Nací un 7 de Octubre de 1962, año del Tigre según
el calendario chino, Libra-Libra según el horóscopo del
mes, en Zaragoza, en pleno valle del Ebro y no lejos de las áridas
tierras de Los Monegros, en una época en que todavía
se caminaba mucho y se comía pan con vino y azúcar para
merendar.
No tengo apenas recuerdos de mi infancia hasta los 5-6 años, aunque a
base de haberme contado la misma historia tantas veces, más de una vez
me veo con apenas dos años parado delante de una acequia de riego llorando
por no poder cruzar, cuando iba camino de casa de mis abuelos que vivían
a un par de kilómetros de distancia. Fue mi primera escapada del hogar,
en mi deseo de conocer el mundo, un deseo que habrá de acompañarme
el resto de mi vida. Mi familia —una familia extensa: hermanos, padres,
tíos, abuelos— vivía en una 'torre', una casa agrícola
en las afueras de la ciudad. La escuela nos quedaba lejos, y no estaba en la
ciudad, sino más a las afueras, había que caminar una larga media
hora para llegar. Sólo íbamos chavales de las 'torres', todos los
chicos en una clase, las chicas en otra, los recreos también separados,
aunque no nos importaba mucho, la verdad. Tenía algo bueno, con todo,
aquella escuela: sólo íbamos a clase por las mañanas, de
9 a 2. Las tardes las teníamos libres, para jugar con los amigos y recorrer
los campos y montes que se extendían entre el Ebro y el Canal Imperial
de Aragón, siempre hacia el Este.
Ya de pequeño aprendí que la vida no era fácil y que había
que ganarla con esfuerzo y dedicación. Los estudios se me daban bien y
siempre sacaba buenas notas. Eso no era un problema. El esfuerzo había
que hacerlo en ayudar a la familia, en alguno de los innumerables trabajos caseros
que mi padre buscaba para complementar la paga laboral, de por sí escasa.
Como niño pequeño, que no entiende de las dificultades de los adultos,
solía quejarme más de una vez de este trabajo infantil que me quitaba
horas de juego. Ahora, sólo podría agradecer a mis padres por todo
el esfuerzo que hicieron en sacarnos adelante. Por lo demás, una vez que
cumplíamos con nuestras obligaciones, teníamos una gran libertad
para movernos de un sitio a otro, sin tener que pedir permisos, y tan pronto
podíamos merodear en torno a la casa, como hallarnos a varios kilómetros
de distancia cuando cogíamos las bicis y nos íbamos con los amigos
canal alante. Esta libertad de movimientos, seguramente posible porque no había
apenas coches ni peligros aparentes, también es algo que tengo que agradecer
a mis padres.
Las buenas notas en el ‘cole’, y la recomendación de un tío
fraile que sabía de estas cosas, animaron a mis padres a que fuera al
Instituto, a estudiar bachillerato, algo que en aquella época todavía
no alcanzaba a todas las familias de pocos recursos. Y después a la Universidad,
aunque eso sí, siempre pendiente de la advertencia de mi padre: 'estudiarás
mientras tengas beca. Si pierdes la beca, no te podremos pagar los estudios'.
Entré en la Universidad de Zaragoza en 1980, donde estudié Matemáticas,
con buenas notas y beca. Me licencié en 1985 y me quedé merodeando
por la Universidad unos años más en distintos puestos de profesor
asistente.
Continúa
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