El
arte de la facilitación
Vivimos en un mundo en el que muchas cosas no nos gustan. De lo más grande
a lo más inmediato, no nos gustan las guerras, las situaciones de desesperación
y miseria colectiva visibles en grandes partes del mundo, la degradación
del entorno y la pérdida de biodiversidad, la pobreza en los suburbios
de tantas de nuestras ciudades, la dificultad para ganarse la vida, la extensión
de la delincuencia, la suciedad en la calle, el precio del alquiler de la casa,
las molestias que nos causa el vecino de arriba, los gritos de mi compañer@,
el sentimiento de soledad… Curiosamente, cuando por un extraño
azar tratamos de buscar una explicación de por qué nos desagrada
todo lo anterior, fácilmente reconocemos que se trata de una injusticia
que otros cometen. La culpa siempre es del país imperialista, de los
países ricos y sus estructuras de dominio (Banco Mundial, OMC, FMI),
de las grandes empresas multinacionales y de las pequeñas sin escrúpulos,
del gobierno de turno y de las clases adineradas, de los empresarios, de los
gamberros, del mercado con sus capitalistas, banqueros y rentistas, del vecino
que no es de mi gusto y de mi compañer@ que no me entiende. Todos ellos
son culpables de que YO esté mal.
Y no es improbable que tengamos razón. De hecho todo parece apuntar a
que gobiernos, organizaciones, empresas y ciertos individuos lo hacen realmente
mal, son la principal causa de muchas de las situaciones de injusticia que se
dan en el mundo y en última instancia una importante fuente de nuestros
problemas. Pero, ¿de verdad nos creemos el cuento de que sólo
ellos son culpables de nuestra triste situación? ¿No estaremos
cerrando los ojos a una realidad que por más que lo neguemos también
nos incluye como actores y no sólo como pasivos sujetos de las injusticias
del mundo? ¿Podemos hacer algo, aparte de quejarnos amargamente, no dormir
por las noches, cambiar de trabajo, de barrio y de compañer@? Podemos,
claro que podemos, y deberíamos hacer algo.
Denunciar las injusticias es un primer paso. Evidente cuando se trata de grandes
injusticias a escala mundial. Situaciones de miseria, falta de libertades y
degradación del entorno son tópicos que nos llevan a much@s de
nosotr@s a unirnos a grandes y pequeñas organizaciones que tratan de
hacer visibles tales situaciones, denunciándolas y procurando medios
para solventarlas. Participar en estas actividades puede suponer un riesgo personal
enorme, al menos para aquellas personas que apuestan por una participación
muy activa. Hemos de agradecer su esfuerzo. Y aunque para much@s no supone más
que una manera cómoda de liberar su conciencia, también hemos
de agradecer su contribución. Pero lo que ni un@s ni otr@s solemos hacer
es la necesaria reflexión personal que nos lleve a vincular las situaciones
de injusticia descritas con nuestros propios comportamientos y actitudes en
nuestra actividad diaria, en nuestro entorno cercano.
No nos damos cuenta que detrás de todas las organizaciones, detrás
de todas las situaciones de injusticia, se hallan personas, la mayor de las
veces tan “normales” como nosotr@s. Personas que creen estar actuando
correctamente, tan correctamente como lo hacemos nosotr@s con nuestr@s amig@s
y aún así, incomprensible, ell@s se enfandan con nosotr@s. Cuando
se produce un conflicto en un grupo de personas cercanas, algunos miembros del
grupo van a tomar sin duda la actitud de echar la culpa al resto, se irán
del grupo echando pestes y cambiarán de aires. Pero otros, seguramente
pocos, se preguntarán por qué ha surgido el conflicto, indagarán
en su propio comportamiento tanto como en el de los demás y tratarán
de buscar las claves que les permitan superar la situación, o al menos
afrontarla de otra manera en el futuro.
Si en mi entorno más cercano (familia, amigos…) no soy capaz de
ver las “injusticias”, los conflictos, como el resultado no deseado
de posibles diferencias en intereses, percepciones, necesidades, valores, roles,
rango, etc. y me limito a echar la culpa a los demás, por qué
iba a actuar de otra manera un empresario que “defiende” sus intereses,
un político que defiende sus “percepciones sobre el mundo”,
un religioso que defiende sus “valores” o un delincuente que busca
satisfacer sus “necesidades”. Ellos también hacen, o creen
hacer, lo mejor para ellos y para el mundo en el que viven. Es “normal”
pues que cuando surjan conflictos en esos niveles ellos también tiendan
a echar la culpa a los demás (a los ecologistas, a los otros políticos,
a la gente que no les comprende…). Por supuesto que podemos tratar de
cambiar las cosas por la fuerza. Ya se ha intentado antes con escasos resultados.
Pero dudo que ese mundo ideal de justicia, libertad y abundancia que tod@s soñamos
se sostuviera por la fuerza. La enfermedad del político, el empresario,
el delincuente está en nosotr@s. Basta que se nos dé la posibilidad
de jugar sus papeles para comprobarlo en nuestras propias carnes.
Denunciar las injusticias es importante. Intervenir para aliviarlas también.
Pero el paso, el gran paso que deberíamos dar es cambiar las estructuras
subyacentes en las que se engendran tales injusticias. Esas estructuras están
en nosotr@s, “l@s buen@s”, tanto como en ell@s, “l@s mal@s”,
para hablar con el tan manido lenguaje de la confrontación. Desgraciadamente,
o no, no se cambian por la fuerza. Se cambian con un trabajo personal que nos
lleve a aumentar nuestra conciencia de las cosas, a mejorar nuestra percepción
del “otro”, a ser más compasivos. Necesitamos adquirir conciencia
de lo que somos en nuestra relación con los demás y aprender a
expresar nuestras necesidades, nuestros sentimientos, temores, deseos, sin avasallar
ni herir a los demás. Necesitamos aprender a hacer las cosas más
fáciles, a aliviar las situaciones de tensión, a dar más
espacio a las poderosas fuerzas de grupo que nos recorren, necesitamos facilitadores
para los procesos grupales, para crear una verdadera comunidad, necesitamos
recuperar el antiguo arte de los chamanes y adaptarlo a nuestro tiempo y lugar.
Tal vez la facilitación sea nuestra última oportunidad para difundir
una verdadera cultura de paz.