Desmontando mitos: la libertad

Para alguien como yo, acostumbrado a saborear la libertad en todo lo que hago, decir que la libertad es un mito puede sonar un poco pretencioso, cuando no ofensivo para todas aquellas personas que en el mundo luchan por ganar mínimos espacios de libertad. La represión de las voces discordantes o minoritarias, en la mayoría de los casos a través del uso de la fuerza, todavía está presente en demasiados lugares como para cuestionar ahora la labor de aquellos que arriesgan sus vidas en defensa de la libertad. Es evidente que en esos casos la lucha por la libertad no es ningún mito, es una realidad cruda que debemos tener siempre presente para que, como dice el cantautor Labordeta, haya “un día en que todos, al levantar la vista, veamos una tierra que ponga Libertad”.
El mito de la libertad, al que yo me refiero, hay que buscarlo dentro del contexto del individuo moderno occidental, y consistiría básicamente en presentar la libertad como un valor y un derecho absolutamente esenciales del individuo, obviando las contradicciones que semejante presuposición conlleva en relación con el colectivo del que todo individuo forma parte. Si negar la libertad del individuo para dársela a la comunidad nos ha llevado a lo largo del siglo XX a diferentes totalitarismos, visibles en el llamado comunismo real y en algunos nacionalismos, negar la libertad de la comunidad para decidir colectivamente su futuro y dársela en exclusiva al individuo nos está llevando en este siglo a nuevas formas de opresión que se ejemplifican en la ley del más fuerte, el más rico, el más inteligente o el más guapo, según la cual el poder y sus privilegios se reparte indiscriminadamente entre estas figuras, marginando y abusando de quienes no poseen tales cualidades, y sin que el colectivo pueda hacer nada para corregir tales abusos.
Afirmar la libertad absoluta del individuo para decidir sobre su vida y su futuro y convencernos de que tal libertad es un derecho irrenunciable, más allá de sus opresivas consecuencias, es la esencia del mito. Y aunque posiblemente este mito surge en parte como un reflejo pendular a la demencia totalitarista del siglo pasado, el que ahora se quiera imponer la libertad como un absoluto, y se recurra incluso a la fuerza para ello, resulta cuando menos bastante sospechoso. Difícil evitar la sensación de que detrás de todo hay un calculado interés por parte de los poderosos en mantener sus privilegios. En mi trabajo con grupos he aprendido que son las figuras de poder que existen en todo grupo quienes más defienden la libertad individual y más se oponen a establecer estructuras colectivas de regulación. Aunque en muchos casos esta actitud funciona inconscientemente, no pasa desapercibida para quienes sufren sus abusos.
El mito, como todo buen mito, cumple además otras funciones: acalla las quejas de quienes resultan perjudicados por esta concepción parcial de la libertad al asumirla como suya propia, los hace responsables de su inadaptación y de sus fracasos internalizando las normas que imponen los grupos de poder y, por último, convierte en extravagante, e incluso peligrosa, cualquier crítica que se haga a la libertad individual o cualquier proclama en defensa de la libertad de una comunidad a decidir colectivamente su futuro. Desde el momento en que la libertad individual se acepta sin discusión queda legitimado el poder de quienes más tienen (dinero, influencias, conocimientos o cualquier otra cualidad socialmente apreciada), ya que este poder deriva de su propia libertad para llegar a ser lo que son. Atacar dicho poder como injusto es atacar directamente la libertad del individuo, lo cual resulta imposible en un colectivo que ha elevado dicho valor al altar de lo sagrado.
Puesto que la libertad se niega a sí misma cuando se presenta como un absoluto, necesitamos otra manera de aproximarnos a ella y destilar al máximo su innegable valor emancipador para el ser humano. Una opción posible sería presentar la libertad como proceso. En realidad, como dos tipos de proceso que van en paralelo. La libertad, entendida como liberación de la opresión externa, sería el proceso que se establece entre un individuo que reclama sus derechos y un colectivo al que pertenece y que igualmente tiene sus derechos. Mientras que, entendida como liberación de la opresión interna, sería el proceso que se crea dentro de cada una de nosotras entre el apego a una identidad que nos da seguridad, nos define y también nos condiciona y nos limita, y la exploración de unos límites, nuestros propios límites, con la que nos abrimos a lo desconocido.
Vamos por partes. Hablamos de opresión cuando alguien (una parte de la comunidad) utiliza reiteradamente el poder que tiene para defender sus privilegios. Las bases de ese poder pueden ser variadas, siendo las más clásicas el uso de la fuerza, el poder económico o la pertenencia a la mayoría dominante. Los privilegios también son variados, aunque en el caso de la mayoría dominante su principal privilegio es el de establecer lo que es normal y lo que no lo es. Quien se ajusta a las normas de la mayoría se considera una personal normal, quien no lo hace puede sufrir ciertos abusos. La liberación de la opresión externa es el proceso por el cual las minorías se enfrentan a quienes detentan el poder para cuestionar los privilegios existentes y reclamar sus propios derechos. Difícil hablar de libertad cuando este enfrentamiento está teñido de violencia. La violencia sólo trae miedo, inseguridad y desconfianza.
Sin embargo, este proceso no tendría por qué ser necesariamente violento. Bastaría con crear un espacio de participación en el que pudieran escucharse todas las voces y desde ahí alcanzar acuerdos. La libertad, lejos de ser un derecho del individuo, sería una característica del espacio participativo. Seríamos más libres cuanto más libre e inclusivo fuera dicho espacio favoreciendo la presencia de todas las voces, cuanto más desarrolláramos nuestra capacidad para enriquecer dicho espacio a través de la escucha y de la comunicación no violenta y cuanto más aprendiéramos a llegar a acuerdos que pudieran ser aceptados por todos. Si es cierto que los totalitarismos, aún bien intencionados, no nos hacen más libres, tampoco sirve de nada declarar la libertad del individuo y negar al colectivo la capacidad para regular los abusos de poder. La libertad de unos no puede crearse a partir de su negación en otros. La libertad ha de estar necesariamente ligada a nuestra capacidad de entrar en dicho espacio de participación con la conciencia necesaria para comprender que todas las voces son relevantes.
Esto nos lleva a un segundo aspecto de la libertad que funciona en paralelo con lo anterior. Este espacio de participación, en el que gestionar la diferencia y los abusos, sólo es concebible desde un trabajo personal por el que nos liberamos de nuestros miedos, de nuestros prejuicios, de las ideas preconcebidas, de la idea del otro como enemigo… Es decir, tras un trabajo que nos lleva a cuestionar nuestra propia identidad y explorar los límites de lo que somos. La libertad se esconde cuando los oprimidos interiorizan de tal manera las ideas de sus opresores, que les impide cuestionarse su desigual relación con quienes ostentan más poder —No es un problema que una persona se manifieste conforme con lo que otros desde fuera podemos ver como opresión (visible en temas de género, diferencias étnicas, desigualdad económica, niños y ancianos, etc.). El problema surge cuando otras personas de su mismo grupo sí manifiesten su disconformidad y ésta es aplastada en un extraño maridaje entre opresores y oprimidos conformistas—. Y la libertad se esconde cuando los opresores se aferran, en su inconsciencia, a una identidad incuestionable como razón para defender su situación ventajista ante quienes les critican o cuestionan sus privilegios.
Liberarse de la opresión interna, de las ideas que la sociedad nos inculca como naturales y que conforman nuestra identidad, es un paso imprescindible para llegar a la verdadera libertad, aquella que surge de ese espacio de participación en el que me encuentro con el otro, sin duda diferente, desconocido, pero no un enemigo; y seguramente con dificultades, pero nunca con miedo, aprendo a escucharle como él me escucha a mi, a comunicarme con él y, en última instancia, a redefinir lo que yo mismo soy, mi propia identidad, incorporando parte de su ser, expandiendo mis límites, ampliando mi visión. La libertad surge de este doble proceso, personal y colectivo, por el que nos hacemos más conscientes. Así somos más libres.