luz. La luz es escasa en el bosque, viene del cielo, de las estrellas.
Acurrucado en un rincón de mi vagón me convierto por instantes
en curioso observador de aquellos otros que, como yo, se encaminan hacia el
norte. Por momentos desearía ser transparente, o invisible, y poder
evitar ser acosado por quienes me rodean. Hay momentos en que desearía
que nadie me dirigiera la palabra, que nadie me mirara. Puesto que tengo que
compartir con ellos este pequeño compartimento, al menos que me dejen
tranquilo en el mínimo espacio que desaloja mi cuerpo. No fiarse de
las apariencias y, sin embargo, una mirada inesperada lo dice todo. Con el
deseo pueden engañarte, pero si atrapas un gesto suyo, descontrolado,
inadvertido, sabrás todo de su vida, de los vaivenes del pasado, de
sus ilusiones para el futuro: como este muchacho bonachón que decidió
asentar la cabeza al tener su primer hijo, dejando para el recuerdo algunos
años de comedido desmadre, propios de su juventud inconsciente. O esta
familia que tan cálidamente me ha ofrecido su almuerzo y, tal vez,
su hogar llegados al frío norte. Quieren vivir en paz en un mundo sin
guerras ni conflictos estúpidos. El sabe de pasados amargos, de luchas
estériles. En una naturaleza espectacular, a la par que dura y poco
acogedora para recién llegados, ha encontrado su refugio, su hogar,
su vida. Ella responde perfectamente al prototipo de mujer educada según
el modelo cristiano de desprendimiento, solidaridad, amor al prójimo.
Le gusta leer y soñar. ¿Añora el paraíso?
Sin embargo, mis miradas más cálidas y persistentes se dirigen,
sobre todo, hacia una niña preciosa de ojos grandes y hechizantes,
pelo claro y labios sensuales. Nos miramos de reojo. Ella con la curiosidad
de los niños ante lo novedoso, ante lo extraño -¿y qué
más extraño que un español en las lejanas tierras del
norte?- Yo, preso de su mirada, de su risa, cierro los ojos para ver una mujer.
Una mujer libre del pesado lastre que es ser mujer -educada para serlo, como
si para ser hombre o mujer hubieran de enseñarte algo-. Una mujer pura,
inocente, hermosa en su hermosura sin cánones, que sabe reir y jugar,
sin asumir ningún rol que le venga impuesto, sin amarguras de fallidos
amores pasados, una mujer virgen -la virginalidad es una intencionalidad cándida-,
una mujer y una niña, sabiduría y juego, misterio y pasión,
una niña, una niña para contemplar y soñar. Su rostro
limpio y redondo, sonrosado, vivo, sonriente, alegre, descuidado, ¿qué
le importa a ella de verdad? nada, no le importa nada que no sea lo inmediato.
Mujer que naces con la mañana, libre de todo pecado, de todo condicionamiento,
de toda atadura, ¿dónde estás? Quiero que sepas de mí.
El solo hecho de que conozcas mi existencia me redimirá. Por eso voy
a tu encuentro, aunque de momento baste con la mirada de una niña que
revela tu existencia.
Los trenes que van hacia el norte llegan a regiones más allá
de los bosques, donde sólo crecen pequeños arbustos, rastrojos
y hierbas; zonas pantanosas en verano y cubiertas en invierno por un manto
blanco y brillante que se extiende a lo lejos tanto como alcanza la vista,
la imaginativa vista de quien se aventura en esta tundra violenta y susceptible,
otra expresión de la Vida que para el hombre puede significar la muerte.
Miles de años antes que este tren me acercara hasta tan inhóspitas
regiones -con precaución: el cordón umbilical me mantiene permanente
unido con la gran ciudad del sur-, otros hombres ya lo habían hecho.
Abriéndose paso entre la maleza, vadeando ríos e intimando con
la nieve, la escarcha y el frío, estos seres de alma inquieta se aventuraron
más allá de lo posible sin una meta fija. ¿Por qué
fueron tan lejos? A pesar del tiempo transcurrido, ¿no es mi propia
marcha una respuesta? El hombre cansado del hombre huye hacia una naturaleza-madre
donde sea acogido como un hijo pródigo. ¿Qué puede causar
un sentimiento tan sobrecogedor en un entorno salvaje, sino la necesidad y
satisfacción de vernoslas a solas con esa madre monstruo que nos acoge?
Nos fascina su impiedad, su desprecio aparente por nuestra vida individual
e interpretamos todo ello como manifestaciones de su reconocimiento. Sí,
en la soledad del cara a cara con la naturaleza apreciamos su querer. Y en
la tundra, como ocurre cuando nos aupamos a las más altas montañas,
ese tú a tú con la naturaleza tiene como fenomenal testigo de
excepción el cielo, espectador pasivo de nuestra lucha por ascender,
de nuestra lucha por sobrevivir. Pero en el norte, el cielo ya no es este
testigo distante y frío que incomprensiblemente seduce nuestra alma.
No, en el norte el cielo se alínea con la vida y se convierte en fiesta
permanente de luces y sombras. En verano, el Sol-Ra elude su lucha diaria
con Apofis y permanece visible en el cielo día y noche, curioso de
los sueños de los hombres y presto a rivalizar con la luna en acaparar
la atención de poetas y soñadores: es el Sol de Medianoche,
galán suntuoso y presumido, sabedor de que su presencia basta para
atraer hacia sí cientos de personas venidas de lejanas tierras. Su
osadía la pagará cara, cuando al llegar el invierno la Noche
tome justa venganza y con su manto de estrellas sumerja a la Tierra en una
oscuridad fría y persistente, marginando al sol a una apariencia tímida
y distante.
Y así, arrastrado por el suave paso de múltiples sensaciones,
el viajero se presenta desnudo a los lugares que visita, deja atrás
un lenguaje, unas gentes, rasga sus ropas para vestirse de la sonrisa de aquella
niña que lo mira de reojo, curiosa y temerosa; saborea una copa como
rito de iniciación, se empapa de colores y sonidos extraños
que buscan hueco en su alma abierta; intima con la noche, con lo próximo
y lo lejano; acepta todo lo que se le ofrece, pero no se queda con nada, salvo
con la sensación, íntima, de que su caminar sobre el abismo
en que se sitúa su vida ha alcanzado regiones más allá
de lo posible.
tres dioses falsos y una propuesta desesperada
De niño
creía firmemente que a través de una caracola podía
oírse el mar. De manera que, aún siendo ya experiencia conocida,
no perdía ocasión de repetirla siempre que cayera en mis manos
semejante objeto mágico. De niño todo lo que me rodeaba estaba
poseído de un sentido incomprensible para mi, invitándome
a participar de secretos arcaicos. Descubriendo las cosas ellas descubrían
mi vida, pues que podría ser vivir sino el continuo juego con lo
inmediato, ausente el tiempo y difuso el espacio. De niño todo es
sorprendente porque nos dejamos sorprender y la mirada es tensa porque no
nombra ni domina y recibe de vuelta el sentido que se nos oculta al convertir
la cosa en objeto y el objeto en concepto. De niño sólo hay
un Dios, que no es propiedad de nadie, un Dios desconocido y ausente. Un
Dios que no participa en el mundo porque no es reclamado. Un dios abandonado
a sí mismo, a su propia insaciabilidad, a su nada. En la tierra,
un niño observa una caracola, se recrea en sus caprichosas formas,
en el sonido arrancado de sus entrañas. Dios y niño se ignoran,
pero en un su mutua ignorancia comparten una escena eterna en el espacio
que no llenan: ambos portan el sentido que mana del fondo de las cosas.
Mientras, ella aparece radiante al volver la esquina, sentada dos pupitres
más atrás o paseando lentamente en el parque... La mirada
tensa advierte la magia que envuelve el encuentro. El deseo se disfraza
en el roce prohibido, en la palabra dulce que lo desplaza al mañana.
Mañana volveré a estar contigo, a sentirte de nuevo, a sentirnos.
Su piel sabe a sal y a través de ella oigo el mar. Me enseñaron
a llamarlo amor, pero Amor, como Dios, está ausente pues mi querer
es pura ignorancia, y no reclama su presencia. El amor acecha en cada gesto,
en cada lágrima de ausencia, en el silencio que nos une, en el grito
que lanzamos al viento..., pero El no lo sabe, ni ella, ni yo.
En algún momento dejé de ser niño y abracé con
fuerza el saber adquirido. Como un juego comenzamos a pensar y desplazamos
el escenario mágico de lo real a lo pensado. Me enseñaron
que cada cosa tiene un nombre y que los nombres definen a las cosas. Me
enseñaron a jugar con los nombres y a prescindir de las cosas. Me
enseñaron a ordenarlos en cadenas según una lógica
considerada como el mayor logro del ser humano. Me enseñaron, en
definitiva, a ser mayor. Aprendí, y no sin entusiasmo. Con entusiasmo
descubrimos lo que el hombre ha sido capaz de hacer en el juego de la razón.
Con entusiasmo nos adentramos en el mundo del conocimiento teórico,
pero también en el mundo de los sueños convertidos en palabras:
en la poesía, en la literatura. Y con entusiasmo descubrimos que
detrás de todo se halla "el espíritu", para algunos
una palabra más entre tantas palabras, para otros la fuerza que las
sustenta a todas, o el hilo invisible que las entrelaza y después,
por fin, una realidad nueva que reemplaza a la olvidada. El hombre reclama
a Dios para poner orden en el maremagnum de palabras hechas historias, leyendas
o mitos y, con su ayuda, envía al Cielo lo que es de Dios, y da al
hombre lo que es del hombre: su recién adquirida razón, presta
a descubrir los secretos del mundo. Pronto se olvidará de Dios o
lo convertirá en apéndice exculpatorio de su limitada razón.
"Dios ha muerto", proclama el profeta, nosotros lo hemos matado.
Y ahí comienza el suplicio.
Mientras, ella se descubre un poco cada día: revela su pasado, sus
marcas; revela su futuro, sus deseos e ilusiones. Ambos nos queremos y sabemos
que nos queremos. Conocemos los ritos que se consagran al amor y lo practicamos
como fieles. En su nombre planeamos mil historias diferentes, nos embriagamos
juntos, nos cuidamos, aspiramos a fundirnos en un sólo ser. En su
nombre soportamos la cháchara aburrida del otro, vigilamos su fe
ante cualquier intruso, caemos en un servilismo obsesivo, construimos un
futuro para nuestros hijos... En su nombre, también, lo matamos.
Pero la soledad del hombre independiente de los dioses es insoportable.
La vida, para quien no la rehuye en mil excusas que le apocan, carece de
sentido. Sin dioses, se halla vacía. Empieza el giro sobre nosotros
mismos. El juego, que se trasladó de la realidad al pensamiento y
de éste a la realidad de la razón a través de la técnica,
quiere retornar de nuevo a la realidad primigenia. Y para ello, el hombre,
algunos hombres, exploran los pasadizos secretos de su alma, los recovecos
de la razón. "La destrucción de los dioses nombrables
reconduce a un nuevo dios", un dios sin nombre, un "dios innominado",
un dios que late en cada vivencia impensada, en cada experiencia ritual
emprendida en los márgenes de la razón. Pero por desgracia,
muchas de estas prácticas conllevan una cierta mutilación
del propio hombre. El juego se convierte en terapia, ejercitación,
disciplina. Se niega la risa, el exceso, el desenfreno, el desenvolvimiento
caótico de la conciencia. El niño se esconde.
Mientras, ella aparece de nuevo disfrazada de ola. Una y otra vez retorna
a la orilla del deseo queriendo sumergirme en su mar. Una vez amaron sin
saberlo y sabiéndolo después se odiaron. Ahora ambos saben
que no hay nada que saber, que el amor no existe, pero que se puede crear.
Juntos creamos un amor insuperable, sobre tu sexo siempre virgen que oculta
un misterio insondable. Juntos quisimos ser como niños, aunque olvidaste
que no lo éramos, y olvidé que los niños son caprichosos.
Parece que el amor no puede ser más que un sueño que se esfuma
al despertar. Nunca será obligación, compromiso, disciplina
o terapia. Y sin embargo, si no es esto, no es nada.
Mi propuesta es conocida: vivir al límite o en el límite,
junto al abismo, o en el extremo de lo posible. Vivir en peligro, aventurarse
en lo desconocido hasta poder decir "lo que he visto escapa al entendimiento
y Dios, o el Absoluto, o el Fondo de los mundos, no son nada si no son categorías
del entendimiento". Relegar a Dios a sus miserias. "Poner en duda
todo lo que sé por el simple hecho de existir". En cuanto a
tí, no sé nada, pero podríamos ser caracolas por un
instante.
un día...
Olvidé el nombre
de una calle que de pequeño
solía frecuentar por su silencio y frescura,
hasta que recibí una sugerente tarjeta
que como en un encantamiento me llevó hasta ella
Olvidé el nombre de un árbol en cuya sombra
me resguardaba de las tardes de sol,
hasta que tras muchos días de espera bajo sus ramas
entendí su verdadero nombre en el susurro de sus hojas
Olvidé el nombre de un libro que contaba
extrañas historias de noches de pasión y terror
hasta que tras mil y un desencuentros
fue el regalo elegido para la despedida
Un día olvidé su nombre en la ausencia de la noche
y el vacío que dejó en mi cama
todavía me acompaña, sin esperanza de saber
quién fue
un hombre en Belleville
Un hombre desciende
la rue de Belleville,
desde el parque de Buttes-Chaumont hasta el boulevard,
un hombre desciende la calle salpicado
por una fina lluvia en una noche de invierno,
un viento frío le corta la cara, las orejas escondidas
en el cuello alto de su gabán.
Nada le distrae, ni las luces de neón que llenan de color
las callejuelas del barrio chino, ni la algarabía
que se siente en el interior de los locales de alterne.
Nada le distrae, ni una sola palabra se ordena en su mente,
ni tampoco un sentimiento de frío o calor reclama su cuerpo.
Un hombre, solo, desciende la calle hasta el boulevard de Belleville,
no conoce más compañía que dos enormes lágrimas
cayendo por su rostro.
vosotros
Vosotros, eh!, vosotros!
Vosotros, que os arrastráis entre los escombros de tanta ruina, desolación
y muerte, en busca de una chispa que encandile vuestros retraidos ojos.
Vosotros, que habéis llegado hasta aquí dejando un rastro
de viscosas babas, que horrorizan a los pulcros y refinados hombres de pro.
Vosotros, que preferís vivir ocultos en la noche, agazapados entre
la muchedumbre, desde donde poder mirar sin que os miren, ni os señalen
con el dedo acusador, y acusar desde ahí a promotores de estampas
burlescas, instigadores de afrentas y escarnios gratuitos.
A vosotros me dirijo, a los inútiles del mundo, que deambuláis
erráticos sin fin, que convertís todo acto en un gesto estéril,
a los que despectivamente os llaman vagos y holgazanes, siempre prestos
a perderos tras el vuelo de una alondra, o a sentir con fuerza la hierba
fresca en un claro del bosque, prestos a sumergiros en una historia ajena
al calor de insinuantes palabras o a garabatear en noches de luna llena
montones de hojas con líneas, sombras y colores; prestos a dilapidar,
despilfarrar y malgastar cuanto cae en vuestras manos levantando castillos
en el aire, o a derrochar ánimo y energía en causas perdidas;
prestos a sentir el placer y el dolor con la avaricia de quien no se siente
nunca satisfecho.
A vosotros, que creéis en el hombre con sus contradicciones y vicios,
en el hombre desnudo y por ello camináis siempre desnudos, evitando
que la carga del que posee lastre vuestra andadura.
A vosotros, capaces de escucharme, me dirijo.
Y escuchad bien, pues he venido aquí para acusaros.
Os acuso, y con ello me acuso, de retroceder ante el abismo que circunda
vuestro yo; de temer el terreno baldío, la ciénaga nebulosa
más allá de la conciencia; de acallar el grito de agonía,
de liberación y destrucción, que nace de vuestras entrañas;
de sentiros satisfechos con las migajas que deja la carroña; de vivir
en el nivel de la representación, sin poneros nunca en juego, siempre
ocultos entre palabras y gestos prestados, entre máscaras de tibieza
que ocultan otras máscaras, que por temor a sus posibles formas aberrantes,
no os atrevéis a reconocer.
Os acuso de quedar paralizados por el miedo, de huir del vértigo
que produce el encuentro con lo otro, refugiándoos en los cómodos
y placenteros pastizales de las costumbres y las creencias arraigadas, asfixiados
en la rigidez de vuestra individualidad.
Os acuso, en fin, de ser cobardes.
¡No, no os equivoquéis! Mis palabras no son el anuncio de una
nueva era, no soy el portador de ninguna nueva luz que haya de resplandecer
para marcaros el camino venidero. No soy un profeta, aunque ahora parezca
que os hablo como tal. Sólo soy un ser que sufre, un ser que siente
sin añoranza la caída de los Dioses de aquí y de allá,
y que se abraza al dolor de las noches al raso con la esperanza de alumbrar
un nuevo deseo. Un deseo que me arropa junto a ti, si tú te muestras,
si todos nos mostráramos...
historia de un náufrago
I
Luis no creyó nunca ser un náufrago. Cierto que el hecho de
que entre él y el mar no hubiera más que un montón
de deshechos repartidos por toda la playa, le hacía pensar en exóticas
tierras lejanas, imaginar cuál sería el posible origen de
lo que allí, ante él, se había transformado en simple
basura. Y aunque las tierras interiores eran un lugar inaccesible -un vasto
territorio volcánico, un inmenso mar de lava petrificada extendiéndose
hasta el horizonte recortado por las majestuosas figuras de los volcanes-,
y por mar, no recordaba la violencia de ningún naufragio, él
sabía que de alguna manera había llegado hasta allí,
como sabía que de alguna manera saldría de allí. Sabía
que aquella cabaña en la que apenas cabía tumbado no era más
que un lugar de paso. No era el primero en pasar por allí, como lo
atestiguaban los innumerables restos que delataban una presencia humana
cambiante, y probablemente tampoco sería el último. Luis sabía
que no era un náufrago, que estaba de paso, pero también sabía
que estaba solo, tan solo como pueda estar un náufrago en una isla
desierta.
Todavía de día se acercó hasta el mar, atrevasando
la barrera de desperdicios que le separaba del agua, evitó pisar
alguno de los abundantes fragmentos de grasa sólida que las mareas
arrastraban hasta la orilla de cuando los barcos limpiaban las máquinas
-los barcos cambiaban el aceite de sus motores en aquellas aguas con una
frecuencia que ni el océano era capaz de absorber, extrañamente
casi nadie protestaba-. Hundió los pies en el agua y dejó
que su frescor invadiera su cuerpo, un frescor que le erizaba los pelos
conforme alcanzaba el pecho y la cabeza. Se preguntaba qué habría
al otro lado del mar, cómo podría llegar hasta allí,
se preguntaba si del otro lado habría gentes como él, gentes
que con los pies hundidos en la arena y al agua hasta los tobillos, le miraran,
como él los miraba, si estuvieran allí. Una ola que rompió
con fuerza por encima de sus rodillas le despertó de su sueño.
Inutil adentrarse en el mar. Luis no era un pez, eso también lo sabía.
Un suspiro, una última mirada a aquellos lejanos rostros imaginados,
y de vuelta a su cabaña, a esas cuatro tablas arrojadas por la marea
y que en un lejano pasado alguien dispuso en ese orden.
Al caer la tarde, el sol comenzó a ocultarse tras los volcanes. Como
guiado por un atávico instinto de seguir al dios-astro en su descenso,
Luis encaminó sus pasos tras los débiles rayos solares. Al
principio, mientras la arena de la playa cubría las rocas volcánicas,
pudo andar sin dificultad. Un poco más tarde, atrapado en la oquedad
de unas rocas inestables, se dió cuenta que jamás podría
atravesar aquel inmenso mar de lava. La recortada silueta de los volcanes
en el horizonte le parecía ahora un imposible, más lejano
si cabe que esa difusa línea en la que el mar se confunde con el
cielo.
Y sin embargo, había un camino por el que él había
llegado hasta allí. Un camino que serpenteaba entre los dos mares,
tal vez no más que una senda, una senda huidiza de las olas y de
las rocas magmáticas. Pero Luis no era tonto, sabía perfectamente
que ese camino no era de vuelta, que jamás podría regresar
por él. Además, regresar ¿a dónde? La vida no
admite regreso, la suya no iba a ser una excepción. Así que
al anochecer contempló por última vez el mar, sintió
por un lado el fragor de las olas rompiendo en la orilla, por el otro, el
sosegado silencio de la lava petrificada, y se metió en su cabaña.
Una vela abandonada por algún viajero le mantuvo despierto el tiempo
suficiente para escribir unas líneas.
II
Celine no
pasaba de los treinta. Tenía una cara rolliza y una mirada alegre.
Se movía ligera detrás de la barra, atendiendo a todo el mundo
sin alborotarse. Gracias a sus atenciones con los clientes se había
granjeado el respeto de todos. Cuando Luis despertó, con la cabeza
apoyada sobre su mesa habitual en el Piston Pelican, Celine ya le había
llevado un café bien cargado. Luis apenas recordaba su sueño.
Había tenido un día muy agitado: toda la mañana ocupada
en diversas gestiones en la universidad, y por la tarde un largo paseo por
las escondidas calles del quartier de La Réunion. Había hecho
mágnificos descubrimientos por el barrio. Un París oculto tras
los grandes edificios levantados sobre los bulevares se le revelaba ahora
en las pequeñas callejuelas del distrito 20. Al terminar el día
se acercó como de costumbre al Piston Pelican para escribir un poco.
La fatiga acumulada le llevó a recostarse sobre la mesa, sin poder
evitar dormise.
Luis había descubierto el Piston Pelican por casualidad, paseando un
día por el barrio. Ahora venía aquí con regularidad.
Se sentaba siempre en una mesa situada sobre el rincón del fondo, bajo
un gran cuadro delacroixiano y junto a un gran espejo que ocupaba toda la
pared. Estar sentado en aquella mesa le permitía mirar indirectamente
a las gentes, observar sus gestos sin que se sintieran observados, captar
una parte de su alma invertida.
Luis ignoraba cómo había llegado a París, pero sabía
que no era un náufrago. Y aunque en ocasiones miraba con simpatía
a aquellos pobres tipos que se acomodaban en la barra del Piston Pelican,
siempre con un vaso de vino en la mano, la mirada ausente sobre sus ojos hundidos
y con viejos dolores marcados en las arrugas de sus rostros, sabía
que él no era uno de ellos, que cuando despertara ya no estaría
allí. Porque él estaba solo, es verdad, pero no era un náufrago,
y su camino no acababa ni en aquella cabaña perdida de Timanfaya, ni
en un viejo café parisino del distrito 20. Luis no creyó nunca
ser un náufrago, a pesar de que jamás abandonó su pequeña
isla, mirando, a veces con rabia, el mar que le rodeaba. Nunca dejó
de estar solo, es verdad, pero sabía que del otro lado, alguien le
estaba mirando.
Las minas
de la región del norte eran un lugar casi inaccesible. Para llegar
a las minas se partía de Huachapuco, pequeña aldea al pie de
las montañas y a unos 200 Km de Valizán, próspera ciudad
portuaria. Desde allí, el viaje, andando o en mula, se demoraba unas
seis horas. Había que subir alto, muy alto, casi hasta los 3000 metros,
allí donde apenas quedan restos de vegetación y, por supuesto,
desaparece todo rastro humano. En Huachapuco gobernaba un pequeño cacique
local que controlaba el negocio de las minas, no dejando más que algunas
migajas a los pocos aventureros que se arriesgaban a excavar por su cuenta.
El daba los permisos e imponía el precio. Tasaba siempre muy por debajo
del precio real, pero nadie protestaba, nadie se atrevía a protestar;
fueran asalariados o buscadores por su cuenta todos dependían de él,
y por supuesto, tenían miedo de perder lo poco que tenían. Aquello
era su vida, siempre fue así.
Las gentes de Huachapuco habían vivido siempre de las minas, hasta
donde su memoria alcanzaba ya unas generaciones sucedían a las otras
en el largo camino que remontaba el valle. Muchos habían muerto trabajando
en condiciones pésimas en el interior de las galerías, otros
alimentaron con sus cuerpos descompuestos las orillas del camino mientras
transportaban la pesada mercancía. Y sin embargo, la muerte parecía
lejana a las gentes de por allá, ellos amaban la vida como quien ama
la tierra: la tierra trabajada da la vida que revierte en la misma tierra.
Alejado de la capital, casi inaccesible en coche, salvo por una deteriorada
pista que se descomponía con la misma velocidad con la que decaía
la venta de mineral, Huachapuco era el lugar ideal para esconderse y pasar
desapercibido. Alvaro lo sabía, por eso aceptó enseguida la
llamada de un antiguo compañero, que le invitaba a participar en una
serie de prospecciones que se debían llevar a cabo en la región
del Norte. Alvaro era técnico en explosivos, en alguna época
pasó por ser un renombrado explosivista, ahora pasaba por ciertos apuros.
En la capital era muy conocido: sindicalista desde edad muy joven, había
ido escalando puestos en el sindicato defendiendo una estrategia revolucionaria
que rompía radicalmente con las posiciones socialdemócratas.
Sus ideas venían favorecidas por un ambiente social muy revuelto que
presagiaba una salida violenta. Los mitines exhortando al levantamiento social,
a la toma de las empresas por los obreros y a otras prácticas revolucionarias
se sucedían en todo el país. El gobierno socialdemócrata
elegido en las urnas era incapaz de controlar la situación, los disturbios
se reproducían por doquier, provocados tanto por la extrema izquierda
como por la extrema derecha. En el ánimo de Alvaro la revolución
se palpaba en el aire, sin embargo el golpe de estado parecía mucho
más probable.
Alvaro había sido el blanco escogido por los fascistas para su próximo
atentado. De camino de casa, nada más fácil que adelantarle
en plena ruta y disparar sobre él. Pero lo que los asesinos no podían
prever es que Alvaro intuyera sus movimientos con ese sexto sentido que siempre
le había acompañado, de manera que cuando éstos pusieron
su coche a la altura del suyo y bajaron la ventanilla para dispararle a quemarropa,
Alvaro ya había cogido su pistola, que llevaba siempre al alcance de
su mano, y sin darles tiempo a reaccionar, les disparó sucesivas veces
hasta ver su coche salirse por la cuneta y dar varias vueltas de campana.
Los periódicos del día siguiente dieron cuenta del trágico
acontecimiento: mueren los tres ocupantes de un coche estrellado en plena
ruta. En estas circunstancias, Alvaro no podía dejarse ver, hubiera
sido muy peligroso para su integridad física. De ahí que la
llamada para Huachapuco era una oportunidad que no podía pasar por
alto. Necesitaba alejarse unos meses de la circulación, tampoco muchos,
la revolución no podría pasarse sin él.
En Hachapuco su amigo le esperaba junto al cacique local. Este les enseñó
la casa, a la par que se lamentaba de las incomodidades de aquel miserable
lugar. En su opinión todos los habitantes de aquel maldito pueblo no
eran más que una pandilla de borrachos y maleantes, que gastaban todo
lo que ganaban en alcohol, y que no hacían otra cosa que dejar embarazadas
a sus mujeres. Hacía años que quería haberse largado
de allí, pero lo poco que le daban las minas no le alcanzaba para instalarse
en la capital. Sin embargo, pronto tendría un hijo y su mujer no deseaba
para nada que su hijo fuera educado en aquel pueblucho. Así que había
decidido relanzar las excavaciones, mediante nuevas prospecciones, asunto
para el que había tenido que invertir enormes sumas de dinero, fuera
en personal o en material nuevo. Según él, se jugaba mucho en
este negocio, y por tanto exigía a los dos hombres que supieran estar
a la altura de empresa tan delicada. El sabría recompensarlos sobradamente.
Alvaro apenas se pudo contener ante la imbecilidad de su interlocutor. Solo
la necesidad de pasar desapercibido le retuvo de cualquier desplante. Así
que se tragó sus palabras y se fue con su amigo, mucho más indulgente
con el cacique, a reclutar mano de obra entre el personal excedente en el
pueblo. Encontraron media docena de hombres en relativo buen estado -en verdad
que el alcohol hacía estragos en aquel pueblo, antaño tan apegado
a la vida- cargaron el material en las mulas y se subieron hacia las minas.
Uno de estos hombres, Juan, no vivía en el mismo pueblo, aunque bajaba
allí de vez en cuando para mantenerse al corriente de las novedades.
Había construido una cabaña mucho más arriba del valle,
donde vivía con su mujer y su hijo. Eso le permitía estar más
cerca de las minas, donde trabajaba tanto por su cuenta como de asalariado,
y poder volver todas las noches a casa. Para ello, tenía que levantarse
un par de horas antes que el resto, que acampaba junto a las minas, y andar
dos horas de vuelta al final del trabajo diario. Los días de trabajo
no pasaba en casa más de seis horas, que empleaba en dormir, pero Juan
lo prefería así, no quería dejar a su mujer ni un solo
día.
Tenía Juan un carácter abierto, cordial que llamó la
atención de Alvaro. Algunas veces le acompañaba su hijo al trabajo,
o le subía la comida a mitad de jornada. El chaval era un diablillo,
un rapazuelo de apenas ocho años con una curiosidad enorme por todo
lo que podía aprender. Alvaro gustaba de explicarle cuanto estuviera
en sus manos y el chiquillo lo captaba todo a la primera. De estas que Alvaro
hizo amistad con Juan y así, el día de descanso, en lugar de
bajar hasta el poblado, prefería quedarse en casa de éste y
pasar el día en su compañía, saborear la buena comida
que les preparaba su mujer y jugar con el pequeño. Hablaban de sus
vidas, de sus alegrías y tristezas, de los problemas con el cacique
y cosas similares: ya no era rentable excavar por propia cuenta, el cacique
les engañaba no solo en el precio, sino también en el peso,
no permitiendo jamás una balanza que no fuera la suya. Además,
en opinión de Juan, el mismo cacique había introducido el alcohol
en el pueblo, arruinando así la vida de numerosas personas, además
de terminar de robarles el poco dinero que ganaban. Por eso él había
decidido irse del pueblo, para alejarse de aquel ambiente que les hundía
cada vez más en la miseria y evitarselo a su hijo. Los huachapuqueños
eran buena gente, pero estaban desesperados. No tenían dónde
ir y las minas producían cada vez menos, mientras observaban cómo
el cacique se forraba cada vez más. Alvaro tuvo conocimiento de todo
esto y de otros muchos detalles en las largas veladas de plática que
pasaba con Juan. Así se enteró que el cacique defraudaba enormes
sumas al fisco, alegando una mengua creciente de ingresos, o de negocios poco
claros que había emprendido en la capital. En boca de Juan no eran
más que rumores, rumores que Alvaro se encargaría de comprobar.
Pasasados unos meses se terminaron los trabajos de prospección. Se
acercaba el invierno y tuvieron que descender al pueblo. Haciendo uso de sus
contactos en la ciudad, Alvaro confirmó los datos que le contara Juan.
Antes ya había organizado a todos los trabajadores para llevar acabo
una resistencia activa a las presiones del cacique. En poco tiempo el cacique
se vio obligado a aceptar una serie de reivindicaciones planteadas por las
gentes del pueblo y relativas a la tasación del mineral extraído
por cuenta propia, a la forma de pesado, a las condiciones de trabajo para
los asalariados, etc. En caso de no aceptar, Alvaro lo amenazó con
denunciarle advirtiéndole de sus buenas relaciones con importantes
personajes de la administración. Evidentemente, el cacique tuvo que
aceptar, pero no se estuvo quieto. Rapidamente se informó sobre la
identidad de este tal Alvaro, técnico en explosivos y, como debió
haber imaginado, agitador sindical.
Unos meses más tarde, Alvaro se quedó ciego manipulando un paquete
que le estalló en la cara. No murió de milagro. Le habían
llamado para desactivar un artefacto, aparentemente simple. Para todos fue
un accidente, jamás se reconoció como un atentado. Poco después,
un golpe de estado llevó al ejercito al poder. Alvaro, ciego, hubo
de refugiarse como pudo entre los pocos amigos que quedaron para ayudarle.
Más tarde consiguió salir de su pais y entrar en Francia como
refugiado político. Han pasado más de veinte años desde
entonces, pero Alvaro sigue fiel a su revolución. En su cabeza, las
noticias se engarzan en forma de una pésima situación social
que tiene que desembocar en un fuerte movimiento de protesta. En las gentes
percibe una continuada queja que no se refleja en ninguna acción concreta.
El, por su parte, se acerca algunas tardes al viejo Piston Pelican a tomar
una copa de vino y contar su historia a quien quiera escucharla.
historia de un transcriptor
No es fácil
ser transcriptor, es un oficio sujeto a muchos inconvenientes. Sobre todo
es difícil escapar a la mala fe de ciertas personas, que no teniendo
mejor que hacer, se dedican a lanzar burdas acusaciones contra la fidelidad
de mis textos: que si son pura invención, que si falsean la realidad
premeditadamente, que si no llegan al fondo de las cosas... Todo esto, y
mucho más sobre lo que no me extenderé por no pasar por martir
de una causa indefendible, debe uno soportar si quiere ser un buen transcriptor.
Y digo buen transcriptor porque es precisamente no doblándose a tales
presiones que se puede hacer un buen trabajo. Porque ante todo, que quede
claro que mi única motivación, en este difícil y viejo
oficio, es el placer de haber hecho un buen trabajo.
Y tal vez tengan razón, tal vez algunas veces no haya sabido captar
el fondo del asunto, es posible incluso que algunos textos revelen una descripción
sesgada de algún personaje, y hasta puedo haber inventado pequeños
detalles en algunas historias, pero todo habrá sido por hacer un
buen trabajo, por transcribir de la manera más fiel lo que veo, escucho
o siento. Esta es mi tarea, a ella me consagro desde hace muchos, muchos
años.
Pero no os confundáis, transcribir no consiste en el relato de las
sensaciones que el mundo me provoca, no se trata de describir impresiones,
imágenes o recuerdos. Transcribir es dejar hablar al afuera, es poner
en palabras lo que el otro dice, hace o imagina, procurando ajustarse tanto
como sea posible a las cosas tal como son. Ocurre que las cosas me hablan
a través de mis ojos, de mis oídos y, en general, de todos
mis sentidos; a veces mediante visiones o intuiciones. Pero mi tarea no
es recrearlas, no se trata de construir historias que proyecten la sombra
de mi espíritu. No, yo me limito a escribir lo que veo, oigo, siento,
imagino o intuyo, tal cual, sin pasar de ser retazos sueltos, sin ir más
allá de una incoherente colección de fragmentos de vidas probablemente
mucho más complicadas. No quito ni añado nada, bueno, salvo
esos pequeños detalles de estilo de los que os he hablado antes.
¿O no es un toque de estilo otorgar unos lindos ojos a quien según
una moda pasajera no los tiene? Naturalmente siempre que no afecte al fondo
del asunto.
La fidelidad a lo acontecido es pues un requisito imprescindible para ser
un buen transcriptor. Otro pasa por una cierta facilidad de escritura, aun
que esto se gana con los años. Y tampoco hay que olvidar el desarrollo
de la técnica. El oficio de transcriptor ha cambiado mucho en los
últimos tiempos debido al uso generalizado de las máquinas,
porque antes había que guardar en la memoria miles de palabras si
se quería alcanzar una buena precisión en la transcripción.
Hoy ya no es necesario, sin quererlo las palabras se disponen según
una jerarquía de valor dada por el uso, guardando en la memoria las
más importantes y dejando para la máquina el aporte de aquellas
que sólo se refieren al detalle. El tercer requisito para ser un
buen transcriptor, el que me parece ser el más importante, consiste
en saber estar, porque, claro, todas las historias se desarrollan en algún
lugar y en algún tiempo, y hay que estar allí, pero estar
no es cualquier cosa. Hay formas de estar y de estar. Se puede estar sin
enterarse de nada, ciego, insensible, de modo que la transcripción
no reflejará la verdad del asunto, o se puede estar abierto, despierto,
sintiend o acariciando la verdad. Estar requiere estar atento sin estar
pendiente, supone ser receptivo sin ser invadido. Estar es estar activo
y no ser un mero espectador, pues no hay que olvidar que la transcripción
no pasa por el análisis, no entraña la descomposición
de lo acontecido en partes digeribles para el lector; al contrario, probablemente
y como consecuencia de la participación directa del transcriptor,
lo transcrito carecerá de homogeneidad, de claridad y, por supuesto,
de unidad.
Pero ya he dicho que transcribir no es recrear historias, es el relato de
lo vivido, tal como es vivido, al estar en algún lugar en algún
momento de tu vida. Y si antes he hablado de la verdad no era para convenceros
de la existencia de una verdad que pasaría por la adecuación
del relato a los hechos; por supuesto que una tal verdad no existe. Y tampoco
la fidelidad requerida lo es a una verdad así entendida. Sin embargo,
como decía antes, hay muchas maneras de estar, y algunas son incapaces
de captar nada allí donde se está produciendo una explosión
de vivencias, un flujo múltiple de afecciones, una infinita gama
de silencios y de gestos. La verdad no es otra cosa que esta multiplicidad
de sentido desparramado, es una verdad de contornos indefinidos, sinuosos
e, incluso, cambiantes. Mi trabajo consiste en transcribir lo más
fielmente posible esa multitud de formas difusas, por insignificantes que
parezcan. Cuidado, que no he dicho que haya que ser extremadamente minucioso.
La minucia supone tantas veces el extravío! Saber discernir entre
lo que debe ser transcrito y lo que debe ser olvidado es todo un arte. Alcanzar
esa perfección de fidelidad es el sueño de todo transcriptor.
En las historias que siguen no pretendo haber alcanzado esta finura artística;
que en todo caso sirvan como ejemplo para quien quiera iniciarse en este
dificil oficio, el aprendiz dispondrá así de un ramillete
de ejemplos que bien podrá utilizar en su provecho.
adam
Adam carece
de recuerdos, de los de verdad, de esos que sirven para llenar las horas de
las gentes, sin más. A veces, figuran historias por su cabeza, siempre
con cierto desorden, siempre como por casualidad, pero jamás osaría
relatarlas como experiencia vivida, como algo suyo. Y reconoce que sus historias
pueden llegar a ser tan precisas como el presente más real y tan fantásticas
como el cuento más sorprendente que jamás se haya escrito. Afirma
que él no puede ser el protagonista de sus historias, simplemente,
porque él no tiene pasado, o al menos cree no tenerlo. Siempre que
se pone a pensar cómo era él o su vida unos días, unos
meses o unos años atrás se encuentra incomprensiblemente con
el mismo vacío, con una carencia enorme en la sala oscura de su memoria.
Sus historias no son, pues, el fruto de escarbar en el pasado, le vienen solas.
Misteriosamente encuentra un hilo conductor que le guía de principio
a fin y, como sin quererlo, con la gracia de no rehuir la tensión ni
el humor, despliega ante sí todo un mundo de figuras vivas y locuras
extrañas.
Pero Adam no cuenta sus historias, nunca le parece propicia la ocasión
y desconfía de que resulten realmente interesantes. Lo que de verdad
le gusta es caminar en las montañas, abrir con sorpresa la puerta de
una cabaña abandonada, remontar el curso de los ríos y chapotear
en sus aguas, corretear tras los animales que encuentra a su paso o tumbarse
al sol junto al arroyo y abandonarse a sus fantasías con el murmullo
del agua al fondo. A través de sus sueños conoce muchos secretos
sobre la vida, de manera que hasta en las ocasiones más difíciles
sabe, misteriosamente, qué hacer para salir del paso. En él,
todo ha sido siempre así y no concibe que pueda ser de otra manera.
De todas sus historias, hay una que causa a Adam una impresión especial,
una mezcla de temor, dicha, desasosiego, una necesidad de gritar con toda
el alma al infinito. La siente muy dentro, pero no la comprende y al hablar
de ella ni siquiera consigue expresarse con claridad meridiana. Se ve, de
repente, en un mundo extraño, carente de árboles, montañas
y riachuelos. Unos seres similares a él habitan bloques enormes que,
como torres de Babel, se alzan al cielo. Se alojan en pequeños compartimentos,
que llaman "casas", y que utilizan normalmente sólo para
dormir, pues su vida de día transcurre en un ritmo vertiginoso de incomprensibles
cosas por hacer. Nadie parece escapar a la necesidad de abandonar temprano
el "hogar", realizar al cabo del día un sin fin de quejosas
actividades sobre las que se maldice continuamente y volver derrotado a la
noche. Lo curioso en su sueño es cómo él mismo, o alguien
que se le parece muchísimo, se siente cómodo en ese infernal
mundo. Alguien como él se mueve sin complejos en un mundo extraño,
gris y deprimente. Un día, tropieza con una mujer y lo que, en principio,
no es más que un encuentro casual termina produciéndole una
aguda herida en su corazón. Durante un tiempo experimenta encontrados
sentimientos que no acierta a definir. Se le abre un mundo mágico de
luces y sombras que le lleva a caminar por pasadizos de contornos desfigurados
y formas desconocidas. ¡Difícil para un inocente caminante de
zigzagueantes senderos, apasionante para quien, como él, conoce el
misterio a través de sus fantásticas historias. Los hombres,
pobladores del mundo de su sueño, llaman "amor" a eso que
Adam ha sentido en sus propias carnes.
Adam conoce, pues, el amor, y en su extraña historia no vacilaría
un segundo en definir con detalle los rasgos de la mujer que causó
en el semejante impresión. Pero ahora, sentado apaciblemente junto
a la cascada de un arroyo, saboreando, como tantas otras veces, de los mágicos
sonidos que produce el discurrir del agua, no podría decir si está
o estuvo enamorado. Tan pronto le parece todo muy real, como de repente entra
a formar parte del confuso mundo de nieblas y sombras. Lo cierto es que, desde
que se despertara con el recuerdo de aquella historia, su vida ha cambiado
bastante. El placer de escuchar los melodiosos trinos del ruiseñor
al atardecer, o de jugar con el barro y sus caprichosas formas, o de engarzar
palabras en frases que suenan hermosas, o... Sí, la dicha de un estar
así se ve interrumpida por ausencias sombrías, por una renovada
llama que parece consumirle el corazón. Su habitual alegría
ha dado paso a una serenidad tocada de indiferencia, con brotes de melancolía
o tristeza. En los momentos más difíciles, cuando la tristeza
parece querer apoderarse completamente de su ánimo, Adam recurre a
una canción que nació un día, de dentro, de lo más
adentro. Dice así:
LA CANCION DE ADAM
Se despierta
la ola con su grito de piedra,
presta anda la caracola a recogerlo en su esencia,
¿qué acarrean los vientos por entre las mil flores?
¿qué susurros se escuchan en los frondosos bosques?
Es la voz del tiempo, de la tierra y de la vida:
Adam, ¡vamos, Adam! Levanta y parte,
sigue al sol en su ocaso, sigue a la estrella errante,
remonta el curso del río, camina sin prisa y sin pararte.
Adam, criatura del cielo, barro, hombre,
¿qué destino quisieron darte?
Amanece desnudo sobre una playa salvaje,
sus dedos rasgan la arena, sin dolor que le atenace,
¿qué símbolos son esos? ¿qué clase de lenguaje?
nombres que nada dicen, huellas de su propia sangre.
Es la palabra del tiempo, del amor y de la vida:
Adam, ¡vamos, Adam! Levanta y parte,
sigue al sol en su ocaso, sigue a la estrella errante,
remonta el curso del río, camina sin prisa y sin pararte.
Adam, criatura del cielo, barro, hombre, amante,
¿qué destino quisieron darte?
Cuando Adam
canturrea su canción parece detenerse el tiempo. La Tierra entera se
transforma en una magistral orquesta y los animales cantores le hacen voces
y coros. De alguna manera, aprendió la palabra plenitud y cree haberse
sentido pleno en momentos como éste. Entonces siente abandonarse de
sí mismo, de su cuerpo torpe y limitado, para auparse a las estrellas
danzarinas, cantar nanas a la luna o dar un empujón a la Tierra, a
ver si alcanza definitivamente al Sol. Así se siente mejor, pero mejor
que ¿cuándo? ¿mejor que cuando se le pone una cosa por
ahí como por la tripa o el estómago y no puede achacarlo al
hambre, la sed o cualquier otra necesidad física? ¿mejor que
cuando se le hincha el corazón, candente por una pasión que
desconoce? ¿mejor que en esos ratos de hundirse en una profunda melancolía
que no sabe lo que añora?
Adam se pregunta muchas veces que sería de él sin sus historias.
Todo lo que sabe se lo debe a ellas. Se da cuenta que no basta con vivir viviendo,
que imaginar o recrear historias es tan importante para su vida como cualquiera
de las locuras que ocupan su tiempo. Y no son pocas. Se da cuenta que hace
muchas cosas sin pensar en ello. Pero, ¿por qué? ¿qué
sentido tiene hacer todo esto? ¿qué sentido correr, saltar,
cantar o escuchar al ruiseñor? Pensamientos así suelen ir ligados
a su historia incomprendida, a una inquietud que emana del alma. Una vez tuvo
un sueño y comprendió qué era el Alma. No podría
explicarlo, pero desde entonces sabe que el pinchazo de una rosa, su perfume
o su belleza pueden sentirse con el cuerpo o con el alma. La presencia de
una rosa siempre altera a Adam, le atrae con fuerza y, a la vez, siente miedo.
¿Hay algo más hermoso, más seductor, más mágico
y... más peligroso? Se pregunta a veces si podría enamorarse
de una rosa, revivir con ella aquella sensación de placer y dicha,
pero a la vez de angustia y temor que le acompañaba en su extraño
sueño.
En otoño, una nevada que se prolonga durante varios días cubre
completamente el bosque. Adam, entre emocionado y temeroso, corre al lugar
donde se halla la rosa que conoció en primavera. Se pregunta de nuevo
¿podría enamorarse de una rosa? Al llegar ninguna rosa asoma
por entre la blanca nieve. En su lugar, unos ojos verdes, enormes, le miran
fijamente y con recelo. Silencio. Adam sólo acierta a balbucear: –Y
tú, ¿quién eres?– Asustada, o contrariada por la
pregunta, una figura de mujer desnuda y en su desnudez blanca como la nieve,
se aleja corriendo en el bosque.
Adam sabe lo que es una mujer, ocasionalmente forman parte de sus fantasías.
Pero jamás había visto una tan de verdad, tan de cerca, o al
menos, eso cree dada la confusión en que conviven sus sueños
y sus recuerdos. Pensaba no darle importancia, pensaba seguir con su vida,
tararear su canción, saludar como cada mañana al eco de la caracola.
Pensaba así y no puede. Porque el eco trae voces no habituales, acompañado
ahora de una voz dulce y femenina. Esa voz dulce, esos ojos grandes y misteriosos
ocupan permanentemente sus pensamientos. ¡O, maldito Dios si existe!
Otra vez la extraña sensación nacida de su historia incomprendida,
otra vez esa aguda sensación de dicha y angustia juntas pugnando por
su cuerpo débil. Sólo que ahora todo es diferente. Ha conocido
una mujer, de verdad, y cree comprenderlo todo. Por primera vez comprende
que durante tanto tiempo, tiempo de juegos y de historias vacías –sí,
todo le parece ahora tan vacío–, durante todo el tiempo ha estado,
en realidad, solo. Solo. Comprende ahora que basta conocer el amor para perder
el Paraíso. El Paraíso está en la Tierra y él
lo sabe. En la tierra virgen y salvaje fue feliz en su inconsciencia, hasta
que un sueño le enseñó el amor y a amar. El amor trajo
consigo intensos sentimientos de desbordante felicidad, pero también
de inenarrable desolación o de profunda melancolía. Y con todo,
el amor no es más que el volátil sueño de una historia
extraña. Tras ella y después de ella y después de todas
las historias permanece el trágico poso de la soledad.
Adam, barro, hombre y solo. Por primera vez se ha dado cuenta. ¿Para
qué tantas historias que nadie escuchará jamás? ¿Qué
sentido vivir sin compartir? ¿Qué sentido hacer sin que nadie
aprecie lo hecho? Su esperanza es volver a encontrar a la mujer que como rosa
nació de la nieve. Más adelante otros hombres convendrán
en llamarla Eva, pero Adam prefiere llamarla Nieves, pues ese es su origen
y, en ocasiones, cuando una lágrima se funda con el rocío que
le despierta cada mañana, susurrará: Nevadilla. Nevadilla, blanco
manto que cubre todo con su dulzura. ¿Cómo encontrarla? Si la
voz que pregunta por ella le asusta, olvidemos las palabras. Conozco una canción
para cantar entre dos. Oh, Adam! criatura del cielo, barro, hombre y amante,
¿qué destino quisieron darte?
amala
Estás
muerta, Amala. Sólo tienes 16 años y ya estás muerta.
Aunque para ti, tal vez haya sido suficiente. Al fin y al cabo, ¿cuántos
años vive un lobo? Y tú no dejaste nunca de ser una loba, a
pesar de todos los intentos que los buenos señores Singh llevaron a
cabo para reeducarte como persona, ¿no es cierto?
Todo empezó un 17 de octubre de 1920, cuando volvías con tu
familia de dar un paseo por el bosque. Tu infancia no transcurrió como
la de los otros niños, ya fueran de familias pobres o ricas, entre
caricias y sonrisas, siempre protegidos por la mano cariñosa de la
madre y la inflexibilidad disciplinaria del padre. No, tu infancia se desarrolló
en un medio hostil, salvaje, donde la lucha por la supervivencia era el pan
de cada día. Pero era también un mundo abierto, próximo
a la naturaleza, libre.
Normalmente los niños —tú esto lo supiste después—
son requeridos por ese ser abstracto que llamamos sociedad, a interiorizar
a través del aprendizaje un conjunto de normas que, liberándolos
de esa componente de salvajismo que los humanos llevamos dentro, los preparan
para una vida reglada según los usos y costumbres de una mayoría.
Lo llaman educación, Amala, comienza con la familia, continúa
en la escuela y se culmina con determinadas prácticas de adecuación
social. Es inevitable, Amala, tú misma pasaste por este proceso de
formación. El problema surge cuando la mayoría quiere imponer
su ser, sus modos y prácticas a otros grupos que no pueden defenderse.
Y esto quisieron hacer contigo, o al menos lo intentaron.
No te ofendas por la palabra "salvajismo", Amala. Sé que
no fuiste "salvaje" en ese sentido despectivo que le han añadido
al término. Tú te sentiste orgullosa de ser salvaje, de vivir
salvájemente. Lo "salvaje" no es más que un mito que
utiliza la sociedad para dejar de lado todo lo que le molesta, para poder
preservarse, ocultando en esa idea la fuerza liberadora que encierra lo no
educado. Precisamente, esta indefinición, este no–ser–aún
en el que nos encontramos al inicio de nuestra existencia, es lo que permite
pensar cualquier posibilidad —más adelante, y a pesar de todos
los esfuerzos que hagamos por desaprender, por desembarazarnos del lastre
adquirido, nunca alcanzaremos este estado virginal—. Así, nos
iremos haciendo según nuestro ambiente, según nuestras gentes,
pero ¿por qué habrían de coartarnos la posibilidad de
ser de manera diferente a la que ellos quieren, e incluso por qué no
poder elegir ser como un no–ser–nada–en–particular,
ser como negación de todo ser fijo, inmutable, eterno? ¿Por
qué no nos dejan acabar de una vez con Dios?
Has muerto, Amala, sin saber pronunciar más que unas cuantas palabras,
apenas un balbuceo infantil para expresar tus deseos y tus afectos. Pero insuficientes
para describir tu vida antes de tu captura, aquella tarde de octubre de 1920.
El reverendo Singh sabía de tu existencia y como buen cristiano quiso
recuperarte para la humanidad. Fue por eso que os esperó a la vuelta
del bosque, oculto junto a la madriguera que fue tu primera morada y sin previo
aviso, disparó dos veces matando a la loba que te había recogido,
que fue tu auténtica madre, al menos hasta los ocho años. Sé
que es duro el recuerdo, Amala, pero tú misma comprenderías
más tarde que no hubo malicia por parte del reverendo Singh, que matar
lobos es para los humanos algo tan normal como para los lobos cazar conejos
y otros pequeños animales . Tampoco creo que necesitaras palabras para
expresar el miedo y la rabia que se apoderaron de ti y de tus dos hermanos
al ver caer a vuestra madre muerta, ni para describir el instintivo rechazo,
amenazando con garras y dientes a unos seres desconocidos que habían
atacado vuestra guarida, vuestro espacio, vuestra libertad. Para ellos, Amala,
tu no eras una loba, eras una Mowgli, un ser humano abandonado a la buena
de Dios, el mismo Dios por el que el reverendo Singh había matado a
tu madre para salvarte. Y aunque corrieras a cuatro patas, valiéndote
de unos callos espesos en las palmas de las manos, en los codos y en los pies;
aunque sacaras la lengua, imitando el jadeo de los lobos y abriendo desmesuradamente
las mandíbulas; o aunque aullaras por las noches en un constante gemido
que mostraba tu deseo de escapar...; a pesar de todo lo que te hacía
sentir como uno más de ellos, de los vagabundos de la noche, a pesar
de tu fotofobia acusada y de tantas otras muestras de tu naturaleza lupina,
tu misma llegarías a convencerte de una realidad que terminaría
por superarte; una realidad humana que, a la vez que te permitió saborear
sentimientos agradables, como la afectividad que llegaste a sentir por la
señora Singh ¿verdad?, te obligó a conocer también
el rigor y la dureza excesiva que en ocasiones dominan las relaciones entre
los seres humanos.
Con tu muerte se acabaron las respuestas. Yo quería saber de ti, Amala,
quería conocerte, pero sin necesidad de que me contaras nada; quería,
más bien, sentirte. Sentir contigo el frío del invierno acurrucado
a tu lado, como los otros, en el interior de tu guarida. Sentir la nieve sobre
mi cuerpo desnudo, como tú te revolcabas en ella en las primeras nevadas
de otoño. Sentir la hierba fresca en las mañanas de primavera...
y correr, correr lejos como tú, Amala, volver fatigado a la tarde y
jadear, aullar en las noches de plenilunio junto a ti; y entender el misterio
que encierra la luna, como tú lo entendiste, ¿verdad? O tal
vez, no había nada que entender, sólo había que estar
y vivir. ¿Era así, Amala? Nunca lo dijiste, no quisiste decirlo.
A los dos años de tu captura conseguiste ponerte en pie por primera
vez. Habías superado tu malestar inicial, tu pesar por la muerte de
tu madre y de tus hermanos —porque fue una verdadera tristeza la que
se apoderó de ti, cautiva y sola en aquella enorme jaula que reemplazó
tu cueva. ¿Cómo explicar, si no, que durante dos días
rechazaras toda bebida y comida y que durante seis días más
permanecieras siempre escondida en un rincón, con la mirada ausente
y un gemir continuo con el que expresabas tu forma de llorar, tu manera de
mostrar tu desacuerdo con tu destino, con la gran injusticia de tu vida? Hasta
pasados seis meses no aceptaste la leche de la mano de la señora Singh,
todavía temerosa y desconfiada. Pero entonces, y seguramente por esa
facilidad que tiene el ser humano para adaptarse a las circunstancias más
adversas, para aceptar la vida como le viene, para recomenzar una y otra vez
de nuevo, entonces aceptaste también tu humanidad, tu sometimiento
consentido a un programa de reeducación. A través de él
te enseñarían a andar sobre tus dos piernas, a beber y a comer
de manera civilizada, a vestir decentemente, a no mostrar tus sentimientos
exageradamente, a obedecer cuando se te ordenara y, lo que es más importante,
lo que determina al hombre como ser social, te enseñarían a
hablar, a utilizar unos gritos toscos como único medio de relación.
Pero no les fue fácil, y dudo mucho que te hicieran comprender la idea
de un Dios bondadoso, al que debías agradecer tu suerte. Una palabra,
Dios, que sonaba continuamente en tus oídos para referirse a tantas
cosas, al cielo y las estrellas, a la tierra y sus frutos, a todo lo que te
rodeaba, que terminaste por pensar que todo era Dios, pero que a la vez no
era nada, porque cuando mostrabas un vaso y preguntabas: ¿Dios?, te
respondían que no, que era un vaso. Y así con todo.
A los dos años ya te pusiste en pie, es cierto, pero tardaste seis
años en andar no sin dificultad, y cuando querías correr todavía
te apoyabas sobre las dos manos, vestigio de un pasado en el que lo natural
era correr a cuatro patas y correr era lo natural. Y aunque temías
el gesto reprensivo del señor Singh por alguna travesura suya, no podías
evitar saltar de alegría, como los animales, e ir corriendo a cuatro
patas, al encuentro de la señora Singh cuando volvía del mercado,
a sabiendas de que traía algo bueno para ti. Entonces olvidabas las
formas, los modales inculcados en un lento aprendizaje y retornabas a tu comportamiento
salvaje. Volvías a tu animalidad infantil, a liberarte aun por un instante
del encorsetado margen en que quedaban apresados tus palpitantes sentimientos.
No, no quisiste someterte enteramente a su normalidad, a sus prácticas
de buenos creyentes, pacíficos ciudadanos y abnegados cónyuges.
No quisiste reprimir por más tiempo tus deseos de correr más
allá de los límites de la mansión de los Singh, de volver
al bosque y aullar en las noches de luna llena. No has querido, ni soportado,
ser una persona conminada a vivir en un mundo empequeñecido y artificial.
No has querido crecer lo bastante como para venir a preocuparte de coqueterías
y otras formas de disfrazar el amor entre los humanos. No has querido vivir
para no envejecer en un mundo que no era el tuyo. ¿No es así,
Amala? ¿No fue tu muerte un deseo de morir, aunque los demás
aceptaran sin más el diagnóstico médico según
el cual habrías muerto de un edema generalizado? Pero tal vez habría
que decir que tu muerte fue un deseo de vivir, de vivir plenamente, como siempre
viviste hasta los ocho años, en una tierra abierta y salvaje.
No, Amala, tú no moriste en 1929, sin apenas haber cumplido los 17
años. Tu sangre aún recorre nuestras venas y en las noches de
plenilunio, muchos, en tu honor, nos juntamos en un claro del bosque para
aullar a la luna. El eco de un prolongado aullido, distante y vivo es la señal
de que tú nos escuchas y compartes nuestros sueños.
insomnio
I
Intentas resistirte a una mirada que amenaza planear sobre los torsos recortados
que yacen en la playa, hasta brindar el encuentro cómplice de paseantes
solitarios en callejones nocturnos. Siempre la luna ilumina aquella parte
de la ciudad que se oculta a nuestros pies, lejana y sólo visible en
el pliegue de párpados relajados en noches de insomnio. Por mucho que
camines, el murmullo no deja de sonar como el eco de lo distante. Y hacia
allí te diriges, para evitar que te martillee los oídos ese
casi imperceptible ronroneo de invitaciones frustradas que, con un fondo de
chasquidos de apuradas copas, se suceden a la espera de que ocurra algo. ¡Qué
podría ocurrir! Todo es tan ligero, tan tenue, no más que una
cortina de humo tras la que se ocultan fantasmales seres movidos por chirriantes
resortes en errático vaivén. Mientras tú, atrapado hace
lustros por aquella invitación al placer recogida en un panfleto de
hotel: "Night is an investiment. Invest in the night, don't go to sleep".
Y la luna tan lejos. Ni una luz que alumbre tus pasos, ni la más leve
variación en la intensidad de un murmullo que acecha por igual a cada
paso, en cada esquina. Sobre la playa se pierde entre las sombras de siluetas
al sol tu única esperanza. Ni siquiera volvió la cabeza para
despedirse de tu sueño. La noche vuelve a sentirse como una amenaza.
II
Ahora, sentado
en un viejo tren atestado de gentes sin rostro, dormitas bajo el sopor del
sol de la tarde. Imágenes de jardines franceses por donde pasean encopetadas
damas asidas del brazo de abigarrados caballeros. El rumor de lo acontecible
se extiende en el aire y, como niebla densa que envuelve setos y fuentes,
llega hasta ti, impregnándote de una melodía dulce y lejana.
En algún lugar se alza el palacio donde impaciente espera una doncella
tu anunciada llegada. Pero, ¿cómo adivinarlo si al mirar a las
gentes descubres que con igual celeridad y presteza parecen ir en direcciones
contrarias? ¿De dónde procede la llamada que los impulsa a moverse
con paso tan veloz como errático? El rumor denso, húmedo, transporta
vaporosas palabras acerca de la grandiosa fiesta que se celebrará esta
noche. Entre susurros lejanos alguien te invoca:
— ¡Deprisa, deprisa! No debes faltar a tu cita.
Te levantas de tu apartado banco para ir a preguntar allá, donde resalta
el gentío. Pero, curiosamente, también la muchedumbre parece
agolparse en otra parte, siempre en otra parte distinta a la que tú
te diriges. Al fin, consigues acercarte a un engolillado caballero que pasea
junto al estanque y, con absoluta cortesía, lanzas tu pregunta, casi
suplicante:
— Disculpe, señor, ¿podría decirme por dónde
se va a...?
Pero no la terminas, ante el desprecio de quien, sin responder, apenas se
aviene a una severa mirada de reojo mientras se aleja impasible Dios sabe
adónde. Te decides por última vez, bordando el límite
del abandono a tus sueños de reinos interiores, y sales al paso de
una solitaria dama con sombrilla, que mantiene su cara oculta tras los pliegues
de un abanico abierto:
— Por favor, señorita, ¿podría decirme cómo
se llega a...?
De nuevo queda interrumpida la pregunta, porque cuando ella se vuelve hacia
ti, de improviso, como arrancada por tu voz cansina de un extraño fluir
hipnótico al que todos parecen enganchados, descubres asombrado aquellos
ojos cómplices en una mañana de playa. Alterado por la sorpresa
comienzas a abrir lentamente los tuyos, a salir de tu leve somnolencia. Su
silueta, apeándose del tren, se desdibuja rápida entre los reflejos
del sol sobre la puerta y antes de que tu adormilado y todavía inconsciente
cerebro de la orden de levantarte para seguirla, ya el tren ha comenzado su
imparable traqueteo.
— ¿Qué estación es ésta? ¿A dónde
va este tren? — inquieres raudo a tu adormecido compañero de
asiento.
— Izvinitje, Chto vy govoritje? — contesta alzando sólo
una ceja y mirándote de soslayo.
— Njechjevo, njechjevo — susurras en bajo y, convencido de lo
inútil de luchar contra un destino adverso, vuelves a cerrar los ojos.
La luna, de nuevo en tus párpados, acompaña las últimas
risas de la noche en palacio, mientras que, ocultos tras los espesos setos
de los jardines, los enamorados han dejado de lado las palabras. En un pabellón
lateral, en su ventana más alejada, se extingue la luz de una lampara.
III
De niño
jugabas a hacer batallas en un país imaginario. Junto a otros niños
habías de conquistar una fortaleza inexpugnable por la que también
pugnaba un grupo rival. El premio para los ganadores consistía en un
beso. Un beso cándido que daban las niñas. A ti te gustaba aquella
morena de ojos grandes. Se llamaba Iris. Sí, Iris, tan engreída
como sorprendente por su inimaginable ternura. Siendo la más avispada
entre todas, se las arreglaba para ser ella siempre la reina. Con sus triquiñuelas,
su hermosura y a veces su candidez se alzaba imponente sobre las demás
niñas convirtiéndose en una figura de veneración para
ti. Y ella lo sabía, de ahí que, vencieras o no, solía
escamotearse siempre con el cabecilla rival, aunque tú estás
seguro de que sólo lo hacía por fastidiar y que, en realidad,
era contigo con quien cruzaba miradas mágicas, vaticinio de un anhelado
encuentro en la intimidad. Entretanto, te habías hecho ya a la respuesta
que invariable seguía a tus requiebros: mañana, sí, mañana...
Mientras creíste poder atrapar la luna, sentías como si por
dentro de ti se fueran librando pequeñas batallas que te preparaban
para la eclosión final, para tu primera o última batalla de
verás. Pero ignorabas que el premio por la victoria consistía
en deambular por callejones nocturnos, por donde las tenues luces del neón
advierten de una entrada a los infiernos, para, entre almas en pena, apurar
una última copa a la espera de recibir, por agotamiento o confusión,
una palabra de asentimiento. Y mientras se suceden los tragos que aligeran
la espera de tu seducción lánguida, sabes que comienza a clarear
en los jardines de algún castillo dieciochesco, y que, en un pabellón
lateral, los visillos de una alejada ventana impiden que los primeros rayos
de sol perturben el abandonado reposo de quien inquieta tus sueños.
De momento, con la luna en tus párpados y tan alejada, te llevas la
mano a la mejilla e intentas palpar un atisbo de frescura en tu piel húmeda,
pero no notas más que el sudor de una noche de agobio y el pequeño
bulto producido por la picadura de un mosquito. A estas alturas de tu vida
ya no sabes de más batallas que las que has de librar cada noche contra
los mosquitos. Iris es ausencia y es veneno que advierte con su picor que
tu mejilla todavía ha de esperar.
Acabada la escuela, Iris se fue para siempre. Tan sólo el escozor de
una mejilla abofeteada perdura, convertido en rito nocturno por la picadura
de un insecto.
— Demasiado tarde, ¡bobo! — vino a decir, acompañando
con estas palabras su violento gesto de ira descargado sobre tu cara, cuando,
poco antes de su partida, reuniste el valor suficiente para, aún por
la fuerza, querer besarla. "Demasiado tarde", o tal vez demasiado
pronto.
IV
Tras la
ducha abandonas el hotel y, sin rumbo previsto, te encaminas hacia una gran
avenida. El sonido de los claxons de impacientes automovilistas se entremezcla
con los cánticos de hermandad que entonan algunos viandantes apurados
de alcohol. "Todos ponen", ordenaba el azar, haciendo así
acto de presencia en tu vida por medio de aquella ruleta de juguete que llenaba
los ratos de ocio de tu infancia. Entonces, todos los participantes en el
juego debían hacer entrega a un centro sin dueño de una preciada
ficha. Para los que habían agotado sus fichas acababa la partida. Salvo
cuando le ocurría a Iris, quien con suplicantes ojos conseguía
de ti un préstamo salvador. Tu destino era verla llegar al final, ya
excluido del juego, sin fichas, y verla alejarse con tu victorioso rival,
mientras a ti te deparaba una sonrisa maliciosa. De sus labios tú querías
leer: mañana, sí, mañana...
Ahora la rueda de la fortuna se había detenido en un pub de la perspectiva
Smolensk, no lejos del centro. Un centro sin dueño atestado de almas
a la espera de ser recogidas por alguien, o simplemente a la espera de que
la partida acabe. Almas desnudas con sexo visible implorando un "cógeme"
que parecía borrado en tu ruleta infantil. "Coge una" o "todos
cogen" bastaba para satisfacer tus tímidos deseos, de acuerdo
con una educación que castigaba el exceso, sin dejar por ello de mirar
con envidia ese "coge todo" que jamás te acompañaba.
Te sientas en una mesa apartada y sin darte cuenta pides dos copas. Enciendes
un cigarrillo que atenúa la espera. Poco después te traen las
dos copas y preguntas extrañado:
— ¿Por qué me trae dos copas?
— Usted me lo pidió —contesta malhumorada la camarera.
— Bueno..., sí, tal vez tenga razón. Disculpe, estoy un
tanto distraído, —añades, conciliador. —Tal vez
así esté escrito en la ruleta: coge dos copas, —piensas,
mientras comienzas a sorber lentamente en una de ellas.
Creer en los milagros es como creer en la inimaginable conjunción de
dos fuerzas invisibles condenadas de siempre a fundirse en un instante único
del que se es testigo. Pero sólo porque el azar existe, existen los
milagros, pues si todo fuera ley y orden no cabría esperar más
que su cumplimiento. Por ello, observas la algarada junto a la barra y te
levantas indiferente por saber si fue el puro azar o el cumplimiento de un
destino escrito quien te lleva por tercera vez ante aquellos ojos verdes y
grandes que coincidieron con los tuyos en soterrada complicidad en una mañana
de playa y en un vagón de tren.
V
—
Deberíamos poner el colchón en el suelo. Este somier chirría
como un condenado.
— ¿No te gusta moverte al compás de esta primitiva música?
— No, no es eso. Es que no quiero que nadie se entere.
— Pero si aquí no hay nadie. Si estamos tú y yo solo,
amor mío.
"Amor mío". Siempre has detestado una expresión tan
vacía de contenido, dicha para no decir nada, para dar a entender que
estamos obligados a permanecer juntos, que es inútil intentar escapar
con tus pensamientos, que tu alma está aquí atrapada entre magras
gastadas sin un ápice de voluptuosidad, atrapada en las redes que el
placer extiende sobre la cópula de desconfiados sexos.
— Cuidado, ten cuidado, —susurras suavemente mientras sobre tus
párpados caídos se extiende un fondo de mar y la estela de una
luna invisible. — Ahí me duele bastante. Siento una gran presión
sobre el estómago y molestias en el brazo y la mejilla.
— No te preocupes, encanto, no es nada. Estás cansado, no más.
—contesta ella, exagerando la suavidad de sus caricias sin dejar de
moverse sobre tu pene enhiesto.
Pero el dolor no te abandona, aun cuando un placer seco comienza a apoderarse
de ti. Entonces cierras los ojos con fuerza en un deseo imposible de transformar
tu vulgar concubina en líneas irisadas, en ráfagas de colores
que giran a velocidad infinita sobre el remolino de tu alma. Ella no es más
que tu desganado rescate de la noche sin dueño, la huida de un callejón
oscuro donde apenas resaltaba la tenue luz de un local nocturno. Y sin embargo,
al llegar al orgasmo, en la cima del placer atravesado por el dolor punzante
de tu resentido cuerpo, aún ha lugar para milagros, y el verde de unos
ojos grandes te hace un guiño sobre un fondo de iris.VI
Te despiertas con un grito en un lúgubre cuarto de hospital, sudoroso,
cansado y con un dolor que se extiende desde la ingle hasta la cabeza. Imágenes
confusas se abalanzan en la pantalla oscura de tus párpados. A una
velocidad endiablada se suceden los posibles restos de un naufragio junto
a creíbles fragmentos desgajados de tus sueños, haciendo imposible
toda reconstrucción verosímil de lo ocurrido. ¿Qué
hay de real en todo ello? ¿qué de falso, producto de tus atribulados
sueños? —¿Habré estado realmente en palacio, acosado
por una muchedumbre engalanada, o compitiendo en un combate callejero por
la reina de la noche? —Te preguntas en voz alta a la vez que te llevas
la mano a la cabeza queriendo calmar un dolor que no tiene fuente.
— Pero hombre, ¿qué hace con el colchón en el suelo
y en su estado?
— ¿Qué ha ocurrido, doctor? — preguntas sin reaccionar
totalmente.
— ¡Ah, pero ¿no se acuerda?! Al parecer se metió
en una pelea en un garito nocturno de la calle Smolensk. Recibió bastantes
golpes y tuvo que ser ingresado con hematomas múltiples. Nada grave.
Sólo necesita reposo.
— Dígame, doctor. ¿Nadie vino a verme?
— Que yo sepa, no. Ha estado inconsciente todo el tiempo y, de repente,
se ha despertado con un grito agudo. Seguramente, por caerse de la cama. Vuelva
a ella y descanse. Después podrá marcharse.
— ¿Marcharme?, ¿a dónde?, — piensas, mientras
comienzas a vestirte. E imaginas volver a cerrar de nuevo los ojos y dejar
que una estela te lleve más allá de cualquier playa, palacio
o callejón, a un lugar sin retorno donde el persistente murmullo que
incita a salir en noches de insomnio esté ausente, a un lugar que la
luna ilumine de manera constante, a un lugar más allá de la
muerte.
Revisas tus cosas. No falta nada. Si acaso una tarjeta de más. Una
tarjeta de visita con una nota. Es la tarjeta de un bar en la perspectiva
Smolensk: pub Veneno. Al dorso, con letra casi ininteligible, tan sólo
tres palabras: "te espero. Iris".
Volver
Mi alma habita
Mi alma habita lugares de luz y de murmullo
de agua que corretea sin detenerse huyendo de la espesura,
lugares de intricadas melodías que bloquean
el ruido de los claxon y de los choques fugaces
entre personas que no se conocen ni quieren conocerse.
Mi alma recorre senderos extraños para
quien sólo busca
un pedazo de pan y un periódico cualquiera que saltarse
hasta la página de los deportes y de la programación nocturna,
senderos vedados a quien no sabe de olores de bosque
ni ha conocido nunca el crujir de una rama que revela otra presencia.
Mi alma se detiene ante colores azules que
expresan tensión y vida,
ante el fuego de rojos que derriten la mirada de quien no sabe ver,
ante amarillos y ocres que dejan grietas en una piel desecha,
ante la profundidad de un verde que es puro reflejo de amor,
ante la batalla que mantienen claros y negros en un horizonte incierto.
Mi alma habita paisajes pulidos por el paso
del tiempo
por palabras que se han dicho una y otra vez.
Mi alma habita memorias que no se agotan jamás y que desconocen
el significado de la simple costumbre y de lo socialmente correcto.
Mi alma habita rincones que muchos tacharán de invisibles
mientras que otros visitan con frecuencia.
La fuente
Estrellas, cuando no queda nada basta mirar las estrellas.
Tus anhelos, tus más escondidos deseos, lo que más aprecias
No son nada en un fondo de estrellas.
Tu rabia, tus frustraciones, tus desdichas, tu falta de amor, la ausencia,
Desaparecen en el frío raso de una noche abierta.
Tu propia imagen se difumina hasta extinguirse en la luz estelar,
Mientras abandonas lo que has sido, lo más pesado de tu ser,
Lo que te ha llevado a enfrentarte con otros, a quererlos, odiarlos a muerte.
Hasta que no queda nada que resistir al viento,
Hasta desprenderte de todas tus máscaras, de toda tu piel,
Relegando las palabras al vacío del que surgen indómitas.
Cuando no queda nada, cuando la esperanza y la amargura,
Tan fieles a lo largo de una vida de abstinencia y renuncia, quedaron atrás,
Cuando las viejas ideas sobre la vida y la muerte, amor y dolor, querer y
no poder,
Libertad y temor, frío y calor, desdicha y desconocimiento,
Se deshacen en la escarcha de la noche estrellada,
Cuando no queda nada, ni una imagen, ni un sueño, ni siquiera ese
pequeño
Acto de rebeldía contra la muerte que llamamos “te quiero”,
Basta entonces mirar las estrellas.
De ellas procede la fuente, el calor que acompaña mi cuerpo,
El gesto que recorre mis labios y los transforma en sonrisa.
Cuando no queda nada, sólo cuando no queda nada es posible escuchar
La danza sagrada de la vida en el universo de tu ser.
alegría
Capto la realidad a pedazos. El sol de la tarde ilumina el lado opuesto
del claustro por encima del primer piso y se infiltra entre los arcos en
los que reposan macetas de geranios y begonias. Arriba un cacho de cielo
azul sirve de telón de juegos a varias parejas de golondrinas.
Dejo que el bienestar se apodere de mi, me concentro en esa parte del claustro,
la única que llama mi atención, y me abstraigo de todo lo demás.
Caras conocidas recorren los pasillos y me guiñan un ojo al pasar.
Apenas las veo, aunque sin percatarme de ello, les devuelvo el saludo. No
pierdo la concentración, que se alza por encima del nivel horizontal
en el que se mueven las personas y ocurren las cosas. Para mi sólo
cuenta ese espacio iluminado que se abre al firmamento por entre las columnas
del patio.
Ni siquiera sé qué siento o si siento algo en absoluto, más
allá de una inmensa paz. La música que me llega a través
de los cascos sirve como freno a cualquier intento de pensar algo. Resulta
curioso observar cómo la música arrastra las ideas, permitiéndome
simplemente estar, absorto en el juego de las golondrinas, en los claroscuros
de los balcones y en los reflejos de las flores en sus macetas. Tengo la
impresión de que la música arrastra también los sentimientos.
Sólo queda una profunda placidez y un cúmulo de sensaciones
diversas. Diría que me encuentro ante una experiencia estética,
uno de esos momentos impregnados de belleza, en los que ésta se presenta
en estado puro, sin elaborar. Puros estímulos sensoriales que llenan
mis sentidos de luz y color, de silencio y armonía, mientras mi corazón
late muy despacio y mi respiración se acompasa con el ritmo del duende
del lugar.
Llevo más de una hora tumbado en la hamaca que cuelga en uno de los
corredores del patio del claustro de este convento de San Giorgio, contemplando
extasiado ese pequeño rincón de luz que se deja ver entre uno
de los arcos, en un suave balanceo que me aleja y separa alternadamente de
esa imagen fija y retenida en mis ojos. De repente, empiezo a ser consciente
del paso del tiempo y, a la vez, una cierta inquietud se apodera de mi, conforme
la conciencia me devuelve el vacío de mi experiencia estética.
Estoy a gusto, es cierto, pero ahora descubro que las golondrinas no han
parado un instante de jugar sobre el fondo azulado del cielo, entrando y
saliendo del patio, buscando sus nidos en las arcadas de la planta alta del
claustro. Descubro que las begonias y los geranios se visten de brillantes
colores, mientras dirigen sus pétalos hacia el sol, del que obtienen
la energía que necesitan en una danza que se repite día y noche.
Descubro que los niños y niñas han estado persiguiéndose
una y otra vez, explorando cualquier recoveco del convento, llamándose
a gritos, juntándose, alejándose y siempre jugando.
Yo simplemente he estado mirando, más de una hora completamente parado,
observando atónito un pequeñísimo cacho del universo
que se abre ante mis ojos y cerrando todos mis sentidos a cualquier intromisión.
He sentido placer primero, después he sentido miedo. Las golondrinas,
las flores, las niñas… todas están vivas. Su esencia
es llenar el espacio, de sonidos, colores, movimiento y también de
alegría.
Me gusta el placer que resulta de la contemplación y el silencio,
pero sin alegría ¿para qué nos sirve?