Fronterizos

Mi condición es la de un hombre que de pequeño vivió en el límite de la ciudad y el campo, en un espacio abierto y hasta cierto punto salvaje que se vinculaba a la ciudad a través de un estrecho camino de piedras y barro. Conociendo la existencia de la ciudad, a la que acudía de vez en cuando para acompañar a mis padres en las compras o para ir al médico, mi mundo se abría en dirección contraria hacia los lejanos montes de aliagas y espinos en los que todavía corría el zorro y en los que solíamos hacer cabañas con cañas y troncos viejos. Hasta los trece años viví en esta situación de frontera, hasta que por fin mi familia se desplazó a la ciudad y mi condición fronteriza se transformó de una realidad física a un estado mental.
En la actualidad, en un mundo en el que todo es más de lo mismo, apenas si se reconocen las fronteras. Las ciudades invaden el campo, las calles asfaltadas se prolongan por el extrarradio hasta conectar con circunvalaciones y autopistas, y lo que es peor, la urbanitis, esa enfermedad que asola a los que viven en la ciudad, y que se caracteriza por la soledad y el individualismo, por el uso indiscriminado de agua, energía y recursos, por confundir el bienestar con la comodidad y el consumo, se extiende por todas partes, haciendo imposible el campo como forma de vida. A nivel mundial, y aunque los gobiernos del mundo se cuidan mucho de dejar claro cuáles son los límites de sus respectivos países, en la práctica pasar de un país a otro resulta cada vez más indiferente. Incluso en los países del Sur, el turista occidental encontrará sin problemas sus tiendas, sus locales de ocio, y podrá disfrutar de sus mismos hábitos y de la misma telebasura internacionalizada a través de los canales satélite. Parece que el objetivo último de Occidente es crear un mundo homogéneo para todos los occidentalitos de bien, una zona de seguridad que abarque toda la Tierra, que aparentemente no tenga fronteras, o en la que al menos éstas se hallen tan desplazadas hacia límites tan inaccesibles y ocultos que ni siquiera se vean.
Los gobiernos del mundo, todos bajo el influjo occidental, se han empeñado en convertir la frontera en una línea, una línea simple y demagógica: más acá nosotros, más allá ellos; más acá, los hombres de bien, más allá, los malos, los terroristas, los excluidos, los inadaptados… Los ciudadanos del mundo, es decir todos los que vivimos bajo el cómodo paraguas de los gobiernos del mundo, también hemos convertido la frontera de nuestros pensamientos en una línea simple y demagógica: más acá nosotros, los buenos, los que hacemos las cosas bien; más allá, los malos, los que se equivocan, los que delinquen, los que no trabajan porque no quieren, los que no nos caen bien, los que no piensan como nosotros.
Me parece una tarea casi imposible decir a los gobiernos del mundo que las fronteras no son las líneas que ellos arbitrariamente trazan, tratando de llevarlas cada vez más lejos del centro del sistema para no verlas, transformándolas en muros por los que nada ni nadie pasa, convirtiéndolas en motivo de piedad para las cándidas almas televisivas que sufren con las imágenes de refugiados y desplazados que los mismos gobiernos del mundo crean. Cómo explicar a estos gobiernos y gobernantes que las fronteras de siempre han sido espacios de vida, de desbordante variedad alimentada por la diversidad de influencias a las que están sometidas, lugares de tolerancia donde conviven y se respetan diferentes culturas, lugares de intercambio y de difusión de saberes, lugares abiertos con una infinita capacidad para aceptar la novedad y asimilar cambios. Cómo decirles que la naturaleza está llena de fronteras, de espacios de transición entre un ecosistema y otro y que dentro de cada ecosistema existen nuevas fronteras entre los diferentes subsistemas, como si la vida sólo fuera posible por la existencia de estos espacios de diversa condición, como si la vida sólo arraigara allá donde existe una diferencia, un pliegue por el que se escapa lo singular. Cómo hacerles llegar la idea de que sus fronteras políticas, sus fronteras-línea deberían desaparecer, que son la causa, y no la solución, de la violencia y destrucción que vivimos, y que en su lugar deberíamos recuperar las viejas fronteras biorregionales y bioculturales, fronteras que no encierran nada, que no se definen por ser “límite de” sino espacio en sí mismo vibrante, cambiante, que atrae a gentes de muy diversa condición, gentes que querrían vivir en la frontera.
Tal vez mi voz no llegue a los gobiernos del mundo, pero sí que me gustaría que llegara, al menos, a unos cuantos ciudadanos del mundo, pues también ellos son prisioneros de sus propias fronteras-línea. A lo largo de nuestra vida, y por muchas razones, hemos ido creando una identidad en torno a ciertos valores y opiniones que consideramos muy nuestros e irrenunciables, hemos favorecido ciertas actitudes y roles con los que nos sentimos cómodos, hemos aprendido a rechazar aquello que no se ajusta a nuestro ser, a despreciar a quien niega nuestros valores, a quien se comporta de una manera diferente, a quien mantiene opiniones radicalmente contrarias a las nuestras. A lo largo de nuestra vida hemos aprendido que se está bien en el espacio de seguridad que hemos creado y que compartimos con otras personas afines. Nuestras experiencias de la frontera son dolorosas, aunque casi no las recordemos pues la mayoría de ellas tuvieron lugar en nuestra infancia. El miedo nos aleja de los límites que contienen nuestra identidad y buscamos refugio en un centro estable de máxima armonía. Una lástima, pensamos, que en el exterior haya gente que se empeñe en “invadir” nuestros límites, en atravesar nuestras barreras. Lo hacen pronunciando una palabra indebida, con un gesto que nos molesta, comportándose como no debieran. Con sus opiniones, gestos, comportamientos cuestionan nuestra identidad, comprometen nuestras barreras, atacan la delgada línea en la que hemos convertido nuestra frontera mental, nuestro ser.
Y sin embargo, ¿debo recordar que, al igual que ocurre en la naturaleza, también en la frontera de nuestro ser es donde se halla realmente la vida? Que sólo es realmente posible vivir, estar vivos, en ese espacio difuso que no siente apego por nada establecido, que duda de todo, que no acepta ninguna opinión por absolutamente verdadera, que es fuente de sentimientos confusos y cambiantes, que es capaz de acoger el dolor que nos produce el extraño que nos invade con la misma intensidad que acoge la dicha que nos provoca el placer de su presencia, que es amor y odio a la vez, que es espacio de creación y desafío, de temor y aventura… ¿Debo recordar que si no ensanchamos nuestros límites y cuestionamos nuestras barreras actuamos como los gobiernos del mundo, con su misma simplicidad, con su misma lógica de muerte? A lo largo de la historia ha habido muchas personas que han tenido el valor necesario para explorar y vivir las fronteras externas y sus propias fronteras interiores, personas que nos han legado sus descubrimientos en el arte, la ciencia, la psicología y la política. Desgraciadamente son todavía pocas. El mundo fronterizo es un vasto espacio que ha quedado ignorado para la mayoría. Ahora sabemos que, con aprendizaje, podemos adentrarnos en él y sabemos que su aprendizaje es imprescindible para crear comunidad.