Grupos, maestros intratables

Recuerdo mi infancia como una suerte de paraíso, en el que podía correr a mis anchas, cruzando los campos de alfalfa mientras perseguía a mis compañeros de juego, escondidos en la copa de un árbol, en la boca de un riego o entre las cañas de los ribazos. Nos enfadábamos muchas veces por cosas tontas y en más de una ocasión nuestras desavenencias se resolvían a base de batallas campales en las que valía todo, desde pequeñas luchas cuerpo a cuerpo hasta arrojarse piedras y lanzas con tanta puntería que acabábamos en el hospital con unos cuantos puntos de sutura. Al día siguiente seguíamos jugando como si nada hubiera ocurrido. Por mucho que te enfadaras, eran tus amigos, en aquel lugar apartado de la ciudad, en aquel arrabal perdido, eran tus únicos amigos, no podías elegir otros.
Con el tiempo las casas de campo fueron quedando abandonadas en una lenta pero inexorable emigración al centro de la ciudad y aquel grupo de amigos se esfumó, no sin dejarnos, creo que a todos, una gran lección: nada hay más importante que la gente. Todas tus ideas, tus deseos, sueños, ilusiones, proyectos, valores, no sirven de nada sino hay gente con quien compartirlos o con quien confrontarlos. Te podrás enfadar un día con quien te ha criticado o incluso insultado por alguna razón que desconoces, pero si has de vivir con esa persona, si compartes un proyecto con ella, mejor será que al día siguiente estés dispuesto a recomenzar de nuevo. Más allá de cualquier diferencia, por dura e insoportable que pueda parecer, existe una esencia común inagotable que se manifiesta a través del juego, de los sueños y de sentimientos profundos que nos conectan con la vida y la muerte. Es nuestra esencia humana, ante la cual cualquier diferencia de valores o ideales se convierte en algo insignificante.
Aunque en el fondo de nosotros sabemos que necesitamos de los demás, que los buscamos sin cesar y que muchos de nuestros sueños pasan por su participación y colaboración, lo cierto es que para muchas personas sus experiencias en grupo han sido tan desagradables, que dicen haber arrojado la toalla hace tiempo y que prefieren caminar solas en todo lo que se proponen. Es una opción. Pero valorando lo que ganamos y lo que perdemos al apostar por la lucha individual, creo que es mucho mejor hacer un esfuerzo por redescubrir el grupo. Estoy convencido que si aprendiéramos algunas cosas simples de cómo funcionan los grupos, de las diferentes etapas por las que pasan, de los roles que se establecen, de los diferentes niveles de comunicación, de cómo los grupos expresan sus emociones, miedos, deseos y sueños; de la identidad del grupo y sus límites y barreras, del papel de liderazgo que pueden jugar en diferentes momentos diferentes personas, y si en última instancia fuéramos conscientes de que, para llevar a cabo sus objetivos, un grupo necesita a todo el mundo; si aprendiéramos hasta lo más profundo de nuestro ser que nadie es prescindible de igual manera que nadie es imprescindible, que todas las personas tienen algo que aportar y que su aportación, aún expresada de una manera que violenta o transgrede las normas del grupo, esconde una magnífica perla que debemos apreciar, pues es fuente de sabiduría y auténtico conocimiento; si recuperáramos el antiguo saber del clan, a la vez que mantenemos nuestra individualidad y somos conscientes de que nuestra pertenencia a un grupo no está marcada por ninguna necesidad externa como la supervivencia, sino simplemente por nuestra voluntad y nuestro deseo de crecer como personas; si aprendiéramos todo esto, entraríamos en una nueva dimensión del ser humano, una que en realidad es muy antigua, y que desde siempre se ha llamado comunidad. Aprender de un grupo es aprender la esencia de la comunidad.
¿Qué tienen de difícil o desagradable los grupos? ¿Por qué nos cuesta tanto hacer cosas en grupo? ¿Y por qué de niño podía enfrentarme al grupo un día y reconciliarme al siguiente, mientras que hoy tengo que hacer un enorme esfuerzo para recordarme la lección tan duramente aprendida de que no debo prescindir de nadie, que nos necesitamos todos para seguir jugando? Tal vez no quepa una respuesta única, tal vez no baste con decir que los grupos son unos maestros intratables, pero lo cierto es que lo primero que nos aleja de ellos es el dolor que nos producen. Los grupos son despiadados con nuestros pequeños yoes, crecidos en la vanidad o en el desprecio. Sacan a relucir todas nuestras miserias: soberbia, inseguridad, falta de amor, timidez, desconfianza, envidia, vulnerabilidad… y nos las colocan ante nuestros ojos dejándonos desnudos y desprotegidos. Los grupos atacan nuestra frágil identidad, dejando al descubierto sus contradicciones y lastimando nuestro yo hasta un punto que resulta difícilmente soportable. Sólo nos queda huir, reforzar nuestra coraza y dinamitar con nuestras peores armas ese maldito ente que tanto daño nos ha hecho. Poco importan las consecuencias, poco importa que se pierdan amigos, buenas relaciones labradas en años de paulatino acercamiento, poco importa que nuestra vida se haga cada vez un poco más triste, que nos volvamos escépticos o cínicos, poco importa todo porque siempre nos queda el consuelo de haber puesto a buen recaudo a nuestro más preciado tesoro: un timorato yo que cree bastarse a sí mismo y que se relaciona con los demás desde la desconfianza y la competición.
Es verdad que el conflicto está siempre presente en todo grupo, es verdad que aparece pronto, superada una fase inicial de buenas intenciones y buenos deseos, pero no es cierto que la consecuencia del conflicto haya de ser la ruptura y la disgregación con el consiguiente dolor que conllevan. Si conociéramos mejor cómo funcionan los grupos, podríamos enfrentarnos a los conflictos y superarlos, sabríamos qué hacer para minimizar los daños y restaurar las heridas y la confianza. El grupo saldría fortalecido con cada dificultad vencida y nosotros creceríamos como personas, al conocernos mejor y trabajar para resolver nuestras viejas historias. Sólo necesitamos la voluntad y la conciencia necesaria para empezar. Con un pequeño esfuerzo y con las habilidades necesarias, descubriríamos que los grupos son los mejores maestros que podemos tener, tal vez un poco intratables al principio, después simplemente lo dan todo.