Bioneers: Flores en el desierto Norteamericano

Estados Unidos es un país diverso como ninguno. Montañas, lagos, llanuras y desiertos se extienden en un paisaje vasto, magnífico, de una belleza muchas veces espectacular. También sus gentes son variadas y de orígenes y colores muy distintos. Blancos de lejana procedencia europea, o caucásicos como se dice aquí; negros traídos hace generaciones de África, afroamericanos; amarillos llegados en diferentes oleadas, asiáticos; morenos que llegan del Sur, en busca de una vida un poquito decente, hispanos; y rojos, originarios de este continente y, sin embargo, los menos visibles, nativos. Una hermosa variedad de gentes y colores que me hace pensar que la expresión People of Color, utilizada principalmente para referirse a los negros, se debería en realidad utilizar para referirse a todo el mundo.
A principios del s.XX, un judío inglés, recién aterrizado en Estados Unidos y aficionado al teatro, creó una obra cuyo contenido se ha olvidado, pero cuyo título encierra un mensaje que todavía ejerce un tremendo poder en la imaginación popular, la promesa de que cualquier persona, sea cual sea su origen, puede convertirse en un norteamericano más, en un ciudadano perfectamente integrado en un país que valora la diversidad y el espíritu emprendedor de la gente. El título de la obra era “Melting Pot” —lo que se traduce por crisol, aunque literalmente sería algo así como “puchero en el que todo se funde”— y todavía hoy, esta expresión es la más utilizada por los norteamericanos para definirse a sí mismos.
Claro que las cosas han cambiado mucho en los cien últimos años. Y aquel país de promesas y esperanzas para tantos inmigrantes, entre tanto, se ha convertido en un imperio. Por su parte, el poder no ha cambiado, y después de cien años, sigue estando en manos de los blancos, los que no tienen color. Imperio en manos de blancos, conservadores y ricos —esta es la imagen que nos llega de Estados Unidos. Las películas de Hollywood, por muy políticamente correctas que pretendan ser, o tal vez por eso, nos muestran en general un mundo de blancos que viven bien y que están muy orgullosos de formar parte de un país que tanto hace por la democracia y la libertad en el mundo. ¡Oh claro, tal vez se deban criticar algunas cosillas, para eso está la libertad de expresión, pero la base es buena, la vida es maravillosa! Mientras, las noticias nos muestran un gobierno, tan seriamente preocupado por extender la democracia en el mundo, que no duda en emprender una guerra tras otra para liberar a quien haga falta —y bueno, si de paso se llevan algunas cosillas, como el petróleo y demás, bien ¿no?—; un gobierno que no tiene reparos en sacrificar dos mil de sus ciudadanos —pura casualidad que sean negros o hispanos—, y varias decenas de miles de ciudadanos de otros países, para vengarse por un atentado que, con todo lo horroroso que sea, causó menos de cinco mil muertos; un gobierno que es capaz de negar las evidencias presentadas por sus propios científicos sobre el calentamiento de la Tierra y se niega a firmar tratados internacionales para corregirlo; un gobierno que utiliza a su conveniencia las instituciones económicas y financieras internacionales para apoyar a sus gigantescas multinacionales en su humanitaria tarea de expoliar a los países del Otro mundo, contribuyendo así a crear una espectacular inmigración desde el Sur hacia sus puertas, que ahora se preocupa de mantener bien cerradas. Y así una y otra y otra.

La realidad es siempre más compleja
Con todo, y aunque esta imagen diga una parte de la verdad, no dice toda la verdad. Es una imagen plana, demasiado simple, incapaz de recoger la auténtica realidad de este país. Lo que a nosotros nos llega es la imagen de un desierto cultural y político; un desierto blanco, uniforme, plano, impregnado de una capa rancia de conservadurismo y fundamentalismo religioso. Pero Estados Unidos es más que todo esto, y no es necesario visitar Joshua Tree o Death Valley, dos de los más hermosos desiertos californianos, para darse cuenta que los desiertos tampoco son planos, ni blancos ni uniformes, y que, en general, encierran una gran diversidad —en primavera se llenan de hermosas flores de colores.
Muchos son los desafíos internos de este país, muchas son las personas y colectivos que se rebelan contra el actual status quo. No todo el mundo comparte la imagen del melting pot, de ese maravilloso pero irreal crisol de razas fundidas en la idea de un (norte)americano con iguales derechos y oportunidades. Muchos siguen luchando contra la desigualdad y la segregación, la que se hace evidente en preguntas como ¿quién tiene el dinero? ¿quién tiene el poder? ¿quién recibe la mejor educación? ¿quién tiene la propiedad de la tierra?, etc. Muchos comienzan a luchar contra el fundamentalismo político y religioso de su gobierno, oponiéndose de muchas maneras a sus guerras de liberación, a su desprecio por la naturaleza, a sus intenciones de privatizarlo todo… Y poco a poco, muchos más comienzan a proponer alternativas —en la producción de alimentos, en el uso de energías renovables, en la restauración y cuidado de la naturaleza, en la creación de empresas sociales, en la gestión pública de las ciudades, en la manera de comunicar, en el papel de la mujer y otras minorías, en nuevas formas de expresión religiosa o espiritual, etc.— y a vivir de acuerdo con ellas. Y así, lentamente, flores como las que cada año crecen en otoño, con ocasión de la Bioneers Conference, van llenando de vida y color un desierto, que más allá de la pálida capa de arena blanca que se nos ofrece a través de los medios de (des)información de masas —o armas de desinformación masiva, como algunos los llaman—, presenta por el contrario una riqueza inmensa de color y belleza.

Todo se cuece en la bahía de San Francisco
Bioneers es un encuentro de gentes diversas, un encuentro anual de tres días en San Rafael, California. Pero es un encuentro muy especial, similar a la reunión anual de una gran familia cuyos miembros se hayan dispersos por todo el mundo. Pues ese es el ambiente, familiar. Iniciado en 1990 por Kenny Ausubel y Nina Simmons, este evento otoñal, que muchos marcan en el calendario como una cita obligatoria, ha ido creciendo con los años, hasta alcanzar las más de tres mil personas que llenan actualmente el recinto, y unas seis mil más que participan en una red de congresos paralelos que se celebran en diversas ciudades de Estados Unidos y Canadá. Los asistentes son activistas, investigadores, periodistas, empresarios, políticos…, estudiantes, profesionales, retirados…, blancos (mayoría), negros, amarillos, morenos (pocos) y rojos (se cuida su presencia). Aunque todavía es una familia predominantemente blanca, cada año se hacen más esfuerzos por incrementar la presencia de otros colores, por honrar la diversidad de flores que pueblan este país.
Entre los participantes se hallan también algunas de las mentes más brillantes de este país, científicos que no olvidan el carácter social de la ciencia, personas extraordinariamente innovadoras y creativas, activistas con muchos años de experiencia en sus respectivos campos. Todos ellos convergen aquí para presentar sus trabajos, contar sus experiencias, inspirarnos a todos en su particular manera de cuidar la tierra y la gente. Son los invitados de honor, los miembros distinguidos de esta diversa y numerosa familia. En una plenaria que, durante los tres días del encuentro, arranca a las 9h. de la mañana y se extiende hasta la hora de comer, nos van contando sus últimos descubrimientos; narrando, en ocasiones con gran emoción, sus más recientes experiencias.

Algunas “perlas” presentes en el Bioneers 2005
En el Bioneers de este año pude escuchar y disfrutar con el increíble trabajo que está haciendo en Los Ángeles Andy Lipkis, fundador de TreePeople, una organización que está contribuyendo enormemente a elevar la conciencia ambiental de la ciudad y por ende del país; con los últimos trabajos en biomímica de Janine Benyus, que abren la puerta a una tecnología que imita los procesos naturales y que por tanto no produce residuos ni es agresiva con la naturaleza; con la lucidez y persuasión de Michael Ableman, fundador del Centro de Agricultura Urbana, quien, en un hermoso recorrido fotográfico, nos presentó el trabajo de los más innovadores agricultores de Estados Unidos; con la osadía y claridad de ideas de Rha Goddess, una artista y activista social que se dedica a desarrollar el liderazgo femenino en el marco de la cultura del hip-hop; con el provocador discurso de Jeremy Narby, un antropólogo e infatigable defensor de los derechos de los indios del Amazonas, que lleva años en busca de las diferentes formas de inteligencia presentes en la naturaleza, lo que le ha llevado a probar muchas “cosas” y tener largas conversaciones con chamanes y científicos; con la suavidad y la mágica voz de Bernice Johnson Reagon, una legendaria cantante y activista cultural, fundadora del grupo a capella Sweet Honey in the Rock, con décadas de trabajo por los derechos civiles, y en particular en revelar y hacer visible la marginada voz de la cultura afroamericana. Y éstos son sólo algunos de los nombres, en una larga lista de grandes oradores que, a lo largo de los tres días, ocuparon el sillón principal de ese gran salón familiar que nos acogió a todos, el Veteran’s Memorial Auditorium del Marin Center de San Rafael.

Talleres interactivos por las tardes
Por las tardes, entre las 3h y las 6h, el gran grupo se dividía para participar, según los intereses de cada uno, en varios talleres que, durante hora y media, se ofrecían en diversos espacios a la vez. El problema era que, con casi una decena de actividades igualmente prometedoras, resultaba muy difícil decidirse. Así que, dejándome llevar por la intuición, el viernes acudí primero a una presentación sobre R/Evolutionary Communication™, una novedosa teoría y una buena herramienta comunicativa basada en las ideas sobre comunicación no violenta de Marshall B. Rosemberg y en la Teoría integral de Ken Wilber. Me gustó. Me pareció que aportaba ideas muy buenas para mejorar la comunicación y facilitar el trabajo grupal. Para relajarme un poco después de tanta excitación, me fui a un taller de euritmia, donde guiados de la mano de Heidi, aprendimos a movernos conscientemente por el espacio y a utilizar la voz para la liberación de emociones internas. Otros talleres a la misma hora trataban sobre seguridad alimenticia, empresa social, el papel transformador del arte, entrenamiento anti-opresión, culturas indígenas, inteligencia relacional y liderazgo femenino, restauración de espacios naturales, crear comunidades autosuficientes, etc.
El sábado por la tarde asistí a un taller sobre Tecnologías para la paz: el arte y la ciencia de la compasión, con la presencia de Aqueela Sherrills, una de las principales mediadoras en el conflicto de bandas en Los Angeles; Marlowe Sam, un líder indígena canadiense y Megan Biesele, quien ha trabajado con comunidades de bosquimanos en Botswana y Namibia. Bien, sin llegar a impresionarme. Y después me fui a Restaurar el equilibrio cultural: alzando las voces de mujer, en el que además de participar Nina Simons, fundadora de Bioneers, y Rha Goddess, que me había fascinado en su charla de la mañana, contaba también con la presencia de Jodie Evans, cofundadora de CodePink: Women for peace, un movimiento por la paz y la justicia social, iniciado por mujeres, y que hace campaña contra la guerra de Iraq y contra cualquier nueva guerra que se le ocurra a su gobierno, y que utilizan una llamativa indumentaria de color rosa. Fascinante. Ni que decir tiene que asistir a estos talleres me impidió estar en otros igualmente interesantes sobre innovadoras estrategias antimultinacionales, cómo rehacer las ciudades sosteniblemente, en defensa de las culturas y tierras indígenas, cómo educar a nuestros hijos para un mundo sostenible, necesidad de construir medios de comunicación verdaderamente progresistas, cómo preservar y restaurar los grandes ecosistemas, etc.
Y por último, el domingo me fui a escuchar a David Orr, John Todd —inventor de las Living Machines, un sistema de depuración de aguas residuales— y Fritjof Capra —autor del Tao de la física—, que hablaban sobre diseños ecológicos, cómo reconocer y aplicar las instrucciones operativas de la naturaleza. Montones de buenas ideas. En la siguiente sesión, cansado como estaba, me acerqué sólo un rato a escuchar a Belvie Rooks y Bernice J. Reagon hablar sobre espiritualidad, religión y fe, en un esfuerzo por resituar estos conceptos en el mundo progresista norteamericano, y no permitir que sean impunemente apropiados por los fundamentalistas religiosos. Y no os quiero aburrir más con los talleres que me perdí, así que no los mencionaré aquí. Decir únicamente que además de todas estas charlas, pude ver un gran documental, titulado La Toma, producido por Naomi Klein, autora del provocador libro No-Logo. El director nos contó su experiencia de rodar este documental en una Argentina que se había hundido con las políticas neoliberales de Menem, y en las que muchas empresas habían sido abandonadas por sus propietarios y tomadas por los trabajadores. Totalmente recomendable. Otros documentales también muy interesantes se pudieron ver en otras sesiones, en el marco del Moving Image Festival, un festival de cine que viene incluido con el encuentro.

Bioneers: un espacio de encuentro y de esperanza
Con todo el interés que tienen todas estas charlas, talleres y documentales, Bioneers es sobre todo un espacio de encuentro. Los jóvenes, muy numerosos, tienen toda una carpa para ellos, en la que proponen y llevan a cabo actividades más acordes con sus intereses. El arte está presente igualmente en un espacio de creación y exploración artística, en numerosas exposiciones de artistas y artesanos que llenan los pasillos y algunos puestos de venta. Y especialmente, jardines, comedores, cafés y, en general, cualquier rincón perdido de este amplio lugar, son testigos de pequeñas y grandes conversaciones en las que se cuecen nuevas y viejas ideas, se gestan nuevos proyectos, se crean nuevas oportunidades, renovando y fortaleciendo una red de conexiones que se extiende por, y llega más allá de todo Estados Unidos, y que es el sustrato de un rico caldo de cultivo —de una naciente cultura—, que atraviesa e impregna el suelo norteamericano con la esperanza de crear un mundo mejor para todos, un mundo en el que sea posible apreciar la variedad de colores y flores que crecen en una tierra, que otros se empeñan en presentarnos como un desierto.