El Enamorado. Procesos en las relaciones de pareja
Entre todos los roles o personajes con los que nos mostramos al mundo es
habitual que en una relación de pareja surja el rol del enamorado.
Como todo buen personaje, curtido y refinado por el paso de tantos años
de caracterización, el enamorado se presenta ante el ser amado con
exquisitos rasgos, atrevidos y seductores, que combinan palabras hermosas
y gestos heroicos en un fondo de profunda devoción y entrega absoluta.
Cada cultura, cada época, ha desarrollado este tema en profundidad
y, aun con sus correspondientes matices, el rol goza de un carácter
prácticamente universal que atraviesa la historia de la humanidad,
sólo renovado en sus formas más externas con cada nueva representación,
con cada nuevo enamorado.
Cuando se entra en una relación de pareja resulta fácil y cómodo
dejarse arrastrar por este rol que, con una gran aceptación popular
bien arraigada en nuestro inconsciente, representa mejor que nadie nuestro
profundo anhelo de dar amor y ser amados. El enamorado nos permite expresar
el amor que sentimos por otra persona poniendo palabras y gestos a nuestros
sentimientos. Su gran bagaje cultural, sus recursos dramáticos, su
absoluta dedicación nos son de gran utilidad a la hora de hacer visible
el amor que sentimos por alguien. Todo ello lo convierte en un personaje
necesario en una relación amorosa, haciendo que su presencia sea prácticamente
inevitable. El problema es que el enamorado suele apoderarse muy pronto de
la relación, haciendo que ellos y ellas dejen de comportarse de manera
habitual y empiecen a hacerlo de acuerdo con los dictados de este personaje
que sigue sus propios intereses. En los casos más extremos, el enamorado
llega a suplantar completamente a la persona, incapaz de pensar o sentir
por sí misma, y toma las riendas de su vida con el único objetivo
de satisfacer sus necesidades. En ese momento, nada se escapa al control
de este rol, ni una palabra, ni un gesto, ni siquiera en sueños. Todo
lo que la persona haga tendrá como finalidad satisfacer las necesidades
del enamorado.
El enamorado aparece para expresar una emoción que llamamos amor y
hacerla, así, visible para nosotros y para los demás. Como
espíritu cultural y temporal, se podría decir que nosotros
lo invocamos en una relación, pues no se nos ocurre, o no sabemos,
expresar lo que sentimos de otra manera. Cuando el amor surge entre dos personas, éstas
tienen la necesidad de expresarlo, de hacerlo visible con gestos y palabras,
de representarlo en ese gran teatro que es la vida. Y las opciones no son
muchas. Es entonces que abrimos las puertas al único personaje que
puede cumplir este papel y, casi sin quererlo, ponemos nuestras vidas en
sus manos. Las consecuencias de perder el control de nuestra propia vida
pueden ser desastrosas, como todos sabemos, bien por experiencia propia,
bien por la de otros. Pero no las podemos evitar, o al menos pensamos que
no podemos, y no está claro que quisiéramos evitarlas si supiéramos
hacerlo. Pues en la mayoría de los casos lo vivimos más bien
como una experiencia maravillosa, una experiencia que nos coloca en un estado
de bienestar tan placentero que no querríamos abandonar nunca. Eso
también lo sabemos. Y es lo que convierte al enamorado en una personaje
tan popular como buscado.
Si miro hacia atrás y me pongo a recordar las veces que he estado
enamorado, lo primero que me surge es una sonrisa al repasar algunas de las
locuras que hice por amor, o las estrambóticas decisiones que a veces
tomaba, algunas irreversibles y de grandes consecuencias en mi vida. También
siento cierto placer al recordar el estado de cálida embriaguez en
el que me encontraba muchos días, la ausencia de interés por
las cosas materiales o ese permanente estar en babia, tan visible para los
demás como extraño para mi. Ahora las cosas son distintas.
El enamorado sólo es un rol, uno más entre los muchos roles
que me acompañan. Lo invoco de vez en cuando, o se me cuela él
cuando me descuido, pero no le dejo que se apodere de mi vida. Puedo recurrir
a él para expresar el amor que siento actualmente por mi pareja, y
entonces trato de ser creativo y buscar diferentes formas expresivas, pero
le obligo a compartir tiempo y espacio con otras partes de mi ser que tienen
sus propias necesidades. Mi amor no se resiente por ello, pues ahora sé que
amor y enamoramiento son cosas distintas. Sé que el amor me acompaña
en todo momento, aunque no siempre sea consciente de ello, aunque no pueda
verlo. Sé que el amor nutre y sustenta mi relación con mi pareja
en toda su riqueza y matices, pero también sé que el amor nutre
y sustenta todas mis relaciones, con otras personas, con otros seres vivos,
con la naturaleza, con la vida. El amor es componente esencial de nuestro
ser relacional y la mejor puerta a esa dimensión espiritual que nos
habla de interconexión y unidad. Es bonito expresarlo en la profundidad
que permite una relación de pareja, pero sin olvidar que está igualmente
presente en todas nuestras relaciones.
Por el contrario, estar enamorado es representar un rol, es mostrarse al
mundo con las palabras y los gestos de un personaje que, en esencia, surge
de la cultura en la que vivo y que por tanto viene condicionado por ella.
Las necesidades del enamorado son básicamente necesidades culturales,
no son la única expresión posible del amor. Cuando el enamorado
nos pide que hagamos algo para expresar nuestro amor, cuando nos dice cómo
debemos comportarnos en la relación, cuando nos obliga a poner condiciones
a cómo debe comportarse la otra persona —exigiéndole fidelidad,
exclusividad o una permanente declaración de amor—, debemos recordar
que no es el amor el que habla, es sólo un rol, tan adherido a nuestro
ser que ni siquiera podemos desidentificarnos de él, haciendo nuestras
sus necesidades y sufriendo cuando no podemos satisfacerlas. El enamorado
es un rol tan poderoso que no admite un no por respuesta, llegando a volverse
muy exigente, incluso agresivo, cuando ve amenazadas sus necesidades. O al
contrario, puede recurrir al chantaje emocional y todo tipo de prácticas
victimistas cuando siente que el poder está del otro lado.
La identificación entre enamoramiento y amor es tan habitual que incluso
pensamos que sólo hay amor cuando lo sentimos de acuerdo con los dictados
del enamorado. Si por alguna razón el enamorado se esfuma o se ausenta
un momento, podemos llegar a dejar la relación creyendo que tampoco
hay amor. Al haber vivido siempre el amor según los dictados del enamorado
no somos capaces de reconocer el amor cuando el rol no está presente.
Pensamos que el amor desaparece, que se extingue, cuando en realidad simplemente
se vuelve invisible para nosotros. Por otra parte, en la creencia de que
el amor, tal como lo conocemos por el enamorado, debe estar continuamente
presente en una relación de pareja, apenas nos permitimos jugar otros
roles, reprimiendo inadvertidamente otras partes de nuestro ser que también
necesitan expresarse. En los casos extremos en los que el enamorado se ha
apoderado completamente de la relación, los amantes entran en
un juego de mutua dependencia que se hace cada vez más exigente, menos
tolerante con las partes desconocidas de la relación y que pueden
surgir ocasionalmente, y en última instancia insoportable, haciendo
que la relación estalle. No debemos olvidar, que aunque el enamorado
no nos permita verlo, hay otras partes de nuestro ser que también
quieren expresarse, que tienen sus propias necesidades —tal vez de silencio,
de retiro, de estar a solas; o tal vez de estar con otras personas, de experimentar
otras relaciones, de explorar otros caminos—, que también deben ser
satisfechas. Este hecho no debería poner en peligro una relación
de pareja, que en ningún caso existe por y para el enamorado, sino
por su capacidad para experimentar en profundidad nuestro sentimiento de
amor.
Aprender a reconocer el enamorado —cómo se expresa en nosotros, cómo
se expresa en la otra persona, cómo condiciona nuestra relación
de pareja, cómo condiciona nuestra relación con otras personas,
etc.—, sabiendo que no es más que un rol que no agota nuestro ser
amoroso, es una tarea ineludible tanto para nuestro crecimiento personal,
como para el crecimiento de nuestra relación. Podemos empezar cuestionando
todo lo que creemos debe ser una relación amorosa —y que nos lleva
a tener expectativas que tal vez la otra persona no comparte— y buscar espacios
en los que procesar con nuestra pareja las posibles diferencias. El objetivo
no ha de ser eliminar de nuestras vidas un rol tan valioso, en todo caso
despojarlo de aquellos atavíos culturales que puedan resultarnos opresivos,
y buscar formas creativas nuevas para la expresión del amor.