Individuo y Comunidad

Vivimos en un mundo marcadamente individualista. A casi nadie le preocupa las consecuencias de sus actos sobre el resto de seres humanos, y mucho menos sobre el resto de seres vivos y sobre la Tierra en general. Nuestra guía para la acción es el interés propio, de acuerdo con una ética utilitarista que califica lo bueno como lo que es útil para nuestros particulares intereses. Desarrollamos formas de vida caracterizadas por el aislamiento, el placer consumista y la competición por los recursos. Nos consideramos libres y dueñ@s de nuestros actos, pero en realidad permitimos que nos utilicen para intereses ajenos. Vendemos nuestro tiempo y nuestra creatividad a no sabemos quién a cambio de unas migajas, dejamos nuestros ahorros en grandes bancos que los invierten sin escrúpulos en la explotación de seres humanos en países lejanos, en la expoliación de sus recursos, cuando no en el terror de la venta de armas y la guerra. Vivimos en la abundancia y el consumismo y, con todo, nos sentimos insatisfech@s y cada vez más sol@s.
Nos sentimos atrapad@s en nuestra guarida urbana. Siempre la misma rutina. Utilizamos el tiempo libre como una huida, buscamos lo auténtico, pero lo buscamos en el espejismo de una naturaleza salvaje ya extinguida, o en la pureza de una comunicación humana que pensamos sólo se revela en el consumo de drogas. L@s más conscientes estamos en colectivos de resistencia, ecologistas, antimilitaristas, de mujeres…o inmersos en procesos de transformación personal. Buscamos alternativas, pero nos movemos un tanto a ciegas. No conocemos alternativas globales. La Revolución, con mayúsculas, murió en el siglo pasado. Nos sentimos frustrados e impotentes.
Ponemos parches a nuestras vidas, pero apenas nos atrevemos a entrever las verdaderas causas de nuestra insatisfacción personal y de la fragmentación social: nuestro individualismo. Nuestros ideales son un mundo mejor, un reparto más justo de la riqueza, una sociedad más solidaria, pero fallamos en la base, fallamos en nosotr@s mism@s. Porque nosotr@s no somos mejores, ni más just@s ni solidari@s, ni nos hemos deshecho de todo el lastre de egoísmo y competitividad con el que nos carga la sociedad por el simple hecho de haber nacido en ella. Nuestra actitud, a pesar de nuestras buenas intenciones, es individualista. Sólo unos pocos están empezando a darse cuenta de que todo cambio social presupone un cambio de actitud individual, una transformación personal tan dura como necesaria. Sólo desde una posición que combine la acción social y política con la transformación radical de nuestras estructuras psíquicas individualistas es posible construir una alternativa completa al sistema actual.
Abandonar el individualismo es reencontrar la comunidad. Es construir un espacio nuevo para la distribución de bienes y de afectos. Espacio de no exclusión, espacio de participación, espacio de diversidad. Se trata sin duda de un gran reto, pues la comunidad supone reinventarlo todo: nuevas estructuras de producción, intercambio y distribución de bienes y servicios, nuevas formas de relación humana, una nueva comprensión de la Naturaleza como parte de nuestro ser consciente y no como mero lugar para la obtención de recursos, nuevas formas de transmitir el saber, de enseñar y aprender… Desarrollar la comunidad es el mayor desafío que se puede lanzar al sistema actual, pues ataca su pilar principal: el individualismo como base de una sociedad atomizada y fácilmente manipulable por los grandes grupos de presión.
Ahora bien, ¿es posible recrear la comunidad? Continuamente se crean colectivos y comunidades, pero la mayoría fracasan. No es fácil renunciar a nuestros comportamientos individualistas. Además, ¿dónde está la frontera entre la libertad y autonomía individual, que queremos mantener, y las actitudes egoístas o individualistas, que queremos abandonar? ¿Cómo compaginar nuestro profundo deseo de libertad para encontrar nuestro propio camino de crecimiento personal y el ineludible compromiso con el colectivo en el que se enmarca y hace posible dicho crecimiento? ¿Cómo encarar el conflicto?
Nos resulta difícil asumir el conflicto y ahondar en nuestra transformación personal, tenemos miedo. Necesitamos algo que nos ayude a superar el miedo y nos impida salir corriendo. Necesitamos un aglutinante, una fuerza que nos mantenga unidos cuando surja el conflicto y aparezcan tensiones y posiciones tendentes a la disgregación. En las comunidades primitivas esta fuerza, fruto del deseo básico humano de supervivencia, recorría un sistema de creencias y actos ritualizados que mantenían al grupo unido más allá de pasajeras desavenencias de individuos concretos. En muchas comunidades actuales, esta fuerza es una convicción religiosa o espiritual. En algunos pueblos, en los que todavía permanece poderoso el espíritu de la comunidad, esta fuerza es un profundo amor por su tierra, prácticamente una sacralización del espacio vital. Y nosotr@s, ¿por cuánto tiempo seguiremos siendo dioses en soledad antes de renunciar a nuestro individualismo raquítico y sumergirnos en la calidez de la envolvente fuerza que anima lo colectivo? ¿A qué esperamos para empezar otra revolución?