Un hombre bueno
Durante mucho tiempo pensé que era un hombre bueno, justo, ecuánime. Creía tener un alto sentido de la justicia y saber discernir en cada situación lo que estaba bien y lo que no lo estaba. En ningún momento pensaba que podía hacer daño a otras personas por lo que yo dijera o pudiera hacer. Aun más, cuando alguien se me quejaba por algo que había dicho o hecho, me defendía con fuerza, extrañado por la queja, y apelando a las verdades eternas que reposaban en mi ser. Y contraatacaba exigiendo a dicha persona que se trabajase sus dificultades y su poca capacidad para aceptar las cosas como son.¿Ingenuo? Sí, un ingenuo peligroso, como tantas personas, tantas instituciones y organizaciones que colocan el cuidado de los demás por detrás de 'importantes' valores como la verdad, el bien común, o simplemente la rentabilidad económica.
Un día descubrí que no era tan bueno. Que podía hacer daño con mis 'buenas' palabras e 'incontestables' hechos. Descubrí que toda 'verdad' impuesta es una agresión sobre quien tiene otra verdad, o simplemente ve las cosas de otra manera. Descubrí que debía tener más cuidado y me esforcé en prestar más atención a quien se manifestaba diferente a mi. Pronto me surgieron las dudas. ¿Hasta dónde llega el cuidado? No lo sabía y me di de bruces con mis propios límites. ¿Acaso no es una verdad pedir que todos participemos por igual en la búsqueda de la verdad, en encontrar caminos que a todos nos satisfagan, en consensuar decisiones que a todos nos afectan? ¿Debo renunciar a ella en nombre del cuidado? ¿Y qué hacer cuando alguien no cree en ello y apela a sus ideas, a sus intuiciones o a sus impenetrables sentimientos para imponer a los demás su propia verdad? Jamás me sentí tan apesadumbrado, ni tan triste. Debía tener más cuidado, sí. Pero ¿qué hacer con quien se aferra a su verdad y no le importa defenderla con uñas y dientes, o con quien utiliza la queja como estrategia ventajista, siempre dispuesto a utilizarla en su favor hagas lo que hagas? No tenía respuestas, sólo dudas, y una gran impotencia. Si primero descubrí que no era un chico bueno, ahora resultaba que tampoco sabía ser cuidadoso. ¿Ingenuo? Claro, un ingenuo desempoderado, triste, reactivo, incapaz de vivir la vida con la creatividad y la fuerza necesaria para realizar una visión. Tan ingenuo y triste como todas aquellas personas que viven la vida reactivamente, con miedo, sólo capaces de defender lo que tienen o de quejarse por lo que no tienen.
Siento que poco a poco voy recuperando mi poder, mi capacidad para expresarme creativamente, para mostrar caminos por los que avanzar en la realización de una visión que habla de un mundo mejor, más sostenible, y en paz. No soy un chico bueno, ahora sé que puedo hacer daño y, a veces, lo hago y no me preocupa haberlo hecho. No es por falta de cuidado, sólo que ahora entiendo que hay muchas formas de cuidar. Como hay muchas formas de cerrarse, de defender una identidad que también puede ser dañina. Intento estar abierto a la queja de los demás, y esto es una forma de cuidado, pero sé que no toda queja esconde un abuso y que, a veces, es tan sólo una resistencia al cambio. Tampoco soy un chico malo, he aprendido a reconocer mis abusos, aunque a veces me cueste y me resista a verlos como tales, y he aprendido a flexibilizar mis límites para acoger a quien se muestra diferente. Gestionado en un espacio adecuado, he visto que el conflicto es efectivamente una magnífica oportunidad para cambiar, crecer y valorar la diversidad.
Me gusta la idea de cuidado y creo que 'cuidar la gente' y 'cuidar la Tierra' son los dos grandes principios éticos que deben guiar nuestros actos. Pero entiendo también que ante todo somos seres expresivos y que la felicidad está en esa capacidad de expresarnos creativamente en la realización de una idea, de una visión que nos atraviesa y que impulsa nuestro deseo. Puesto que las formas de expresión son muchas y las diferencias de poder también, el conflicto me parece inevitable. ¿Es posible, me pregunto, conjugar ambas cosas, la fuerza creativa individual y el cuidado por los demás? No sabría responder a esta pregunta tan general. Sí sé, por propia experiencia, que es posible hacerlo en pequeños grupos formados por personas que comparten esa intención, que tienen la voluntad de gestionar las diferencias expresivas en un espacio de cuidado, y que disponen del conocimiento necesario para hacerlo. Este ha sido, de hecho, mi desafío personal en los últimos años. Mostrar, partiendo de mi propia experiencia, que en determinadas circunstancias es posible conjugar fuerza y cuidado. Acaso éste sea ahora también nuestro desafío como especie: seguir expresándonos creativamente, al mismo tiempo que cuidamos de las personas y del resto de seres vivos.