Facilitar: Invocar y cuidar el espíritu de la comunidad
El anhelo por la comunidad se extiende entre cada vez más gente. El
individualismo conlleva un precio que a muchos les parece excesivamente alto.
A la dificultad de satisfacer convenientemente nuestras necesidades materiales
—alimentos sanos, vivienda digna, energías limpias, trabajo decente,
etc.—, agravada cuando se está solo o en familia nuclear, se
añade la dificultad, casi insalvable, de satisfacer otras necesidades
igualmente perentorias para el ser humano en su dimensión social y
espiritual.
Vivir en una ciudad, y en muchos de nuestros pueblos, supone un esfuerzo enorme
para muchas personas con trabajos mal remunerados, que ven de repente como
su vida se les escapa de las manos sin tiempo para ellas mismas, su familia
o sus amigos. La rutina trabajar-descansar se ha instalado en muchos hogares
entrampados en deudas e hipotecas que sólo sirven para conseguir cierto
bienestar material, mientras el alma se resiente y las relaciones humanas
se deterioran.
Ante esta situación claramente insostenible, no es de extrañar
que muchas personas busquen en la comunidad una respuesta a todos sus males.
Una cooperativa de consumidores, un banco del tiempo, un club de montaña,
una asociación de barrio, un centro social, una cooperativa de trabajo,
un grupo de yoga o de cualquier otra práctica espiritual…, todo
ello son maneras por las que la comunidad se expresa en aquellos que deciden
o deben seguir viviendo en la ciudad. Otros, más afortunados o, simplemente,
más decididos, abandonan la ciudad y se instalan en el mundo rural
en busca de una pequeña comunidad local y, probablemente, ideal.
Sea en la ciudad o en el campo, el deseo de comunidad, de ser parte de un
grupo que alimente nuestra identidad y satisfaga nuestra necesidad de reconocimiento
y cuidado, se convierte para muchos en la búsqueda espiritual más
importante de su vida. Lo trágico es que muchas de estas personas no
la encuentran jamás, a pesar de ser parte de numerosos grupos y proyectos.
La realidad raramente responde a sus sueños, la comunidad que viven
no es la comunidad que soñaban y, puestos a buscar responsabilidades,
suelen ser los demás, o las circunstancias, los causantes de que las
cosas no funcionen como debían.
Sin embargo, el espíritu no abandona ningún grupo y nuestra
incapacidad para invocarlo no se debe a su ausencia, sino a nosotros mismos,
a nuestra falta de preparación para ser y estar en grupo, para sintonizar
con el espíritu colectivo que anima todo proyecto y hacerlo manifiesto
en nuestras actitudes y comportamientos. El individuo que somos, con todos
sus hábitos y patrones adquiridos, no desaparece cuando formamos parte
de una comunidad. Nos acompaña, aunque tal vez de una manera encubierta,
en todo lo que decimos y hacemos en grupo, y si ese individuo ha sido entrenado
para ser competitivo, ambicioso, agresivo, egoísta o cualquier otra
de las características que definen nuestra sociedad occidental, todo
ello sale de una u otra manera en grupo y competimos, agredimos, ambicionamos
o somos egoístas, contribuyendo muchas veces sin querer a la destrucción
de lo que decimos anhelar.
Ningún grupo está libre de conflictos, ni siquiera aquellos
que han hecho de la espiritualidad su razón de ser. El conflicto es
de hecho necesario, el espíritu también se reconoce a través
de él. Su presencia es síntoma de diversidad y de vida. En el
mundo fenoménico existe una contradicción insalvable entre el
deseo de unidad y la diversidad de formas en que ésta se expresa. Cuando
lo diverso se puede expresar sin coacción —y entiendo que todos
los grupos aspiran a ello pues no hay comunidad sin diversidad—, el
conflicto es prácticamente inevitable. No hay nada malo en ello cuando
nuestra disposición es aprender y seguir creciendo. Todo grupo sale
fortalecido de un conflicto bien resuelto. La conciencia grupal aumenta. El
problema es que, en general, no sabemos enfrentarnos al conflicto, pues sólo
disponemos de las herramientas que hemos heredado de una cultura individualista,
competitiva y bastante violenta.
Cuando el conflicto surge, nuestra primera reacción es el miedo. Su
función es bloquear nuestro ser racional y consciente y disparar respuestas
automáticas que hemos aprendido desde nuestra más tierna infancia.
Estas respuestas suelen llevar una gran carga de violencia de la que no somos
conscientes. Al liberarla, tantas veces sin darnos cuenta, el ser grupal se
resiente, afectando a todas nuestras relaciones. El dolor se instala en nuestras
vidas. Para muchos es el momento de abandonar el grupo, de replantearse su
sueño de vivir en comunidad. No pueden soportar el dolor, se sienten
heridos y los otros tienen la culpa. Esta la historia de muchos grupos.
¿Qué podemos hacer? Arnol Mindell, el fundador del Trabajo de
Procesos y autor de Sentados en el fuego, lo tiene claro: “Necesitamos
humildad y volver a la escuela”. Tenemos que desaprender lo aprendido
y desarrollar habilidades para comunicar mejor, decidir mejor y resolver mejor
nuestros conflictos, eliminando la carga de violencia que arrastramos inconscientemente
y liberando nuestra creatividad. A la vez que aprendemos también a
invocar mejor el espíritu que acompaña todo proyecto colectivo,
a cuidarlo y hacerlo crecer a través de la confianza y la compasión,
a sostenerlo creando estructuras abiertas e inclusivas y a reanimarlo cuando
decae ante las adversidades y los conflictos.
En esto consiste la facilitación de grupos, en aprender a expresar
el espíritu de la comunidad a través de todos nuestros actos,
superando así nuestras respuestas aprendidas y el individuo que llevamos
dentro. Aprender facilitación es aprender a invocar el espíritu
de un grupo a través de una visión compartida, a través
de técnicas como la Indagación Apreciativa o las Historias de
Futuro. Es cuidar el espíritu con una Comunicación No Violenta,
empática y asertiva, que genera confianza y una atmósfera de
trabajo apropiada. Es sostener el espíritu creando estructuras adecuadas
para el buen funcionamiento del grupo, como tomar decisiones por Consenso
o trabajar las emociones y los conflictos en un Foro Orientado a Procesos.
Es fortalecer el espíritu liberándonos de nuestros miedos personales
y colectivos, de la opresión interna, del sentimiento de impotencia,
de la actitud reactiva ante la vida…, y sentir y aceptar el poder que
llevamos dentro y desarrollar nuestra infinita capacidad creativa.
Facilitar es liberar el inmenso poder de la comunidad para ponerlo al servicio
de quienes forman parte de ella, de quienes no forman parte, de todos los
seres y del universo en su totalidad.