Redes
y Democracia
La democracia es, sin duda, el menos malo de los sistemas políticos conocidos,
el único que reconoce ciertos derechos individuales y, al menos en su
forma actual, el único que permite un cierto grado de participación
real, y generalizada a casi todo el mundo, en la toma de decisiones. Cuando
los griegos “inventaron” la democracia, sólo los ciudadanos
libres y con instrucción podían participar realmente en la toma
de decisiones, sólo “los que hablaban bien” tenían
cierta capacidad de influencia. Excluidos del poder quedaban pues los esclavos
(a quienes no se reconocía ningún derecho) y los que no hablaban
en el ágora, por ser malos oradores, por tener poca relevancia social
o simplemente por estar ocupados en otras cosas.
La democracia moderna, nacida tanto de las aportaciones teóricas de pensadores
como Rousseau, Locke o Montesquieu, como de la lucha popular y sangrienta de
las Revoluciones Francesa y Americana, ha intentado subsanar algunos defectos
de la democracia antigua, estableciendo una clara división de poderes
y permitiendo el voto de todos los ciudadanos, aunque el sufragio universal
sólo se consiguiera después de muchos años de lucha feminista.
Sin embargo, desde sus inicios ha pecado de ciertos defectos que, no sólo
no se han subsanado en la actualidad, sino que se han hecho más relevantes
y añadido a otros nuevos.
Pueden mencionarse, entre otros, el vínculo solidario establecido en
sus orígenes con el Estado Nación, creación burguesa de
una unidad territorial y política, en perjuicio de los pueblos y de las
pequeñas comunidades existentes en dicho territorio, que perdían
así su autonomía y capacidad decisoria, y en perjuicio, igualmente,
de todas aquellas personas, que a pesar de contribuir con su trabajo al bienestar
común, carecerían de derechos políticos por el simple hecho
de haber nacido en otro lugar; O el incomprensible apego a un sistema económico
particular, el sistema capitalista, que no sólo desvirtúa la propia
esencia democrática al supeditar el poder político al poder económico,
sino que tiene como nefastas consecuencias un aumento generalizado de las desigualdades
sociales y de la pobreza y un deterioro considerable del medio ambiente. A ello
hay que añadir la creciente profesionalización de la política
y la burocratización de los partidos políticos, lo que convierte
la democracia en un sistema político oligárquico que reduce la
participación de las gentes al simple hecho de votar cada cierto tiempo.
Ahora bien, como he dicho al principio, la democracia moderna cuenta también
con varias virtudes, entre ellas la de reconocer ciertos derechos individuales
fundamentales. Los ciudadanos que viven en países democráticos
tienen derechos reconocidos en educación, en sanidad, en el trabajo...
Y tienen derecho a juntarse con otros ciudadanos para crear cuantas organizaciones
consideren necesarias para la defensa de sus intereses. Es aquí, donde,
más allá de ir a votar, se encuentra la verdadera esencia democrática,
pues es a través de la creación de estas organizaciones y con
una participación activa en ellas, que los ciudadanos podemos recuperar
una cierta capacidad de influencia en la toma de las grandes y pequeñas
decisiones políticas y económicas, influencia que la democracia
representativa nos había quitado al tener que ceder nuestro voto a unos
partidos políticos excesivamente burocratizados y en cierta medida alejados
de los problemas de la gente.
Necesitamos organizarnos para recuperar el control de nuestras vidas, para alimentarnos
de manera sana, para educar a nuestros hijos en los valores en los que creemos,
para vivir en un entorno más saludable, para decidir qué hacemos
con nuestros ahorros, para conseguir que nadie quede excluido de un mínimo
de bienestar, para recuperar nuestra capacidad afectiva y expresiva, etc. En
todos los países democráticos, en todos los pueblos y ciudades
se están creando cada vez más organizaciones que, aun partiendo
de la defensa pública de sus intereses, aportan un nuevo punto de vista
al debate social, con lo que enriquecen y profundizan la práctica democrática.
Actuar a nivel local es necesario, pero no es suficiente. La globalización
está generando fuerzas cuya capacidad de actuación desborda claramente
el ámbito local. Los problemas medioambientales y de salud, los conflictos
laborales, la extensión de la pobreza, la marginalización de amplios
sectores sociales, las nuevas enfermedades psicosociales como la depresión,
la irritabilidad, el estrés, etc. requieren una manera de actuar que,
aun centrada en lo local, establezca relaciones con otros grupos en otros lugares,
con el fin de intercambiar información, aprender de experiencias existentes,
conocernos personas con intereses similares y crear entre todos fuerzas constructivas
tan poderosas como aquellas que causan los problemas. No sólo necesitamos
nuevos modelos económicos y sociales para el nuevo milenio, necesitamos
también ponerlos en marcha, hacer que cada vez más personas en
el mundo tomen conciencia de la necesidad de apostar por modelos diferentes.
Necesitamos para ello crear redes de apoyo mutuo y de intercambio.
Desde que, a sugerencia del Movimiento de Liberación Zapatista, se decidió
crear una red intercontinental contra el neoliberalismo y por la democracia,
otras muchas redes han surgido en todo el mundo como expresión de un
movimiento ciudadano por recuperar su capacidad de decidir en todo aquello que
de manera directa o indirecta nos afecta. Algunas de estas redes tienen objetivos
puntuales, como las que presentan propuestas alternativas en las grandes cumbres
de Estados en las que se decide sobre el comercio mundial, el clima del planeta
o la situación de la mujer en el mundo. Otras tienen objetivos más
a largo plazo, desean crear estructuras estables que permitan la incorporación
de cada vez más gente. Ejemplos de estas últimas son la Asociación
Internacional de Inversores Sociales (INAISE) o la Red Global de Ecoaldeas (GEN).
Las redes no son grandes organizaciones con una cúpula dirigente y un
amplio equipo de personas disciplinadas, son estructuras horizontales en las
que las decisiones se toman de abajo arriba, en las que las ideas, las corrientes
de opinión circulan en todas las direcciones atravesando todos los nodos
de la red, que mantienen en todo momento su autonomía.
Este hecho, que les confiere toda su fuerza en tanto que verdadera expresión
democrática, plantea también varios problemas. No es fácil
mantener una cierta unidad de criterios, presentarse como una voz coherente
en los foros internacionales y en la opinión pública o desarrollar
un modelo alternativo común, manteniendo al mismo tiempo la independencia
y autonomía de cada uno de los grupos de la red. Es fácil caer
en las disensiones, en la rivalidad por imponer diferentes puntos de vista,
en el conflicto. Es necesario un esfuerzo de todos los grupos que giran en torno
a una red para saber ver aquello que los une y que les da fuerza, para afrontar
positivamente los conflictos y generar opciones constructivas.
Otro aspecto problemático de las redes se halla en su propia formación.
Hemos dicho que se trata de estructuras que canalizan flujos que se mueven de
abajo arriba, que son la auténtica expresión de grandes movimientos
sociales deseosos de recuperar el control de sus vidas. Sin embargo, las redes
normalmente nacen de la iniciativa de un pequeño grupo de personas o
colectivos, que se conocen y que han podido hablar entre ellos para gestar la
red. Más tarde otros grupos se incorporan a un proceso ya iniciado y
con ciertas particularidades. A estos últimos puede parecerles que la
red viene de arriba, que ellos no han participado en su gestación y que
por tanto no es realmente democrática. El resultado puede ser la decisión
de formar otra red y dividir el movimiento.
Para solucionar este problema es necesario que las redes sean completamente
transparentes en su funcionamiento interno y en su gestión económica,
que generen canales informativos accesibles a todo el mundo y que los colectivos
que las forman estén dispuestas a replantearse continuamente sus métodos
y fines cuando otros candidatos así lo sugieran. Aun así, todo
esto será inútil si un colectivo ve la red como una entidad estanca
que no se ajusta a sus gustos o de la que puede sacar provecho, en lugar de
verla como una estructura dinámica a la que puede aportar cosas, enriquecerla
y así mismo salir enriquecido.
Si ha de ser cierto, como afirma el filósofo italiano G. Agamben, que
la política futura ya no será más una pugna por el control
del poder o del Estado, sino una pugna entre el Estado (y todas las instituciones
que lo mantienen) y el no-Estado, es decir la sociedad civil, las pequeñas
comunidades, las minorías, etc., entonces es necesario desarrollar y
afianzar nuevos cauces de participación y de expresión, crear
redes de solidaridad y de intercambio, más amplias, más numerosas,
más flexibles a las divergencias y por eso mismo más fuertes.
No es seguro que el actual concepto de Estado Nación se mantenga en el
futuro, pero lo que sí está claro es que la democracia poco tiene
que temer de su desaparición si para entonces ya hemos creado otras formas
de participación y de toma de decisiones, de expresión personal
y colectiva, ya hemos creado redes.