Los
Angeles Confidencial I
Mi buen amigo Pessoa decía que para viajar bastaba salir a la calle de
su querida Lisboa y dejarse arrastrar por la diversidad de gentes de paso. El
viaje, el verdadero viaje, aseguraba este gran escritor, es un asunto del alma,
las sensaciones que lo alimentan las podemos encontrar en el entorno inmediato,
prácticamente sin salir de casa. No hay mayor experiencia que la experiencia
de conocerse a uno mismo y para eso basta con confrontar abiertamente lo que
nos rodea, sin barreras ni defensas.
Ese es también mi viaje, y si me preguntáis qué hago entonces
aquí, en esta poco acogedora ciudad, a miles de kilómetros de
mis queridos Pirineos, os diré que en realidad con cada viaje no hago
más que ampliar mi “casa”, mi entorno inmediato, ese espacio
imaginario en el que nos sentimos seguros, protegidos, queridos, en el que podemos
mostrar quiénes somos y dejar nuestra huella en las paredes, que compartimos
libremente con quienes amamos. Mi “casa” hunde pues sus raíces
en los valles prepirenaicos, pero en otras estancias recorre algunas calles
parisinas, contiene las más bellas imágenes de la campiña
rusa, se funde en el silencio de los santuarios findhornianos, se abre a la
multitud de colores de los barrios angelinos.
Los Angeles Ecovillage, el lugar en el que ahora vivo, es también mi
casa, una nueva estancia de mi casa. No me considero un viajero aventurero.
Cuando viajo no busco la aventura, las emociones fuertes, busco la gente, y
en particular la gente que puede mostrarme un poco más quién soy,
quiénes somos, qué significa ser un ser humano, qué nos
une, qué nos separa. Mi viaje es una búsqueda de mi mismo y de
mi humanidad, es un deseo inevitable por comprender.
Los Angeles Ecovillage es mi casa porque aquí me siento protegido, querido,
acogido en un proyecto común que también busca comprender. Me
siento parte de una familia. Con sus conflictos, sus peleas y sus buenos momentos.
Compartiendo un espacio con gente que no tiene miedo de experimentar con sus
vidas, que arriesga y se esfuerza por hacer llegar su voz a una mayoría
social que apenas les presta atención. Gente que renuncia a tener coche
en una ciudad en la que todo está pensado para el coche; gente que vive
simplemente, ganándose la vida con pequeños trabajos, en una ciudad
en la que todo es consumo y ostentación; gente que se esfuerza por alimentarse
de manera sana, produciendo sus propios alimentos, en una ciudad en la que la
comida basura llena todos los rincones. Esta es ahora mi casa, un privilegiado
lugar desde el que puedo aventurarme al exterior, a esa jungla humana que es
la ciudad de Los Angeles, y satisfacer así ese irrefrenable deseo por
comprender.
Para comprender no basta con observar, es necesario experimentar, vivir en tus
propias carnes lo que es la vida de tanta gente, compartir sus íntimos
deseos. Para conocer una ciudad hay que ser parte de la ciudad, vivirla desde
adentro. Y aunque a veces me gusta adentrarme en los barrios más turísticos
(Hollywood, Venice, Santa Monica, Beverly Hills…) y observar a la gente
-¡tanta gente!, todos con sus cámaras y su búsqueda de lo
inmediato-, me interesa más la ciudad que se mueve a sus espaldas, justo
al lado del “downtown”, en barrios para inmigrantes y negros. A
mi me interesa más está ciudad que no aparece en las guías,
y aunque me cuesta un esfuerzo enorme tener que dedicarle más de diez
horas diarias —mi tiempo de escuela—, mis interacciones con los
chavales, todos inmigrantes o hijos de, con toda su dureza, a veces violencia,
pero cada vez más afecto, me enseñan más de Los Angeles
y de esta sociedad que pasear por Hollywood o tomar unas copas en la Main St.
de Santa Mónica, que no deja de ser exactamente igual a lo que podemos
encontrar en cualquier otra ciudad del mundo (occidental). Es duro adentrarse
en un mundo de absoluta desconfianza, en el que puedes perder las orejas si
te descuidas, pero poco a poco voy descubriendo debajo de una primera y superficial
capa de desconfianza y agresividad, que Jefferson High School y el barrio en
el que se encuentra, ahora una zona de mexicanos pero en el pasado uno de los
gloriosos barrios de negros, tiene sin duda más calidad humana que cualquier
ostentoso barrio de Los Angeles.
En Los Angeles Ecovillage viven personas muy conscientes del drama mundial que
supone tener un presidente como Bush. Cada una, a su manera, hace lo que puede
por extender una idea diferente de entender el mundo, menos agresiva, más
basada en la cooperación y la solidaridad internacional. Viviendo aquí,
estoy conociendo una gente fascinante, algunos residentes, otros simplemente
pasan por aquí, como un grupo de bosquímanos que estuvieron hace
un mes mostrándonos un vídeo de su forma de vida, la caza, y de
los problemas que tienen actualmente para seguir cazando. O Robina McGourdy,
una australiana que lleva años enseñando a crear abundancia en
zonas deprimidas, que vino a darnos un taller; Joseph Kennedy, el fundador de
Builders without Borders también se pasó por aquí a dar
una charla sobre construcción natural, ante la atenta mirada de un buen
puñado de estudiantes de arquitectura. Y pronto vendrán Tree Bremsen,
una activista que ha dedicado gran parte de su vida a trabajar con grupos sociales
y comunidades, que nos dará un taller de consenso, y Mark Lakeman, fundador
de City Repair, una ONG que se dedica a promover hábitats más
sostenibles dentro de la ciudad. Y todo sin salir de casa. Más allá
o más acá de Bush emerge todo un mundo alternativo que lucha por
dejarse oir. Conocer toda esta gente es también una de las razones por
las que quería venir aquí. Pero es evidente que los realmente
concienciados son una minoría. En las calles la gente está polarizada
entre Bush y el bloque “anybody but Bush” (cualquiera menos Bush).
Algunos dicen que jamás antes el país estuvo tan polarizado. El
problema de los anti-Bush es que no tienen una persona que realmente los represente,
en un país donde la imagen personal vale todo. Desde luego, Kerry no
lo era. Todas las personas que conozco se manifiestan claramente en contra de
este gobierno, son conscientes del daño que está haciendo al mundo
entero y desearían que hubiera cambiado. Pero a la vez tampoco confían
en los demócratas. Por lo que hablo con muchos "progressives",
están buscando su camino, crear sus propios medios de lucha política,
sus redes de comunicación. Muchos sienten que la democracia estadounidense
necesita cambios urgentes, hacerse más representativa y menos bipolar.
Más allá de las pasiones inspiradas por las elecciones, el sentimiento
general que he podido palpar en varios discursos y mítines es que es
necesario hacer algo para preservar el sistema democrático norteamericano,
seriamente dañado por los intereses de unos pocos que ocupan posiciones
de poder. Hay mucha gente consciente, pero todavía son una minoría.
Casi siempre que salgo de "casa" es para ir trabajar, a veces para
ir de compras o pasear, solo excepcionalmente salgo de la ciudad. Es uno de
los inconvenientes de no tener coche. Hace poco tuve mi primera experiencia
con el desierto californiano. Hace dos fines de semana me llevaron al Joshua
Tree National Park, una hermosa porción de desierto al este de Los Angeles.
Claro que no está desierto, como parque nacional está lleno de
gente. Pero la experiencia fue increíble. Especialmente en la noche y
al amanecer. El silencio, la ausencia de todas las voces y ruidos en que vivimos
inmersos, el que no haya nada que perturbe la escucha de tu propio ser, la posibilidad
de conectar con tu paz interior, esto es el desierto. Por un instante pensé
que no estaba en Estados Unidos, que no estaba en ningún lugar conocido
de la Tierra, tan extraño es este paraje. Por un instante sentí
plenitud, gozo, el destino ideal para mi viaje a ninguna parte. El desierto,
silencio, lagartos, tarántulas, coyotes, joshua trees, el lugar ideal
para hablar con tu propio dios. Volví fascinado y a menudo pienso en
ese lugar, tan inhóspito y aún así habitado por siglos
por algunas tribus de indios que se refugiaban en los escasos oasis existentes.
Cuando vuelvo cansado de la escuela y de la constante lucha con los chavales,
me gusta sentarme en el jardín de la casa y rememorar el desierto, paz,
quietud, conexión con tu ser profundo, conocimiento, presencia de todo
lo mágico...