Tres roles: Dreamers, Doers and Dancers
Siempre he querido ser un Dancer, bailar con la vida, dejar que mi cuerpo
fluya con las cosas, sin resistencia, sin miedos, sin propósitos. Un
Dancer es un poeta vital, alguien que tal vez no utiliza las palabras para
fijar en papel el ritmo y la cadencia de sus experiencias, pero que no por
ello deja de sentir profundamente ese ritmo, ese latir de la tierra, del alma
humana y del universo entero. Un Dancer es un ser ligero, una caminante con
hatillo pequeño, una cultivadora del desapego. Recorre los caminos
saboreándolo todo, disfrutando de cualquier incidente, mientras se
entrega apasionadamente al momento mágico que supone todo encuentro.
Vive el instante con intensidad, con entrega, pero sin crear lazos con los
recuerdos pasados. Disfruta de todo lo que encuentra, lo más insignificante
se convierte en sus manos en lo más noble y sagrado, se vuelca en lo
que hace y, cuando cree terminada su tarea, simplemente se va. No acepta compromisos
impuestos desde afuera ni cree en complicidades ni traiciones. No tiene más
morada que el propio mundo, su tarjeta de presentación es una sonrisa,
su despedida un hasta siempre, su estar un dar sin esperar. Al Dancer evidentemente
le gusta bailar, le gustan las fiestas, los ritos y las celebraciones. También
vibra con ritmos que pasan desapercibidos, más sutiles, más
profundos, en el trabajo bien hecho que se expresa como arte, en el sentir
compartido con almas gemelas, en la alegría que irradia a través
de su cuerpo. Un Dancer es un loco, una vagabunda, una caminante, un poeta…
Y sin embargo, de alguna manera mi vida ha estado marcada por el Dreamer,
desde que de chico me rebelaba contra todas las injusticias y soñaba
un mundo de seres libres e iguales, desde que de chico quería saberlo
todo, conocer los misterios del universo, encontrar relaciones y estructuras
ocultas tras la apariencia inmediata de las cosas. ¡Cuántas veces
habré soñado con encontrar una teoría que lo explicara
todo, el universo, la vida, la mente, la sociedad…! ¡Cuántas
veces, también, habré soñado con un mundo perfecto, donde
no hubiera guerras, ni miseria, ni injusticia! Un Dreamer es una visionaria,
una profeta, un ser que se anticipa a los tiempos para traernos la buena nueva
de un futuro por hacer. Sus visiones no nacen de la nada, sino de un profundo
conocimiento del presente y del pasado. Un Dreamer lee el presente a muchos
niveles, y de todos ellos extrae una información valiosa. Conoce los
secretos de la ciencia, de la política, de la religión, encuentra
claves en las relaciones humanas, en la naturaleza, en lo más profundo
de su ser. El Dreamer acoge con interés lo aparente, la lectura primera
que la gente hace de las cosas, pero sabe que en otros niveles intervienen
otros factores, surgen nuevas razones, se establecen otro tipo de conexiones.
Su mente, su cuerpo, su ser están entrenados para leer la realidad
no visible, para resonar con las subterráneas corrientes del flujo
vital, para entrever escenarios posibles para un futuro que le viene fácilmente
dado. Un Dreamer es una visionaria, un revolucionario, una pensadora, un místico…
Mi presente pertenece, no obstante, al Doer, aunque sólo sea porque
en esta fase de mi vida estoy construyendo una casa, de igual manera que construyo
redes y relaciones. El Doer tiene sin duda los pies en la tierra, le gusta
lo visible, lo que se puede tocar con las manos, aunque me atrevería
a decir que vive su hacer con la satisfacción de quien guarda para
sí un secreto. En su fuero interno sabe que todo material es ya la
expresión de un milagro, la perfecta forma acabada de una red de relaciones
que se mantiene invisible tras la apariencia inmediata, y sabe que todo material
contiene en sí todas las formas posibles, y que basta aprender a verlas
para que, en sus manos, la materia se transforme en finalidad, armonía
y belleza. En el fondo, el Doer vive, a veces sin saberlo, en ese espacio
intermedio entre lo real y lo irreal, entre la nada y lo existente, y se mueve
de un mundo a otro con una facilidad pasmosa. Donde no había nada,
el Doer construye un universo; donde sólo se aprecia fragmentación,
el Doer crea unidad y sentido. De hecho, la realidad es para el Doer un campo
de juego en el que nuevas formas se crean y se transforman sin cesar en busca
de una identidad, en busca del bien o de la manifestación externa de
la belleza. El Doer transforma el trigo en harina y la harina en pan, de la
misma manera que modela el barro para revelarnos formas impensables, o resuena
con los afectos que mueven las gentes para, extrayendo lo mejor de cada cual,
hacer manifiesta una visión. El Doer es un hacedor, una artesana, un
activista, una constructora de nuevas realidades…
Hasta ahora nunca me había sentido muy identificado con el Doer, aunque
al final he asumido el papel por responsabilidad —¡Algo habrá
que hacer para cambiar el mundo!—. Y tengo que reconocer que la experiencia
del hacer está siendo positiva y muy enriquecedora para mi. También
me ha quedado claro que Doer y Dreamer se necesitan y que para hacer algo
que finalmente revele armonía, sentido, unidad y belleza, se necesita
contar con una visión integradora, transformadora y holística.
De lo contrario el hacer se cosifica, se convierte en rutina y trabajo, cuando
no en explotación de la naturaleza y del propio ser humano. De igual
manera, el visionario, el pensador y el místico necesitan comprometerse
con su visión, trabajar en su realización, establecer conexiones
que permitan su manifestación externa y visible. De lo contrario la
visión, por muy maravillosa que sea, no deja de ser un sueño,
una fantasía, una puerta abierta que nadie cruzó jamás,
un paraíso ausente…
En todos los grupos existen Dreamers y Doers. Se necesitan y, aunque a veces
no se entienden bien —una mirando permanentemente al futuro, la otra
arraigada en las cosas del presente—, se toleran porque saben no llegarán
muy lejos sin la otra. Pero, ¿y el Dancer? ¿Qué puede
aportar a la visión del Dreamer, o a su manifestación en manos
del Doer, esa persona que parece andar siempre despistada, que se embelesa
con cualquier cosa, siempre lista para divagar y dejarse arrastrar por una
simple conversación, unas palmas o una musiquita, que no entiende de
compromisos y tan pronto está como no está, que propone cosas
aparentemente sin sentido y que tantas veces parece provocar con su sola presencia
algún conflicto? ¿Necesitamos Dancers en nuestros grupos?
Un Doer abandonado a sí mismo convierte su hacer en finalidad, hacer
por hacer con el que demuestra su poder, su capacidad para transformarlo todo,
para crear lo imposible. No le importa si su hacer responde a una necesidad,
una visión transformadora del ser humano, o si es respetuoso y coherente
con una naturaleza de la que se nutre, o si sirve para engrandecerla y crear
belleza. Hacer porque sí, porque se puede hacer, éste es el
rol dominante en nuestra tecnocosificada sociedad. Un Doer abandonado a sí
mismo se convierte en un tecnócrata. Por otra parte, un Dreamer abandonado
a sí mismo corre el peligro de confundir su visión con la propia
realidad, modificando esta última si es preciso para ajustarla a su
idea, eliminando todo aquello que no encaja o que molesta. No le importa si
su visión es excluyente y deja otras personas fuera, no le importa
destruir, eliminar, reprimir todo aquello que se aparta de su idea. La visión
se convierte en algo más poderoso que la propia persona, la desborda
y la utiliza. Un Dreamer abandonado a sí mismo es un fundamentalista
y, si tiene poder, se convertirá seguramente en un dictador.
El Dancer observa alegremente la obra del Doer y exclama: ¡Genial! ¿cómo
lo has hecho? Y tras escuchar pacientemente las explicaciones del Doer, vuelve
a preguntar: Y ¿para qué sirve? Si tras varias preguntas de
este tipo, no desquicia completamente al Doer, el Dancer inocentemente añadirá:
Una vez me encontré una persona, un libro, un animal, una planta o
una piedra, que hacía exactamente lo mismo y era tan bonita…
Y se irá. Más tarde, cuando el Dreamer le cuente su visión,
el Dancer la escuchará con interés para finalmente exclamar:
¡Genial! ¿cómo has llegado hasta ahí? Y cuando
el Dreamer termine sus explicaciones, el Dancer inocentemente añadirá:
Una vez conocí una gente con una visión parecida, pasó
hace mil años, lo leí en un libro, o son gentes de ahora mismo
que me encontré en los límites del mundo, aunque utilizaban
palabras diferentes a las tuyas y también había algunas diferencias
en otros detalles. La gente parecía tan contenta con su visión…
Y tras dejar al Dreamer un tanto atónito con sus comentarios, tranquilamente
se irá.
De siempre he querido ser un Dancer, he sido más un Dreamer y estoy
aprendiendo a ser un Doer. Me gusta que estas tres cualidades estén
presentes en mi ser, que sean capaces de coexistir, a veces en tiempos diferentes,
a veces inexplicablemente en el mismo tiempo. Procuro que mi hacer se ajuste
a una visión compartida de un mundo sostenible y en paz, basada en
el cuidado de las personas y el cuidado de la Tierra, sin olvidar que toda
visión no es más que un aspecto de la realidad y que la armonía
que busco no será nunca una imposición sino la expresión
de una danza con múltiples actores. Y hablando de danzas, procuro que
la música y la danza no falten en mi vida.