El conflicto produce daño y por eso es temible. Personas que han vivido
situaciones muy violentas (guerras, atentados, enfrentamientos entre bandas…)
y que han salido físicamente ilesas, corren el riesgo de sufrir lo
que se conoce como síndrome por estrés postraumático,
una enfermedad de graves consecuencias psíquicas que les marcará
toda su vida. Pero incluso en el caso de conflictos menos graves (en el trabajo
y en la vida ordinaria, con socios, compañeros o amigos), también
suele haber mucho dolor, también se resiente nuestra frágil
identidad y, como consecuencia, se apodera el deseo de evitar cualquier situación
conflictiva en el futuro, de alejarnos de quienes creemos pueden hacernos
daño.
Por eso, cuando se repite una y otra vez que el conflicto no es algo a evitar,
sino que es una oportunidad para crecer, que los conflictos no se resuelven,
sino que se transforman y nos transforman y que gracias a ellos aprendemos,
muchas personas que han pasado por situaciones conflictivas y que han sufrido
en sus carnes el dolor que casi todo conflicto conlleva, se quedan un tanto
perplejas y se preguntan qué puede tener de bueno el conflicto. Por
qué insistir en que resuelva mis problemas con la gente, si yo no quiero,
si no quiero hurgar más en unas heridas que prefiero olvidar—
dirán algunas.
Y es verdad, al menos en aquellos casos en los que la incidencia emocional
es pequeña. Si nuestros conflictos suceden con personas con las que
no guardamos ninguna relación afectiva y que podemos evitar sin que
nos suponga una gran pérdida, evitémoslos. Pero, ¿cómo
dejar de lado situaciones que nos sangran por dentro, que nos producen intenso
dolor dejando pequeñas heridas en la superficie de nuestra alma y que
están causadas por personas con las que tenemos un trato estrecho,
una relación afectiva profunda, o aun superficial pero debemos seguir
viendo? ¿No sería mejor en estos casos aprender a enfrentarnos
al conflicto y al dolor que nos produce? ¿No es mejor liberarnos de
esa carga de resentimiento y malestar que comporta todo conflicto no resuelto
y ser capaces de vivir de nuevo cualquier situación con la misma fuerza
y alegría con la que vivimos nuestras primeras experiencias relacionales?
Ni que decir tiene que enfrentarse al conflicto no es fácil, de hecho
se puede considerar que es una decisión arriesgada. En muchos casos
los conflictos están asociados a fuertes desequilibrios de poder entre
las partes. Estas situaciones, más que conflictivas son abusivas. Y
contra los abusos, lo mejor es contar con ayuda. En casos de abuso, sólo
una parte sufre, sólo una parte acapara todo el dolor: son las víctimas.
Los agresores no suelen tener conciencia de este dolor, no son capaces de
percibir el daño que hacen. No entienden el callado lamento de sus
víctimas. En ocasiones, se consideran incluso víctimas de sus
propias víctimas, cuando éstas, en un supremo esfuerzo, consiguen
enfrentarse a sus agresores.
En los conflictos entre “iguales” (entre personas con igual poder),
el dolor suele repartirse entre las partes, los daños afectan a todas
las personas implicadas. Parece lógico en estos casos pensar que si
todos sufrimos es porque todos hemos hecho daño, aun cuando no hayamos
sido conscientes de ello, pero curiosamente cuando se nos pregunta, todos
corremos a presentarnos como inocentes víctimas, el daño siempre
lo hacen los otros. Las personas que acuden a los talleres de resolución
de conflictos vienen casi siempre en calidad de víctimas doloridas
que quieren aprender a resolver conflictos sin pasar por el amargo trago del
dolor. Su problema es el dolor que sufren como víctimas, casi nunca
el daño que hacen como agresores. Aunque todo va unido, necesariamente
unido.
¿Es posible enfrentarse a los conflictos sin dolor, aprender realmente
de ellos y crecer como personas? Tal vez plantearse esta pregunta ya sea un
inicio de respuesta. Yendo más lejos, habría que decir que además
podemos empezar reconociendo nuestra capacidad para hacer daño. En
conflictos entre iguales, que por cierto son los que producen más dolor
pues las personas involucradas suelen haber establecido algún tipo
de relación afectiva, resulta prácticamente imposible hablar
de agresores y víctimas como si se tratara de personas diferentes.
Agresor y víctima son roles presentes en cada uno de nosotros. Reconocerlos
es ya una forma de enfrentarse al conflicto y un primer paso para restaurar
las heridas de nuestro yo dolorido. Abandonar el rol de víctima, reconocerse
también como agresor, nos libera en parte de un dolor que no nos pertenece,
que no es más que el dolor del resentimiento que el rol de víctima
arrastra. Dejando por momentos el papel de víctimas, dejamos también
un dolor que no es nuestro.
Cultivar el desapego es sin duda otro remedio eficaz contra el dolor que todo
conflicto conlleva. No debemos olvidar que quien sufre es nuestro yo, esa
parte de nosotros muy apegada a infinidad de pequeñas cosas concretas
que determinan su identidad. Todo conflicto hace tambalear los límites
de seguridad dentro de los cuales se establece nuestro yo, poniendo en duda
nuestra propia identidad, nuestra esencia. El dolor es la manifestación
externa de un cambio interno. El conflicto nos obliga a cambiar, pero nos
resistimos. Tenemos miedo de dejar de ser lo que somos, nos aferramos a nuestros
valores, ideas, deseos, percepciones porque es lo que nos identifica, es nuestra
identidad y tememos perderla. Tenemos miedo a morir, y el conflicto nos recuerda
la proximidad de la muerte. Cuanto más rígida es la coraza con
la que protegemos nuestro yo, mayor es el dolor que provoca cualquier alteración.
Para enfrentarse al conflicto sin dolor se necesita flexibilidad, desapego,
ser como el agua. Los taoístas dicen que el verdadero sabio goza de
la cualidad del agua, que cuando se encuentra con un obstáculo no se
opone a él, le permite ser todo el tiempo mientras que el agua sigue
fluyendo y sin forma definida se va adaptando a los límites del obstáculo
hasta que por fin lo supera, lo desborda, y continua su curso sin rencor.
El agua no tiene límites, su esencia es fluir entre las cosas. Si queremos
superar el dolor en un conflicto, cuando nos preguntemos cuál es nuestra
identidad, deberíamos pensar que podemos ser como el agua o el viento,
sin forma definida, sin contornos establecidos, sin apego por ninguna cosa.
Deberíamos pensar que podemos cambiar y no por ello morir.
Reconocernos como seres complejos, capaces de jugar múltiples roles
a la vez, agresores y víctimas, portadores de la verdad y de intereses
inconfesables, capaces de dar afecto y solicitarlo, sin que nada nos defina,
nada nos identifique entre límites cerrados, derramando nuestra esencia
de agua y viento más allá de toda forma fija, nos lleva hacia
una nueva dimensión de nuestro ser, una dimensión que muchos
llaman espiritual. Una vez ahí, es fácil observar el conflicto
sin temor, el dolor sin angustia, el daño sin resentimiento. No por
ello desaparecen, pero aceptamos su presencia como lo que son, síntomas
para un cambio que está en nuestras manos. Los otros, los que nos producen
daño, pueden también aprender del conflicto y cambiar, o pueden
seguir siendo rocas mientras nosotros, convertidos en agua, los desbordamos
y los dejamos atrás mientras seguimos nuestro camino, sin dolor ni
resentimiento.