Poemas y relatos

 

 

(Cliquea sobre el título elegido)
  • A un hombre, a una mujer, a cualquiera
  • Adam
  • Alegría
  • Amala
  • Aquí en Bretaña
  • Arizcuren, susurros
  • Buscaré el rito que preserve mi fe
  • Canción de cuna para no estar triste
  • Carretas abandonadas
  • Carta 1
  • Carta 2
  • Desierto
  • Desnudo
  • El Hombre que perdió su deseo
  • Ella
  • En el cono sur
  • Espera
  • Exopotamia
  • Eyes of the heart
  • Hay un sendero oculto
  • Historia de un náufrago
  • Historia de un revolucionario
  • Historia de un transcriptor
  • Hoy quiero vivirlo todo
  • Huellas junto al mar
  • Insomio
  • La fuente
  • La mariposa y el poeta
  • La noche
  • Lágrimas
  • Luces y sombras - No notas el frío
  • Mi alma habita
  • Mujer del sur - Merry, el muñeco de trapo
  • Noche bukowskiana
  • Nochebuena
  • Nuevas y viejas canciones
  • Nunca nos dimos placer bajo las sábanas blancas
  • Ojos negros
  • Perseguiré tu voz
  • El poeta payaso
  • Por qué no gritar despierto
  • Querida Mar
  • Recorreré los campos
  • Siempre estuvimos aquí
  • Soledad
  • Trenes que van hacia el norte
  • Tres dioses falsos y una propuesta desesperada
  • Un día
  • Un hombre en Belleville
  • Vosotros





La fuente

 

Estrellas, cuando no queda nada basta mirar las estrellas.
Tus anhelos, tus más escondidos deseos, lo que más aprecias
No son nada en un fondo de estrellas.
Tu rabia, tus frustraciones, tus desdichas, tu falta de amor, la ausencia,
Desaparecen en el frío raso de una noche abierta.
Tu propia imagen se difumina hasta extinguirse en la luz estelar,
Mientras abandonas lo que has sido, lo más pesado de tu ser,
Lo que te ha llevado a enfrentarte con otros, a quererlos, odiarlos a muerte.
Hasta que no queda nada que resistir al viento,
Hasta desprenderte de todas tus máscaras, de toda tu piel,
Relegando las palabras al vacío del que surgen indómitas.

Cuando no queda nada, cuando la esperanza y la amargura,
Tan fieles a lo largo de una vida de abstinencia y renuncia, quedaron atrás,
Cuando las viejas ideas sobre la vida y la muerte, amor y dolor, querer y no poder,
Libertad y temor, frío y calor, desdicha y desconocimiento,
Se deshacen en la escarcha de la noche estrellada,
Cuando no queda nada, ni una imagen, ni un sueño, ni siquiera ese pequeño
Acto de rebeldía contra la muerte que llamamos “te quiero”,
Basta entonces mirar las estrellas.
De ellas procede la fuente, el calor que acompaña mi cuerpo,
El gesto que recorre mis labios y los transforma en sonrisa.
Cuando no queda nada, sólo cuando no queda nada es posible escuchar
La danza sagrada de la vida en el universo de tu ser.

alegría

 

Capto la realidad a pedazos. El sol de la tarde ilumina el lado opuesto del claustro por encima del primer piso y se infiltra entre los arcos en los que reposan macetas de geranios y begonias. Arriba un cacho de cielo azul sirve de telón de juegos a varias parejas de golondrinas.
Dejo que el bienestar se apodere de mi, me concentro en esa parte del claustro, la única que llama mi atención, y me abstraigo de todo lo demás. Caras conocidas recorren los pasillos y me guiñan un ojo al pasar. Apenas las veo, aunque sin percatarme de ello, les devuelvo el saludo. No pierdo la concentración, que se alza por encima del nivel horizontal en el que se mueven las personas y ocurren las cosas. Para mi sólo cuenta ese espacio iluminado que se abre al firmamento por entre las columnas del patio.
Ni siquiera sé qué siento o si siento algo en absoluto, más allá de una inmensa paz. La música que me llega a través de los cascos sirve como freno a cualquier intento de pensar algo. Resulta curioso observar cómo la música arrastra las ideas, permitiéndome simplemente estar, absorto en el juego de las golondrinas, en los claroscuros de los balcones y en los reflejos de las flores en sus macetas. Tengo la impresión de que la música arrastra también los sentimientos. Sólo queda una profunda placidez y un cúmulo de sensaciones diversas. Diría que me encuentro ante una experiencia estética, uno de esos momentos impregnados de belleza, en los que ésta se presenta en estado puro, sin elaborar. Puros estímulos sensoriales que llenan mis sentidos de luz y color, de silencio y armonía, mientras mi corazón late muy despacio y mi respiración se acompasa con el ritmo del duende del lugar.
Llevo más de una hora tumbado en la hamaca que cuelga en uno de los corredores del patio del claustro de este convento de San Giorgio, contemplando extasiado ese pequeño rincón de luz que se deja ver entre uno de los arcos, en un suave balanceo que me aleja y separa alternadamente de esa imagen fija y retenida en mis ojos. De repente, empiezo a ser consciente del paso del tiempo y, a la vez, una cierta inquietud se apodera de mi, conforme la conciencia me devuelve el vacío de mi experiencia estética.
Estoy a gusto, es cierto, pero ahora descubro que las golondrinas no han parado un instante de jugar sobre el fondo azulado del cielo, entrando y saliendo del patio, buscando sus nidos en las arcadas de la planta alta del claustro. Descubro que las begonias y los geranios se visten de brillantes colores, mientras dirigen sus pétalos hacia el sol, del que obtienen la energía que necesitan en una danza que se repite día y noche. Descubro que los niños y niñas han estado persiguiéndose una y otra vez, explorando cualquier recoveco del convento, llamándose a gritos, juntándose, alejándose y siempre jugando.
Yo simplemente he estado mirando, más de una hora completamente parado, observando atónito un pequeñísimo cacho del universo que se abre ante mis ojos y cerrando todos mis sentidos a cualquier intromisión. He sentido placer primero, después he sentido miedo. Las golondrinas, las flores, las niñas… todas están vivas. Su esencia es llenar el espacio, de sonidos, colores, movimiento y también de alegría.
Me gusta el placer que resulta de la contemplación y el silencio, pero sin alegría ¿para qué nos sirve?