Crear Comunidad, una tarea ineludible para el mundo rural
De todas las consecuencias que las políticas neoliberales han tenido
sobre el mundo rural, sin duda muchas y muy devastadoras, a veces se suele
olvidar una que no por poco llamativa resulta menos catastrófica. Se
trata de la desaparición de la comunidad, de la destrucción
de todo un tejido de relaciones, de flujos de apoyo y saberes, que tras décadas
de sucesiva modernización rural apenas ha quedado reducido a su manifestación
más superficial y folclórica. Cierto es que la recuperación
de tradiciones populares casi perdidas está siendo apoyada desde diferentes
instancias y cierto también que muchas de las actividades culturales
recuperadas sirven para recrear un espíritu unitario y de colaboración
que sin duda es positivo para el mundo rural. Pero el grueso del daño
ya está hecho y el individualismo y el economicismo son la nueva base
de comportamientos y actuaciones que antaño funcionaban de acuerdo
a parámetros diferentes.
Es posible que en la mayoría de nuestros pueblos exista un espíritu
de colaboración para organizar las fiestas patronales, y que eventos
de este tipo contribuyan a crear un sentimiento de identidad en torno a un
lugar por el que todo el mundo siente un gran afecto, pero ¿hasta dónde
más llega la colaboración? ¿Se busca implicar a todo
el mundo en la toma de decisiones?, ¿se hace lo posible para que todo
el mundo participe y aporte sus conocimientos y recursos?, ¿se promueve
la creación de bienes comunales para beneficio de tod@s?, ¿se
crean fondos de solidaridad para apoyar a los más necesitados?, ¿se
hacen análisis participativos de los recursos existentes?, ¿se
crean negocios en común?
La lista de preguntas se puede extender indefinidamente avanzando cada vez
un mayor grado de compromiso y de colaboración en lo que sería
una creciente profundización de la idea de comunidad. Lo curioso es
que desde siempre el mundo rural, por sus particulares características,
ha estado necesitado de esta idea de comunidad avanzada y ha desarrollado
para ello las estructuras que le han sido más convenientes. Lo lamentable
es que dichas estructuras, útiles durante siglos, se han venido abajo
en apenas unos pocos años de “modernización” rural.
Estado actual del desarrollo comunitario
El estado actual de nuestros pueblos y comunidades rurales en cuanto a cohesión,
autogestión, capacidad organizativa y liderazgo está tan degradado,
que sin un serio trabajo de desarrollo comunitario, de profundización
en los aspectos de compromiso, colaboración y responsabilidad colectiva,
que retome tal vez viejas estructuras comunitarias adaptándolas a los
tiempos actuales, el mundo rural no es sencillamente sostenible. Difícilmente
se pueden abordar los grandes retos que el neoliberalismo está planteando
al mundo rural y paliar en parte sus negativas consecuencias desde posiciones
que colocan por delante los intereses privados, que desdeñan el esfuerzo
colectivo y la idea de comunidad local como lugar preferente para la vida
y que tod@s deberían apoyar.
El panorama no es muy halagüeño en la mayoría de nuestros
pueblos en ninguno de los aspectos citados. En lo que se refiere a la cohesión,
es decir a “la capacidad de una comunidad de demostrar un compromiso
amplio e inclusivo frente a planes de acción externos y significativos”,
ésta se halla a un nivel cada vez más bajo. Los conflictos de
intereses privados abundan hasta el punto de llegar a situaciones de verdadero
enfrentamiento y creación de bandos irreconciliables. Más allá
de la pura anécdota, la colaboración brilla por su ausencia.
La autogestión, o “capacidad de una comunidad para encontrar
soluciones a sus propios problemas”, es posible en algunas comunidades
que cuentan con inspirados grupos de acción local, pero lo más
normal es delegar en instancias administrativas superiores. En cuanto a la
capacidad de organización de una comunidad, o “conjunto de recursos
físicos y habilidades humanas que utiliza en su provecho la comunidad
para su desarrollo y administración” (sistemas de trueque, de
transporte compartido, empresas comunitarias, agricultura apoyada por la comunidad,
etc.), apenas es visible en nuestros pueblos y como antes, depende más
bien de personas concretas, aventurados “líderes”, que
con mucho esfuerzo y poco apoyo tratan de llevar a cabo tales ideas.
El resultado es que nuestros pueblos no sólo tienen poco desarrollados
los aspectos comunitarios, sino que son más bien una colección
de individuos (familias) sueltos, en ocasiones en permanente conflicto, donde
sólo un pequeño grupo trabaja casi desesperadamente contra la
fuerte presión individualizadora y economicista que introduce el neoliberalismo.
Aparte de viejos conflictos vecinales, que se remontan a alguna generación
atrás a veces por causas oscuras, la “modernización”
del campo está trayendo nuevos conflictos de carácter más
general y que se repiten en todos los lugares. Todo ello impidiendo la colaboración
y el “uso” racional de los escasos recursos humanos existentes.
Por poner un ejemplo, la entrada de dinero masivo, sobre todo en los sitios
más turísticos, está suponiendo una completa renovación
del paisaje arquitectónico rural que no siempre se hace con criterios
admisibles para tod@s, por no decir que muchas veces se trata de simple y
pura especulación, generando tensiones entre los partidarios de una
urbanización masiva y los que apuestan por algún tipo de regulación.
Muchos ven en el turismo la panacea que va a arreglar todos los males del
mundo rural. Y aunque es verdad que un turismo selectivo y apropiado al medio
puede ser una valiosa fuente de ingresos para la comunidad, tampoco hay que
olvidar que el turismo masivo supone importantes problemas: el aumento de
los precios de alquiler y de venta de las casas relega a los jóvenes
a un alojamiento inestable cuando no a tener que emigrar a las ciudades, proliferan
los empleos estacionales de baja calidad, estacionalmente se presionan las
infraestructuras y los recursos (como el agua), etc.
Con ser éste un conflicto importante, pues afecta directamente al modelo
de desarrollo (más o menos urbano) que se quiere seguir en el medio
rural, no resulta tan destacado como el permanente conflicto existente entre
viejos y nuevos pobladores. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que el
campo necesita gente, como única garantía para el mantenimiento
de una economía local enriquecedora para tod@s. La gente aporta recursos,
trabajo y consumo. Si no hay gente suficiente, no hay producción y
todo se debe traer de lejos, tampoco hay consumo y lo que se produce se debe
enviar lejos. Depender del exterior y de un mercado que no se controla hace
más vulnerable el ya de por sí frágil sistema rural.
Dicho esto, que suscita el acuerdo de técnicos y políticos,
lo cierto es que se hace poco para ayudar a la incorporación de nueva
población al mundo rural. Existe un cierto recelo por parte de los
viejos pobladores hacia la gente nueva, sobre todo si llegan con ciertas “pintas”.
No se venden tierras ni casas, prefiriendo en ocasiones dejar las tierras
yermas y las casas abandonadas antes que vender. Desde la Administración
tampoco se llega muy lejos. En uno de los modelos de repoblación rural
apoyado por el programa Leader II, en el sur de Francia, se preparó
una casa de acogida en la que se instalaran las familias provisionalmente
mientras buscaban un hogar definitivo. En todo ese tiempo, contaban con el
apoyo de trabajadores sociales que les ayudaban a buscar casa, a buscar empleo,
a introducirles en la población. ¿Cuántos casos como
éste conocemos en España? Si la incorporación de nuevos
pobladores a núcleos existentes no va acompañada de un seguimiento,
de un apoyo y de una concienciación sobre la población local
de la necesidad vital de abrirse y colaborar con los nuevos, lo más
probable es que el inicial recelo se transforme con el tiempo en un conflicto
de intereses, cuando en realidad se necesitan unos a otros.
Abundando en lo anterior, un estudio de la revista New Sector, una revista
sueca publicada por el Movimiento para Iniciativas Comunitarias, demuestra
que “las estrategias existosas para la regeneración comunitaria
están caracterizadas por una alizanza a tres partes entre los viejos
pobladores, el gobierno local y los recién llegados”. Estos últimos
aportan ideas frescas y emprenden iniciativas sin preocuparse tanto de los
riesgos, traen contactos con sus propias redes de apoyo y establecen canales
de comunicación efectiva entre el mundo rural y la urbe rompiendo los
estereotipos dados por los medios de comunicación de masas, sobre todo
la televisión.
Cómo crear comunidad. Los diferentes pasos del desarrollo
comunitario
Evitar los conflictos y transformar la confrontación existente en colaboración
es una tarea imprescindible para la sostenibilidad del mundo rural. Pero no
es más que el primer paso del desarrollo comunitario. Desde el Movimiento
de Ecoaldeas se dice no sin razón que cuando se quiere crear una comunidad
sostenible, lo primero que hay que hacer es crear comunidad, esto es crear
un espíritu de concordia en el que todas las partes implicadas se sienten
identificadas con los fines que como grupo se han propuesto y trabajan activamente
en su realización.
¿Qué significa más exactamente crear comunidad o profundizar
en el desarrollo comunitario? Es una labor que implica a todos los habitantes
y que supone diferentes pasos. En primer lugar se deben resolver los conflictos
más candentes, aquellos que enfrentan a unos vecinos con otros o a
una parte de la población con otra, y que harían fracasar cualquier
propuesta de colaboración si no son abordados previamente.
En segundo lugar se deben establecer estructuras de toma de decisiones en
las que tod@s participen, buscando preferentemente el consenso o al menos
llegando a decisiones que tod@s puedan admitir. Aunque pueda parecer una tarea
ingente, sobre todo en pueblos relativamente grandes, lo cierto es que existen
técnicas ampliamente contrastadas que ayudan a garantizar la participación
de tod@s. Buscar el consenso es la mejor manera de evitar futuros conflictos.
Si todo el mundo se siente escuchado y representado por la decisión
tomada, no habrá motivos para boicotearla y sí para trabajar
por su realización.
En tercer lugar, y una vez familiarizad@s con las técnicas inclusivas
de participación, se debe empezar poco a poco a definir unos objetivos
generales, una línea de actuación que sirva como aglutinante
en la medida en que tod@s están dispuest@s a seguirla, un desafío
que la comunidad se propone y que crea un sentimiento de pertenencia, que
redistribuye el papel que cada un@ puede jugar en función del fin a
alcanzar. Se trata de crear una visión común, una visión
cuya realización no pasa por la competencia sino por la colaboración.
El proceso de crear una visión común es sin duda complejo, pero
también para esto existen diversas técnicas que hasta ahora
han sido aplicadas con éxito.
En cuarto lugar hay que afrontar un tema imprescindible: el de la seguridad
económica. Para que un pueblo se mantenga hay que garantizar que las
personas que viven en él y sus descendientes tienen trabajo en el lugar,
y en los tiempos difíciles tienen también el apoyo necesario.
Pero ¿cómo se consigue esto cuando las actividades tradicionales
se revelan insuficientes e incapaces de dar tales garantías? ¿Esperamos
a que llegue un inversor extranjero que dé trabajo o tratamos de organizarnos
para crearlo nosotr@s mism@s? La política neoliberal tiene una única
estrategia clara para el desarrollo económico del mundo rural: mejorar
las comunicaciones. Con ello, dicen, se facilita el movimiento interior de
negocios y se genera empleo. Se facilitan también los desplazamientos
de los residentes en un área hacia los centros de actividad existentes
para ir a trabajar o comprar. Sin embargo, nadie dice que esta estrategia
no sólo no garantiza la llegada de inversiones, sino que tiene “el
potencial nocivo de alterar la cohesión de las comunidades y trabaja
en contra de la autogestión y sostenibilidad de las mismas”.
Una estrategia más útil podría ser usar los recursos
existentes para promover la producción y distribución local,
dando productos y servicios a la gente local. Organizar un plan de desarrollo
económico local es algo que no se debería dejar en manos de
“expertos” de afuera. Debería ser un proceso participativo
que además de servir para evaluar los recursos existentes (humanos
y naturales), lo haría también para generar actividades económicas
basadas en la cooperación (creación de cooperativas) y en la
adecuación a la visión común, evitando así el
desarrollismo caótico y normalmente destructor. Como en los casos anteriores,
también para este proceso existen técnicas ampliamente contrastadas.
Por último, y dentro de esta primera fase de desarrollo comunitario,
es sin duda importante retomar todo tipo de celebraciones, ritos y otras actividades
culturales que contribuyen a reforzar el sentimiento de pertenencia a un lugar
y de identidad con un proyecto.
El camino a seguir a partir de aquí, siempre con la idea de generar
mayor bienestar y calidad de vida para tod@s, está todavía lleno
de posibilidades: agricultura apoyada por la comunidad, donde el agricultor
produce sobre un consumo seguro y se aleja de las variaciones del mercado;
energías renovables autónomas, depuración natural de
aguas para todo el pueblo, edificios y espacios comunitarios y construidos
en común: centro cultural, talleres de artesanía, taller de
creación artística, espacios de recreo, etc.; fondo local de
inversión para favorecer la implantación de nuevas actividades
económicas, club de trueque, moneda complementaria, escuela libre,
gestión autónoma de la salud, etc.
El ineludible papel del Trabajador de Campo
Para llevar a cabo la tarea de desarrollar la comunidad se necesitan personas
preparadas para ello. Se necesitan trabajador@s de campo. El trabajador de
campo no es un agente de desarrollo rural, no es un trabajador social ni un
técnico de la Administración, aunque puede ser cualquiera de
estas personas. No es una persona con un título especial. Es simplemente
alguien del lugar o que quiere vivir en el lugar, alguien preocupado por su
pueblo, comarca o región, consciente de que la unión y la colaboración
son las armas más poderosas con las que se cuenta para crear riqueza
y bienestar.
Es evidente que se requiere una mínima formación, ciertos conocimientos
sobre resolución y prevención de conflictos, sobre técnicas
para toma de decisiones consensuadas, para crear una visión común...,
pero esto no es lo más importante. Lo más importante es una
cierta capacidad y deseos de agrupar a la gente, de involucrarla en procesos
participativos, de sacar lo mejor de cada un@.
Tampoco se trata de una labor que deba abordar una persona sola. El trabajador
de campo debe empezar por buscar un pequeño grupo de gente inmediatamente
afín con estas ideas, debe afianzar los lazos con quienes están
más dispuestos a dar pasos en el proceso de desarrollo de la comunidad,
no sólo compartiendo ideas sino también creando las primeras
estructuras (cooperativas de producción y de consumo, clubes de trueque,
trabajos comunes, etc.). A partir de ahí, más que convencer
al resto de vecin@s, bastará mostrar la viabilidad y rentabilidad (económica
y social) de las estructuras creadas que pueden servir como modelos para el
resto de la comunidad.
Importante es que el grupo inicial sea suficientemente representativo, que
no se limite a una parte de la población (por edad, clase social, antigüedad
en el lugar, etc.), de manera que lo que se haga pueda ser visto positivamente
por todo el mundo. La idea es vencer poco a poco viejos recelos y lograr incorporar
a toda la población en un proceso de crecimiento individual y colectivo.
Antes de hacerese trabajador de campo, el aspirante ha de pasar probablemente
por un periodo de transición. Un periodo en el que deja atrás
una forma de vida más o menos asentada para reorientarse en su nueva
labor por la comunidad. Entre el final de la anterior etapa y el nuevo comienzo
es inevitable un periodo de incertidumbre que necesita de una preparación
especial. En el Manual para trabajadores de campo, desarrollado por Designed
Visions de Oxford, se señalan tres líneas principales de actividad
que ayudan a superar el periodo de incertidumbre: establecer redes de apoyo,
practicar la movilidad descendente y desarrollar una inteligencia flexible.
El “transicionero” necesita una familia extendida o una red comunitaria
para sobrevivir. Por ello, como se ha señalado antes, es importante
encontrar en las comunidades gente que está también en transición
o ha pasado por ella, dispuesta a unir esfuerzos para establecer estrategias
de autoayuda. Se necesita también reducir la necesidad de ingresos
a lo mínimo (movilidad descendente) y desarrollar un pensamiento independiente
que no se deje coaccionar pero no obstante abierto a sugerencias e ideas frescas
(inteligencia flexible).
Si la transición está bien hecha, no hay que temer la incertidumbre.
Al contrario, será motivo para la celebración, pues toda transición
supone una transformación personal sin duda enriquecedora.
El trabajador de campo de la comunidad es sin duda una figura necesaria, que
con el apoyo adecuado puede hacer mucho por el mundo rural. Jill Jordan, consultora
en desarrollo comunitario en Maleny (Australia), comenta en una conferencia
titulada Definiendo nuestro propio destino: revitalizar ciudades y pueblos,
cómo la pequeña ciudad de Maleny se ha transformado en los últimos
25 años en una comunidad próspera, bien cohesionada y con una
elevada participación ciudadana. En los años 70, Maleny era
un núcleo rural pequeño y en decadencia, al que acudieron algunas
personas porque la tierra era barata. Unos pocos empezaron creando una cooperativa
de productos biológicos, a la que poco a poco se fueron incorporando
gentes del lugar. Más tarde crearon una institución de crédito
que sólo invertía en negocios locales. En la actualidad cuenta
con un capital de 9.5 millones de dólares y ha concedido 21 millones
en préstamos para adquirir tierras, casas y pequeños negocios
cuyos beneficios revierten en la comunidad. Finalmente, dos personas del grupo
dinamizador han sido elegidas para el Ayuntamiento, desde donde impulsan la
participación local dando vida a numerosos proyectos, como la creación
de una Fuerza Rural especial cuyo cometido es que se haga un uso sostenible
de la tierra, el impulso de la artesanía que cuenta actualmente con
más de 20 artesanos, la creación de un Cineclub, un Club para
la cooperativa, un Centro de aprendizaje, etc.
Es claro entonces que sin comunidad no hay futuro para el campo, si no ha
de ser un tentáculo más de ese monstruo llamado ciudad. Un tentáculo
alargado que busca ávido recursos para alimentarse y para recreo y
que no considera a las personas que viven en el mundo rural más que
como extraños seres de una época pretérita o como componentes
de un proceso industrial de producción de alimentos.
Con comunidad se crea una economía local en la que el trabajo y el
ahorro revierten en el mismo lugar generando riqueza para tod@s, se crea un
sentimiento de pertenencia y participación en una visión compartida
ganando en satisfacción y en sentido, se evitan o al menos se reducen
las disputas y los conflictos favoreciendo la colaboración en lugar
de la confrontación, se recupera en definitiva la dimensión
social del ser humano que sólo algunas décadas de liberalismo
y capitalismo, a pesar de haberla arrinconado favoreciendo el individualismo
y la competición, no han podido ni podrán borrar jamás.