De
la felicidad y las necesidades humanas
Siempre he querido ser feliz, y durante mucho tiempo he creído que alguna
vez en el pasado fui feliz —fui feliz en mi infancia, fui feliz cuando
estuve enamorado, cuando conseguí mi primer trabajo…— pero
la felicidad parecía inalcanzable en el presente, siempre se me escapaba
sin descubrir su secreto. La felicidad es de hecho tan huidiza para la gente
que muchos ni siquiera se plantean sen felices, les basta con estar bien. Aumentar
nuestro bienestar, nuestra calidad de vida, se ha convertido ahora mismo en
uno de los principales motivos de la causa por la sostenibilidad. Y es un buen
objetivo, pero a mi no me basta, yo quiero ser feliz, quiero ser feliz en todo
momento, en todo lo que hago, ¿es tan difícil? ¿es tan
descabellado querer ser feliz todo el tiempo?
Si ahondamos un poquito más y preguntamos a la gente en qué consiste,
según ellos, estar bien, muchos responderán que se está
bien cuando se tiene dinero, lo que permite comprar las cosas necesarias para
vivir, cuando se tiene salud y se puede disfrutar de ella en libertad, y cuando
se tiene alguien que nos cuide y nos de cariño y amor. Dinero, salud
y amor son, según el dicho, las tres cosas más importantes que
hay en la vida. ¿Lo son? Si así fuera, yo, que no tengo dinero
—y el que tengo, lo estoy invirtiendo en construir una casa que nunca
será mía—, que ando últimamente un tanto precario
de salud, y que vivo sin un alguien que me cuide, debería ser la persona
más infeliz del mundo. Y sin embargo, yo no siento estar mal, y mucho
menos ser infeliz. Tampoco me ha parecido, cuando he viajado por alguno de esos
países en los que no circula el dinero, que la gente sea infeliz por
no tener casi nada.
Y es que para estar bien no se necesita tener dinero, ni una perfecta salud
ni un alguien que nos cuide. Estamos bien cuando somos capaces de satisfacer
nuestras necesidades a partir de los recursos disponibles. Las necesidades varían
de una cultura a otra, e incluso dentro de una misma cultura son distintas en
diferentes entornos sociales. Si, por influencia social, me planteo necesidades
muy altas, que no puedo satisfacer con mis recursos, entonces tengo todos los
puntos para pensar que estoy mal, y de rebote, para ser infeliz. Si, por el
contrario, reduzco y simplifico mis necesidades hasta el punto de satisfacerlas
fácilmente con los recursos a mi alrededor, entonces seguro que estoy
bien. Podré ser más o menos feliz, pero estar, estaré bien.
Si las necesidades varían de una cultura a otra, de una forma de vida
a otra, podemos preguntarnos cuáles son las necesidades básicas
de una persona que quiere vivir sosteniblemente. Partiendo del hecho de que
somos seres en relación, yo he dividido las necesidades humanas en tres
esferas relacionales: necesidades ecológicas, sociales y espirituales.
Las primeras las he llamado ecológicas porque tienen que ver con la relación
que establecemos con nuestro entorno. Se pueden explicar considerando los cuatro
elementos: aire, agua, tierra y fuego. Necesitamos aire para respirar, agua
para beber, tierra para producir alimentos y fuego, o energía, para tener
luz y calor. Estas son las necesidades básicas. Si no las satisfacemos,
morimos. Hay una sola forma de satisfacer dichas necesidades sosteniblemente:
los cuatro elementos deben estar limpios, el aire, el agua, el suelo y la energía
deben ser limpios, por nuestro propio bien y por el bien del planeta en el que
vivimos.
Las necesidades sociales tienen que ver con la relación que establecemos
con otros seres humanos. Necesitamos relacionarnos con otros seres humanos,
en parte para hacer más fácil la satisfacción de nuestras
necesidades fisiológicas, en parte para desarrollar nuestra identidad
personal y grupal, en parte para querer y sentirnos queridos, en la amistad,
en la relación de pareja, en la familia, en la comunidad de la que somos
parte. El rito, la celebración y la fiesta, entre otras actividades culturales,
contribuyen a desarrollar esa necesidad de pertenencia e identidad colectiva
y son, por tanto, algunos de los satisfactores más antiguos.
Por último, están las necesidades que nos ponen en relación
con nosotros mismos, con nuestro ser profundo y con la totalidad. El deseo de
conocernos, de explorar nuestros límites, de aumentar nuestra conciencia
de las cosas, de expresar creativamente lo que llevamos dentro, de mostrar nuestra
belleza interior, de sentir una vida plena, de transcender nuestra finitud y
expandir nuestro ser hacia la totalidad de las cosas, de sentirnos uno con el
universo…, todas ellas son necesidades espirituales.
Estas son a mi entender las necesidades básicas que debe cubrir una persona
que quiere vivir sosteniblemente, y que le van a permitir estar bien. ¿Es
por ello feliz? No necesariamente. Aunque alcanzar tal bienestar es un buen
punto de partida, la felicidad corre el riesgo de escaparse de nuevo por entre
los dedos de las manos. Si hago depender mi felicidad de poder satisfacer todas
las necesidades anteriores, tal vez no llegue nunca a ser feliz, pues la vida
nos coloca continuamente en situaciones imprevisibles.
Es necesario intentar otra aproximación a la felicidad que no la haga
depender de nada externo a nosotros, que deje claro que la felicidad sólo
puede surgir de nosotros, y que puede estar siempre ahí, aunque nosotros
no nos demos cuenta e incluso estemos pasando por momentos difíciles.
Desde hace un tiempo yo entiendo la felicidad como el simple hecho de vivir
creativamente. ¿Que qué significa esto? Muy sencillo, en lugar
de vivir dejándonos arrastrar por una rutina que no hemos elegido, apegados
a una forma de vida que se nos da impuesta, temerosos de perder lo poco que
tenemos, podemos plantear nuestra vida como un proceso creativo con el que tratamos
de desarrollar una visión, dar forma a una idea que nos pasa por la cabeza
y que hace surgir en nosotros el deseo de hacerla manifiesta, utilizando los
recursos a nuestro alcance. Vivir creativamente significa vivir siguiendo nuestras
visiones personales, sin pensar que es imposible simplemente porque otros dicen
que lo es. Vivir creativamente significa utilizar todos nuestros recursos —lo
que incluye asociarnos con otros para multiplicar tales recursos—, para
crear belleza y armonía en nuestra vida. Vivir creativamente significa
valorar el proceso de creación de nuestra forma de vida por sí
mismo, como un proceso en el que aprendemos a conocernos y conocemos otras personas,
a la vez que creamos belleza a nuestro alrededor. Vivir creativamente significa
vivir con intensidad y pasión el presente, pues todo lo que hacemos,
en cada momento, es parte de esa visión que queremos desarrollar.
Una vez que tenemos claro que queremos vivir así y que de hecho vivimos
así, la felicidad es una alegre compañera que nos sigue en nuestro
proceso vital. Sabemos que está siempre ahí, que forma parte de
nuestro proceso de descubrimiento y creación, aunque a veces no la veamos,
aunque a veces se ausente por un tiempo, dejándonos desconcertados por
un instante, entre la duda y el temor. Pero está ahí, yo lo sé,
sé que soy feliz cuando estoy triste, enfadado o “depre”,
de la misma manera que sé que soy feliz cuando estoy alegre, jubiloso
o de buen humor. Desde que aprendí a hacer de mi vida una constante creación,
la felicidad siempre ha estado conmigo, a veces sólo se presenta como
un recuerdo, otras se queda conmigo unos instantes, unas horas incluso, otras
como una ilusión por el futuro. Después se va de mi conciencia,
pero eso no quiere decir que me haya abandonado. Simplemente se retira de mi
presente por falta de espacio. La felicidad, como la vida, son ya por siempre
mis compañeras.