El alma del lugar

Todo espacio, todo lugar tiene un alma propia, resultado de un devenir histórico marcado por hitos de carácter natural y cultural. El alma de un lugar es accesible al ser humano a través de una percepción especial que nos pone en contacto con nuestra propia alma.
Podemos acercarnos al alma de un lugar a través del conocimiento del medio físico —vegetación, suelo, topografía...—, a través de nuestra personal relación con un paisaje, disfrutando de ríos, valles y montañas; conociendo el patrimonio arquitectónico y cultural, las costumbres y tradiciones de la gente que lo habita; y sobre todo, y probablemente cuando ya hayamos avanzado en nuestro conocimiento del lugar a través de alguno de los medios anteriores, aprehenderemos el alma del lugar a través de una especial sensibilidad para captar detalles que suelen pasar desapercibidos: matices de luz, olores que trae el viento, los perfiles del aire, el sonido del agua…, e incluso detalles más sutiles, que sólo podemos reconocer entrando en estados de animo y estados de conciencia diferentes, en ocasiones sobrecogedores.
Las gentes de un lugar mantienen una relación directa, e inconsciente, con el alma del lugar. Son parte de ella. Esta identidad se consigue a través de un proceso de apropiación del espacio, que se desenvuelve en el tiempo a partir de un conjunto de vivencias que cada individuo acumula y que llevan la marca del lugar en el que vive. Estas vivencias pueden ser personales o colectivas, y con cada una de ellas, el individuo y la comunidad, al actuar de alguna manera sobre el espacio, lo transforman en su valor afectivo, pasando de ser un espacio neutro e indiferenciado a ser un espacio ligado afectivamente al individuo y al grupo, pues algo importante ocurrió ahí. El espacio así transformado pasa a formar parte del ser de la persona y de la comunidad, cargado de un significado que se suele actualizar a través del recuerdo y el rito.
A través de este proceso de interacción simbólica, manifiesto en fiestas, celebraciones, rituales, y también en la lectura o rememoración de cuentos, leyendas, mitos…, la persona y el grupo se reconocen como parte de un lugar, son parte del alma del lugar y se atribuyen sus cualidades como definitorias de su propia identidad. El entorno así apropiado pasa a desempeñar un papel referencial fundamental para las personas que habitan dicho entorno, con el que se sienten identificados.
Este proceso de apropiación es un proceso lento, que sucede y se intensifica a lo largo de toda una vida, conforme se acumulan vivencias relacionadas con el lugar. Al principio priman las acciones transformadoras, el deseo de cambiar cosas y dejar una huella personal en el entorno que nos acoge. Con el tiempo, la identificación se acentúa, las personas se vuelven más conservadoras y prefieren que todo siga igual, que nada cambie. Una cierta tensión, que durante siglos se ha resuelto sin más problemas, surge entonces entre las personas mayores, satisfechas con el estado de las cosas, y los jóvenes del lugar u otras personas recién llegadas, que quieren hacer sus propios cambios, recrear su identidad en un proceso de transformación y acomodo al lugar.
Durante generaciones enteras la gente de un lugar ha ido reapropiándose continuamente de su entorno, moldeando con cada generación el alma del lugar, que en su esencia ha permanecido inalterado a pesar de los cambios. En la actualidad, en un mundo que se mueve vertiginosamente, en muchos sitios se están llevando a cabo actuaciones que pretenden modificar drásticamente el alma del lugar, ignorando, e incluso bloqueando los mecanismos que desde siempre han permitido a las personas apropiarse de su lugar de origen. Estas actuaciones son concebidas en general por gentes ajenas al lugar sobre el que se interviene, respondiendo mayormente a la lógica del capital y del beneficio.
La capacidad destructora de estas poderosas fuerzas ha provocado en muchos lugares el inicio de procesos de desapropiación, por los cuales las gentes del lugar se desvinculan paulatinamente del espacio en el que siempre han vivido y del que han obtenido su sustento, dándole la espalda y no sintiéndose responsables ni implicados en los cambios y transformaciones que “otros” han decidido por ellos y que han forzado. Como resultado, la identificación simbólica que la gente mantiene con su entorno se rompe y el alma del lugar se resiente. De pronto ya nadie se ocupa de ella, se olvidan los cuentos y las viejas historias, se suspenden determinados ritos y celebraciones, se abandonan los lugares sagrados… Lo mágico se esconde, postergado al recuerdo de unos pocos ancianos y de algunas personas que probablemente otros tacharan de locas.
Y cuando el alma del lugar agoniza, la comunidad humana se desvanece y la comunidad natural sufre hasta prácticamente extinguirse. De la búsqueda colectiva del bien común, en armónica relación con la naturaleza, se pasa a una actitud de indiferencia por lo que es de todos, a un ir cada uno a lo suyo, a una falta de interés real por los demás y por el entorno.
Este proceso de desapropiación lleva más de dos siglos en marcha, pero en los últimos años se ha acelerado en todo el mundo, especialmente en los países en desarrollo. Es evidente en las montañas en las que yo vivo, en los Pirineos. En un tiempo en que ciertos valores, como el apoyo mutuo, la responsabilidad y el compromiso colectivo, son socialmente marginados por los grandes medios de difusión, y reemplazados por otros como la competición, el ansia de poder y riqueza, etc., y aprovechándose de una coyuntura favorable de creciente despoblación y baja autoestima de las gentes del Pirineo, poderosas fuerzas económicas se están apoderando de espacios privilegiados, interviniendo salvajemente en ellos para su exclusivo provecho e interés.
Hace ya años que el alma de todo valle pirenaico sufre las consecuencias de intervenciones arbitrarias y devastadoras que echan por tierra siglos de cuidado de una identidad colectiva. Poco se puede hacer, individualmente, contra tan poderosas fuerzas, salvo tratar de regenerar el alma del lugar, como ya muchos han comenzado a hacer, con sus libros de cuentos e historias, con estudios y trabajos de tema local, con la recuperación de antiguos ritos. Todo es necesario para reactualizar los contenidos simbólicos que sustentan los procesos de apropiación e identificación con un espacio, todo es obligado para mantener viva y floreciente el alma de un lugar, pues en última instancia el alma del lugar es también el corazón de toda comunidad. Y sólo con comunidades locales fuertes, enlazadas en redes de apoyo e intercambio, podemos enfrentarnos a las poderosas fuerzas que el capitalismo ha creado.