| Anecdotario
es un "blog" a la antigua, más entre el diario íntimo
y la reflexión vivencial. Algo abierto a vuestros comentarios que
podéis enviar a: ulises@selba.org |
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22/08/2006
- Lebensgarten (Alemania)
Aprender a mirar
Aprender a mirar, hacia fuera, hasta dejar de ser
por dentro y ser sólo lo que está ahí, fuera, cerca
y lejos. ¿Cuántas veces has soñado recorrer el puente
de ese cuadro de Monet? ¿o camuflarte en las aguas del lago casi
emborronado con tanto nenúfar? Lo tienes ahí delante de
tus ojos. Míralo bien, sigue mirando hacia dentro del cuadro, colócate
ahí sin dejarte nada, vacíate, de pensamientos, de lágrimas,
de tristeza, de dicha… vacíate y llénate de música,
de color, de agua. ¿No es hermoso, estar lleno de color y de forma?
¿No es hermoso ser por un instante ese viejo taburete que esquina
tu cuarto? ¿No es un hermoso desafío querer llenar el suelo
con tu mirada, sin que se escape nada, ni el más ínfimo
rincón? Todo es importante, todo cuenta para quien quiere realmente
aprender a ver. Todo el mundo cabe en este pequeño espacio, ¿todo
el universo? ¿Acaso no ves las puertas que la música de
Gorecki abre en cada pared blanca? ¿A dónde te llevan? Siempre
hay una que se abre al Polo Norte, o tal vez a la Antártida, a
las blancas llanuras de hielo. Otras se abren al Mar del Caribe, a las
playas con palmeras, a la brisa marina. Y siempre hay alguna que se abre
al espacio infinito, a otros mundos, otras constelaciones. ¿A dónde
te gustaría viajar en este momento? ¿A un lago de nenúfares
en algún parque monetiano? ¿O preferirías recorrer
un pentagrama de voces de llanto y esperanza? Elige un lugar, y elígelo
pronto. Cuanto antes lo hagas, antes dejarás de escuchar ese aburrido
y mísero canto al que tanto se aferra uno mismo. Ponte en marcha,
no dejes de mirar fuera de ti, abre todas las puertas, corre, vamos, corre. |
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| 26/08/2006
- Lebensgarten (Alemania)
Viviendo entre mundos
Pensé hoy que mi alma vivía transversalmente
diferentes mundos o capas de realidad que coexisten en paralelo sin apenas
conexión entre sí, salvo la que pueda darse a través
de posibles agujeros de gusano. Mi ser, con más o menos consciencia,
se asienta ora en una capa, ora en otra, percibiendo la realidad diferentemente
según su estado. Hoy no estuve en ningún momento en ese
estado de conciencia en el que percibes la realidad con ojos rutinarios
y te comunicas con la gente en conversaciones lógicas y formales
con más o menos sentido. Hoy mi ser vagaba en un mundo de aromas
húmedos, con toques de rocío fresco en la mañana,
una ligera lluvia de otoño en la tarde y un salpicar de olas marinas
en la noche. Hoy sentía la ausencia de una piel cálida,
de una mano que se posara dulcemente sobre mi cuello, de un susurro que
acariciara mi oreja. Hoy también sentía con todo que la
vida estaba presente con fuerza, tal vez con colores fríos, pero
con igual pasión y arrojo. Y también hoy disfruté
de extrañas conexiones a través de esos agujeros que se
crean invisibles entre realidades de diferentes personas. Ya apenas creo
que las palabras vehiculan nuestra comunicación. Más bien
robustecen las barreras que separan nuestras diferentes realidades y tapan
todo agujero comunicativo. Pero hoy aprendí a dejarme llevar por
el agua que me trajo la lluvia, el rocío y el mar y ser arrastrado
a través de mundos impensables por el que viajan otras almas. Hoy
fue un buen día. |
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28/08/06
- Lebensgarten (Alemania)
El desapego
Sigo aprendiendo a desapegarme de las cosas. Me resulta
más o menos fácil suspender mis propias ideas, separarme
de ellas y verlas flotando delante de mi, como si ya no fueran mías,
suspendidas en ese espacio de participación que admite la réplica,
la propuesta diferente que llega de otros. Ya no he de temer que alguien
ataque mis ideas, porque el ataque no alcanza mi ser. Yo puse mi idea
en el centro de un espacio que construimos entre todos y si algo no te
parece bien, puedes adjuntarlo en ese mismo espacio. A mi no me importa
que tu contribución modifique mi idea. Seguro que me olvidé
de lo que a ti más te importa y desperté tus miedos. Tal
vez entre los dos podamos construir una propuesta válida para ambos,
o tal vez simplemente coincidiremos en estar en desacuerdo.
No me resulta tan fácil separarme de mis afectos, de mis sentimientos,
de mis miedos. Vuelven continuamente a mí, a perturbar mi paz colándose
de la manera más inverosímil. Mi cuerpo es muy vulnerable
en este aspecto. ¿Debo dejarme llevar por lo que mi cuerpo quiere?
¿O debo aprender a desapegarme también de sus demandas?
Soy consciente de que no necesito pasar por algunos estados de mi cuerpo,
que me parecen más bien una imposición de la mente torturadora
en la que a veces se enreda nuestro yo. Pero en ocasiones, mi cuerpo sólo
quiere cariño, alguna caricia, un roce frívolo y casual.
Estoy aprendiendo a disfrutar de todas estas pequeñas cosas cuando
ocurren así, sin más, pero a veces ocurren raramente y entonces
siento una queja profunda que me nace de adentro y que querría
gritar: ¡maldita humanidad, ¿por qué nos reprimimos
tanto?! |
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| 29/08/06
- Madrid
Conexiones rotas
¿Te has parado alguna vez a pensar qué ocurre cuando algo
se rompe? Lo más común es tirarlo a la basura, pensando
que podremos reponerlo fácilmente. Si se trata de algo de valor
podemos tratar de arreglarlo, como pegamos las piezas de esa cerámica
que trajimos de lejos. ¡Qué fácil nos parece a veces
pegar los trocitos de un objeto roto! ¿Qué pasaría
si no fuera tan fácil? Recuerdo una película china en la
que aparece una persona cuya oficio es reparar cerámicas rotas,
¡cosiéndolas! El resultado es precioso, pero la pieza es
diferente. No es la que fue y su uso también ha cambiado.
¿Qué hacemos ahora con las relaciones y con las conexiones
rotas? ¿Las tiramos a la basura? ¿las pegamos con algún
pegamento repara todo? ¿o las reparamos, como aquel viejo chino,
cosiéndolas y recreándolas de una manera nueva y diferente?
El viejo chino sólo pasaba de año en año por la aldea
y, entretanto, había que guardar la pieza rota hasta que él
llegara. ¿Cómo se mantiene una conexión rota, sin
tirarla a la basura, cuidándola hasta que pase el amable abuelo?
Yo no quiero tirar nada a la basura, y menos una conexión que alguna
vez me aportó vida. Me gustaría guardarla hasta que llegue
el momento de su reparación, y mientras tanto cuidarla de alguna
manera, aun a sabiendas que después todo será distinto.
Claro que cada día es distinto y eso nunca nos preocupa.
Ahora estoy aprendiendo a guardar todo lo que se rompe, a mimarlo y a
saber esperar. No me cabe la menor duda que, tarde o temprano, pasará
ese anciano que me ha de ayudar a reparar lo que un día fue y ahora
será distinto. |
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3/09/06
- Artosilla (Huesca)
Todo cambia con una mirada
Hoy me he sentido raro todo el día, desconectado de mi cuerpo
que me arrastraba hacia emociones que no correspondían con lo que
mi mente quería. Hoy no quería estar triste, ni melancólico,
ni nervioso. Mi mente todavía vagaba en la frescura del ayer, en
la paz con la que he vuelto de Lebensgarten. Sin embargo, por alguna razón
he tenido un día extraño, cansado, casi abatido, con un
fondo de amargura y pesar. Es posible que la visita de ayer, con todo
lo simpática que ha sido, ha despertado en mi algún fondo
oscuro de mi ser que me habla de un niño desprotegido, incomprendido
y un poco miedica que alguna vez fui.
Sea como fuera, lo cierto es que durante todo el día me ha invadido
una sensación de desasosiego, que ha ido creciendo a lo largo del
día hasta el punto de que, ya cuando el sol declinaba en el horizonte,
tenía necesidad de salir corriendo hacia algún lado. Me
he ido a pasear por Artosilla, quería recorrer de nuevo el camino
de los Cajicos, que sólo había hecho una vez, y que ahora
me ha impresionado por su belleza y buen estado. Después he seguido
por una vieja pista que lleva a Arruaba, hasta llegar junto a uno de los
robles centenarios que rodean el pueblo y que más me tiene cautivado
por su porte y presencia. Me he sentado debajo el árbol con la
intención de meditar un rato y rebajar la tensión que todavía
soportaba. Después de un rato de silencio y meditación,
absorto por la belleza del paisaje crepuscular que se abría delante
de mi, he tenido una visita inesperada que ha cambiado completamente mi
estado de humor para el resto del día hasta ahora que escribo estas
lineas.
Cuando estaba meditando he oido un ruido en el bosque que sólo
podía ser de algún animal. He abierto los ojos y, efectivamente,
he visto a lo lejos un pequeño jabalí, que caminaba distraido
con el morro en el suelo buscando raíces o algo para comer. Yo
veía que el jabalí se acercaba hacia mi sin percatarse de
mi presencia, hasta que se ha parado a menos de dos metros de distancia
para husmear unas ramas y entonces, sólo entonces ha levantado
la cabeza y me ha visto. Nos hemos quedado mirándonos durante un
buen rato. Yo encantado con la cercanía de un bicho por el que
tengo un gran aprecio. Él, preguntándose qué tipo
de humano era éste, que no se movía ni hacía ningún
gesto amenazador. El jabalí ha dudado bastante antes de amagar
una huida que no ha sido tal, cuando se ha dado cuenta que yo seguía
sin moverme ni tenía intención de hacerle daño alguno.
Se ha vuelto a parar, ha vuelto a mirar para atrás para comprobar
si yo le seguía, y al ver mi figura impasible, se ha ido andando
despacio, con el hocico hundido en el suelo afanado en su tarea.
Durante unos instantes nos hemos quedado mirándonos tratando de
comprender quién era el otro, evaluando primero qué amenaza
podía representar, después ya con una mirada más
relajada, y por mi parte sonriente, evaluando hasta cuánto nos
podemos acercar, cuáles son nuestros límites. Ha sido muy
bonito y cuando se ha ido me he sentido lleno de vida, como si su sola
presencia hubiera despertado en mi un montón de conexiones dormidas
con la naturaleza y la vida que de pronto se hacían visibles y
transitables. Después de despedirme del roble, a quien he dado
las gracias por su sabiduría y consejo, he reemprendido el camino
para casa con una sonrisa en la cara y con una renovada frescura en mi
ser. Tengo que pasear más. |
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12/09/06
- Jardines de Acuario (Murcia)
Recuerdos de un encuentro
Del último encuentro me quedo con un paseo nocturno bajo la luz
de la luna llena, en silencio a veces, cuando no entre palabras susurrantes,
o con ojos cerrados y guiado por una mano amiga, siguiendo el abrupto
discurrir de la rambla hasta alcanzar el Purgatorio, aliviando tensiones
con las que cargaba de días atrás y comenzando a relajarme
y sentir que la vida es hermosa porque hay gente que quiero y me quiere
y por unos días estaremos juntos. Me quedo también con ese
momento en que quisimos celebrar juntos nuestra presencia, cuerpos pintados
en perfecta desnudez animada por colores vivos e imposibles, mientras
cantábamos y bailábamos al ritmo de un tambor que llenaba
todo el espacio. Me quedo con una noche de baile interminable, loco, extático,
embriagado por la belleza del momento y la cercanía de seres que
se movían formando una figura única, una danza mágica
y divina de la que no podíamos alejarnos, arropado por unos besos
morenos que refrescaban mi cuello y que me invitaban al juego y la risa.
Y me quedo, por último, con una variedad infinita de cruces y miradas,
de palabras intercambiadas, de caricias compartidas, de maneras de mostrar
nuestra dicha y también nuestro amor, porque es amor lo que una
y otra vez buscamos y de lo que tanto disfruté en el último
encuentro. |
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19/09/06 - Artosilla
Sobre el terrorismo
Anoche tuve un sueño del que extrañamente me acuerdo bastante
bien, lo cual es raro en mi. Me hallaba alrededor de una mesa con otra
gente que discutía sobre terrorismo, simpatizando en cierta medida
con las posiciones terroristas. Su argumento era sencillo y contundente.
El capitalismo y la democracia burguesa que lo apoya están haciendo
tanto daño en el mundo, están condenando a tanta gente a
una vida de miseria y sin futuro, que la única opción que
les queda a aquellos que lo están perdiendo todo es revolverse
en armas contra quienes consideran culpables de su situación, contra
quienes les arrebatan su futuro, su identidad, su cultura y su forma de
vida. Y puesto que es imposible luchar en campo abierto, dada la desigualdad
de fuerzas, la única salida es atentar indiscriminadamente contra
la población civil de los estados agresores. "Tal vez en el
siguiente atentado nos toque morir, pero es lo que nos merecemos por apoyar,
aunque sea colectivamente, a nuestros gobiernos", era la frase exacta
de uno de los invitados en mi sueño.
Varias personas hablaron con similares argumentos durante un rato, hasta
que me llegó el turno. Me levanté de la silla en la que
estaba sentado mientras escuchaba y con voz clara y decidida me atreví
a gritar ¡No! ¡El terrorismo no es una respuesta adecuada
al terror que otros cometen! Soy consciente, dije, que todos somos potenciales
terroristas, en la medida en que todos podemos pasar por situaciones en
las que se apodere de nosotros el deseo de venganza contra alguien que
nos ha agredido y que, por tener más fuerza o poder que nosotros,
nos deja en la única opción de revolvernos con "pequeños
atentados terroristas", que hacen daño sin tener que mostrarnos
abiertamente. Recordé en este punto la magnífica explicación
del terrorismo que hace Arnold Mindell en su libro Sentados en el fuego,
en donde llama a los terroristas "luchadores por la libertad",
ya que los terroristas consiguen con sus acciones aumentar la conciencia
de la mayoría dominante que, celosa de sus privilegios, se niega
a ver algunas de las injusticias que inconscientemente comete, ampliando
de esta manera el campo de la libertad social. Sin embargo, el mismo Mindell
reconoce que aun cuando es necesario que las minorías oprimidas
den toques de atención sobre su situación a una mayoría
dominante dormida, el uso del terror en sí mismo no suele conseguir
los objetivos de liberación previstos, en gran parte porque la
reacción de la mayoría no es un despertar de conciencia,
sino un cerrarse sobre posiciones defensivas y victimistas, que llevan
a más terror y más daño.
Recordaba en mi improvisado discurso que el deseo de venganza —diferente
al deseo de justicia—, con todo lo extendido que pueda estar, no
es una componente inherente del ser humano. Es más bien la reacción
de un Yo agigantado que se siente dolido en su orgullo, en su identidad
individual, afectado en la máscara con la que se presenta al mundo,
y que busca resarcimiento a través del rencor y del daño
que pueda hacer a otros, rompiendo así conexiones vitales que traen
destrucción y muerte. No se trata de un Yo universal, presente
en todas las culturas. Es seguramente hijo de una cultura individualista,
que nace con las religiones monoteistas y que alcanza su cenit en la civilización
occidental. Otro Yo es sin duda posible, un Yo que manteniendo una legítima
aspiración a ser tratado justamente, no tiene necesidad de buscar
venganza. Un Yo que se siente en permanente conexión con la vida
y que, por tanto, nunca hará nada que pueda significar romper esta
conexión vital en otros. Un Yo que aspira igualmente a ser escuchado,
que es capaz de rebelarse contra la opresión, pero que en su rebelión
ofrece más vida en lugar de menos. No, el terrorismo no es una
respuesta. No sólo no consigue acabar con los privilegios de los
dominantes (personas o países), sino que además se utiliza
para justificar una reacción de más terror y destrucción.
Contra la muerte, sólo cabe ofrecer la vida, contra el miedo la
mejor arma es el amor. ¡Esa es la respuesta verdaderamente revolucionaria!
Ahí acababa mi sueño. No recuerdo que nadie dijera nada,
ni aprobación ni condena a mis palabras, tal vez cierta indiferencia.
Pero yo me dormí tranquilo y pude descansar. Ahora, mientras escribo
estas lineas, pienso en mi pueblo, Artosilla, y en todo el daño
que nos hemos hecho durante años. Los que tienen privilegios, los
que se encuentran en una situación de poder —por haber llegado
antes y ocupado los mejores lugares, por tener casa en la que resguardarse
del frío invierno, por ser más fuertes psicológicamente—,
han abusado, diría que inconscientemente, de los más débiles,
de los que no tienen nada y llegan a este lugar pidiendo ayuda. Los que
carecen de privilegios, los que se han sentido injustamente tratados,
han utilizado el terror para vengarse de quien tanto daño les hizo,
abusando igualmente de su poder, haciendo igualmente daño. En este
juego de abusos y venganzas, de responder con terror al terror, todos
hemos salido perdiendo. Y por supuesto, los privilegios no han desaparecido.
Ha llegado el momento de orientar las cosas de otro modo, es tiempo de
crear un espacio de participación en el que quepan todas las voces,
en el que podamos hablar desde el corazón y escucharnos. ¡Ojalá
también el tiempo del amor haya llegado a Artosilla! |
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25/09/06 De Alicante a
Madrid
Turballos
Ayer estuve visitando Turballos, una pedanía de Alcoy, que ha
sido recuperada por los amigos del Arca. Me impresionó la belleza
del lugar y lo bien que habían reconstruido las casas, utilizando
solamente materiales naturales y respetando la arquitectura tradicional.
Vicent nos hizo de guía durante un rato mostrándonos algunas
de las casas, la vieja almazara de aceite, el taller de carpintería,
el corral de las cabras, la sala de actividades... Habían hecho
una apuesta decidida por una vida simple, sin grandes medios tecnológicos,
inspirada en la filosofía de Gandhi y Lanza del Vasto. Me gustó
Turballos y me gustaría volver, tal vez para hacer alguna de las
presenciales del curso de facilitación de grupos. El día
fue lindo, bien acompañado de amigos, con Mikel de Bilbao, que
llegaba justamente ese día a Alicante desde Mallorca. Sin embargo,
algo debió ocurrir en mi cuerpo a lo largo del día, porque
ya en la tarde sentí cómo si me fuera quedando sin energía.
Poco a poco mi capacidad perceptiva fue disminuyendo hasta el punto de
que mi vista apenas veía, mis oídos ya no conseguían
seguir ninguna conversación, mi cuerpo parecía hundirse
en un cansancio excesivo que sólo el reposo nocturno podía
detener.
Y lo cierto es que he dormido bien, pero por la mañana el cansancio
seguía ahí. Me he levantado agotado, sin fuerzas. En la
estación he tenido incluso un bajón que no ha terminado
en desmayo de milagro. Las fuerzas me han estado viniendo y yéndose
todo el día, a ratos me sentía bien, a ratos pensaba que
me iba a disolver. De pronto se me ha ocurrido pensar en que, puesto que
la energía no me llegaba desde dentro, tenía que invocarla
al afuera. Así que me he puesto a meditar para atrapar algo de
la energía que le sobra al universo. Mi cuerpo podía estar
cansado, tal vez lo necesitara. Pero mi mente no tenía porque hundirse,
por unos simples síntomas de cansancio, en esos pensamientos negros
que nos asolan cuando no nos sentimos bien. Hasta que el cansancio ha
adquirido otro color, un poquito más alegre. Ahora sigo con sensaciones
extrañas, cansancio, dificultades de respiración, malestar
de estómago, pero me siento arropado por buenos amigos, y me he
podido reir de lo lindo. Pienso de nuevo en Turballos y en lo simple que
podría ser la vida. |
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12/10/06 Gillué
(Huesca)
Dios no me habla al oído
El fin de semana pasado fue la primera presencial del curso de facilitación.
Fue intenso, a veces emotivo. Lo había preparado bien y no me costaba
seguir el flujo de los acontecimientos. Todo fue como debía ser,
un grupo de personas que se juntan, algunas por primera vez, para conocerse
y adquirir conciencia de nuestro ser en grupo, un grupo maduro y listo
para profundizar y explorar sus límites. Yo seguía el proceso
grupal con interés, animando la expresión de algunas voces,
deteniendo el tiempo cuando era necesario. Empezábamos a descubrirnos
y no necesitábamos correr. Tendremos más tiempo, más
adelante, cuando estemos más preparados.
Tras dos días intensos de juego, estudio y aprendizaje dinámico,
el grupo se disolvió, hasta el siguiente encuentro. Yo me quedé
en Artosilla, queriendo disfrutar de la soledad tras un exceso de relación
y entrega. El lunes me encontré agotado, me dolía la cabeza
y el cuerpo. Sabía que era lo normal y espere pacientemente al
martes. Fue un día hermoso, tranquilo, me sentí relajado
todo el día y disfruté de un pequeño paseo. El miércoles
amaneció lluvioso y una densa bruma llenaba el horizonte. Un amago
de tormenta con algo de viento lanzaba chispazos de agua que me salpicaban
la cara y las manos y avivaban mi espíritu con fuerza. Recogí
algunas nueces que el viento tiraba, mientras sentía cómo
el agua de lluvia me empapaba el pelo y humedecía mi rostro. Fue
hermoso, sencillo y majestuoso a la vez, ¡qué mejor que una
tormenta en la montaña para sentirse conectado con la Pachamama!
Hoy despejó el cielo y de nuevo el sol nos ha regalado sus rayos.
En estos días he vivido muchas cosas, algunas muy intensas, profundas.
Me he sentido conectado con mucha gente, he sentido la madre Tierra más
cerca que nunca, en el silencio, en la tormenta. Y sé que todo
esto es expresión de algo maravilloso de lo que yo formo parte,
sé que todo esto es Vida y que yo soy vida. Es un sentimiento que
no me abandona, que me vuelve una y otra vez en múltiples formas
y matices, y me llena de pies a cabeza, un sentimiento de amor por todo
lo que es que me permite descubrir mi ser amoroso, amante. Es una fuerza
que anima mi espíritu, que me invita a vivir la vida con intensidad,
en la dicha y en el dolor. Soy consciente de su existencia, soy consciente
de que la Vida se expresa a través de mi pues yo soy vida.
Pero no, con Dios no consigo hablar, no oigo su voz en mi cabeza o en
mis oídos. No me dicta las palabras que luego llegarán a
otros. Dios siempre ha estado ausente de mi vida, no se preocupa por mi
ni me habla al oído. ¡Cómo voy a creer en él,
si sólo se expresa a través de ciertos sabios que interpretan
su voluntad según su propio capricho! ¡Qué puedo hacer
si en todo lo que hago nunca me encuentro con Dios y, sin embargo, siempre,
absolutamente siempre, siento que me sale al paso la Vida!
Nota: absténganse de responder quienes, apresuradamente, pretendan
decirme que Dios es Vida. Gracias |
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21/10/06
Deia (Mallorca)
Tierra, alma, sociedad
Cada vez tengo más claro que gran parte de nuestros esfuerzos
se orientan a buscar nuevas conexiones, a alcanzar una totalidad que parece
escapársenos continuamente. Al clásico “body, mind
and spirit” de los años 60, que buscaba conseguir una unidad
básica entre tres aspectos diferentes del ser humano y que abrió
las puertas a lo que se conoce como crecimiento personal, han sucedido
nuevos intentos de incorporar algunos aspectos que estaban marginados.
Al parecer no basta únicamente con hacer un trabajo de crecimiento
personal, es igualmente necesaria una implicación social, un compromiso
con el colectivo del que somos parte y que debe extenderse, más
allá de los seres humanos, al conjunto de los seres vivos. Podemos
partir de la Tierra, nos decía Satish Kumar esta mañana,
pues ella nos ofrece todo lo que necesitamos, absolutamente todo, y es
seguramente esta permanente ofrenda lo que la convierte en algo sagrado.
Cuidar la tierra se convierte así en nuestro primer mandamiento,
pues cuidando la tierra cuidamos la vida que hay en ella, nos cuidamos
los seres humanos, nos encontramos con lo sagrado. Es también el
reconocimiento de que todo lo que existe es sagrado, de que tiene un valor
en sí más allá de su posible utilidad para nosotros,
lo que nos puede llevar a reconocer como sagrado el espacio de nuestras
relaciones, el espacio social en el que nos movemos los seres humanos
y que nos resulta tan increíblemente diverso que por ahora nos
cuesta reconocer su unidad.
Es bonito aprender a apreciar las diferencias, los distintos matices con
los que se nos presenta la vida, la belleza de sus múltiples formas;
es un arte aprender a reconocer lo diferente como valioso en sí,
como algo necesario y complementario, como una cara indispensable de un
prisma de miles de caras; es nuestro reto aprender a convivir con lo diferente,
a aceptar serenamente que las cosas se resuelven muchas veces de una forma
que no es la nuestra, a regocijarse con la oportunidad que otros, mil
veces marginados, tienen de ser y ser con ellos. Me gusta la idea de recuperar
el alma de la tierra, un alma que son millones de almas que coexisten,
para dotar con alma nuestro espacio de encuentro, eso que llamamos sociedad. |
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30/11/06
Artosilla
Disfrutar del silencio
Hace ya diez días que quemaron la iglesia de Artosilla. El espectáculo
fue dantesco. Noche fría, cerrada, el fuego buscando el cielo,
explotando las losas del tejado que se interponían en su camino.
Las llamas eran enormes, probablemente alimentadas por algo más
que vigas y maderas. Cubrían la iglesia en su totalidad, ascendían
por el hueco de la torre y salían por los arcos del campanario,
antes de acabar con el tejado a cuatro aguas que tan primorosamente los
vecinos habíamos reparado años atrás.
En ese momento de confusión —me habían sacado de la
cama al grito de: “Ulises, despierta, está ardiendo la iglesia”—,
medio dormido y con apenas conexión con mi propio juicio o sentimientos,
recuerdo quedarme simplemente extasiado viendo cómo el fuego lo
arrasaba todo. Incapaz de pensar, incapaz de sentir, sólo podía
mirar y sentir el calor del fuego. Fue entonces cuando me vinieron visiones
de otros tiempos, esa sensación de que ya antes había vivido
algo parecido, hace cientos de años, en alguna aldea medieval,
un niño mira con ojos grandes cómo se quema una palloza,
mientras agarra con fuerza la mano de su madre, indiferente a la locura
y al ajetreo que existe a su alrededor. Yo miraba la iglesia con los ojos
de ese niño, ajeno al significado y las consecuencias de semejante
hecho. En ese momento, sólo me importaba el fuego.
Pasada la noche, pasados algunos días, me he hecho consciente de
que, con la quema de la iglesia, los vecinos de este pueblo hemos perdido
algo importante. Además de un edificio de una gran belleza y de
cierto valor histórico, la iglesia era también un símbolo,
el único edificio común de este pueblo, situado en lo alto,
haciendo el papel de guía y luz de Artosilla. Con todo, apenas
he sentido tristeza. La iglesia estaba abandonada, falta de cariño
y cuidados, probablemente como reflejo de la situación que hemos
vivido en el pueblo en los últimos tiempos. Su luz era tenue y
apenas servía para iluminar nuestros pasos. Convertida provisionalmente
en una casa, llevaba años necesitada de reparaciones y atención,
necesitada de nuestra presencia y amor.
Estoy convencido que la quema de la iglesia supondrá el punto final
de una serie de incidencias negativas que han tenido lugar en Artosilla
recientemente. Si su destrucción sirve para unirnos, nos ayuda
a reencontrar el espíritu de una comunidad que languidece, entonces
no habrá sido en vano. Que el fuego purifique nuestros corazones
y nos enseñe a disfrutar de un lugar que, en otoño, se tiñe
de colores ocres y rojos sobre un fondo verde de esperanza. Pasados unos
días desde que ardió la iglesia, en Artosilla sólo
queda un silencio impresionante, un silencio hermoso, inspirador. A través
de la ventana de mi cuarto, contemplo extasiado el fondo del valle, me
empapo del silencio y me siento feliz, todo está en su lugar, los
colores, los tonos, los susurros, mi ser. Confiado porque sé que,
algún día, la iglesia renacerá de sus cenizas. |
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12/12/06 Artosilla
Mi alma habita
Mi alma habita lugares de luz y de murmullo
de agua que corretea sin detenerse huyendo de la espesura,
lugares de intricadas melodías que bloquean
el ruido de los claxon y de los choques fugaces
entre personas que no se conocen ni quieren conocerse.
Mi alma recorre senderos extraños para quien sólo busca
un pedazo de pan y un periódico cualquiera que saltarse
hasta la página de los deportes y de la programación nocturna,
senderos vedados a quien no sabe de olores de bosque
ni ha conocido nunca el crujir de una rama que revela otra presencia.
Mi alma se detiene ante colores azules que expresan tensión y
vida,
ante el fuego de rojos que derriten la mirada de quien no sabe ver,
ante amarillos y ocres que dejan grietas en una piel desecha,
ante la profundidad de un verde que es puro reflejo de amor,
ante la batalla que mantienen claros y negros en un horizonte incierto.
Mi alma habita paisajes pulidos por el paso del tiempo
por palabras que se han dicho una y otra vez.
Mi alma habita memorias que no se agotan jamás y que desconocen
el significado de la simple costumbre y de lo socialmente correcto.
Mi alma habita rincones que muchos tacharán de invisibles
mientras que otros visitan con frecuencia. |