El
juego de la venganza y el terrorismo
Si nos dejamos llevar por lo que nos dicen los periódicos, habremos de
pensar necesariamente que vivimos tiempos de gran convulsión social y
política. Personas, grupos y países no dudan en anteponer sus
intereses particulares al interés general, que no es otro que aquel que
cuida de la Tierra y de todos los seres vivos. Los intereses contrapuestos de
colectivos diferentes encuentran como único cauce de resolución
el recurso a la fuerza. Los que tienen poder utilizan todo su poder abiertamente,
sin necesidad de dar explicaciones o pedir disculpas por sus consecuencias.
Los que no tienen tanto poder han econtrado en el terrorismo el recurso más
eficaz para contrarrestar y equilibrar a su manera el poder de los poderosos.
El resultado a nivel planetario de este proceso es conocido: proliferación
de conflictos bélicos y de atentados terroristas.
Muchos pensamos que los periódicos deforman la realidad. Que al margen
de los pocos que juegan a la guerra, el mundo se alimenta cada día de
la labor infatigable de millones de personas que consagran sus vidas a cuidar
del planeta y de la gente, personas que buscan mejorar las relaciones humanas,
asentando la convivencia sobre bases más justas y solidarias. Sin todo
esto cúmulo de experiencias positivas, con toda la fuerza que en sí
mismas encierran, es posible que la humanidad ya ni siquiera existiera.
Sin embargo, es evidente que nuestro trabajo no es suficiente. Si en cierto
modo somos mayoría los que reclamamos un mundo más justo y no
violento, ¿cómo es posible que todavía el poder esté
en manos de individuos y grupos que prefieren solventar las diferencias por
la fuerza, desinteresándose de la suerte de miles de personas que pagan
con su vida el capricho de unos pocos? Comprender esta aparente paradoja sólo
es posible si reconocemos que lo que ocurre en el nivel nacional e internacional
ocurre también en nuestro ámbito familiar y local, sólo
si reconocemos que el dictador Bush está tan dentro de nosotros como
el terrorista palestino o vasco.
Reconozco que para muchos esta idea resultará difícil de aceptar,
más aún para aquellos que tanto tiempo y esfuerzo dedican a trabajar
por un mundo más justo, pero lo cierto es que los roles del dictador
y el terrorista están presentes en todo grupo, cualquiera de nosotros
los puede jugar y, de hecho, consciente o inconscientemente los jugamos.
El dictador aparece en todo colectivo encarnado en alguien con mucho rango,
es decir alguien que disfruta de ciertos privilegios que el grupo le otorga,
y que los utiliza, tal vez inadvertidamente, para su conveniencia. Para que
nos hagamos una idea de lo mucho que está presente, basta pensar que
en toda pareja o grupo siempre hay alguien que decide cuándo, cómo
y dónde encontrarse o reunirse, alguien que utiliza su facilidad de palabra
para “convencer” a los demás, alguien que decide sin discusión
qué se debe hacer, alguien que se burla de otra persona con el beneplácito
del resto. Estas y otras conductas similares, aun realizadas inconscientemente,
son una fuente de agravios y dolor para quienes las tienen que sufrir, para
quienes, por las razones que sean, se hallan en una situación de debilidad
o inferioridad que les impiden rebelarse. Que nadie piense que está a
salvo de tales comportamientos. Negarlo es agravar el dolor de las víctimas,
que ni siquieran verán en nosotros el interlocutor capaz de aliviar su
sufrimiento.
Desde otra perspectiva, todos hemos sufrido abusos en nuestro pasado. Todos
los niños son maltratados por un mundo hecho por los adultos y para los
adultos. En la familia, en la escuela o en el trabajo, muchas personas sufren
los abusos de padres, maestros y jefes caprichosos que utilizan el poder a su
conveniencia. También la sociedad margina y abusa de colectivos minoritarios
simplemente por ser diferentes. El resultado de tanto agravio y dolor acumulado
es un fuerte deseo de venganza contra quienes consideramos culpables de nuestro
sufrimiento. Pero en tales situaciones de minoría o debilidad sabemos
que nuestra rebelión puede entrañar terribles represalias. Nuestro
único recurso es el terrorismo. Y, de la misma manera que todos podemos
ser dictadores, todos somos alguna vez terroristas. Y si no, pensemos en el
niño que, casi sin darse cuenta, va rompiendo todo lo que encuentra a
su paso, en casa o en la escuela; en el empleado que, cansado de muchos despechos,
boicotea sutilmente el trabajo de la empresa; en el miembro de esa asociación,
que, incapaz de aceptar lo que considera un cúmulo de decisiones injustas,
empieza a sabotear el proyecto que se está llevando a cabo. ¿Quién
puede decir que nunca ha hecho nada por venganza, negando la acción u
ocultando su identidad para evitar las represalias? Estos pequeños actos
cotidianos también son terrorismo, responden a la misma lógica.
Es una forma de llamar la atención de la mayoría, incapaz de hacer
caso de nuestros problemas. Y es una forma de equilibrar poderes, contrarrestando
el poder persistente de la mayoría con el poder sorpresivo del terror.
El dictador y el terrorista son dos personajes con poder, o mejor dicho son
dos formas de expresión del poder, y aunque no son las únicas
(pensemos en el poder sinérgico de un grupo para hacer algo positivo),
son prácticamente inevitables en todo grupo. El problema no está
en su existencia, sino en la inconsciencia con la que los utilizamos —tal
vez habría que decir, nos utilizan—, que nos impide reconocerlos
y, en consecuencia, desprendernos de ellos. Seguiremos siendo dictadores muchas
veces y terroristas otras tantas, pero en la medida que los reconozcamos como
simples roles necesarios en el proceso de cambio individual y social, su presencia
no ha de ser motivo de inquietud. Mi inquietud aparece cuando veo cómo
un individuo llamado Bush, o García, se apodera del rol del dictador
y no lo suelta nunca más, de la misma manera que Bin Laden, o Luis Pérez,
se aferra incondicionalmente al rol del terrorista, estableciendo entre ambos
un despiadado juego que siembra la Tierra de guerra, destrucción y muerte.