Estructuras de opresión, estructuras de liberación
Para poder hacer cosas juntas necesitamos una cierta estabilidad, un cierto
orden. Necesitamos que nuestras interacciones estén reguladas de alguna
manera y que las reglas sean respetadas. Necesitamos conocer cual es nuestro
papel, cual es el papel de las demás personas, que se espera de nosotras
y que podemos esperar de los demás. También necesitamos conocer
el espacio y tiempo en que nos movemos y las reglas que rigen dicho espacio,
y necesitamos saber de los ciclos y ritmos de las cosas y de la gente y de
cómo encajar nuestro propio ritmo en todo ello.
A lo largo de nuestra infancia vamos descubriendo los distintos matices de
una vida socialmente estructurada y, sin ser conscientes de ello, vamos asimilando
e interiorizando las reglas que rigen en nuestra familia, en la escuela y
en el entorno social en que nos movemos. Todo ello puede ser una fuente de
alegría. Porque nos sentimos parte de un grupo que nos quiere, porque
nos sentimos seguras en una estructura que conocemos, porque se nos reconoce
y se valora lo que hacemos... Y también de dolor. Porque hay reglas
inexplicables, porque algunas personas abusan de su posición de poder
y nos hacen daño, porque las expectativas que los demás se hacen
de nosotras no coinciden con las nuestras, porque existen privilegios incomprensibles
que nos cuesta aceptar, porque nos vemos confinados en un espacio (el aula,
el centro de trabajo, la ciudad) que no satisface nuestras necesidades...
No es ningún secreto. Aunque nos hayamos podido amoldar a ellas hasta
apenas notar su influencia y vivirlas con naturalidad, la mayoría de
las estructuras sociales en las que estamos inmersas son opresivas. Aportan
sin lugar a dudas un cierto orden al complejo entramado de las relaciones
humanas, pero es un orden pensado para mantener los privilegios de una minoría.
La mujer sufre los abusos de una sociedad ordenada por y para los hombres;
los niños y las niñas sufren los abusos de una familia, una
escuela, una sociedad pensada por y para los adultos, los trabajadores y las
trabajadoras sufren los abusos de una estructura de trabajo ordenada de acuerdo
con los intereses del capital; y así con tantas otras minorías
y estructuras de opresión.
Una estructura opresiva contiene grandes dosis de violencia. No es una violencia
física, o al menos en el corto plazo no es una violencia que atente
directamente contra nuestra vida. Es una violencia que recorta nuestra capacidad
para afrontar la vida con dignidad y autoestima, que nos impide crecer como
personas y alcanzar todo nuestro potencial creativo y que genera, en muchos
casos, un malestar interno que exudamos a través de la rabia y las
emociones negativas o que convertimos inconscientemente en alguna enfermedad
que termina por hacernos daño.
Teniendo en cuenta las nocivas consecuencias de toda estructura opresiva se
comprende fácilmente que muchas personas, cuando tienen la posibilidad
de organizar su vida y su trabajo por si mismas, intenten evitar cualquier
tipo de estructura en los grupos que crean. Colocan la libertad y los derechos
individuales por encima de cualquier regla, norma o forma de organización
colectiva. “El colectivo no puede ser un instrumento de opresión
del individuo”, es una frase recurrente en estos grupos. Hay datos y
experiencia suficientes para pensar que semejante planteamiento es erróneo.
Es un error porque la ausencia de una estructura formal no implica que el
grupo esté libre de estructuras informales e invisibles que, al no
ser reconocidas, tienden a reproducir los patrones de dominación que
hemos interiorizado a lo largo de nuestras vidas. Es un error porque hoy en
día sabemos que no es posible trazar una línea nítida
entre ser individuo y ser parte de un grupo —somos lo que somos y valoramos
lo que valoramos por haber sido parte de determinados grupos y estructuras
sociales con una serie de valores y normas que hemos interiorizado hasta hacer
nuestras, entre otras la familia y la sociedad capitalista en la que hemos
nacido y vivido—. Y es un error porque semejante actitud sirve de muy
poco para ayudar a las personas que, debido a una más que probable
historia de abusos, tienen cierta dificultad para expresar y hacer valer sus
“derechos individuales” en los grupos en los que están.
En realidad, antes que poner tanto empeño en rechazar una forma de
organización colectiva organizada y estructurada, lo ideal para afrontar
los problemas anteriores es crear conscientemente estructuras colectivas liberadoras
que puedan contrarrestar la influencia de las estructuras invisibles y opresivas
que se generan en todo grupo. Un ejemplo típico de una estructura que
crea mucho rechazo en los grupos es el “liderazgo”. Cuando alguien
dice que en su grupo no hay líderes, que todos son iguales y con los
mismos derechos y deberes, está mostrando su oposición a una
vieja estructura opresiva en la que algunas personas, los líderes,
toman decisiones en su propio beneficio. Decir que “no queremos líderes”
equivale en este caso a decir que no queremos personas que dirijan nuestras
vidas, que tomen decisiones por nosotras y, mucho menos, que se beneficien
con ello a nuestra costa. Es sin duda una actitud justificada, pero poco realista.
La ausencia de líderes “formalmente” reconocidos no elimina
de por sí la estructura del liderazgo. Simplemente la esconde. Algunas
personas actuarán como líderes sin saberlo y otras sufrirán
las consecuencias.
Si en lugar de limitarnos a criticar el liderazgo y darlo por inexistente
en nuestro grupo, damos un paso más, tal vez lleguemos a comprender
cómo funciona esta estructura, por qué está presente
en todos los grupos —el nuestro incluido—, y cómo podemos
pasar de un liderazgo de unos pocos y opresivo a un liderazgo distribuido
y liberador. Tal vez lleguemos así a descubrir que las personas con
una gran capacidad para hacer propuestas beneficiosas para el grupo, para
sostenerlas y enriquecerlas con las aportaciones de todas, son imprescindibles
para que un grupo crezca como tal y alcance sus objetivos, y que su espíritu
y energía son de agradecer. Y tal vez descubramos que, puesto que no
todas las personas tienen desarrollada dicha capacidad —y aquí
la historia personal de cada uno tiene su peso—, podemos incluso hacer
algo para fomentarla entre quienes encuentran más dificultad. Es decir,
una vez que hemos reconocido el valor de un liderazgo distribuido y de servicio,
podemos desarrollar una estructura complementaria de empoderamiento para que
todas podamos ser líderes en un momento u otro.
La toma de decisiones con facilitación es otro ejemplo de estructura
que algunas sienten opresiva cuando en realidad puede ser muy liberadora.
Una buena facilitación puede ahorrar al grupo un montón de tiempo
de reuniones ineficaces y escasamente productivas, además de ser capaz
de aligerar la tensión que pueda surgir en determinados momentos. Pero
para ello es necesario comprender algunas cosas. El rechazo a que una persona
“dirija” una reunión se debe a la desconfianza, al temor
de ceder una parte de nuestro poder a una persona en particular y que ésta
lo utilice en su propio beneficio. Este temor puede estar, como ocurría
con el liderazgo, justificado. Quien más o quien menos ha participado
en grupos en los que la persona de mayor rango facilitaba además las
reuniones, para acabar haciéndose exactamente lo que esta persona tenía
en mente, sin apenas considerar otras propuestas o voces minoritarias. Con
todo, tal actitud de rechazo es de nuevo errónea. Una toma de decisiones
asamblearia no facilitada, además de poder ser bastante caótica
e improductiva, raramente es inclusiva e igualitaria, dejando en manos de
unas pocas personas —las líderes informales del grupo, las personas
con mayor capacidad para hablar en público, las más persuasivas
o las mejor documentadas—, la toma final de la decisión, mientras
que las voces más débiles, más tímidas, menos
preparadas apenas se dejan oír, aun cuando su aportación podría
ser fundamental para llegar a una buena decisión. Una buena facilitadora
tiene herramientas suficientes para extraer la sabiduría del grupo
en su totalidad, sin que nadie se sienta marginada o excluida del proceso
decisorio.
Para que la facilitación de reuniones sea una estructura liberadora
han de darse, no obstante, algunas condiciones. En primer lugar, es necesario
reconocer nuestras deficiencias y estar dispuestas a aprender, e igual que
aprendemos permacultura o bioconstrucción, dar los pasos para aprender
y desarrollar las habilidades necesarias para facilitar grupos. En segundo
lugar, el papel de facilitadora debería ser un papel rotativo dentro
del grupo. Esto significa que una gran parte del grupo conoce la técnica
y sabe facilitar una reunión, y trabaja para mejorar colectivamente
los procesos de toma de decisiones. En tercer lugar, el grupo ha de confiar
plenamente en la persona que en un momento dado ejerce dicho papel, otorgando
a esta persona todo el poder que requiere para llevar a cabo su cometido,
es decir la facilitadora debe sentirse legitimada por el grupo. Sobre este
punto hay que decir cuanto antes que la facilitadora tiene poder exclusivamente
para gestionar todo el aparato formal de la reunión —sólo
para gestionar, porque la estructura de una reunión la decide el propio
grupo—, pero no tiene ningún poder para intervenir en los asuntos
a debatir. Aun más, la recomendación es que la persona que facilita
una reunión no interviene en la discusión, o cede su puesto
de facilitadora a otra persona cuando quiere intervenir. Mezclar roles, facilitadora
y participante, suele tener consecuencias dañinas para el grupo en
cuanto que algunas personas pueden pensar que se les está manipulando.
Por último, es importante comprender que facilitar es una actividad
compleja que puede requerir cierto tiempo de práctica y aprendizaje,
y que una evaluación al final de cada reunión sirve para mejorar
ostensiblemente la calidad de nuestra facilitación.
Deconstruir las estructuras opresivas existentes en el modelo “patrix”,
dominante en la sociedad occidental, anclado en el patriarcalismo cultural,
el neoliberalismo político y el capitalismo económico, es evidentemente
una labor necesaria. Pero la solución no puede ser negarlas con la
palabra, mientras dejamos que sigan actuando en otros niveles. Me parece más
apropiado comprender cómo funcionan, en qué niveles actúan,
y emprender a partir de dicho conocimiento un trabajo creativo que nos lleve
a poner en marcha nuevas formas de organización colectiva que nos permitan
desarrollar al máximo nuestro poder, individual y colectivo. Que nos
permitan en definitiva ser más.