Anecdotario es un "blog" a la antigua, más entre el diario íntimo y la reflexión vivencial. Algo abierto a vuestros comentarios que podéis enviar a: ulises@selba.org

 
 

01/01/07 Montilla (Burgos)

Ídolos de barro

Me sorprende el tiempo y la energía que dedicamos los humanos a la pura apariencia, a discutir sobre ideas de las que apenas conocemos fragmentos deshilvanados, a preparar determinados ritos por los que pretendemos conectar con nuestro ser profundo o espiritual, mientras que descuidamos inconscientemente cosas tan básicas como todo lo que tiene que ver con la vida diaria, con la convivencia, con el cuidado y atención del otro. Estamos imbuidos de ideas maravillosas sobre el mundo, la gente y el más allá; hacemos meditación, reiki, biodanza o terapia gestalt; comemos sólo productos biológicos, o sólo verduras o frutas; hablamos con los espíritus, con nuestro ser interior y divino, con las plantas y los animales…
Y sin embargo, cuando nos juntamos unas cuantas en un lugar, somos incapaces de organizamos mínimamente bien, de dejar por un momento de pensar en nosotras y cuán lejos hemos llegado en nuestro conocimiento de los arcanos ocultos de la vida, y hacer un pequeño esfuerzo en tratar de conocer con quién estoy, cuáles son las necesidades de las personas que están conmigo y, sobre todo, cuáles son las necesidades que tenemos todas como colectivo. Y a partir de ahí, pensar simplemente qué puedo ofrecer al grupo para que tales necesidades sean satisfechas y generen bienestar y armonía.
Si la puntualidad es importante para el grupo, soy puntual. Si es necesario preparar comidas, yo me ofrezco porque sé cocinar o porque puedo ayudar a otra persona a hacerlo. Si hay que limpiar y ordenar, yo me apunto a limpiar y mantener el lugar ordenado y limpio. Si compartimos una preocupación ambiental, yo me encargo de buscar comida sana local, de apagar las luces que no se utilizan, de invitar a la gente a que utilice el agua con moderación, de procurar hacer poca basura o de que se recicle la que hay. Si alguien habla, yo me pongo a escuchar, y le escucho de verdad, sin esperar a que termine cuanto antes para soltarle mi rollo, o le digo amablemente que ahora no puedo escuchar, que estoy cansado o tengo la mente ocupada en otras cosas, pero que le escucharé después, porque quiero saber qué me quiere decir, quién es.
De esta manera, estando atenta a las necesidades del grupo, establezco una conexión con el ser del grupo, y por ende con la esencia espiritual que se manifiesta a través de él. No dudo que los ritos y las celebraciones que hacemos juntas son un canal maravilloso para conectar igualmente con una energía espiritual que se expresa por nosotras, pero tengo la sensación que si ponemos demasiado empeño en la pura forma del rito, si somos tan espirituales que descuidamos las cosas básicas de la convivencia, estamos entonces atrapadas por lo que ya en el pasado algunas llamaron ídolos con pies de barro. Mucho brillo por fuera, mucha apariencia, pero en el fondo incapaces de dejar de lado nuestra soberbia y nuestro ego. Y entonces qué.

Tampoco sería justo comenzar este 2007 sólo con una crítica, cuando el nuevo año nació para mi con tan buen pie y se promete tan generoso como lo fueron otros años. Por eso, creo que debería añadir que mi pensamiento crítico anterior ha sido concebido mientras meditaba en lo alto de una pared rocosa, cerquita de unos buitres que danzaban en el aire, en lo alto de un valle que se extendía abajo con multitud de barrancos, bosques y reflejos de luz. Me ha gustado estar allá arriba y contemplar la belleza que se abría ante mis ojos, mientras el sol se asomaba timidamente entre las nubes y con la tranquilidad que me daba pensar que estoy rodeado de una gente encantadora capaz de darlo todo. Entonces, sólo me queda decir gracias.

 

06/02/07 Artosilla

Echándote de menos

"Ya mismo echándote de menos y es que tus caricias son un regalo ligeramente envenenado. Sólo espero que en pequeñas dosis sea verdaderamente homeopático". Hoy quería escribir algo que me conectara con el mundo y esto es todo lo que se me ha ocurrido. Una repetición. ¿Será que el mundo se expresa a través de ti, una y otra vez?

 

08/02/07 Artosilla

Inseparabilidad

Cuando estudiaba matemáticas aprendí que la separabilidad no es una propiedad inherente a todo espacio. Un espacio es separable cuando dados dos elementos cualesquiera de dicho espacio existen sendas esferas que contienen a uno u otro elemento y no tienen puntos en común. Cuando entre dos puntos no es posible encontrar ninguna esfera que se interponga entre ellos, el espacio es no separable y, de alguna manera, todos sus elementos están “pegados” entre sí, conectados íntimamente sin posibilidad de alejarse o verse en la distancia. El mundo material en el que vivimos es sin duda separable. Entre dos objetos cualesquiera de este mundo siempre hay una distancia, y ésta se mantiene aunque los objetos parezcan tocarse. Dividiendo esta distancia por la mitad podemos trazar sendas bolas imaginarias que separan un objeto de otro.
Los seres humanos, en tanto que poseedores de un cuerpo material que responde a las mismas leyes que los demás objetos físicos, hemos admitido sin cuestionar tal separabilidad. Entre tú y yo siempre habrá una distancia, pensamos, dejándonos guiar por la evidencia física que separa nuestros cuerpos. Tenemos tan integrada la idea de separabilidad que sólo hace un siglo los matemáticos se cuestionaron si tal concepto era necesario para hablar de espacio, y todavía hoy, en nuestros días, nadie se cuestiona el asunto por obvio.
Sin embargo, nada nos impide pensar que parte de nuestro ser podría moverse en espacios no separables, que sólo nuestros yoes encuentran bolas protectoras que nos separan, mientras que otras partes de nuestro ser son inseparables del resto de seres humanos. Me gusta pensar que la distancia física que me separa de ti no deja de ser una barrera mental que no ha de impedirme sentirte tan cerca como realmente te siento.

 

07/03/07 Artosilla

Niveles de realidad

En nuestra a veces arrogante ingenuidad llegamos a pensar que el mundo es como es, es decir como nos lo muestran los periódicos, la televisión, ideologías, religiones o incluso la ciencia. Cuando dirigimos nuestra mirada al afuera para ver lo que ocurre y defendemos ante los demás nuestros puntos de vista con la vehemencia que nos caracteriza, ignoramos que sólo podemos ver aquello que nos han enseñado a ver y para lo que estamos preparados. Del resto ni siquiera somos conscientes, simplemente se nos escapa. Hoy sabemos que nuestra capacidad perceptiva es limitada, que muchos animales pueden ver, oír, sentir más cosas que nosotras. Lo lógico sería pensar que también nuestro entendimiento es limitado, que hay muchas cosas que no estamos preparadas para comprender. Pero esto es algo que nos cuesta aceptar a los seres humanos.
Si nos acercamos a la realidad a través de lo que dice la prensa o la televisión, el mundo es un lugar inhabitable en el que se suceden continuas catástrofes, las guerras asolan países enteros, mientras que el resto vive pendiente de amenazas terroristas, los políticos se enfrentan entre sí olvidándose de cual es su función y la gente se desespera porque nadie da respuestas a sus problemas. Para los medios de desinformación de masas la realidad sólo tiene cabida en su lado oscuro, sólo en relación con el poder y sus abusos. El resto no importa, no vende.
No tengo ninguna duda de que todo lo que nos cuentan los periódicos es parte de la realidad. Pero tengo igualmente claro que no es toda la realidad, ni siquiera la más interesante. Existe otra realidad que formamos millones de seres en todo el planeta y que se caracteriza simplemente por un deseo de honrar la vida, a través del cuidado de los que nos rodean y del entorno que nos acoge. No tenemos ansias de poder ni luchamos contra otros para conseguir nuestros fines. Nos basta con vivir, sencillamente, en paz. Esta realidad acoge una infinidad de iniciativas que se extienden por el mundo encaminadas a mejorar nuestras condiciones de vida y la de otros seres vivos. No suelen aparecer en los periódicos, ni se comentan en la radio o en la televisión. Para muchas personas, ni siquiera existen. Y sin embargo, están ahí. Que las veas o no, depende de ti.
La realidad no mostrada es un primer nivel de realidad que va más allá de la realidad construida en los medios de comunicación. Pero no es el único. Con atención y dedicación podemos llegar a percibir muchas más cosas, descubrir otros niveles de realidad que requieren nuevas palabras para ser expresados. No estoy hablando de nada extraño. Al pasear por el bosque, un empresario absorto en esa realidad económica que parece invadirlo todo, sólo verá la madera y su posible rendimiento económico. Un ecologista verá un ecosistema vivo que necesita protección y cuidado. Una persona sensible sentirá el latir de la Tierra en la frondosidad del bosque, sentirá su canto a través del murmullo de los árboles, percibirá sensaciones únicas a través de todo su cuerpo y con toda seguridad estará accediendo a un nivel de realidad que se caracteriza por la quietud, la paz y el misterio.
Hoy ha sido un día de lluvia, un día frío que invitaba a quedarse en casa junto a la estufa. La radio me acercó por un rato a esa realidad de lucha que no debemos olvidar. Mis vecinos me recordaron sin quererlo esa otra realidad que honra la vida en las pequeñas cosas. La lluvia me introdujo por unos instantes en ese mundo de silencio que me trae quietud y descubre mi ser amoroso. ¡Qué mágico es todo!

 

12/04/07 Artosilla

Melancolía

Llevo unos días un tanto melancólico. He intentado varias veces describir este estado sin caer en simples síntomas sensoriales ni darle una carga demasiado mental. No he sabido. Hay un punto de tristeza, de desgana, de alejamiento de lo cotidiano, pero también hay un fondo de paz, especialmente cuando no trato de rebelarme contra lo que estoy sintiendo, cuando no me pongo nervioso ni dejo que mi cuerpo se altere por un estado del alma que invita a la quietud, a observar las cosas en profundidad, a dejarse llevar por una música en la que el violonchelo destaca con fuerza.
He buscado la etimología de la palabra melancolía en el diccionario. Del griego melas, melanos, que significa negro, y de kholê, bilis, de donde también viene la palabra cólera. Melagkholia, o bilis negra, era para los sabios de la Antigüedad una de las causas de la tristeza. Me parece interesante esta relación entre lo anímico, lo físico y lo mental. Son tres planos de nuestro ser, claramente interconectados y de alguna manera independientes. Una visión reduccionista del mundo diría que primero es lo físico, la bilis negra, causa última de la tristeza, de un estado de ánimo determinado. Es también la causa de los pensamientos que llegan después, básicamente pensamientos negros sobre la vida, sobre nosotras mismas.
Sin embargo, y afortunadamente, el reduccionismo hace pronto aguas. Es fácil darse cuenta de que los pensamientos también afectan al plano emocional. Si nos dejamos llevar por ellos, la tristeza melancólica puede derivar en angustia, o tal vez en depresión. Creo haber aprendido a parar esos pensamientos, apenas un vago reflejo de experiencias pasadas, que me asaltan la mente siempre que siento algo diferente. He aprendido a dejarlos de lado, a dejarme llevar por las sensaciones y vivir plenamente esa nueva experiencia emocional. Es entonces cuando descubro que en la melancolía hay tristeza, sí, pero también hay paz. Y que es al conectar con esa paz cuando mi cuerpo cambia su respiración haciéndola más lenta, más adecuada a los tonos graves de la vida.
A partir de ahí, de ese reposo interior, la melancolía es un maravilloso estado para escribir. El velo de lo cotidiano se esfuma, el alma se muestra plena y casi siempre nos ofrece algún regalo que compartir con el mundo.

 

17/04/07 Artosilla

Amor y melancolía

Han pasado varios días y la melancolía sigue presente. Me ha llegado tu mensaje, bastante después de que lo enviaras, como esperando en algún servidor remoto que pasara la Semana Santa y así no interferir en un encuentro en que debía estar totalmente presente. Es posible, no obstante, que tu mensaje ya me hubiera llegado de otra manera, tal vez desde el mismo momento en que lo concebiste. Y la tristeza que llevo días sintiendo no sea más que la respuesta emocional de un contrariado cuerpo que sabe desde hace tiempo. Es posible que una parte de mi ya supiera su contenido, incluso desde antes que lo escribiste, como ya sabía que el poema que provocó tu respuesta era un poema de despedida.
Supongo que después de tantos encuentros, aún fugaces, me vas conociendo algo. La vida es mi pasión, acepto y asumo todo lo que ésta me ofrece, sus alegrías y sus penas. Pero hace tiempo que aprendí que la vida no te da nada si tú no le ayudas un poco, si no te aventuras más allá de lo aparente y te adentras en el mundo de la magia y el misterio. Un poema es una puerta a ese mundo, que nunca sabes si existe por sí mismo o lo creamos nosotras con cada gesto, con cada palabra que se escapa al infinito.
La realidad que hemos construido los hombres y mujeres de este mundo vale muy poco, en general es bastante triste y gris, nos anula como personas y supedita nuestro ser, nuestra fuerza interior y nuestra creatividad a conceptos morales y a objetivos lejanos asentados en el miedo y una seriedad opresiva. Pronto perdemos la risa de los niños, la inocencia de una mirada, la serenidad de un animal salvaje, empantanados en una lucha por sobrevivir que no es nuestra. Ningún activismo ayuda gran cosa a la hora de romper con el miedo y la seriedad sombría y gris de la vida. “Si no se puede bailar, no es mi revolución”, son palabras de Emma Goldman que siempre llevaré grabadas. ¿De qué sirve resistir, si al hacerlo nos dejamos llevar igualmente por el miedo y la seriedad sombría?
Afortunadamente existen otros mundos tan reales como ese mundo inercial en el que nos movemos cada día, y en el que raramente nos planteamos por qué hacemos lo que hacemos, o qué nos empuja a seguir haciéndolo. A mi siempre me ha gustado explorar esas otras realidades, en las que puedes descubrir aspectos desconocidos de tu ser. En algunas de ellas descubres tu conexión esencial con la vida, con el universo, con la totalidad. Me gusta acercarme a estos mundos a través de la meditación, de los paseos en el bosque, de la música y del silencio, o con la lectura de algún libro tan bellamente escrito que es capaz de desbordar el propio acto de leer y convertirlo en una íntima conexión con algo hermoso y profundo. Últimamente he descubierto que llevando grupos, en mi esfuerzo por captar el alma grupal, también puedo alcanzar determinados estados alterados de conciencia en los que las sensaciones se multiplican y la plenitud se apodera de todo mi ser. En otros casos, el acceso a esos mundos es difícil y nos lleva a andar un tanto perdidas entre pequeños gestos inexplicables, entre palabras que aluden a momentos imposibles, entre caricias de intensidad variable. Así ocurre especialmente cuando nos adentramos en el mundo de la fantasía, de la poesía o del amor. Jugar con los niños y como un niño, bailar y sentir muy dentro de mi el ritmo de la música y de la vida, dejar que mi cuerpo se exprese en movimiento y, por supuesto, el juego cómplice y amoroso con quien quieres son otras tantas maneras de acceder a esa otra realidad, que se nos escamotea continuamente.
Escribí aquel poema como una invitación a que entráramos juntas en ese mundo donde lo mágico sucede todos los días, tal vez porque existe en sí mismo y somos capaces de sentirlo, tal vez porque lo creamos tú y yo con el poder que encontramos queriéndonos, y que nos permite recrear la realidad a nuestra conveniencia y transformarla para el placer y la dicha, o por qué no, para que nos ayude también a comprender mejor el dolor, descubrir nuestros miedos y resistencias. Yo llevo siempre conmigo la varita mágica que descubrí un día al examinar el baúl de los recuerdos. Y tú, ¿todavía no has descubierto tu varita mágica?
Ya sé que siempre me has dejado claro lo que querías y esperabas de mi. Me gustaría seguir estando a tu lado en ese cuidado que tanto anhelas. Me gustan tus mimos, tus caricias, tu cuerpo cercano e insinuante. ¿Cómo podría querer renunciar a ello? Pero puesto que me preguntas qué quiero, mi respuesta ha de ser clara: lo que yo quiero es volar contigo. No podría aspirar a menos.
Tal vez sea un iluso por pedirte algo así, tal vez abordar así las cosas no lleve más que al fracaso —¡y de fracasos tengo alguna experiencia!—, pero qué puedo hacer. Hay cosas que una persona no puede evitar porque sería como renunciar a una parte de sí misma, una parte además tan poderosa, tan cercana al sentido de la vida y, en última instancia, tan ligada a la felicidad, que renunciar a ella sería como renunciar a vivir o a ser feliz. No concibo mi vida sin el misterio que se adivina en el silencio de uno mismo, sin la magia de las palabras que construyen mundos paralelos, sin los pequeños gestos que se ofrecen como puertas a realidades invisibles. No puedo estar mucho tiempo anclado en un presente en el que todo ocurre de acuerdo a un guión que otros establecen. Necesito volar, y si es posible acompañado, mejor.
Puedo ser un iluso, pero no vivo de ilusión. Mi vuelo no es imaginario, procuro que me acompañe en todo lo que hago. Siempre me he esforzado en convertir mis sueños en realidad y ando siempre buscando los medios para ello. Toda mi vida ha sido una búsqueda, no necesariamente consciente, de ese paraíso que perdí al dejar de ser niño —un mundo mágico donde la vida se descubre en el juego y el amor que recibes de tus padres, hermanas y seres queridos—. Ahora sé que he sido un buscador y que de alguna manera lo sigo siendo, pero al menos desde hace algún tiempo ya sé por dónde buscar, sé de qué fuentes beber y poco a poco voy haciendo que esas fuentes broten cerca de donde estoy. Diría que soy feliz, aun cuando en momentos como ahora me sienta triste, diría que puedo sentir la vida con fuerza y que he aprendido a danzar con ella. He aprendido igualmente a no esperar nada y a acoger aquello que se me ofrece —como acojo tus caricias y tus mimos, ¡tan hermosos!—, pero no puedo renunciar a amar, o al menos a expresar el amor que siento.
Si tú me dices que no puedes acompañarme en mi viaje, como me estás diciendo y me has dicho coherentemente varias veces, yo he de seguir mi camino y seguir buscando. No voy a negar aquello que hemos vivido al encontrarnos y espero que podamos seguir viviéndolo de una u otra manera. Pero has de saber que mi destino es otro. Un destino de viejos caminos y carretas abandonadas.

 

09/05/07 Artosilla

Matemáticas

A veces añoro el mágico mundo de las matemáticas. Sobre todo cuando la realidad exterior se me presenta un tanto monótona, conflictiva o gris. En esos momentos, me gustaría tener alguien cerca con quien hablar de matemáticas, discutir sobre variable compleja, topología diferencial o sistemas dinámicos. No me interesan tanto los detalles o la lógica de los teoremas, como la esencia de los elementos matemáticos, su valor ontológico, su capacidad para referir, desde una perspectiva nueva, tal vez inaudita, a una realidad que se nos escapa de tanto mirarla miopemente.
Nada mejor para acercarse a esta matemática que arroja cierta luz a algunos de los misterios más apasionantes de nuestra propia realidad que el magnífico trabajo de Albert Lautman, Essai sur les notions de structure et d’existence en mathématiques (escrito en 1937), en el que aporta ideas muy novedosas sobre el concepto de estructura, sobre la relación entre lo local y lo global, sobre propiedades intrínsecas e inducidas, sobre la búsqueda de la perfección…
Algunas de las cuestiones que plantea Lautman parecen tener de hecho una actualidad rabiosa. Por ejemplo, cuando afirma que el todo tiene, bajo ciertas condiciones, una influencia organizadora sobre sus partes, sobre los elementos que lo constituyen. Lo interesante de esta afirmación es que ciertas constricciones que pueden experimentar los elementos (individuos) de un espacio (¿social?) no dependen de extrañas fuerzas que actuarían sobre dicho espacio, sino que están dadas por la propia estructura matemática (topológica) del espacio en que tales elementos se desenvuelven.
En el caso de un sistema dinámico, como lo son los sistemas que encontramos en biología o en sociología, las posibles evoluciones del sistema hacia estados estables estacionarios u otros más complejos han de ser compatibles con la estructura topológica profunda del espacio en que se desenvuelve la dinámica en cuestión. No todos los caminos son accesibles. El espacio pone sus límites.
No es posible por tanto cualquier solución, no es posible cualquier respuesta, cualquier acción, cualquier pensamiento. Sólo es posible aquello que es compatible con el poder creador (organizador) del todo. La estructura global determina en sí misma los movimientos posibles de los elementos que la componen. En este sentido, afirma Lautman, no es necesario un principio organizador externo al sistema, no es necesario ningún Dios para explicar por qué surgen determinadas formas en biología o en sociología. Es algo tan sencillo como que el espacio total en que dichos elementos se mueven impone las condiciones de su evolución y las formas observables. Es inmanencia pura.

 

28/05/07 Xestas (Galicia)

El viaje de las pequeñas cosas

Nunca antes había oído hablar de “rakú”, una “técnica tradicional oriental de elaboración de cerámica utilitaria”. Y sin embargo, allí estaba yo, en una sesión de rakú de un centro ceramista de Vigo, fascinado por el ambiente y por la expectación que todo el proceso generaba entre los participantes. Las piezas sin cocer esperaban pacientemente su turno en una mesa lateral, mientras las afortunadas se cocían en un horno construido ad hoc que a golpe de propano alcanzaba los 1000ºC. Tras unos minutos de cocción todo va muy rápido. Se levanta la tapa del horno y con grandes pinzas se cogen las piezas para llevarlas a unos bidones con serrín, que al arder por el calor genera una gran humareda, contribuyendo así a convertir el óxido en metal. Tras una lenta espera, el proceso químico se termina de fijar, llevando las piezas a unos cubos de agua que hacen que la temperatura baje bruscamente. El resultado final, que sólo se revela tras una cuidadosa limpieza, era una sorpresa para todas. Más allá de la forma, que no cambia, tonos, texturas, matices y colores surgen libremente como parte del espíritu indómito del rakú, que jamás se muestra de la misma manera.
Entre las piezas que esperaban su turno estaban tus dos platos, hermosos, bellamente decorados. Espero que el rakú los tratara como se merecían y resaltara más si cabe su belleza.
La noche llegó cargada de sueños pesados que se adherían a mi piel sin dejarme dormir. Personajes y situaciones extrañas conseguían apoderarse de mi ser semi durmiente, convirtiéndome en el juguete de una panda de duendes revoltosos. A la mañana me levanté agotado y con una gran tensión en el cuerpo. Fuimos a Chozas, una pequeña aldea de la Galicia rural con un proyecto de comunidad en marcha. Un hermoso lugar, uno de esos lugares que te transmite energía sólo estando, contemplando, empapándose de su luz y de sus vibras.
Sin embargo, la ansiedad era fuerte y no desapareció hasta que fuimos a pasear junto al río, tras descubrir, casi imperceptiblemente, que habíamos entrado en uno de esos mundos que coexisten con el nuestro y en los que las cosas, las más pequeñas, adquieren una relevancia que nos permite sentirlas en todo su esplendor.
Es posible que todo empezara con ese encuentro casual con aquella paisana que limpiaba el camino de zarzas con una hoz que llevaba en una mano, mientras con la otra agarraba un bastón que le servía de apoyo. Aquel dulce parloteo en un gallego que apenas comprendía fue sin duda el inicio de uno de esos momentos mágicos en que te sientes feliz, sobre todo porque el cuerpo se hace ligero y se esfuman dudas y miedos. Y es así que, liberado de las cargas que acompañan nuestra existencia, esos duendes traviesos que se mofan de nuestros deslices y recelos se convierten en nuestros pequeños guías que nos advierten de la belleza que encierran las pequeñas cosas.
Si los molinos que se alzaban junto al río como exponente de un pasado que todavía bullía con fuerza llamaron mi atención, como lo hizo ese estrecho camino que serpenteaba junto al río, o aquella vieja presa hecha para desviar el agua que habría de girar la piedra de moler, no menos lo hicieron tus silencios, con los que reforzabas el valor de tus palabras cuidadosamente elegidas, o tus miradas al infinito, con tus grandes ojos abiertos, consciente de que hay otros mundos que se superponen al que estamos acostumbrados a vivir a diario, y tal vez, con un cierto anhelo por tenerlos más presentes, o por vivir, simplemente vivir.
Dormir en Chozas, pegado a la tierra, de la que apenas me separaba una delgada esterilla, fue un gran descanso, y para el día siguiente mi angustia había desaparecido totalmente. Por la tarde daba una charla en A Cova, un centro social alternativo de Vigo. Para entonces mi estado de ánimo estaba bastante mejorado. No olvidaré el paseo que dimos junto al mar y en el que hablamos de esa naturaleza salvaje que todas llevamos dentro, pero que tanto nos cuesta expresar, especialmente cuando inconscientemente aceptamos una forma de vida mayoritaria que tiene pánico de lo desconocido, del misterio y de todo aquello que pueda alterar su beatífica paz. Te pregunté entonces dónde encuentras lo salvaje en tu vida y me contestaste que en la gente, en la gente que aprecias y valoras y con la que puedes atravesar esa barrera de indiferencia que nos sirve de escudo protector a los seres humanos. Luego coincidimos que lo salvaje surge también en la naturaleza cuando ésta nos muestra sus pequeños secretos y nosotras estamos preparadas para recibirlos. Y claro, añadiría yo ahora, lo salvaje está también en la fiesta, en el movimiento desenfrenado de cuerpos danzando, en los viajes que emprendemos sin movernos… Últimamente veo también un punto de salvajismo en los grupos, especialmente cuando somos capaces de quitarnos nuestras máscaras y dejar de lado a ese individuo temeroso que desearía tenerlo todo controlado. Entonces el ser colectivo se muestra sin tapujos, como pura energía desbordante que lo llena todo. Tal vez nos rompa por algunos lados, tal vez cuestione alguna de nuestras certezas, pero por otra parte nos hace fuertes, y lo más importante, nos permite abrazar la vida.
Disfruté con la charla en A Cova. Fue casi una charla-performance. Hay un momento en que eres consciente de quién eres, qué estás haciendo, con quién estás hablando, y un instante después, cuando todo comienza, dejas de ser tú, pierdes la conciencia de ti mismo y entras en un espacio diferente en el que nada está claro, en el que todo se crea sobre la marcha, con un público que deja de ser público y se convierte en actor, mientras las palabras surgen de tu boca sin llegar a entender de dónde proceden, quién las pronuncia. De nuevo los duendes que llevamos dentro se apoderan del escenario y tú simplemente te dejas llevar por su saber hacer. Mejor no intentar saber qué está pasando. Se perdería la magia, surgirían los miedos y tu ser consciente se sentiría ridículo. Hay que llegar hasta el final y entonces sí, entonces se acaba la función y se despierta uno del sueño en que ha estado sumido. Mira a la gente, nos miramos y reconocemos con una sonrisa cómplice que todas fuimos parte del espectáculo. Todas dimos libertad a nuestros duendes internos, al niño o niña que una vez fuimos. Todas nos conjuramos para hacer espacio a esa naturaleza salvaje que sólo podemos vivir en pequeñas dosis. Después llegan las cervezas, las palabras, la normalidad. A veces me pregunto qué habrá pasado.
El fin de semana me llevó a Xestas, cerca de la costa da Morte. Teníamos mucho trabajo por hacer. Y lo hicimos. Esa era la principal razón de mi viaje. A posteriori me ha quedado claro que lo de menos era el trabajo. Xestas fue simplemente la culminación de una experiencia de renovación y descubrimiento interior, que empezó con aquella simple visita a una sesión de rakú, a la que siguieron otras muchas pequeñas cosas. En el viaje de vuelta a casa, sentado en el autobús, me sentía tan bien, tan feliz, tan contento de estar vivo, que no hacía más que repetirme: —trata de recordar este momento, recuérdalo lo mejor que puedas y sepas, porque cuando los tiempos cambien siempre podrás volver a él—.

 

05/07/07 De vuelta de Estella

Transiciones

A lo largo de mi vida ha habido muchos cambios. Algunos por necesidad, también con dolor. Otros han salido de mi, aunque sin una razón clara, sin saber muy bien por qué. Pero a la vez sin poder evitarlos. De tanto cambiar he aprendido algunas cosas sobre el cambio. De hecho, ahora ya no los llamaría cambios. Cuando la conciencia está presente es mejor llamarlos transiciones.
Una transición comienza con una insatisfacción. Algo en tu vida ya no te satisface, no te llena, no encuentras las respuestas que necesitas. Tampoco sabes lo que quieres, te quedas sin preguntas ni deseos. Desde luego es posible vivir así durante muchos años. La insatisfacción no desaparece por ello, pero uno aprende a ser cínico y a encontrar cierto placer en pequeñas cosas pasajeras. Otra opción es viajar, buscar, moverse, dejarlo todo y experimentar con nuevas formas de vida, en otro lugar, con otra gente. La búsqueda puede ser exterior. O interior.
¿Qué buscamos? Básicamente una idea, una visión, una situación que despierte nuestro deseo, que despierte el ser deseante que llevamos dentro. Una vez encontrada sólo nos queda ponernos a trabajar para realizar esa idea, para hacer manifiesta esa visión, para enriquecer esa situación que ahora no existe y que nos gustaría ver hecha realidad.
Nuestra felicidad depende de ello, de nuestra capacidad para sintonizar con una idea que nos atrapa, que nos envuelve y despierta en nosotras el deseo de realizarla, de poner nuestra energía en su manifestación. Por eso las ideas son portadoras de sentido. Si una idea te llena, todo lo que haces por hacerla visible tiene sentido y da sentido a tu vida.
Buscar el sentido conscientemente. Esa es la esencia de toda transición. Y la razón última por la que estoy viviendo en un pequeño pueblo antes abandonado del Pirineo. Porque mi vida anterior, sin apenas conexión con la tierra, no tenía sentido.

 

09/07/07 Convento San Giorgio (Italia)

Alegría

Capto la realidad a pedazos. El sol de la tarde ilumina el lado opuesto del claustro por encima del primer piso y se infiltra entre los arcos en los que reposan macetas de geranios y begonias. Arriba un cacho de cielo azul sirve de telón de juegos a varias parejas de golondrinas.
Dejo que el bienestar se apodere de mi, me concentro en esa parte del claustro, la única que llama mi atención, y me abstraigo de todo lo demás. Caras conocidas recorren los pasillos y me guiñan un ojo al pasar. Apenas las veo, aunque sin percatarme de ello, les devuelvo el saludo. No pierdo la concentración, que se alza por encima del nivel horizontal en el que se mueven las personas y ocurren las cosas. Para mi sólo cuenta ese espacio iluminado que se abre al firmamento por entre las columnas del patio.
Ni siquiera sé qué siento o si siento algo en absoluto, más allá de una inmensa paz. La música que me llega a través de los cascos sirve como freno a cualquier intento de pensar algo. Resulta curioso observar cómo la música arrastra las ideas, permitiéndome simplemente estar, absorto en el juego de las golondrinas, en los claroscuros de los balcones y en los reflejos de las flores en sus macetas. Tengo la impresión de que la música arrastra también los sentimientos. Sólo queda una profunda placidez y un cúmulo de sensaciones diversas. Diría que me encuentro ante una experiencia estética, uno de esos momentos impregnados de belleza, en los que ésta se presenta en estado puro, sin elaborar. Puros estímulos sensoriales que llenan mis sentidos de luz y color, de silencio y armonía, mientras mi corazón late muy despacio y mi respiración se acompasa con el ritmo del duende del lugar.
Llevo más de una hora tumbado en la hamaca que cuelga en uno de los corredores del patio del claustro de este convento de San Giorgio, contemplando extasiado ese pequeño rincón de luz que se deja ver entre uno de los arcos, en un suave balanceo que me aleja y separa alternadamente de esa imagen fija y retenida en mis ojos. De repente, empiezo a ser consciente del paso del tiempo y, a la vez, una cierta inquietud se apodera de mi, conforme la conciencia me devuelve el vacío de mi experiencia estética.
Estoy a gusto, es cierto, pero ahora descubro que las golondrinas no han parado un instante de jugar sobre el fondo azulado del cielo, entrando y saliendo del patio, buscando sus nidos en las arcadas de la planta alta del claustro. Descubro que las begonias y los geranios se visten de brillantes colores, mientras dirigen sus pétalos hacia el sol, del que obtienen la energía que necesitan en una danza que se repite día y noche. Descubro que los niños y niñas han estado persiguiéndose una y otra vez, explorando cualquier recoveco del convento, llamándose a gritos, juntándose, alejándose y siempre jugando.
Yo simplemente he estado mirando, más de una hora completamente parado, observando atónito un pequeñísimo cacho del universo que se abre ante mis ojos y cerrando todos mis sentidos a cualquier intromisión. He sentido placer primero, después he sentido miedo. Las golondrinas, las flores, las niñas… todas están vivas. Su esencia es llenar el espacio, de sonidos, colores, movimiento y también de alegría.
Me gusta el placer que resulta de la contemplación y el silencio, pero sin alegría ¿para qué nos sirve?

 

05/08/07 Pamplona

Enamorarse

"¿Por qué se enamoran las personas? No en el sentido abstracto, sino unas de otras. He leído sobre las feromonas y otras hormonas del amor, sobre el relámpago súbito y la otra mitad de un yo divino. Nada de esto explica por qué no nos convertimos todos en bestias insaciables, apareándonos sin cesar hasta que damos con la persona apropiada. ¿Por qué amamos a una persona en particular, nos obsesionamos con cada uno de sus gestos, entre los millones de personas que hay en el mundo? Y cuando encontramos a ese ser amado, ¿por qué intentamos destruirlo con demasiado amor, o demasiado poco, con delirios desenfrenados y violencia o con nuestra mezquina crueldad que pone a prueba constantemente su valentía, su amor, su fidelidad?" Sunny Singh - El libro de suicidios de la abuelita

Creo que es bueno hacerse de vez en cuando estas preguntas. No porque vayamos a encontrar respuestas definitivas, sino porque el solo hecho de planteárselas nos recuerda que estamos vivas. Alucino cuando alguien intenta explicar el amor a partir de reacciones químicas en el cerebro. ¿Qué puede explicar eso? Para mi enamorarse es atender a una llamada que viene de lejos, que resuena en lo más profundo de nuestro ser, que nos desnuda en cuanto la oímos, nos deja vacías y sin respuestas al uso, y que nos invita a adentrarnos en lo desconocido. Una llamada que nos despierta de ese letargo profundo en que acomodamos nuestras vidas, cuando apostamos por lo seguro y desdeñamos el riesgo.
Ahora sé que enamorarse es una más de las tretas que utiliza la vida para que sigamos sus pasos, para sentirnos vivas. Y sé que cuando me enamoro de una persona, como me enamoro de ti, es porque tú encarnas la vida mejor que nadie. Sé que acariciar tu cuerpo mientras mi piel se desliza temblorosa sobre la tuya es el inicio de un viaje hacia un mundo desconocido, sé que al sentir el contacto de tus labios húmedos se abre un destello de luz donde antes había oscuridad, sé que el simple roce entre tus pliegues cálidos es una descarga de indómita vida. ¿Cómo podría resistirme a una llamada así?

 

05/09/07 Artosilla

Respirar lentamente

Hoy he aprendido que la Tierra respira lentamente, que su ritmo es suave y pausado y que desconoce el silencio. Lo he aprendido mientras meditaba en uno de los barrancos que rodean mi pueblo. De repente me he sorprendido respirando muy lentamente, pero ya no era yo quien respiraba, había una resonancia entre mi respiración y algo que yo sentía como el latido de la Tierra. No me ha sido fácil mantenerme en ese estado de resonancia, empezaba a ser muy intenso. Cierto que había paz, quietud, incluso cierta dulzura, pero he sentido el temor del abandono, de cierto arrebatamiento. Era tan fácil dejarse llevar, tan fácil entrar en su ritmo, era una sensación tan bonita… que he sentido miedo. Ha sido entonces que una voz interior me ha dicho que abriera los ojos, que no tenga prisa, que tendré tiempo para volver al mismo lugar y explorar lo que se me ofrezca. Ahora conozco la llave, una respiración lenta, suave, acompasada con el susurro de las hojas y el trino de los pájaros.

 

02/10/07 Artosilla

Dramatismo

Desde un punto de vista etimológico, decir que hay dramatismo en mi vida no es decir mucho. El griego drama significa hacer, actuar, en particular sobre un escenario. Yo tengo la sensación de que mi vida es pura actuación, pura representación sobre un escenario imaginario que, por una parte se ajusta bastante bien al mundo, por otra lo desborda y es algo más que el mundo. En la obra que yo represento apenas cuentan las relaciones “normales” que la gente establece entre sí, entre sí y el mundo. No me interesa especialmente el comercio de bienes y afectos al que reducimos nuestro estar aquí, nuestra estar con otros. Lo importante es lo que no se dice, lo que se dice pero no es, lo que no es pero podría ser, lo que es sin llegar a ser del todo. Me interesa cómo surge una relación entre dos seres que se desconocen, a partir de sus silencios, de sus risas, de sus miradas ocultas. Cómo nos dejamos modelar por un espacio que se hace haciéndonos, que hacemos haciéndonos, que cambiamos a nuestro antojo y que por tanto nos cambia y no nos damos cuenta. Cómo nos enfrentamos con ese vacío existencial que se genera tantas veces cuando nadie es capaz de llenarlo con sus palabras, o con su amor. Es desde ese vacío, desde ese imposible que intuimos cercano, que se crea la vida, que se crea el drama de mi vida. Es poesía, también del griego poesis, creación.
Pero si mi vida es de alguna manera dramática (dramatikos, teatral) no es sólo por un permanente actuar en ese teatro de relaciones inconclusas que se crean a medida que somos, conforme vivimos. Es más bien por esa inevitable sensación de que, conmigo en el escenario, nada llega a mostrarse nunca completamente, de que ni siquiera mi papel es convincente, de que apenas roza el sentido profundo de las cosas, de que no soy capaz de superar unas simples limitaciones que parecen inscritas con fuego en el espacio de mis circunstancias. Mi vida es dramática porque a una parte de mi ser que sabe fluir con la vida, que cree entender su verdadero significado y que disfruta sintiendo la ligereza de estar en sus brazos, se opone alguien que hace preguntas, que tiene miedo de ir demasiado lejos, que se resiste una y otra vez. La resistencia, esa es la verdadera esencia del drama. Como dramático es querer a una persona, quererte mi luna llena preciosa, y no tener la fuerza necesaria para convencerte de derjarlo todo y volar juntos, que no hemos de tener miedo porque juntos somos pura vida. Eso es lo que me hubiera gustado decirte, si mi voz hubiera estado presente sin resistencias internas, sin dramatismo.
Sí, ya lo sé. No sólo soy actor del drama de mi vida. Soy también el creador, aunque todavia me queda mucho que aprender para asumir completamente ese papel. O puedo ser espectador. Simple espectador. Y desde mi butaca, desde la distancia de mi mismo, disfrutar de todo. Esto no lo hago tan mal.

 

05/11/07 Murcia - Zaragoza

Nomadismo

Últimamente no paro de viajar. Siempre de un sitio para otro, con la maleta a cuestas en una expresión mínima que recoge lo verdaderamente imprescindible: algún libro, un par de mudas, el cepillo de dientes y un saco de dormir. ¡Siempre puede venir bien! Me gusta recorrer la geografía española, visitando lugares y ciudades casi siempre con gran encanto. Como me gusta encontrarme con personas que no conozco y que en muy poco tiempo, ¡esa es la magia de mi trabajo!, se abren de arriba abajo y se expresan de corazón, mostrándose tal vez vulnerables, pero sin duda hermosas. Amables.
Yo me dejo llevar por el flujo emocional que la gente crea a mi alrededor. No me entrego, pero tampoco me resisto. Si alguien me preguntara en ese momento y tú ¿qué piensas?, no sabría qué decir. A veces no pienso nada, sólo estoy, observo, me adentro entre las voces que se alzan para decir su razón y me quedo ahí, entre unas y otras, a la espera de sentir la fuente de donde surgen. Cuando conectas con la fuente, es pura magia. Pero no siempre consigo hacerlo. A veces me dejo atrapar por la belleza que me rodea, o me engancho a un corazón que pide amor. Entonces me quedo mirando, sintiendo, compartiendo instantes con una persona.
Me gusta pensar que mi vida es un tanto nómada y que en esos encuentros fugaces con gente que no conozco, en lugares que no conozco, se halla la esencia del nomadismo. Pero sé que no es así. Yo siempre vuelvo a casa. A mi casa. A Artosilla. ¿Cómo podría ser nómada teniendo una casa? Si de verdad fuera nómada, erraría por el mundo siguiendo viejos caminos y las cunetas serían mi hogar. No tendría lugares preferidos, ni gentes a quien visitar. Me dejaría llevar por el sol, las estrellas y el viento. Y caminaría, y caminaría sin parar, sin planes ni fines ni cosas por hacer. Sólo vivir. Cada instante.
Yo no viajo así, viajo donde me llaman. Me encuentro con gente que me espera. Y después vuelvo a casa. ¿Qué hay de nómada en todo eso? Aparentemente nada, pero yo siento cómo mi ser conserva la memoria de miles de años de seres nómadas recorriendo Europa, Asia, el Nuevo Mundo… Yo sé que de cualquier lugar hago mi casa, que me siento bien allá donde voy, que no echo en falta nada, ni extraño a nadie. Llevo a todo el mundo dentro de mi, a mis seres queridos, mi familia. Están en mi piel, recorren mis venas, son parte de mi. Por eso no los necesito, no me hace falta hablar directamente con ellos, ni estar con ellos. Me los encuentro en un gesto que hace un extraño, en una sonrisa que alguien lanza al aire, en una mirada robada al tiempo. Mi casa la llevo siempre encima. Es mi capacidad para reconocer un halo de calidez, de humanidad, de cariño allá donde voy, con quienquiera que estoy.
Tal vez no sea un verdadero nómada, pero siento profundo el espíritu del nomadismo y cada vez que puedo, me dejo llevar por las estrellas.

 

09/12/07 Lakabe

Quién soy, qué quiero

Esta mañana, en el taller de forum de Lakabe, tuve ocasión de responder varias veces a esta pregunta. Achim, el facilitador del taller, nos ha dicho que después de responder varias veces seguidas llegas a aburrirte de tus propias respuestas, te cansas de contar una historia que se vacía por sí misma y que, sólo entonces, cuando la imaginación entra en juego y te libera de las ataduras de un pasado socialmente construido, empiezas a descubrirte a ti mismo en retazos de fantasía arrancados a tu inconsciente. Sin embargo, yo me aferré a mi respuesta, tal vez porque también quería explorar que ocurre cuando repites una y otra vez lo mismo, tal vez porque no se me ocurría nada mejor.

Soy un cúmulo de colores, olores y sabores robados al universo. Soy tierra, aire, agua y fuego contraídos en los pliegues de mi ser. Soy un soplo de vida. Soy vida.
Soy una diferencia arrancada al caos y la repetición. Soy un límite fractal y difuso entre espacios vacíos. Soy un ser que se reinventa a sí mismo en cada acto. Soy un ser que apenas conoce sus límites, que apenas se conoce, que apenas conoce.
Soy un ser que aspira a ser, todo el tiempo, en todo lo que hace. Y a tener más conciencia de lo que soy. A tener más conciencia de lo que eres, de lo que es. A tener más conciencia. Y también más cuidado, de mi, de ti, de lo que nos rodea.
Soy pura expresión de vida, puro amor, un ser amante. Soy quien te ama por ser tal como eres, así, tal cual, como eres. Gracias al amor te reconozco como otro yo, otro ser amante. Gracias al amor te descubro como un ser diferente, maravillosamente diferente.
Soy vibración, frecuencia, sonido, una nota única en la singular sinfonía cósmica. Una nota que sigue a otras notas, o que las acompaña en acordes de armonía y caos.
Soy poder, energía, fuerza. Arrastro el poder de una Idea, de un Ser que se manifiesta a través de todo lo que hago. No siempre soy consciente de ello, pero en las ocasiones en que me siento pleno de vida, siento también el poder que fluye a través de mi, me desborda y simplemente guía mis pasos.

Y así una y otra vez. Lo repetí una y otra vez hasta que las palabras dejaron de tener sentido y la mente escupió estas ideas hastiada de sí misma. Y entonces es cuando eres diferencia, vida, amor, poder y muchas más cosas. Pero sólo cuando no les haces caso. De lo contrario eres un peligro, de esos que pueblan el mundo.