No sé por qué es necesario repetirlo tantas veces, por qué
tener que decir una vez más —otra más desde que C. Pavesse
sentenciará en su diario— que “el trabajar cansa”.
Y que no se trata del simple diagnóstico psicomédico del estrés
o del agotamiento físico. Que no es que el cuerpo se fatigue por el
intenso esfuerzo, ni que la mente se trastorne o agobie por el exceso de laburo.
¡No! Pues tales excesos no siempre son dañinos. Se trata de la
pura y simple anulación de la vida humana en el trabajo para beneficio
ajeno, del sacrificio resignadamente aceptado de uno y tantos seres humanos
en el altar de un dios implacable que jamás se siente satisfecho, y
que exige más, más... a cambio de unas chocolatinas. Quien trabaja
para otros, vencido por el sueño de llegar a ser como ellos, está
condenado a vivir una vida que jamás será la suya. Su cansancio
no es el de un día, ni el de un cuerpo que al final de una larga jornada
dice no poder más. Es el cansancio de una cultura lo que invade su
alma como un virús invisible. Es el cansancio de varias generaciones
renunciando a la libertad por tan poca cosa como el poseer algo, cuando lo
que se puede poseer trabajando es tan poquita cosa, una miseria. ¡Qué
ironía: trabajar miserablemente para poseer una miseria! Y a pesar
de la evidencia, a pesar de reconocer que el trabajo nos destruye, que nos
quita lentamente la vida, que consume implacable ese impulso vital que todos
portamos al nacer; a pesar de haber visto caer tantos currelas y de sentir
que nosotros seremos los próximos y que, en cualquier caso, nuestras
vidas de asalariados no son más que un lento camino hacia la muerte;
a pesar de todo, no cejamos en este empeño, aumentando el culto por
el poderoso dios que se esconde tras tan macabro rito. Atrapados, como estamos,
en el ilusorio espejismo de futuros desagravios que colocan el paraiso en
una edad que jamás llega, y arropados, para nuestra desgracia, por
los que se dicen nuestros libertadores de partidos y sindicatos, cedemos sin
resistencia nuestras vidas para disfrute de otros.
Y él, que de niño dibujaba figuras en la arena, a sabiendas
de que las olas terminaban por borrarlas, sin que eso le importara, ya sólo
diseña de siete a quince los mismos carteles por encargo. Y ella, que
de niña inventaba cuentos que escondían verdades a sus padres,
ya sólo vive el cuento de mujer casada y madre de sus hijos. Y ellos,
que no trabajan, sufren su extraña suerte con amargura, con el dolor
profundo de los parias a los que no se les permite el honor del sacrificio.
Estamos tan cansados de trabajar que ni siquiera nos damos cuenta de que basta
pararse un instante para comenzar a vivir. Y es que si el bueno de Pavesse
no hubiera decidido abandonar precipitadamente esta vida, probablemente su
diario acabaría con esta otra frase: “el trabajar mata”.
¿Cuántas veces habrá que repetirlo?