Aprehendiendo el alma del lugar. Cómo construir una ecoaldea o comunidad sostenible

El modelo de las ecoaldeas

Vivimos en un mundo en el que la extensión generalizada del libre mercado ha generado poderosas fuerzas de una gran capacidad destructora. El interés particular de importantes grupos de presión está teniendo consecuencias devastadoras sobre una gran parte de la población mundial, que ve descender sus posibilidades de acceder a recursos mínimos como el agua, alimentos o una vivienda digna; y sobre la propia Tierra, cada vez más explotada y contaminada. Incluso en los países desarrollados, el aumento general de la riqueza no va a la par de un similar aumento de la calidad de vida, pues la búsqueda sin escrúpulos de beneficios conlleva un deterioro de la situación laboral, con una mayor precariedad de empleo y peores sueldos, y una disminución patente de la calidad de la producción, con una proliferación de objetos inútiles de muy corta vida, hechos con materiales de baja calidad cuando no dañinos para la salud, y que tienen como único fin asegurar un consumo indefinido.

El problema de la vivienda
El tema de la vivienda, una necesidad básica del ser humano, es un buen ejemplo de esta situación. Antes de la 2ª Guerra Mundial, cuando todavía la gente se distribuía a partes iguales entre el campo y la ciudad, cuando el transporte era caro y en ocasiones imposible, dada la falta de infraestructuras y de buenos medios de transporte, cuando la industria química apenas estaba desarrollada y la mano de obra era relativamente barata, e incluso se llevaba el trueque y el apoyo mutuo; antes de 1940 las casas se construían con materiales locales y saludables (madera, piedra, barro, cal…), materiales que habían sido utilizados durante cientos, miles de años, demostrando ser los más aptos para la habitabilidad; y en muchos lugares, se construían con el apoyo de toda la comunidad, haciendo de la construcción de una casa un proceso participativo, que involucraba la implicación de personas con distintos saberes y que solía rematarse con una gran celebración en la que participaba toda la población.
Después de 1940, tras el éxodo rural y el consiguiente aumento de población en las ciudades —en una coyuntura propicia por el abaratamiento de la energía debido al aumento de la producción de petróleo, la mejora de las infraestructuras de transporte y el desarrollo de la tecnología y la industria química—, la necesidad de construir vivienda abundante y barata supuso el nacimiento de un nuevo tipo de construcción, una construcción rápida, con materiales nuevos, en su mayoría de origen químico (plásticos) y promovida por constructores y no por los usuarios, que se quedaban al margen del proceso de construcción. En la actualidad, en un ambiente general que favorece el enriquecimiento rápido, las consecuencias de este tipo de construcción son, como sabemos, nefastas. El precio de la vivienda ha aumentado hasta niveles inimaginables, convirtiendo una necesidad básica en un lujo para la mayoría de la gente. Y por otra parte, la poca calidad de los materiales utilizados y la baja calidad de la construcción hace de los edificios muy poco eficientes energéticamente y lugares muy dañinos para la salud.

El síndrome del edificio enfermo
Merece la pena detenerse en este último asunto. Poco a poco se empiezan a conocer los perjudiciales efectos para la salud de las micropartículas emitidas por muchos materiales nuevos que intoxican gravemente el aire en el interior de las casas; del sellado total de los edificios, que al evitar que éstos respiren, produce un aumento en la concentración de toxinas; de los campos electromagnéticos y de otras radiaciones naturales y artificiales, que apenas se consideran en el diseño de los edificios; de la excesiva concentración de gas radón en el subsuelo de las casas; y del uso indiscriminado de otras muchas substancias químicas que acompañan los productos de limpieza, las pinturas y barnices, los muebles y otros objetos cotidianos. La acumulación de sustancias químicas y tóxicas en los modernos edificios empieza a ser reconocida como la causa del malestar y de ciertas enfermedades que sufren las personas que ocupan dichos espacios, y cuyos síntomas van desde una simple irritación de ojos o de garganta hasta trastornos más graves como dificultades respiratorias, cansancio, irritabilidad, fuertes dolores de cabeza, etc. Todo ello ha obligado a reconocer que muchos de los edificios modernos están “enfermos”, sufren lo que en inglés llaman SBS (Sick Building Syndrome: síndrome del edificio enfermo), son lugares imposibles para la vida y la causa de importantes trastornos en la salud de los seres humanos.

Desarrollo y calidad de vida
Como el ejemplo de la vivienda demuestra, progreso y crecimiento económico no equivalen a mayor bienestar y mayor calidad de vida. En otros muchos campos de especial importancia para el ser humano, como la alimentación, el trabajo, la convivencia…, se produce una situación similar: la calidad de vida no sólo no aumenta con el progreso económico y el desarrollo tecnológico, sino que disminuye. El invento, en la década de los 70, del concepto de desarrollo sostenible no parece resolver el problema. Para muchos investigadores, desarrollo económico y sostenibilidad son términos casi incompatibles. El principal fallo, y determinante, del desarrollo sostenible es que no ataca directamente las causas profundas que hacen insostenible nuestro modelo de desarrollo. Se limita a poner parches en algunas cuestiones ambientales, pero no crítica el actual modelo económico ni los principios básicos subyacentes. Principios como el individualismo, el consumismo, la competición, etc., basados en una filosofía de “sálvese quien pueda”, adquieren en la actualidad una preponderancia que el libre mercado no hace sino acentuar. El apoyo mutuo, la solidaridad, el compromiso y la responsabilidad social, la honestidad, etc. son valores marginales, que todo el mundo acepta, pero que pocos aplican. Afortunadamente, cada vez hay más personas que creen necesario cambiar de modelo, cambiar de sistema económico, cambiar nuestra forma de relacionarnos, entre los seres humanos y con la naturaleza. Sin querer imponer nada, predicando con el ejemplo, estas personas quieren despertar la conciencia de la gente mostrándoles que es posible vivir de otra manera, sobre otras bases y valores. Es el modelo de las ecoaldeas, cuyos dos principios básicos son cuidar la gente y cuidar la Tierra. Y donde se entiende que la calidad de vida, más allá de un nivel material mínimo, depende de nuestra capacidad para conocernos y crecer espiritualmente, de nuestras posibilidades de demostrar nuestra creatividad, de la calidad de nuestras relaciones personales, de nuestro grado de identificación simbólica con un lugar, con un paisaje y con una gente.

La construcción de una ecoaldea

Vivir en una ecoaldea es vivir en un entorno sano, que cuida de las relaciones humanas y que favorece los procesos individuales y colectivos de creatividad y crecimiento espiritual. ¿Cómo se consigue crear un lugar así, sea éste una urbanización de nueva planta, o un barrio o pueblo ya existentes? ¿Cómo se construye una ecoaldea? Para construir una ecoaldea, no basta evidentemente con construir casas sanas, o utilizar energías limpias y consumir productos ecológicos, aunque esto es sin duda importante. Debemos partir de la idea de que una ecoaldea es ante todo una comunidad, un espacio de relaciones humanas y con el entorno. Sólo partiendo de la idea de comunidad, en su doble aspecto de comunidad humana y natural, podemos empezar a construir realmente una ecoaldea.

El principio de cuidar la gente. Implicaciones en el diseño
Los dos principios básicos son, comos hemos dicho, cuidar la gente y cuidar la Tierra. Cuidar la gente significa, entre otras cosas, que no debemos hacer nada, no debemos intervenir en un lugar sin contar con las personas que van a vivir, o ya viven en ese lugar. Poco importa que nuestra intención sea crear una ecoaldea de nueva planta o reconvertir un pueblo o barrio en una ecoaldea. Todo lo que vaya a hacerse ha de partir de la gente. Una comunidad no puede ser sostenible sin la participación de la gente, sin su implicación en la visión y diseño de la comunidad. El primer paso para hacer una comunidad sostenible es crear entre todos una visión común, una idea com-partida de lo que se quiere en relación con el lugar y con las personas. Esta visión ha de contener las líneas maestras de lo que después ha de ser el diseño de uno u otro aspecto de la comunidad. Para construir esta visión es necesario implicar a individuos y asociaciones locales, a trabajadores, empresarios y autoridades. Es necesario reunir toda la sabiduría del lugar, compartir toda la información existente, tener en cuenta las diferentes necesid-ades, conocer la historia y la cultura del sitio, conjugar aspectos diversos como tradición y modernidad, etc. Y es importante que todo esto se haga por consenso, con el apoyo en mayor o menor grado de todo el mundo.
Es cierto que el consenso puede ser un proceso lento, pero sus beneficios a medio plazo son claros. Hay que dar tiempo a todo el mundo, no tener prisa por avanzar. Hay que ver el proceso de construcción de una ecoaldea, de creación de una visión común, de planificación de un espacio, como un proceso educativo, por el que las personas han de aprender a tomar decisiones en común, a separar intereses particulares de necesidades colectivas, a asimilar novedades en el marco de una tradición existente, a enfrentarse al conflicto sin que produzca daños irreparables en las relaciones…, aspectos todos ellos en los que ahora mismo no estamos formados ni preparados. Contar con el apoyo de todas las partes implicadas es juntar un enorme poder en beneficio de la comunidad. Merece la pena esperar. Y no olvidar que de lo que se trata es de llegar a una visión común, a un diseño compartido y aceptado por la comunidad y no de imponer un plan para el lucimiento personal.

Cuidar la gente. Implicaciones en la construcción de la vivienda
Además de favorecer un diseño participativo, cuidar la gente también significa garantizar una vivienda digna y asequible para todo el mundo. Para conseguirlo debemos tener en cuenta como se construía antes de la 2ª Guerra Mundial: uso casi exclusivo de materiales locales y una abundante mano de obra barata, en ocasiones producto del apoyo mutuo entre vecinos. En la actualidad se debería seguir construyendo en lo posible con materiales locales, con el fin de evitar gastos de transporte y respetar la arquitectura tradicional, aunque cabe aceptar algunos materiales de construcción modernos elaborados a partir de productos naturales y que proporcionan indudables beneficios en el proceso de construcción —permitiendo una construcción más rápida y simple— y en la calidad del resultado, con mejores porcentajes de aislamiento térmico y acústico, protección más eficiente de la madera, etc. En cuanto a la mano de obra, que hoy resulta lo más caro, descontado el problema del precio del suelo urbanizable —que es un asunto más bien político—, se trataría de fomentar la autoconstrucción, con la creación de manuales claros y sencillos de aplicar, recuperar el apoyo mutuo entre vecinos implementando alguna forma de trueque, crear un banco de herramientas y maquinas de construcción para la comunidad, recurrir a voluntarios y jóvenes aprendices, etc. No hemos de olvidar que una ecoaldea no puede ser un lugar exclusivo para ricos o para personas que pueden permitirse el lujo de tener una casa con todos los avances en bioclimatismo y bioconstrucción. Una comunidad sólo puede ser sostenible si es capaz de asegurar una vivienda digna a todos sus miembros.

El principio de Cuidar la Tierra. Geobiología
Cuidar la Tierra, el otro gran principio de la cultura permanente, también tiene importantes implicaciones a la hora de construir una ecoaldea. Cuidar la Tierra no supone sólo utilizar materiales naturales no contaminantes, hacer un uso eficiente del agua y de la energía —orientando adecuadamente las casas o dotándolas de un buen aislamiento térmico—, utilizar energías renovables o depurar de manera natural las aguas grises. Ni tampoco basta con evaluar las energías naturales que proceden de la Tierra, a la hora de elegir el mejor lugar para la construcción de un particular edificio. El estudio geobiológico del lugar —que incluye la evaluación de los cam-pos electromagnéticos naturales, la presencia o no de corrientes de agua subterráneas, la composición geológica del subsuelo y otros factores similares— es sin duda muy importante, como se sabe cada vez con mayor certeza científica y como demuestra la tradición arquitectónica de la humanidad que siempre ha sabido ubicar cada edi-ficio en su “sitio”. Tener en cuenta esta información, esta sabiduría procedente de la Tierra y almacenada en la cultura tradicional, es fundamental para nuestra salud y bienestar, pues hoy sabemos que la energía natural de la Tierra tiene una influencia que puede ser positiva o negativa, dependiendo del uso al que van destinados los distintos espacios.

Captar el alma del lugar
Todo lo anterior es importante, pero no es suficiente. Hay algo más que se deriva del principio de Cuidar la Tierra y que debe ser tenido en cuenta si queremos construir comunidades sostenibles. Se trata de captar el alma del lugar. De la misma manera que no deberíamos intervenir en un espacio sin consultar con la gente, sin aprehender la sabiduría encerrada en todo colectivo humano, tampoco deberíamos actuar sin “consultar” con el genius loci, sin captar el alma del lugar. Comprender y conocer el alma del lugar incluye sin duda disponer de información básica sobre elementos naturales como el tipo de suelo, el clima, la vegetación, la topografía… y culturales como las formas de construcción tradicional, los lugares dedicados a las diferentes actividades y trabajos, los lugares de culto y de expresión religiosa… Incluye todo lo anterior y, sobre todo, incluye cualidades más imperceptibles, relacionadas con la luz, la atmósfera, los olores, el color y las texturas… E incluye también otros detalles que no se captan con ningún sentido en particular, sino que se experimentan como una sensación plena, como una vivencia multisensorial, más relacionada con lo espiritual y lo simbólico que con la percepción empírica. Captar el alma del lugar es comprender también cuál es nuestro lugar en ese lugar, hacernos conscientes de que no somos más que una pequeña parte en un universo de relaciones infinitas y saber que nuestra aportación ha de ser respetuosa con lo que ya existe. Sólo desde este conocimiento y respeto deberíamos empezar a construir.

La construcción de la comunidad

El problema de la descohesión social y la falta de identidad comunitaria
El hecho de que no se pueda crear una ecoaldea sin crear comunidad tiene, como se ha visto, importantes impli-caciones sobre el proceso de construcción física de una ecoaldea. Partiendo de los dos principios básicos, de cuidar la gente y cuidar la tierra, es decir partiendo de la comunidad humana y natural, hemos llegado a conclusiones fundamentales sobre cómo debe llevarse a cabo el diseño y la construcción material de una ecoaldea. Cabe ahora decir que también se da el fenómeno inverso, es decir que el diseño y construcción material de un espacio, hechos adecuadamente, también ayudan a crear comunidad.
Este hecho, ampliamente constatado por sociólogos y psicólogos ambientales, tiene una relevancia fundamental de cara a transformar un pueblo o barrio existentes en una ecoaldea. La cohesión social en muchos barrios de las grandes ciudades o en muchos pueblos es tan baja, la participación de la gente en los asuntos de la comunidad tan escasa, que resulta imposible pensar que se pueda intervenir, diseñar o hacer algo en un lugar con la colabo-ración de sus habitantes. Y puesto que todo el mundo pasa, algunos aprovechan para hacer cualquier cosa, para construir edificios espantosos y de pésima calidad, para “cargarse” espacios que podrían ser de uso público, para acabar con espacios naturales… Muchos políticos y planificadores utilizan la falta de respuesta social en su propio beneficio.

La apropiación colectiva de un espacio
Estudios recientes han demostrado que en muchos casos la descohesión social comienza precisamente con una intervención arbitraria y especuladora sobre el paisaje físico de la comunidad. Hoy se sabe que el sentimiento de comunidad que todavía se conserva en algunos pueblos se debe en parte a un sentimiento de identificación con un lugar colectivamente trasformado y apropiado. El hecho de que durante muchos años un grupo de personas actúe lentamente sobre un espacio, con actividades colectivas habituales como las faenas del campo, la construc-ción de casas, el mantenimiento de caminos, la celebración de rituales y fiestas; u otras más personales ligadas a determinadas vivencias de diferente intensidad, como citas o encuentros amorosos, trabajos u otros incidentes que van dejando huella y marcando la historia vital de cada persona; todo ello contribuye a dar al lugar una forma subjetiva de alto valor emocional y fuerte contenido simbólico. La apropiación colectiva del espacio, en un proceso que se repite continuamente desde tiempos inmemoriales, con cada pequeño cambio, con cada nuevo miembro nacido o llegado a la comunidad, contribuye a crear o recrear una identidad colectiva en torno a dicho espacio. Una identidad que forma el sustrato de la identidad individual y que posibilita la existencia misma de la comunidad, como unidad funcional de gestión del espacio y como entramado de relaciones personales formales e informales.
Una intervención desafortunada en una comunidad, causante de una alteración rápida y extensa de su espacio vital, puede provocar el inicio de un proceso de “desapropiación”, por el cual los habitantes del lugar comienzan a sentir que el espacio en el que viven ya no les pertenece, que está en manos de fuerzas ajenas a lo que hasta ese momento fue el alma del lugar, y como consecuencia de ello, inician una retirada hacia posiciones más individualistas, desentendiéndose de los asuntos comunitarios y resistiéndose a participar en la gestión de un espacio transformado con el que no se sienten identificados. Si nada detiene este proceso, el resultado puede ser nefasto para la comunidad, pues el empobrecimiento del entramado de relaciones sociales y el desinterés por los asuntos públicos puede llevar a la comunidad a un creciente deterioro del que puede tardar en recuperarse.

Restaurar la comunidad, recuperar el alma del lugar
Afortunadamente, hoy sabemos que es posible invertir la anterior tendencia, que basta una intervención oportuna sobre el espacio físico de la comunidad para iniciar un nuevo proceso de reapropiación del lugar, para que la gente vuelva a sentirse identificada con un entorno al que había dado la espalda, y generar a partir de ahí un nuevo flujo de relaciones y de confianza, capaz de revitalizar lo que algunos autores llaman el capital social de una comunidad. No estoy hablando de hacer grandes cosas, generalmente basta con “restaurar” convenientemente un espacio público, una plaza, un parque, una calle peatonal, la ribera de un río, un pequeño bosque…, para que la gente vuelva a sentir que ese es su espacio, para acudir allí y encontrarse. Pequeñas intervenciones de este tipo en cada pueblo pueden cambiar la dinámica de toda una región, cambiar la apatía con que la gente acoge las grandes intervenciones externas por un cierto entusiasmo en hacer las cosas desde adentro, aumentando la cohesión social y la participación ciudadana.
¿Cómo ha de ser esta intervención “restauradora” para que tenga los efectos antes descritos? La única respuesta posible, ciertamente imprecisa, es que tenga en cuenta el alma del lugar, que surja de un profundo conocimiento del espíritu que anima ese espacio, esa comunidad, de un entendimiento con el genius loci, presente en la luz, el color de la tierra, la textura del aire, y presente también en comentarios y palabras sueltas de la gente, en hábitos descuidados, en cuentos casi olvidados… Si diseñáramos los espacios y construyéramos en ellos con estas simples ideas en mente, la comunidad recobraría sin duda su esplendor, pues cuidar el alma de un lugar es cuidar también nuestra propia alma.

Conclusión
Necesitamos ecoaldeas, necesitamos convertir nuestros pueblos en comunidades verdaderamente sostenibles, y ello implica cuidar los aspectos “eco”, volver a los materiales naturales y dejar de contaminar el agua y el aire de la Tierra, utilizar energías limpias y de manera más eficiente...; e implica cuidar los aspectos sociales, favoreciendo el apoyo mutuo, la participación y el consenso; pero nada de esto sería suficiente sino cuidásemos también nuestra parte espiritual, si no nos damos cuenta de que nuestra alma, en el sentido que se quiera entender esta palabra, está de alguna manera ligada al alma de un lugar y que nuestra salud, física y mental, depende en gran parte de nuestra relación con ese genius de la tierra, que de alguna manera es también el espíritu de la comunidad. Por eso “construir” una comunidad sostenible sólo es posible desde el entendimiento de la “construcción” como un proceso de múltiples facetas, que además de la construcción de edificios sanos, implica la construcción o reconstrucción de ese entramado de relaciones humanas que llamamos comunidad, y la construcción o cuidado de la dimensión simbólica y espiritual que anima nuestra esencia individual y colectiva.

Bibliografía recomendada