Elogio de la confianza
Desde pequeñito siempre me enseñaron a desconfiar. La gente
es muy mala, decían mis abuelos. No te fíes nunca de nadie,
insistían mis padres. Hasta tu mejor amiga te puede llegar a traicionar,
confirmaba el saber popular. Y así crecí yo, como crecemos la
mayoría de quienes nacemos en países ricos o en camino de serlo,
temeroso de que me hicieran daño o me quitaran aquello que tanto costaba
conseguir. Afortunadamente la vida es sabia y, al menos de joven, te olvidas
de tanto miedo y te lanzas al mundo con la cara por delante, confiando en
que tus sueños compartidos van a salir bien, con tu pareja, con tus
amigas, con tus proyectos de futuro. Visto desde el presente, parece como
si esos años de confiada entrega hubieran pasado muy rápidos,
como si se hubieran acabado con el primer desencanto, con aquel proyecto que
salió mal porque nadie se implicó tanto como tú, con
aquel amigo que se largó con el mapa del tesoro que tú habías
descubierto, con aquella chica que te dejó por uno que, según
tú, no te llegaba a la altura del zapato. ¿Cómo confiar
después de tanto batacazo? ¿Cómo no protegernos del dolor
y la frustración que conllevan las acciones de otros? ¿Cómo
vamos a arriesgarnos a proponer alegremente cosas para después llevarnos
un chasco que no hace sino aumentar nuestro dolor y desconfianza? Más
vale ser prudentes y abrirse lo justito, y después a esperar que los
demás den su paso, porque yo no lo voy a dar si no lo dan otros primero.
¿Hay alguien ahí que no haya pensado alguna vez de esta manera?
Ahora, a mis 44 años, estoy aprendiendo de nuevo a confiar. Creía
que ya sabía, pero mi propia experiencia de vida comunitaria y me trabajo
de facilitador me han dejado bien claro que todavía estoy muy lejos
de entender realmente lo que significa la palabra confianza. Yo siempre digo
a la gente que me pregunta, que para crear comunidad —en tu familia,
en tu entorno de amigas, en tu lugar de trabajo, en tu barrio o pueblo—,
hay que generar confianza, que la confianza es uno de los ingredientes imprescindibles
de la comunidad y, por tanto, de una forma de vida más sostenible.
No hay cuidado sin confianza, y de la misma manera que cuidamos la Tierra
porque confiamos en ella y en todo lo que nos ofrece, para poder cuidar la
gente debemos confiar en las personas, y en todo lo que nos ofrecen. ¿Cómo
vamos a cuidar de alguien en quien no confiamos? Cuidar la gente es uno de
los principios básicos de la permacultura y, por ende, de la vida sostenible.
Implica, entre otras cosas, crear un espacio de participación en el
que quepan todas las voces, las que llevan claridad y fuerza, tanto como las
tímidas, débiles o confusas. Sin confianza, no es posible crear
este espacio, no es posible tomar decisiones que todas pueden aceptar, no
es posible expresar sentimientos que necesitamos compartir, no es posible
comunicar libremente. Sin confianza, quienes tienen miedo no hablan, quienes
tienen planes propios no se muestran, quienes tienen dolor lo sufren en silencio.
En lugar de personas, nos encontramos con un teatro de máscaras. Cada
persona se esconde detrás de su máscara y desde allí,
desde la desconfianza y el temor que genera el no saber quienes están
en frente de nosotras, nos dedicamos a defender nuestros intereses, mientras
el colectivo se resiente y la comunidad se ausenta.
Cuando después me preguntan cómo se crea confianza, invariablemente
mi respuesta es mostrando confianza una misma, confiando. Tu confianza es
una semilla que genera más confianza y que crece cuanto más
se confía. A continuación sigue una pregunta más difícil:
Sí, ¿pero cómo voy a confiar en alguien que me ha traicionado,
que me ha hecho tanto daño? Y ¿para qué?, ¿para
que me vuelva a hacer daño? Ahí es nada, ¿cómo
responder a esta dramática pregunta? No basta decir, tú confía,
que ya verás como todo va bien. No basta porque, entre otras razones,
no se puede confiar sin aprender a confiar. Tal vez en el pasado pudimos confiar
desde la inocencia de quien no ha recibido golpes en la vida. Pero ¿cómo
volver a confiar cuando la vida nos ha mostrado sobradamente que no tiene
reparos en golpearnos cuantas veces sea necesario? Es necesario aprender a
confiar de nuevo, aunque ahora con la experiencia de toda una vida que seguro
comporta alegrías y tristezas, dicha y dolor. La confianza, preñada
con la multitud de vivencias que nos ofrece la vida, se hace más sabia,
adquiere un punto de conciencia que, en lugar de aquel “confío
alegremente” del pasado, nos va a permitir decir ahora “yo confío
conscientemente”.
Para confiar conscientemente hay que empezar por ser consciente de la confianza
que tienes en ti misma. Yo no entiendo la confianza en una misma como esa
cualidad que me va a permitir salir adelante en la vida con mi propio esfuerzo,
al margen del apoyo o los obstáculos que me pongan los demás.
En realidad esta confianza está bastante cargadita de desconfianza.
Se traduce en algo así como confío tanto en mi misma que no
necesito confiar en los demás; o de una manera más clara, como
desconfío de los demás, tengo necesidad de confiar mucho en
mi misma. O sea, más de lo mismo, más de ese individualismo
neoliberal que ve el mundo desde la fragmentación y la desconexión
del individuo. No, la confianza que yo tengo y de la que soy consciente no
parte de ninguna desconfianza. Al contrario, es pura confianza en la vida
y en los demás.
El primer paso para generar esta confianza consiste en descubrir en nosotras
mismas el centro de nuestro poder, en reconocer nuestra fuerza en aquello
que hacemos juntas, que construimos juntas y, sobre todo y esto es lo más
importante, que queremos juntas. Si nuestros deseos están marcados
por fuerzas que se escapan a nuestro control, si nuestras necesidades están
condicionadas por las extrañas necesidades de otros, si permitimos
que nos impongan una forma de vida que no nos satisface, si nos dejamos llevar
por las circunstancias sin asumir plenamente nuestra vida, es lógico
entonces que vivamos la vida como una ruleta de la fortuna que tanto nos trae
un cachito de cielo, como nos condena inexorablemente al infierno. Cuando
el infierno se repite varias veces, la desconfianza se instala en nuestras
vidas. Por el contrario, si aprendemos a deshacernos de los caprichosos deseos
que nos dicta la sociedad de consumo y orientamos nuestro deseo hacia la realización
de una visión colectiva, si nos hacemos conscientes de nuestras necesidades
reales y asumimos la responsabilidad de satisfacerlas conjuntamente, si desarrollamos
una actitud creativa ante la vida en la que somos conscientes de que no somos
dueños del resultado de nuestra creación porque dicho resultado
es un bien de todas, si ponemos nuestro poder individual al servicio del colectivo
en que éste encuentra su finalidad y sentido, entonces todo, absolutamente
todo lo que nos ocurra, lo aceptaremos como un bien, pues de todo aprendemos
y nos hacemos fuertes. Aprender que la vida es nuestra mejor aliada, que podemos
danzar con ella, que dicha y dolor son sólo dos momentos de esa mágica
danza, que vivimos y queremos vivir para nosotras, en esto consiste tener
confianza en una misma, primer paso para generar confianza en los grupos de
los que somos parte.
El segundo paso, que se sigue de lo dicho anteriormente, consiste en trabajar
el desapego. Las cosas no suelen ser como nosotras las soñamos porque
no sabemos soñar, no he hemos aprendido o se nos ha olvidado. Como
individuos fragmentados y separados que somos, orgullosos del poder que nuestro
Yo ejerce sobre la totalidad de nuestro ser, ignorantes de los sueños
de la noche en los que todavía quedan restos de un inconsciente colectivo
que tal vez nos asusta, hemos querido crear sueños en los que nuestro
Yo sea el protagonista único y aclamado, poderoso personaje que consigue
todo lo que se propone. Estos sueños, que creamos despiertos, no incluyen
a otras personas salvo como actores secundarios. Es nuestro Yo quien quiere
hacer tal cosa y si invita a otras personas es para que le ayuden en la realización
de su proyecto. Por paradójico que resulte, me he encontrado con más
de un Yo que quería crear una comunidad sin dejar de ser Yo, cuando
justamente la comunidad se construye desde el ser, no desde la anulación
del Yo como algunas querrían, sino de su superación en un ser
colectivo. Trabajar el desapego es aprender a soñar en común.
Buscar el consenso es necesario para realizar un proyecto colectivo formado
por individuos que todavía sueñan por separado. Si aprendiéramos
a soñar en común, ni siquiera haría falta consensuar.
Cada persona haría sencillamente lo que tiene que hacer para manifestar
una visión que está en la mente de todas.
Si aprendo a desapegarme de los sueños de mi Yo y me abro a los sueños
colectivos, si dejo de pensar que los otros con sus comentarios sólo
quieren impedir que realice mi proyecto, si escucho con atención lo
que tienen que decir y aprendo de la sabiduría de sus palabras, si
expreso con convicción y sinceridad lo que yo mismo tengo que decir
y brindo mi aportación como parte de mi amor por el grupo; si me comprometo
con mi esfuerzo y de corazón con lo que finalmente se decide, como
si fuera mío, aunque no sea lo que yo había imaginado; si asumo
que, incluso así, las cosas pueden salir torcidas, pero que siempre
existen buenas razones para que la gente actúe como lo hace y que por
tanto no existen malas intenciones, ni culpas ni traiciones; si aprendo a
reconocer la bondad que guardan en su alma todas las personas más allá
de los pequeños detalles que tanto nos afectan, entonces y sólo
entonces habré aprendido a confiar, conscientemente, sabiamente. Y
entenderé que todo lo que tú haces es un regalo que me ofreces
y por el que puedo estar agradecido.