Anecdotario es un "blog" a la antigua, más entre el diario íntimo y la reflexión vivencial. Algo abierto a vuestros comentarios que podéis enviar a: ulises@selba.org

 
 
 

10/01/08 Artosilla

La Fuente

Estrellas, cuando no queda nada basta mirar las estrellas.
Tus anhelos, tus más escondidos deseos, lo que más aprecias
No son nada en un fondo de estrellas.
Tu rabia, tus frustraciones, tus desdichas, tu falta de amor, la ausencia,
Desaparecen en el frío raso de una noche abierta.
Tu propia imagen se difumina hasta extinguirse en la luz estelar,
Mientras abandonas lo que has sido, lo más pesado de tu ser,
Lo que te ha llevado a enfrentarte con otros, a quererlos, odiarlos a muerte.
Hasta que no queda nada que resistir al viento,
Hasta desprenderte de todas tus máscaras, rasgando tu piel,
Relegando las palabras al vacío del que surgen indómitas.

Cuando no queda nada, cuando la esperanza y la amargura,
Tan fieles a lo largo de una vida de abstinencia y renuncia, quedaron atrás,
Cuando las viejas ideas sobre la vida y la muerte, amor y dolor, querer y no poder,
Libertad y temor, frío y calor, desdicha y desconocimiento,
Se deshacen en la escarcha de la noche estrellada,
Cuando no queda nada, ni una imagen, ni un sueño, ni siquiera ese pequeño
Acto de rebeldía contra la muerte que llamamos “te quiero”,
Basta entonces mirar las estrellas.
De ellas procede la fuente, el calor que acompaña mi cuerpo,
El gesto que recorre mis labios y los transforma en sonrisa.
Cuando no queda nada, sólo cuando no queda nada es posible escuchar
La danza sagrada de la vida en el universo de tu ser.

 

25/01/08 Artosilla

Retirarse de un@ mism@

Siento la diversidad en todo lo que me rodea. Desde mi ventana contemplo mi pueblo en invierno, el humo saliendo por las chimeneas, las gallinas picoteando en el prado, los robles perdiendo sus hojas... En el desayuno escucho las voces, todas ellas distintas, de mis compañer@s de aventura, mi propia voz, también diferente, a veces acogedora, a veces encontrada. Escucho las palabras de agradecimiento, las quejas, las necesidades ignoradas, la alegría de entendernos, la frustración por una comunicación que no siempre es fácil. Voces diversas, seres diversos, colores y luces diversas... Entonces, cuando ya mi propia voz se difumina en el teatro de luces y sombras que es la vida apasionada, cuando me retiro un instante a contemplar el magnífico espectáculo que se me ofrece ante mis ojos, sólo puedo sonreir, maravillado, sorprendido, confiado del camino que nos queda por recorrer, junt@s. Un ruego: no dejéis de retiraros un instante de vosotr@s mism@s.

 

29/01/08 Artosilla

La pintura del poeta

Anoche tuve un sueño que quisiera compartir con vosotr@s. Si sabéis explicármelo, no dudéis en hacerlo. Gracias

Alguien está pintando unas ventanas de blanco. Primero los marcos, luego el espacio alrededor, finalmente toda la fachada de una casa que no termino de ver. No es un pintor cualquiera, sus brochazos son especiales, llenos de matices de luz y color. No son trazos definidos, más bien manchas de color que caen una tras otra, como si alguien estuviera deshojando los pétalos de una flor. El color es de un blanco limpio, con brillos en los bordes de cada mancha. Más allá de las ventanas, el blanco se encuentra con un azul que ya parecía estar en la pared y pugna con éste último por ocupar su lugar. Por un instante, el azul quiere resistirse, luego se rinde y comparte su espacio en armonía con el blanco.
Desde algún lugar que desconozco observo ensimismado el proceso, absorto por la belleza que crean unas manos que ignoro a quién pertenecen. Cuando me alejo para tener mejor perspectiva, me doy cuenta que las ventanas y la puerta de lo que yo creía que era una casa, son en realidad agujeros excavados en una roca. La casa es una cueva que alguien ha ido haciendo con el tiempo. No es una roca muy alta. En la parte superior, en lo que sería el tejado de la casa, es llana y, al mirar con detalle, observo que ese tejado se extiende al infinito en una inmensa llanura, desértica, con apenas vegetación, que se prolonga hasta alcanzar unas altas montañas perdidas en el horizonte.
Me quedo con la secuencia de colores: en primer plano, el blanco de las ventanas, intenso, brillante, retador. Destaca sobre el azul de la fachada, que coge brillo y tal vez fuerza, al encontrarse con el blanco. Sobre ambos, el amarillo del desierto, colores ocres que se confunden con el sol. Al fondo, apenas se distingue un verde en las laderas de las montañas de cumbres nevadas.
Vuelvo la vista a la casa, sin dejar de sentir un ligero escalofrío por esas manos misteriosas, capaces de crear algo tan puro, cuando él aparece, en primer plano, el pelo corto y rizado, barba oscura de muchos días, gafas gruesas sobre una nariz de punta redonda, como su cara. Las manos son más bien recias, de muchos días de trabajo al sol. Y sin embargo, se mueven con una gracia extrema, dando más y más pinceladas de un blanco que me toca directamente el corazón.
Entonces descubro que no es un pintor. Es un poeta. Él no me lo dice, ni siquiera me habla, sólo pinta. Y sin embargo, yo sé que es un poeta. Y que cada pincelada es una río de palabras blancas que comunican desde el corazón. Entonces me despierto y, por unos instantes, todo sigue en mi. Tardo en reconocer mi cuarto, todavía atrapado en la visión del poeta pintor. Más tarde, y ya consciente de donde estoy, sigo extasiado por un blanco que ahora siento dentro de mi, parte de mi ser, expresión de un alma que ha sido bendecida con una luz especial. Lentamente el sueño me vence de nuevo, todo se difumina y sólo recuerdo decirme a mi mismo: “la pintura del poeta. Mañana escribiré sobre ello”.

 

16/02/08 Arcadia (Girona)

Espiritualidad sin Dios

G. Bataille, el gran filósofo francés de profesión archivero, decía en su libro “La experiencia interior” que Dios no es más que una palabra que utilizamos cuando ya no nos quedan palabras para describir lo que vivimos, y que para que una experiencia mística sea auténtica debe ir más allá de cualquier palabra, debe ir más allá de Dios. A mi se me quedó esta idea, que encierra en su base otra poderosa idea: todo concepto arrastra una pesada carga que se impone cuando lo utilizamos. No podemos llamar Dios a las experiencias interiores que desbordan nuestra comprensión porque entonces caerá sobre nosotras el peso de siglos de tradición religiosa, en la cual Dios es lo que es, entre otras cosas una entidad separada de lo que somos —y en muchas religiones, una proyección de la cultura patriarcal que las sustenta—. Cuando justamente todas mis experiencias de tipo espiritual, sean en la naturaleza, en el arte, en el silencio interior, introspectivas o contemplativas, si por algo se caracterizan es por una íntima conexión con la totalidad, sin separación o añoranza por algo que no está presente.
La experiencia de la conexión con el todo es demasiado valiosa para despacharla rápidamente con una palabra. Llamar Dios (o Espíritu, o Totalidad...) a lo que presumimos se halla detrás de esa experiencia es querer acabar demasiado pronto con una indagación que simplemente cuestiona todo lo que somos. La espiritualidad profunda es exposición pura al vacío de las palabras. Su vivencia no cabe en ninguna de ellas, pero sí se puede transmitir a través de ellas, como lo han demostrado místicos y poetas. Una palabra como Dios puede ser útil para establecer un discurso o sustentar una idea, pero es un estorbo cuando se trata de vivir una experiencia que, en el límite, nos cuestiona internamente y nos confronta con lo que somos, o creemos ser.
En la exploración de lo que somos, más allá de esa identidad individual en la que nos sentimos protegidos, siempre es posible ir más lejos y, al hacerlo, se nos revela algo que podemos llamar espíritu. Aprendamos ahora a dar vida —expresión, forma, realidad— a ese espíritu que rechaza todo dogma, sistema o teoría, porque siempre es más que todo eso, más que una palabra o una idea, más que lo podemos comprender.

 

28/02/08 Artosilla

Aprender del futuro

Mi buen amigo Kant, a quien durante un tiempo traté mucho, ya me advertía de que la percepción de la realidad, además de una componente sensorial de por sí limitada y limitante, implica otra componente un tanto más abstracta que él llamaba el Entendimiento, una facultad del ser humano llenita de conceptos o categorías que condicionan nuestra comprensión de la realidad al obligarla a encajar en el molde que tales conceptos crean. Por si fuera poco, otra facultad humana, en este caso la Razón, terminaba de enredar las cosas al fantasear con los datos de la percepción creando extrañas teorías o ideas.
Lo que Kant creo no se planteó es que los seres humanos creamos hábitos que se forjan tanto a partir de la experiencia como de las ideas existentes, o mejor dicho disponibles en cada época y lugar, y que tales ideas bien pueden no ser el producto de ninguna mente pensante individual, sino más bien el resultado de un esfuerzo colectivo de pensamiento, o como dirían otros tal vez sean manifestaciones del espíritu único que anima el mundo. Sea como fuere, lo cierto es que las ideas generan un modo de estar en el mundo, una manera de relacionarnos entre nosotras y con la naturaleza, que completa sin duda la experiencia de aprendizaje que nos llega de nuestro contacto directo con la realidad, pero con la capacidad de cambiar la propia manera en que vemos o percibimos el mundo. Seguramente Kant subestimó el poder de las ideas y su capacidad para modelar el ser que somos en cada instante. Afortunadamente a otras personas no se les ha pasado por alto.
Valga toda la parrafada anterior para decir que necesitamos nuevas y mejores ideas para aprender de ellas, para generar otros hábitos que nos permitan estar de una manera más consciente y sostenible sobre este planeta. Ideas que no pueden venir del pasado, pues de ahí ya hemos aprendido todo lo que teníamos que aprender. Las viejas ideas y teorías ya han dado todo lo que daban de sí y el resultado es bien conocido: este individuo moderno, un tanto prepotente, orgulloso de su recién descubierta individualidad, de su libertad para hacer lo que le venga en gana, aferrado al consumo de cosas inútiles y, en general, desconectado de la naturaleza, desconectado de las personas y, probablemente desconectado de sí mismo.
Aprender del futuro es aprender a generar nuevas ideas, o tal vez habría que decir aprender a descubrirlas, y después aprender a hacerlas realidad, a hacerlas manifiestas en hechos concretos, en nuevas formas de vida. Y es también aprender a transformarnos conforme una nueva idea se apodera de nosotras, afectando todo nuestro ser, generando nuevos hábitos con los que nos sentiremos seguramente extrañas. Aprender del futuro es estar dispuestas a dejar nuestros más queridos apegos, abiertas para cuestionar lo que hemos sido, para poner en duda lo que queremos ser, y abrazar lo inevitable, no porque lo imponga ningún destino al que seríamos ajenos, sino porque surge inevitablemente de nosotras mismas en la relación íntima que mantenemos con la vida.

 

13/04/08 Artosilla

Tiempo del hacer

"Equivocada o no, hubo una manera en que mi error fue grande, vasto... Nunca llegué a suponer siquiera la escala de tiempo con el que estaba tratando. “No importa lo larga que sea la tarea, no importa lo profundo del barro”, pensaba. Y pensaba en décadas, ¡considerándome una mujer enormemente paciente! Mi arrogancia, como mi ignorancia, era casi tan abundante como aquella pila de barro..., esa pila de mentiras preprocesadas, excretadas limpias y humeantes por nuestra cultura..., que yo creía poder hacer al menos más pequeña.
Ahora lo sé bien. La unidad de tiempo que debe ser tomada en cuenta no son décadas, sino siglos. Sólo tiene significado en el contexto del tiempo eterno. Claro que yo era un ser humano, una mujer mal preparada para crear planes que deberían durar miles de años. Nada en mi era suficientemente grande como para ampliarse a tal escala. Y por eso, porque no había literalmente otra cosa que hacer, descarté el Tiempo. Pretendí que no existía, lo abandoné completamente. Y entonces hundí mi pala en el montón de barro y empecé a hacer lo que humanamente podía, fuera del contexto del tiempo. Creo que me hubiera asustado si me hubiera parado a pensar en ello." - Del diario de Natharet Chornak, en el libro "La Rosa de Judas", de Suzette Haden Elgin

Descartar el tiempo, olvidarse de él, transcenderlo... para no sentirse asustada, estresada, perdida..., para que no haya prisa por nada, para vivir el instante en relajo, para no hacer nada por la fuerza o con violencia..., y sobre todo para hacer lo que una debe hacer, hundir la pala en el barro de la cultura, todo ese montón de ideas opresivas que generan tanto dolor, a otros seres humanos, a casi todos los seres vivos..., y decir ¡eh, ten cuidado, haces daño, tus palabras hacen daño, tus acciones hacen daño, escucháme!... y hacerlo sin rencor, sin deseos de venganza, sin querer devolver el daño que tú misma sufriste..., porque sabes que la violencia sólo genera más violencia y que ese camino ya ha sido suficientemente explorado, sin éxito, porque no se trata de ti, de tu dolor, sino del dolor de tantos seres como tú, presentes y por llegar, que pagarían las consecuencias de tus actos, porque no quieres olvidar que el amor que hay en ti es más fuerte que cualquier violencia, odio, rabia, amargura, y eso es lo que se expresa por ti, amor, ternura, cuidado..., cuando abandonas el tiempo finito de la vida humana y conviertes cada instante en un regalo por compartir.

 

04/05/08 Estella (Navarra)

Tú y yo

Tenemos muchas cosas en común. Hace tiempo aprendimos a sonreír, a decirnos sin palabras que todo está bien, aunque sólo sea ahora, en este instante y lugar. Y sé que tu cuerpo requiere tantos cuidados como el mío, que no desdeña una caricia, un mimo, una mano que cure nuestras heridas. Me buscas, como yo te busco, cuando estás o te sientes solo. Quieres hablar conmigo, contarme lo que te ocurre, compartir tus sueños e ilusiones. Quieres hablar conmigo, aunque yo no hable tu lengua, porque sabes que podemos entendernos igualmente. La lengua no nos hace diferentes, ni el color de tu piel, ni tu manera de vestir, ni tus gustos sexuales, ni tus creencias sobre tantas cosas. Hay momentos en que, estando juntos, compartimos todo lo que somos, pura presencia, pura expresión de un mismo Ser, que eres tú, que soy yo. Yo soy tú, tú eres yo.

Tú y yo somos, por otra parte, ¡tan distintos! Y no sólo porque no tenemos las mismas cosas, ni el mismo color de piel, ni el mismo sexo, ni la misma edad... —¡hay tantos rasgos que nos diferencian!—, sino porque yo no he vivido lo que tú has vivido, y desconozco qué te hace sentirte alegre, o triste, qué te hace sufrir, o gozar. Y con todo, lo que más me aleja de ti es que me digas que tú eres yo, que todos somos uno, cuando yo todavía no estoy preparado para verlo así, porque todavía necesito ser diferente y reivindicar mi diferencia para simplemente poder ser. Yo no soy tú, no tengo tu dinero, ni tu blanco color de piel, ni tu fuerza viril, ni tu edad, ni tu normalidad sexual... He sido tantas veces despreciado, humillado, agredido, destrozado, simplemente por ser quien soy, he tenido que ocultar tantas veces quién soy, que he dejado de saberlo. No me digas que somos iguales cuando por tu parte sólo veo arrogancia, abusos de poder, privilegios. Tú no eres mi hermano, no en este momento. Hasta que no me escuches, yo no soy tú. No puedo serlo, no quiero serlo.

Tú y yo somos tan distintos, y con todo, tenemos tantas cosas en común.

 

18/05/08 Lakabe (Navarra)

Eres lo que das

He vuelto a Lakabe después del incendio que supuso la destrucción de una de las casas más grandes, en la que vivía Mabel y su hijo Henar. Lo habían perdido todo, todas sus cosas, todos sus recuerdos tangibles del pasado. Todo había sido pasto de las llamas.
No soy una persona que acumule muchas cosas, prefiero ir ligero por la vida, pero siempre hay algunos objetos que parecen empeñarse en seguir mi peregrinar por el tiempo —las cartas de cuando escribíamos cartas, viejas canciones en formatos inútiles, antiguos cuadernos con simples dibujos o textos, algunos libros a los que llegas a tener verdadero cariño, algunos objetos de adorno que han resistido las mudanzas...— Puedo prescindir de ellos, al menos eso creo, pero lo cierto es que parecen querer acompañarme a lo largo de mi vida y me resulta difícil imaginar que sería levantarse un día sin algunas de estas cosas.
Por eso me sorprendió la respuesta que me dio Mabel cuando le hice la pregunta de cómo se sentía una persona después de levantarse un día sin nada del pasado, vacía de recuerdos visibles. “No tengo nada, me dijo, excepto todo lo que he dado”. ¡Todavía le quedaba todo lo que había dado! Su amor, su afecto por la gente, su trabajo en levantar una comunidad que alcanzado un alto grado de madurez... y por supuesto, todas las pequeñas cosas que regalas a la gente y que extienden tu ser más allá de tus pequeños límites corporales. Me quedó clara la lección: cuando una persona se define por lo que da en lugar de por lo que tiene, sabe que en cualquier momento le será dado lo que necesita. Por el contrario, si te muestras al mundo por lo que tienes, en cualquier momento lo puedes perder todo y no habrá nadie a tu alrededor para llenar el vacío.

 

06/07/08 Berlín

El poder de la sabiduría colectiva

Me siento afortunado. El mundo está gestando cientos de lugares de encuentro en los que la gente se expresa no sólo con la palabra, sino también con el corazón; en los que las ideas, cualquiera que sea su procedencia, no pugnan entre sí buscando imponer su razón. Simplemente se dejan sentir unas sobre otras como lluvia fina de verano remojando nuestro cuerpo sediento de agua, o como caricias que se siguen unas a otras aún cuando procedan de diferentes manos. Me siento afortunado de ser parte de esa comunidad global que ha asumido el reto de explorar nuevas formas de comunicar, de cooperar, de estar sobre este planeta que es nuestro hogar. Y me siento afortunado de haber podido escuchar a personas que están haciendo tanto por otros mundos posibles, y que no tienen reparos en mostrar su ignorancia cuando se trata de prever posibles soluciones para el futuro, o en dejar correr sus lágrimas al sentirse desbordadas por la emoción que acompaña algunos de los momentos más íntimos de una persona y que surgen imprevisibles al hablar en público. Estando aquí, en la Kalksheune berlinesa, he podido experimentar por unos días el placer de sentirme parte de un grupo, en profunda conexión con un ser colectivo que es vida y desborda vida.

Y estoy contento de haber vuelto a Berlín, 15 años después. Y descubrir una ciudad que sigue irradiando la misma energía y vitalidad que tuvo poco después de la caída del Muro. Fascinante ha sido en particular mi casual reencuentro con un espacio que conocí en mi última visita en 1993, el centro artístico Tacheles, todavía en pie y con multitud de proyectos en marcha. Sin duda hay algo en Berlín que no existe en otras ciudades alemanas, algo que llama poderosamente la atención y que me atrae con fuerza. A diferencia de la mayoría de las grandes ciudades europeas, en las que todos los espacios están perfectamente definidos y regulados, en Berlín queda todavía mucho territorio por delimitar (tal vez no se haga nunca dados los problemas presupuestarios), y es en esos espacios sin control oficial donde surgen iniciativas que deslumbran por su particular creatividad y su capacidad para conectar con esa sabiduría colectiva que agradece nuevas formas de expresión.

Como emotivo fue el momento en que, tras volver de un pequeño tour en barco por el río Spree, todo el mundo empezó a cantar está sencilla canción:
“One by one everyone comes to remember we are healing the world a heart at a time”.

 

02/09/08 Artosilla

Metafísica

Hoy estuve releyendo un pequeño libro de metafísica que tengo de cuando estudiaba filosofía en París. Siempre que me preguntan digo que la metafísica es la parte que más me gusta de la filosofía. Entonces me preguntan qué es la metafísica y lo cierto es que no sé muy bien qué responder. Al parecer el nombre se debe al bibliotecario de Aristóteles, quien una vez ordenados los libros del pensador griego, llegado a la física se dio cuenta de que algunos textos no encajaban exactamente ahí, y los colocó más allá de la física, es decir les dio el nombre de “metafísica”.
Hay gente que confunde la metafísica con el esoterismo o incluso con la religión. Pero el esoterismo sigue estando de este lado del mundo, aunque lo pueble de dimensiones, seres y energías que no nos son conocidas para la mayoría de los mortales. Por el contrario, la religión ha creado un mundo tan alejado de la física que no es que esté más allá de esta última, sino que ni siquiera es concebible salvo como un asunto de fe. La metafísica es otra cosa, alude principalmente a las cuestiones fundamentales que nos podemos hacer como seres humanos. Y lo mejor es que no se trata tanto de buscar respuestas como de dar con las preguntas apropiadas.
Hoy en día se habla mucho de la conciencia, de lo importante que es ser (más) conscientes, lo que de alguna manera supone aumentar nuestra capacidad para prever las consecuencias de nuestros actos en un contexto más amplio, en tiempo y espacio. También nos planteamos si nuestra conciencia individual guarda alguna relación con la conciencia de otra persona y si hay algo que podríamos llamar una conciencia colectiva de la que nos nutrimos a la vez que se nutre de nosotros. Estas interrogantes que aluden a un ser consciente, presente en cada uno de nosotros, y tal vez en los grupos de los que somos parte —en última instancia la humanidad en su conjunto o incluso todos los seres vivos o el universo en su totalidad—, son típicas cuestiones metafísicas. Es posible que la ciencia, la “física”, puede llegar a explicar cómo se forma una conciencia individual y cómo funciona en relación con el cerebro, pero el interrogante fundamental sobre el ser consciente es el de su sentido —¿qué sentido tiene que un ser vivo haya desarrollado algo que llamamos conciencia y qué papel juega esta conciencia en la comprensión-evolución del universo?—. Dudo mucho que la “física” sea capaz de dar una respuesta a esa pregunta.
La metafísica tampoco tiene respuestas, pero sabe afinar las preguntas, sabe encontrar las preguntas apropiadas para cada tiempo, para cada momento en la evolución del ser humano. A Aristóteles no le dio por preguntarse sobre el papel de la conciencia en una época en la que el individuo apenas tenía conciencia de sí mismo, de la misma manera que a Descartes —el primer pensador de la conciencia— no se le ocurrió relacionar la conciencia individual, recién descubierta, con una conciencia cósmica que apenas ahora estamos empezando a intuir.
En cada época los seres humanos establecemos una relación diferente con el medio que nos rodea, con las demás personas y seres vivos. En cada época hay hábitos y formas de ser y hacer que nos parecen naturales y otros que se hayan al límite de lo que podemos concebir y mucho menos comprender. La metafísica nos ayuda a plantearnos las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo, aquello que se haya en el límite de nuestro propio ser, aquello en que merece la pena invertir nuestro esfuerzo y donde se expresa nuestra creatividad, sea a través de la ciencia, del arte, de la política o de la ética. Lo importante es no perder la capacidad de pararnos un instante y preguntarnos simplemente: ¿qué hago aquí? ¿qué sentido tiene todo esto? A partir de ahí se abre todo un mundo de nuevas cuestiones y dudas, que podemos afrontar con respuestas muy diferentes. Pero lo importante, insisto, no está en la respuesta elegida, sino en la capacidad de preguntarnos una y otra vez y en no dejarnos arrastrar por lo que parece inevitable.  La pregunta por el sentido nos acompaña desde que tenemos conciencia de ser, es también la primera pregunta metafísica.

 

20/09/08 Reykjavik

Pasado, presente, futuro

En Sidharta, Herman Hesse comenta el gran secreto del río, para quien no existe el tiempo, pues fluye como un presente continuo que se mantiene invariable. En todo momento, el río comprende su pasado, su presente y su futuro. Cualquier lugar del río lleva agua que una vez estuvo en la fuente y que en otro momento estará en la desembocadura, para volver a empezar más tarde cuando el sol la devuelva de nuevo a la tierra. Tal vez esa pequeña molécula de agua que brotó de la montaña sienta el vértigo del paso de la vida conforme avanza entre los márgenes del río, y es muy posible que al llegar al mar y antes de fundirse con el agua salada perdiendo así su identidad, tenga tiempo de reflexionar sobre su efímera vida, los momentos dulces y los amargos. Pero el río sigue fluyendo, sin límites, sin tiempo, llevando un agua que se renueva una y otra vez.
Jorge Manrique acertó al decir que “nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar”, pero no porque nosotros seamos el agua y el mar sea la muerte, sino porque en realidad, más allá de la apariencia de un final ineludible, nosotros somos los ríos que mantenemos vivos el ciclo del agua/vida en la Tierra. Para verlo así, basta con dejar de pensar que somos esa insignificante gota de agua, tan igual al resto de gotas de agua que viajan por el río y que se dirigen sin cesar a un final establecido, para empezar a vernos como parte de un río que nos contiene a todos y que recicla continuamente el agua de la vida.
El río que soy contiene todo mi pasado, mi presente y mi futuro, además de contener el tuyo y el de otros muchos seres que nos acompañan en este viaje interminable. En cada momento de mi vida, el pasado está presente en lo que hago o digo. Está presente en mis recuerdos, que no son los restos de algo que ya pasó, sino algo que continua vivo dentro de mi, en alguna parte de mi ser/río que se actualiza en instantes mágicos de pura reminiscencia. Momentos en los que parece que el pasado salta al presente, trayéndonos recuerdos tan vivos que diríamos están ocurriendo ese mismo instante. Desde nuestro ser río, la reminiscencia no es escarbar en el baúl de los recuerdos pasados para traerlos al presente, es simplemente conectar con alguna parte del curso alto de nuestro ser para actualizarla en un presente de consciencia. De la misma manera que al mirar sólo somos conscientes de una pequeña parte de lo que vemos, mientras el resto, muchas veces destalles increíbles, nos pasan desapercibidos hasta que ocurre algo que llama nuestra atención y nos fijamos en ello trayéndolo a la luz de la conciencia, también la reminiscencia actúa como una llamada a nuestro ser para que en ese momento se fije, pongamos luz y conciencia en alguna parte de nuestro ser atemporal que requiere nuestra atención.
La reminiscencia no nos lleva al pasado, nos trae una parte de nuestro ser río al centro de atención de la conciencia. En realidad, la reminiscencia, como los sueños premonitorios, no nos conecta necesariamente con recuerdos —que en realidad no existen como tales—, sino con cualquier parte de nuestro ser río, incluso con aquello que en la perspectiva temporal llamamos futuro. Cuando soñamos, cuando dejamos que nuestra mente vague sin intención, cuando abrimos el foco de nuestra conciencia en la dimensión temporal, lo que nos llega no son recuerdos ni intuiciones adivinatorias. Son rabiosas actualizaciones de un ser que se despliega en su totalidad en cada instante. Son mensajes que contienen una información muy valiosa para vivir el ahora. La reminiscencia, como la intuición, es un despertar accionado por algún mecanismo interno de nuestro ser para que prestemos atención y conciencia a algo que está ocurriendo en algún momento de nuestra vida, pasada o futura.
El futuro no está por ello determinado, como no lo está el pasado. El agua de la vida se renueva en cada instante en todo el curso del río, creando infinitos pasados e infinitos futuros. Si dejo vagar libremente mi mente, ahora soy el niño que corre libre por los campos, y también ahora soy el niño que trabaja duro en casa para ayudar a salir adelante a la familia. No hay un antes y un después. Soy ese niño libre y trabajador a la vez, ambos están en este mismo instante en alguna parte de mi ser. Igualmente, el anciano que ya hay en mi se expresa en el ahora de muchas maneras. A veces puedo verlo en sueños y sé que me habla y me comenta cómo transcurre mi vida en la parte baja de su curso. Otras veces se expresa a través de una palabra, una intuición, un pensamiento que me llega desde muy dentro, y que encierra una gran sabiduría. Todo lo que he sido y no he sido, todo lo que seré en sus infinitas posibilidades coexiste en mi en un presente sin tiempo, y de alguna manera también determina lo que soy en cada instante. Como dice Fred Alan Wolf en su libro Mind into Matter, dadme un principio y un final y la conciencia creará una historia perfectamente encajada en ellos. A veces, ambos extremos están en el pasado y la historia parece un recuerdo, otras veces están en el futuro y viviremos la historia como una intuición.
Si mi ser no es una pequeña gota de agua que tiende a fundirse en el mar, tampoco es todo el río. Mi ser es una parte del río, una corriente difusa que lo recorre en su totalidad en cada instante, y que comparte el cauce con otras muchas corrientes, otros muchos seres. En cada instante, las corrientes que acompañan mi presente cambian, pero todas están ahí, en algún lugar del río de la vida. Mi conciencia individual me confunde al hacerme creer que sólo existe lo que percibo como estando ahí afuera en un momento determinado del tiempo y del espacio. Si sólo eres real cuando estás ahí, frente a mi, fuera de mi, si sólo en esos momentos puedo sentirte, sentir tu calor, tu presencia cálida y acogedora, ¿qué me cabe esperar cuando te alejes de mi, cuando desaparezcas de esa pequeña porción de espacio y tiempo en que nos encontramos? Sólo dolor y nostalgia por tu ausencia. Pero si amplio mi conciencia al punto de diluir esa finitud espacial y temporal para comprender el flujo de la vida en toda su plenitud, entonces te reconozco  y te siento en el pasado, donde ya nos encontramos varias veces, de la misma manera que te reconozco y te siento en el futuro, donde nos volveremos a encontrar. Tú apareces una y otra vez a mi lado, en mis recuerdos, en mis sueños, en mis intuiciones. Siempre estás presente junto a mi.

 

31/10/08 Artosilla

Ideas y silencios

De joven descubrí el poder de las ideas y me encantaba utilizarlo en apasionadas discusiones en las que me enfrentaba a otras personas como una afirmación de mi mismo. Me recreaba en mi capacidad para argumentar, para tejer un entramado lógico que no dejara resquicios por el que pudiera escucharse la voz del otro. Aunque era consciente que las ideas venían de fuera (familia, amigos, libros, cultura...), todavía creía que la manera en que yo las reelaboraba definía lo que yo era, que al hablar con tanta pasión estaba hablando mi verdadero ser, e incluso pensaba que quien negaba mis ideas me estaba negando a mi, y de alguna manera estaba negando lo evidente, la verdad. Hace un tiempo aprendí que las ideas ni me pertenecen ni reflejan mi ser. En tanto que entidades con "vida" propia se expresan a través de mi, como lo hacen a través de otras personas, y de distintas maneras. Aprendí también que la diversidad de opiniones permite una expresión más completa de cualquier idea y que, por tanto, aferrarse a lo que uno piensa y no escuchar al otro no sólo puede ser causa de terribles conflictos, es además una enorme pérdida de un saber que puede sernos muy útil para enfrentarnos a los retos que nos plantea cada época. Ahora, además de las palabras, escucho los gestos, las señales, los silencios de la gente...

 

29/11/08 Artosilla

Envolturas

Cosas que me envuelven:
Un espacio que no puedo llenar, un tiempo que no puedo seguir, el acerado brillo metálico de las relaciones humanas, el temor del abismo y la muerte, el miedo a quedarme sólo y abandonado... cuando descubran quién soy.
Una manta recia y cálida en la noche fría, el contacto con una idea amable y abierta, el baile interminable, desafiante, apasionado de la vida; un beso, una caricia furtiva en un día gris, todas las músicas que conectan con el corazón rítmico de la tierra, la expresión de un ser desnudo... que ante todo ama.

Envuelto me presento al mundo y a mi mismo. Envuelto me lleno de consistencia, me hago visible. Mis mejores ideas, mis anhelados deseos, mis temores más profundos, sólo son los harapos con los que me disfrazo para que tú me veas. Tú tampoco eres diferente. Te acercas a mi envuelto en tu aura de misterio, en acomodadas palabras, en el temor y la perplejidad de lo desconocido. No nos conocemos, por eso esperamos.
Yo espero a ver cómo te desenvuelves, cómo te muestras. Espero a que te pongas al descubierto, a que reveles tu verdad. Espero a que te desnudes. Y sólo en la medida que tú lo haces, paso a paso, yo me desenvuelvo ante ti, también paso a paso. Eso es lo que me han dicho, lo que he aprendido: desconfía de las envolturas de la gente, no te fíes de lo aparente, y espera.
Ahora estoy aprendiendo a mostrarme en todo lo que hago, sin esperar. Estoy aprendiendo a envolverme de la confianza necesaria, a desenvolverme sin tapujos en cualquier situación en la que tú y yo coincidimos. Desde mi primer encuentro contigo, procuro ponerme al descubierto, desenvuelto, aun cuando todavía sienta ahí fuera un frío que me cala hasta los huesos, aún cuando el temor a la oscura inmensidad que tú abres con tu presencia se lance presto sobre mi para envolverme de confusión y miedo. Pacto con mis miedos aperturas posibles en su manto sólido y gris, desde las que mostrarme a ti. Envuelto en miedo y amor, envuelto en dicha y pesar, envuelto en la infinidad de líneas que me conectan contigo, que me unen a ti. Desenvuelto, en fin.

 

4/12/08 Artosilla

Las palabras, ¿se gastan?

¿Se agota una presencia, una mirada, un palpitar incesante?
¿O son las propias palabras las que agotan su caudal expresivo, conforme lo cubren todo de más y más significados que ocultan el sentido?
¿Desde dónde escribir cuando ya no es posible recurrir a la inocencia o a la ignorancia?
¿Cuál es la fuerza de la creencia? ¿De qué nos sirve creer? Creer en la vida, con la fuerza y pasión con la que yo creo, ¿acaba con la propia vida?

Oh, ¡cómo añoro los años en los que sentía cerca el abismo! Vivir al límite, en el límite. Del lado de acá, la tierra firme, la chimenea humeante sobre un paisaje de pureza y nieve, la nostalgia del hogar en caminos que van a ninguna parte, la pequeña lumbre que apenas ilumina los rostros distraídos de la gente. Del lado de allá, nada, puro vértigo, apenas la promesa de una pasión desbordante, de un irreal todavía no expresado en sensaciones difusas que recorren el cuerpo; la ausencia de una piel que nos proteja los huesos, la ausencia de todo lo tangible, de toda forma.

Sí, claro. Las palabras nos agotan, penetran lentamente nuestra piel hasta desgarrarla y dejarnos vacíos. Luego nos cubren con el manto de las creencias sin sentido hasta que podemos descansar en paz. Entonces nos acompañan en la tumba.